Frossard, Samuel y la inundación de París de 1910

A finales de enero [de 1910] una crecida del Sena provocó una de las peores inundaciones que había conocido la ciudad. Los días comprendidos entre el 20 y el 28 de dicho mes llegaron a conocerse como la “semana terrible”. Veinte mil edificios, ciento treinta calles y cuarenta kilómetros de vía pública acabaron anegadas. Muchos no podían siquiera salir de sus casas, con los bajos inundados, y se les procuraba alimentos mediante barcas. La mayor parte de la ciudad quedó sin gas, electricidad y teléfono, el transporte público no funcionaba. Frossard fue uno de los ciento cincuenta mil parisinos resultaron damnificados. No habrían pasado ni tres meses desde que consiguiera a buen precio un bajo en el bulevar de Sebastopol, cerca de la plaza de Châtelet, y trasladara allí, a mejor alcance de sus potenciales compradores, los cuadros de mayor valor y algunas pertenencias, que sufrieron serios daños a causa del agua estropeando la mayoría de las obras. En barca pudo llegar a las inmediaciones de Montmartre ─convertido en una isla─ en busca de Samuel. Con su amigo, y con la ayuda de buenos vinos y licores, superaría mejor el mal trago, aunque de todos modos no era Frossard alguien que se arredrara así como así. Había sufrido una gran pérdida, miles de francos se esfumaban en lo que, sin duda, era el mayor despilfarro de su existencia, excesivo e innecesario.

―¿Y qué harás con todos esos cuadros?

―Los guardaré, querido amigo, así como están, nada de restaurarlos, me costaría más de lo que valen. Quién sabe, igual algún día, cuando se haya olvidado el desastre, valgan un dineral. Ya lo verás, algunos puede que hasta hayan mejorado, igual les venía bien un buen baño.

Frossard no perdía el sentido del humor ni siquiera en los momentos difíciles. La inundación no era el único de sus males. Acababa de salir de una grave enfermedad, una tuberculosis ósea, y los médicos le habían advertido de que debía cuidarse, nada de excesos, sobre todo en la comida y la bebida. Malditos matasanos, qué mierda sabrán ellos de la vida si siempre están pendientes de la enfermedad y de la muerte, decía. Samuel compartía su opinión, o al menos no le contradecía, tiempo hacía que los dolores de espalda eran cada vez más molestos y que la tos, la puñetera tos, no le dejaba en paz, pero se resistía a que le viera un médico. Por supuesto, nunca le dijo a su amigo qué debía hacer y qué no. Frossard continuaba bebiendo y fumando como si nada, la vida seguía siendo una fiesta para él, no podía concebirla de otro modo.

Entretanto reparaba el local Frossard residió en el domicilio de Samuel, su vieja casa de Montmartre estaba hecha un desastre. Menos en serio que la vida se tomaba aún Frossard el arte a pesar de vivir de él, o tal vez por eso. Hablaba pestes de los pintores, embarcados ─afirmaba─ en una huida hacia adelante desde que la fotografía redujo sensiblemente su papel de cronistas de la historia que nadie sabía a dónde les llevaría.

―Cuanto más enmarañado sea el tema mejor, cuanto más se recree uno en tratar de descifrar qué quería decir el pintor en esa mezcolanza de colores más culto es. ¿Adivinas qué es lo que más me cabrea? Que solo dos días antes del malvado diluvio me costó un dineral la cena y, sobre todo, el ansia lujuriosa de un par de críticos a los que invité. Ya sabes, o hablan bien de ti o te vas al carajo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Fotografías tomadas de iBytes (ibytes.es)

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/23/frossard-samuel-y-la-inundacion-de-paris-de-1910/

Amantes

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“Amantes” (1933). Konstantin Somov.

Samuel era bastante torpe en el arte amatorio. Sus encuentros sexuales habían sido escasos y del que prometía ser el más pasional de todos, con Anita, solo obtuvo una tremenda frustración. Se podrían considerar el par de veces que había ido de putas en Alcoi, donde unas sucias meretrices se limitaban a tumbarse en un mugriento jergón, levantarse la falda y decir Venga, empieza ya. Y luego Beatriz, con quien creía haber hecho el amor, pero a la que ni siquiera había llegado a ver desnuda. Con Brigitte, en cambio, se sintió trasportado a un universo de sensaciones desconocidas que llenaban todos sus sentidos. Olía a tomillo, con los ojos cerrados era como si estuviese en su querido rincón de Farinetes, la misma paz.

