El trapero

atget-paris-chiffonier

“El trapero” (1899). Eugène Atget.

―Pobre hombre ─dijo de pronto Brigitte.

Por delante de ellos pasaba un individuo que tiraba de un carro cargado de bultos cuyo contenido no se dejaba ver, aunque no debía ser nada valioso a tenor de las sucias telas de saco que los envolvían. El sujeto, que al parecer no disponía de medios económicos que le permitiesen contar con la ayuda de un borrico, se veía obligado a hacer él mismo de animal de carga. Llevaba un raído traje presumiblemente oscuro, pues de tan sucio que estaba resultaba casi imposible adivinar su color, y un sombrero hongo gastado y agujereado. Unos zapatos igual de viejos, atados al pie con un trozo de cuerda, completaban su indumentaria. Sudaba a mares a pesar de no ser un día caluroso, más bien comenzaba a refrescar.

―¿Por qué no le das unos francos? ─sugirió al príncipe.

Este ─sin disimular su fastidio pero sonriente con Brigitte, como si satisficiese uno de sus tantos caprichos─ le llamó blandiendo un billete de cinco francos en la mano ─el equivalente al salario medio diario de un obrero─, pero el hombre se quedó mirándole fijamente, jadeaba y se secaba el sudor con una mano mientras con la otra sujetaba una de las dos varas sobre las que se apoyaba la caja del carro. No podía soltarlo, a riesgo que volcase la mercancía. Se apreciaba a simple vista, a no ser que uno estuviera aquejado de miopía moral, como parecía ser el caso del príncipe. El sujeto le miró, escupió al suelo y siguió, cansino, su marcha, haciendo caso omiso del príncipe.

―¡Habrase visto! ─exclamó este contrariado─. Mira por donde hemos encontrado un tipo soberbio. Rara avis sin duda ─y soltó una sonora carcajada─. Está bien que siga habiendo gente para la que el orgullo siga existiendo en este mundo vuestro.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/06/el-trapero/

¿Cuántas estrellas hay en el cielo?

cielo-estrellado-2

Muchas eran las horas que Samuel y Esclafit pasaban juntos, la mayoría de ellas en la imprenta. Hablaban de todo y de nada, y Esclafit siempre mostraba tener con sus argumentos unos conocimientos superiores. ¿Y tú cómo sabes eso?, preguntaba intrigado Samuel cuando hacía referencia a otros momentos del pasado u otros lugares del mundo. Esclafit le animaba a que aprendiera a leer y a escribir. Recordaba que Bernácer le dijo en su momento que lo consideraba un chico listo y espabilado pero necesitado de formación. Y él estaba convencido de que su amigo era más listo y espabilado todavía.

Los planes de Samuel ─sin otro horizonte que el día a día─ no contemplaban dicha opción, pero la curiosidad a veces nos conduce a sitios a los que no iríamos voluntariamente y a vivir situaciones que no esperábamos. Tantas eran las bondades que Esclafit atribuía al entendimiento de la letra impresa que una tarde que estaban juntos en la imprenta ─había nevado y Samuel se quedaría allí a pasar la noche─ este, queriendo ponerle a prueba, preguntó: A ver, tú qué dices que los libros lo saben todo, ¿cuántas estrellas hay en el cielo?, ¿cuántas caben? Esclafit empezó a rebuscar en unos libros que había en un estante. Cogió la Enciclopedia moderna de Francisco de P. Mellado, pasó rápidamente las páginas de un tomo, de otro, buscó la palabra cielo y se puso a leer en voz alta.

No pudiendo distinguir los primeros hombres las formas aparentes de las reales… ─saltó unas líneas y prosiguió mientras decía “ahora, ahora, esto”─ Las estrellas eran luces que se encendían todas las noches para alumbrar sus pasos y adornar la bóveda celeste que el sol había abandonado. Finalmente, este astro era un ser poderoso y misterioso, benéfico y terrible a la vez, que se levantaba todas las mañanas del seno de los mares, de que parecía hallarse rodeada la tierra, para volver a sumergirse por las tardes

Se detuvo. Samuel se impacientaba.

―¿Pero qué demonios dices? ¿Y las estrellas? ¿Cuántas son?

―Espera, lo estoy buscando ─y siguió pasando páginas─. Aquí, aquí, escucha ─dijo al poco exultante, pues no sabía si dichos datos estarían en el libro─. Las estrellas que se perciben a la simple vista no pasan de tres mil, pero con el telescopio

―¿Qué es un telescopio?

