En el Marshall

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“Harlem, Tuesday Night at the Savoy” (1936), lienzo de Reginald Marsh.

El Marshall era un hotel de la calle 53, centro de lo que se conocía como bohemia negra, lugar de encuentro de músicos, escritores y artistas afroamericanos en el que los blancos, lejos de ser rechazados, eran bien recibidos, uno de los escasos espacios en Nueva York en que negros y blancos se mezclaban y se divertían juntos en completa libertad, un sitio del todo inusual pero que rebosaba alegría.

Samuel descubrió el Marshall nada más llegar a Manhattan, fue uno de los primeros lugares que William quiso mostrar a Camila y a Samuel. Allí tenía buenos amigos de la época que trabajó para la Smithsonian Institution en la recuperación de la música autóctona norteamericana, especialmente la de los negros. Con uno de ellos, Freddy King Taylor, Samuel pronto trabó amistad. Natural de Nueva Orleans, hablaba algo de francés, lo que obviamente facilitó las cosas. La vida de King Taylor, que ya rozaba los setenta años de edad, sus experiencias, le fascinó desde el primer momento. Hablaba con voz pausada, sin duda por el paso de los años, ronca al tiempo que cálida, y todo cuanto decía lo expresaba con la misma vehemencia y coherencia con que tocaba el piano. Alto y delgado, conservaba su abundante mata de pelo ensortijado aunque completamente cano y vestía como un dandi: camisa con el característico cuello americano, traje siempre negro o gris oscuro y corbata generalmente blanca o amarilla. Tenía un cierto porte aristocrático que en absoluto se correspondía con su trayectoria vital.

King Taylor era el pianista de la orquesta que actuaba en el Marshall y hacía vibrar a los habituales al son de la nueva música sincopada. El ragtime estaba de moda y no solo entre los negros. Tanto Camila como Samuel lo conocían, en París tenía sus seguidores y William contaba con varios ragtimes entre sus composiciones. Pero aquello era otra cosa. Los tradicionales instrumentos de cuerda a los que solían limitarse las orquestas, acompañados del piano, habían sido sustituidos por otros populares como la guitarra, la mandolina o el banjo, e incluso el saxofón. La música, así, se volvía rabiosamente contagiosa, viva, frenética. El ritmo sincopado permitía a sus ejecutantes cambiar a conveniencia las notas de la melodía, se notaba que se divertían al tocar y eso se transmitía al público. Se movían, además, al ritmo de la música, bailaban y era evidente que carecían del afectado respeto hacia los instrumentos que mostraban los de la orquesta del Metropolitan o de otros teatros en los que Samuel había estado, eran una prolongación suya y los golpeaban, los volteaban, hacían de todo con ellos.

Aunque William les había hablado con entusiasmo de sus amistades del Marshall y asegurado que les agradaría tanto el hotel como quienes lo frecuentaban, Camila y Samuel no llegaron a imaginar la gran sensación que les produciría su primera visita. Nunca habían visto un ambiente como aquel. La simbiosis entre los músicos y el público era absoluta, se adivinaba lógicamente quiénes eran los primeros pero era razonable dudar del papel de los segundos; desde luego no se les podía considerar espectadores, o no solamente.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Devanando hilo

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“Almacén de lino en Laren” (1887), óleo de Max Liebermann.

Samuel estuvo por primera vez en una fábrica recién cumplidos los dos meses de edad. Era a mediados de octubre de 1849 y su hermana, Marieta, lo llevaba en brazos todos los días para que su madre pudiese darle de mamar en el mismo lugar de trabajo. María marchaba de casa antes de las seis de la mañana y no regresaba hasta pasadas las siete de la tarde. Sus senos no podían contener tanta leche, muchas veces se le empapaba la ropa y se quejaba de dolor. No era, ni mucho menos, la única que se hallaba en esta situación. Algunas mujeres que no tenían con quien dejar la criatura o quien pudiese acercarla al trabajo la llevaban consigo a la fábrica o al taller. La madre le daba el pecho en las horas de las comidas y, junto a la máquina o artefacto a que estuviese adscrita, dejaba el bebé en un cajón de madera. Otras llegaban a trabajar con él en brazos y hasta le daban de mamar mientras hacían alguna tarea.

Trabajaba María de canillera en una fábrica textil. Consistía su tarea en devanar el hilo con la máquina del mismo nombre en una canilla para su posterior uso en los telares. No era complicado, pero sí cansado. Doce horas de pie, soportando el calor y la humedad. El hilo no debía romperse y puertas y ventanas estaban siempre cerradas. El aire era caliente, lleno de vapor cargado de polvo y pelusa.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/14/devanando-hilo/

 

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El corto tiempo de las cerezas es una novela ambientada históricamente, de 518 páginas, cuyo marco cronológico abarca desde los inicios de la industrialización hasta vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial.

Un límpido y soleado día, Samuel tomó la determinación de no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne a todo y parecía seguir la máxima que un día le dijo a Samuel el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.

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