La China se dio cuenta enseguida de la inexperiencia de Samuel. Relájate, anda, déjate llevar, le dijo con dulzura, la misma con que a continuación se desnudó y le desnudó. Las yemas de los dedos de sus manos empezaron a recorrer suavemente la epidermis de su compañero que, con los ojos cerrados, respiraba agitadamente. Su corazón latía con fuerza, acelerado por el deseo; puede también que por la timidez, tal vez por el miedo. Trató de decir algo, pero solo un inaudible balbuceo salió de su boca. Calla, relájate, respira hondo, insistió Brigitte, cuyas manos continuaban deslizándose por el cuerpo de Samuel con la levedad de una pluma y la delicadeza de la seda más fina. Samuel empezó a respirar hondo y a entrar en un universo de placer por explorar, en un océano exento de prohibiciones y limitaciones en el que no le costó demasiado sumergirse sin importarle el peligro de naufragio. Desconocía el estado en que se hallaba, era nuevo para él, a veces la inseguridad le cohibía y se quedaba paralizado, de nuevo una desacompasada respiración traslucía la intranquilidad de su ánimo; en otros momentos, en cambio, cada vez más frecuentes, se sentía tan a gusto… Ningún comedimiento, ninguna moderación, tenían cabida en su interior.

La pasión pudo por fin desbocarse y proceder de acuerdo con sus reglas, contrarias por completo a la razón. Sus cuerpos desnudos, libres, se revolvían, sudaban, jadeaban, cada vez más excitados, más parejos. Samuel no olvidaría nunca aquella “primera” vez. Para Brigitte también significó algo más, aunque algo un tanto peligroso, pensó después. Por ello se encargó de dejar bien a las claras los límites de su relación: nada de enamoramientos, de sentimientos dependientes, cada uno debía seguir con su vida y sus ambiciones, la práctica del sexo no debía perjudicar el principal motivo, y al principio único, de su estrecha colaboración: aprovecharse de quien quería utilizarlos y conseguir el suficiente dinero para nunca más tener que estar subordinado a nadie. Los dos, a su manera, habían vivido de los sobrantes de la vida, de los excesos de los demás. ¿Por qué contentarse con migajas cuando tenían la posibilidad de hacerse con todo el pastel? Jamás debemos olvidar esto, le dijo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/14/amantes/

Cuando Samuel conoció a Marion

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“La brasserie” (1883), óleo de Jean Béraud.

Aquella mujer estaba realmente atemorizada. Inmediatamente pudo darse cuenta de los motivos. A un extremo y otro de la calle dos policías se habían posicionado en cada una de las cuatro esquinas y no dejaban salir a nadie sin que se identificara. Otros dos policías hacían lo mismo con las prostitutas. La mujer estaba cada vez más nerviosa, los guardias se encontraban ya cerca y disimuladamente intentaba alejarse de ellos corriéndose de lugar. Era obvio que acabarían dando con ella, si es que, y así parecía, era la persona que buscaban. Samuel se le aproximó. Nein, nein. Go! Out!, le gritaba en voz baja mientras con las manos hacía gestos manifiestos de que se fuera. Go! Out! Era evidente que, como él, no sabía alemán, o muy poco en todo caso. Aún quedaba un buen trecho hasta que los policías, que seguían interrogando a las mujeres una por una y haciendo que se identificaran, llegaran a donde ella estaba, pero en todo caso era cuestión de minutos. Imposible escapar de allí, con guardias apostados en ambas salidas de la calle. Samuel no sabía cómo explicarle que quería ayudarla, miraba a izquierda y derecha y luego a ella. Mientras, inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado y le decía Kommen, kommen, ofreciéndole su brazo. No había más solución que marchar con él o esperar a que la policía la detuviera. Fuera quien fuera el extraño aceptó. La intranquilidad, no obstante, no despareció; al contrario, parecía estar todavía más nerviosa. Discretamente enfilaron la calle hacia el extremo opuesto por el que acercaban los dos guardias, si bien les esperaban otros al final de la calle. Samuel quería tranquilizarla pero no sabía cómo. ¡Merde!, exclamó ella.

―¡Habla francés!, menos mal.

―Soy francesa, pero he perdido la documentación y…

―Escúcheme con atención, no disponemos de tiempo. Haga todo lo que yo le diga, y como yo le diga, ¿de acuerdo? ─la mujer asintió con la cabeza─. Debe parecer que está borracha, muy borracha, tanto que no puede ni hablar ─y la cogió fuertemente por la cintura mientras con la otra mano le hacía carantoñas en la cara─. Ría, ría fuerte.

Llegaron a donde estaban los guardias que, lógicamente, les dieron el alto y les pidieron la documentación. Samuel hizo como que no les entendía. Unterlagen, unterlagen, documentation. Samuel sacó la suya mientras apretaba con más fuerza a la desconocida hacia él y la manoseaba como si nada. Un agente miró detenidamente los papeles, se los devolvió y solicitó los de ella. Samuel se encogió de hombros y al momento levantó la mano para indicar que esperaran un momento. A ver si está por aquí, dijo entre risas mientras escarbaba descaradamente entre su escote para regocijo de los dos policías. La extraña estaba rígida, Samuel no dejaba de toquetearla para que, al menos, se moviera un poco. Empezaba a asustarse él también. Hizo un guiño de complicidad a los guardias y, como pudo, les indicó que no tenían otra intención que sentarse en una mesa de un café que había justo enfrente de la bocacalle en que se encontraban. Disimuladamente les dio dos billetes de cien coronas, uno para cada uno. Los guardias se quedaron mirándoles. Samuel pensó por un instante que iban a detenerlos, después se miraron entre ellos y les dejaron pasar.