Esclafit se lo explicó y siguió leyendo.

―…con el telescopio se alcanzan a ver más de setenta y cinco millones. ¿Ves?

―Ya, pero no dice cuántas hay.

―¿Cómo que no? Setenta y cinco millones, te lo acabo de leer.

―No, esas son las que podemos ver, no las que hay.

Bernácer escuchaba la conversación desde la parte posterior del establecimiento, donde se ubicaba la imprenta propiamente dicha. Ajenos a su presencia, los dos amigos proseguían su trascendental charla junto al pequeño mostrador tras el cual había varios estantes con libros y objetos de papelería. Gratamente sorprendido por las palabras de Samuel, salió y sin darles tiempo a reaccionar tomó otro libro de las estanterías, un Compendio de geografía universal y leyó en voz alta: ¿Puede determinarse el número de las estrellas fijas? No, porque su inmensa distancia de la tierra nos oculta una infinidad de ellas; sin embargo, se ven con la simple vista de tres a cuatro mil.

―Ya véis, no se puede saber el número de estrellas que hay en el firmamento, es demasiado grande, tanto que escapa a nuestras ideas y concepción.

Aunque Samuel no había visto nunca a Bernácer y el rostro de su amigo reflejaba cierta incomodidad por su súbita aparición, preguntó resuelto al tanto que un tanto decepcionado.

―Cada uno dice una cosa. ¿No hay manera de saber cuántas hay?

―No por ahora.

―¿Por ahora?

―Sí, muchacho, por ahora. La ciencia no ha encontrado todavía la manera. Los telescopios son más potentes y precisos, nada tienen que ver desde que Galileo…

―¿Quién es Galileo? ─preguntó de nuevo ante la complaciente mirada de Bernácer.

Le contó muy resumidamente quien fue y la importancia de sus descubrimientos, entre los que se encontraba el telescopio, aunque antes, precisó, en Flandes…

―¿Qué es Flandes?

No había forma de avanzar en la explicación, pero a Bernácer la circunstancia, lejos de molestarle, le impulsaba a seguir. Había conseguido despertar la curiosidad de Samuel. Sus constantes interrupciones así lo mostraban. Pacientemente contestó cuantas preguntas le hizo el chico, edulcorando algunos comentarios y revistiendo otros de gestas nunca acaecidas para seguir manteniendo vivo su deseo de conocer. Su discurso mantenía en todo momento la idea de que la ciencia es la base del progreso, pues si la humanidad había avanzado se debía a las aportaciones y los descubrimientos de hombres sabios, generalmente altruistas y de firmes convicciones. Samuel fruncía la frente mientras. De su gesto, muy característico en él cuando se detenía a examinar algo nuevo que le decían, se desprendía cierto aire dubitativo.

―¿Por qué quieres saber el número de estrellas que hay en el firmamento? ¿Por qué te interesa tanto?

Samuel levantó los hombros.

―Las miro, me gusta mirar las estrellas, y quiero saber cuántas hay.

―¿Y qué más da que haya tres mil o la cantidad que sea? Bueno, sí, para satisfacer tú curiosidad. Eso está bien, pero no es suficiente. Si miras siempre el mismo cuadro acabarás aborreciéndolo, a no ser que cada día descubras cosas nuevas.

―¿Quiere decir que me cansaré de mirar las estrellas? Son muy bonitas, me gustan.

―No, chico, no es eso. Pero ¿no crees que el placer de contemplarlas será mayor si no nos conformamos con lo que parece ─enfatizando la pronunciación del vocablo─ y tratamos de averiguar más, de saber, de podernos responder a las preguntas que nosotros mismos nos hacemos? Eso, muchachos, sí es un verdadero placer, el de conocer, el de saber… Imaginaos que todos los días os cuentan la misma historia, ya sabéis el final, no hay emoción alguna, pero pensad ahora que podéis intervenir en su desarrollo y desenlace, que el final depende de vosotros, ¿no la seguiríais con mayor atención? Pues lo mismo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/01/cuantas-estrellas-hay-en-el-cielo-2/

La muerte de Roque

karl-kung

“El niño enfermo” (finales del siglo XIX), óleo de Karl Kung.

Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.

Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.

Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.

La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano en el Cantó del Pinyó resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/22/la-muerte-de-roque/