De acuerdo con las intenciones que Samuel les había manifestado tener, se sentaron en una mesa del café al que habían dicho dirigirse, junto a una cristalera, visibles a los ojos de los guardias a los que acababa de untar Samuel para que siguieran sin sospechar nada. Desde allí les hizo un saludo. Pidió champán y tafelspitz con salsa de manzana y rábano picante.

―Disimule, ría, beba, nos miran.

Al poco los guardias se fueron, para alivio de ambos.

―Permítame que me presente: Samuel Valls.

―Marion Rouillard ─dijo ella todavía inquieta─. Creo que ya puedo irme. Agradezco de verdad su ayuda.

―Calma, mujer, calma. Yo, en su caso, no lo haría todavía. Puede quedar algún policía por ahí, ni siquiera sabemos si estos ─los guardias que habían aceptado el soborno─ realmente se han marchado, de momento solo han desaparecido de nuestra vista. Ande, coma ─se notaba que tenía hambre─ y trate de relajarse.

―¿Qué quiere de mí?

Marion se mostraba desconfiada, no creía en los milagros y recelaba de tanta amabilidad. ¿Por qué se comportaba así con ella aquel hombre al que nunca antes había visto?

―Nada, no quiero nada. Me pareció que estaba en apuros, que trataba de pasar desapercibida a la policía, y todo el que huya de la policía necesita, en principio, ser ayudado.

―Curioso razonamiento.  ¿Va usted por ahí ayudando a todos los hostigados por la autoridad? ¿Qué es, el buen samaritano de los acosados?

―¿Tan difícil le resulta aceptar que haya personas que ayuden a otras?

―Todo lo contrario, creo en la fraternidad de los desheredados, pero usted no parece ser uno de ellos, ni mucho menos.

El aspecto de Samuel ─vestía un traje “a la inglesa” que había comprado ese mismo día en la tienda de ropa masculina Goldman & Salatsch para acudir a la recepción de la Schwarzwald─ era el de un burgués adinerado, su espíritu el de un burgués decadente. Así se lo dijo Marion.

―Gracias a ello hemos salido bien parados.

―¿Puedo irme ya? ─las suspicacias de Marion no habían experimentado cambio alguno.

―Puede hacer lo que quiera, pero ¿tiene adónde ir?, ¿tiene sitio donde pasar la noche?

―¡Ah!, ya entiendo. Usted quiere cobrarse el favor.

―¿Qué le hace suponer eso?

―No ha preguntado por qué me buscaban.

―¿Quién soy yo para juzgar a nadie?

―¿Ni siquiera siente curiosidad?

―¿Quiere contármelo?

―No.

―Entonces…

―¿O ya lo sabe?

―¿Qué?

―Por qué me buscaba la policía.

―Lo imagino. ¿Adivina por qué? Por su aspecto.

―¿Qué ve en mi aspecto?

―Pelo corto, vestido recto, negro, sin maquillar… No tiene pinta de ladrona; su mirada es retadora, desafiante, pero no es la de una asesina; se la ve despierta, se expresa bien; yo diría que la buscaban por tus ideas, mejor dicho, por alguna cosa relacionada con ellas, y esas ideas supongo que contemplarán la lucha por todos los medios posibles para acabar con la opresión y crear una sociedad nueva sin gobiernos ni amos. ¿Me equivoco? ─Marion miró a Samuel fijamente, entre inquisitiva y perpleja─. Ya veo, cree que soy uno de ellos, que comportándome de este modo conseguiré sacar más información, que todo es un montaje, ¿no?

―La verdad es que da que sospechar.

Samuel le explicó quién era.

―Lo que le decía antes, uno de esos burgueses que tratan de purgar su mala conciencia en el desordenado Montmartre.

―Puede que sea eso, pero este burgués decadente parece ser en estos momentos su única ayuda posible. ¿Me equivoco?

―No, no se equivoca.

Forzada por la necesidad, Marion parecía abandonar todo recelo. Tras una serie de preguntas acerca de su vida en París, como si Samuel fuese el sospechoso y tuviera que demostrar su inocencia, tomó la determinación de confiar en él, tampoco tenía otro remedio, ni sabía adónde ir ni contaba con medios para afrontar el difícil lance que atravesaba.

―¿Y ahora qué?

―De momento terminaremos el champán, aunque también podemos beber otra cosa menos aburguesada.

Samuel levantó su copa; Marion dudó, pero al final hizo lo mismo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/30/cuando-samuel-conocio-a-marion/