En Le Chat Noir

cartel-publicitario-de-le-chat-noir-1896-obra-de-thc3a9ophile-alexandre-steinlen

Cartel publicitario de Le Chat Noir (1896), obra de Théophile-Alexandre Steinlen.

Con la Belle Époque, los antiguos café-concerts dieron paso a los nuevos cabarets, lugares que combinaban diversión y ácida crítica a la moral y costumbres de la época, locales de todo tipo en los que se podía desde bailar un desenfrenado cancán a escuchar las canciones más mordaces.

Le Chat Noir –inaugurado el 18 de noviembre de 1881 en el bulevar Rouchechouart por Rodolphe Salis– pasa por ser el primero de estas características. Rodolphe Salis (1851-1897) fue un animador y audaz hombre del mundo del espectáculo que en 1881 tuvo la genial idea de montar Le Chat Noir. En Montmartre, lógicamente.

Aquí empezó Bruant y Erik Satie se ganó la vida un tiempo tocando el piano. Muchos fueron los chansonniers, los chanteurs y las chanteuses que encontraron en Le Chat Noir un importante espaldarazo a su carrera –como la cantante Thérésa (Emma Valladon) o el actor y compositor Vincent Hyspa–, figurando entre su clientela habitual Claude Debussy, August Strindberg, Paul Signac y Paul Verlaine.

En 1882 comenzó a publicar la revista Chat Noir, en la que destacaban la pluma del periodista, novelista  y poeta francés Émile Goudeau –fundador del club literario de los hidrópatas– y las ilustraciones de Adolphe Willette, Caran d’Ache y Théophile Alexandre Steinlen.

Una de las portadas de la revista Chat Noir

Una de las portadas de la revista “Chat Noir”.

En junio de 1885 Salis trasladó el cabaret a un local más amplio en la calle Victor Massé. Pasó a denominarse entonces Caveau du Chat Noir y su anterior emplazamiento  fue adquirido por el que había sido su estrella, Aristide Bruant, quien abrió el Mirliton. Aunque su fama estaba consolidada, no era el mismo, menos sin Bruant. A principios del siglo XX, un nuevo Chat Noir se inauguró en el bulevar de Clichy y estuvo en activo hasta los años veinte, coincidiendo su cierre prácticamente con el fin del Belle Époque.

Sobre su historia versa el vídeo que sigue. Los textos están en francés, pero no se preocupe si desconoce el idioma galo, las imágenes son lo suficientemente reveladoras.

Como hemos hecho en las otras entradas de este tipo publicadas los últimos días, en las que recorremos los cabarets de los tiempos de la Belle Époque que visitaba el protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas, Samuel Valls, incluimos a continuación la descripción del mismo que en ella hacemos de Le Chat Noir:

Por la noche Montmartre se transformaba, dos mundos opuestos se confundían. [Samuel] comenzó a frecuentar los cafés y tugurios centros de reunión de poetas sin trabajo, pintores y escultores de todo tipo de obras que querían ser maestras, los lugares públicos de diversión donde los bohemios que allí se juntaban para separarse del mundo exterior atraían y divertían una clientela muy respetable y burguesa. Todo era igual y nada era lo mismo. Su gran descubrimiento fue Le Chat Noir, el célebre local de Rodolphe Salis, que encontró casualmente una tarde cuando regresaba del Louvre. Un gato negro de larga cola era su emblema, un gato que descansaba su cola desdeñosamente sobre la pata de un ganso. Es de suponer que el gato representaba el arte y el ganso la burguesía. Gansos y gatos difícilmente se llevan bien, pero en contra de la tradición y de la misma alegoría, el gato y el ganso vivían juntos y en buena amistad. Igual, pensó Samuel, nadie cayó en la cuenta de que los gatos, a veces, también se dedican a cazar piezas imaginarias.

Le Chat Noir era al mismo tiempo cervecería, restaurante, cenáculo literario, taller de pintura y teatro, un establecimiento tan heterogéneo como sus clientes. Ocupaba un edificio de tres alturas. En el primer piso, el más singular de los tres, se hallaba el famoso teatro de sombras, proyecciones de siluetas de cinc que eran iluminadas por luces de colores sobre una pequeña pantalla, mientras se acompañaban por la música del piano. Mesas rectangulares de madera, sillas también de madera y bancos apoyados en las paredes, repletas de cuadros y dibujos de famosos artistas que se mezclaban con la clientela, todo formaba parte del espectáculo. Del techo colgaba un enorme pez dorado que parecía iba a saltar de un momento a otro sobre los imprudentes que se habían sentado bajo él. Escritores, músicos, chansonniers, pintores, escultores, afamados o desconocidos, se reunían alrededor de unas cervezas, hablaban del presente y del futuro y escuchaban las canciones que solían interpretar sus propios autores sin censura de ningún tipo.

La primera vez que entró en Le Chat Noir le invadió una sensación de libertad. Uno podía ir solo y permanecer solo si ese era su deseo, sin que nadie se metiera con él, pero si deseaba compañía, sobre todo para entablar apasionadas discusiones metafísicas acerca de la incertidumbre del existir, era suficiente con manifestar en voz alta su opinión. Enseguida encontraba a alguien que se sumaba a lo expuesto o trataba de rebatirlo. No había término medio. Aquí la fantasía no tenía rival. La Butte no distinguía entre fantasía y realidad, incluso las prostitutas y los chulos, los marginados de toda clase, los carteristas, estafadores y ladrones varios, parecían contar con un aura magnética que les hacía menos peligrosos.

Cerramos la entrada con unas pocas canciones de algunas de las figuras que solían actuar en el famoso cabaret. Aunque de Bruant ya hemos hablado, no podemos obviar su canción Le chat noir: “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”. La interpreta la compañía Cabaret Aristide Bruant durante una representación en el Palais Mascotte de Ginebra de 2009.

Decíamos antes que Erik Satie se ganó la vida un tiempo tocando el piano en Le Chat Noir. Vamos a escuchar Je te veux, vals que compuso para cabaret en 1902 (con texto de Henry Pacory), en interpretación de Marie Dellevereau acompañada al piano por Cédric Tiberghien.

El vídeo que sigue recoge un breve fragmento del espectáculo de La Compagnie du Chien Jaune Goguette (Borrcahera) que recrea el ambiente de los cabarets parisinos de finales del siglo XIX y principios del XX con canciones, entre otros, de Pierre-Jean de Béranger, Jules Jouy y Thérésa (protagonista de Goguette), habituales de Le Chat Noir.

Que tengan un buen día.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/08/en-le-chat-noir/

En el Divan Japonais

picasso

Le Divan Japonais (1901), acuarela de Pablo Picasso.

Famoso, entre otras cosas, por haber presentado al público el primer estriptis de la historia, este cabaret fue uno de los más populares de la Belle Époque parisina, concretamente en los años comprendidos entre 1883 y 1901. Situado en la calle Des Martyrs, ocupó el local de una sala de baile que inició su actividad a principios del siglo XIX conocida hasta entonces con los nombres de Musette de Saint Flour, Bal des Charbonniers y Brasserie des Martyrs. Con el auge de los cafés cantantes –café-concert, café-chantant o caf’conc, como se denominaban en francés este tipo de locales– en 1875 se reconvirtió en el Café de la Chanson y en 1883 –en pleno auge de la moda por el orientalismo– se redecoró, apostó fuerte en su programación con las estrellas del espectáculo de la Belle Époque, y cambió de nuevo su nombre por el de Divan Japonais, aunque también fue conocido como Concert Lisbonne, pues su dueño se llamaba Maxime Lisbonne. Como tal, aunque en algún momento fue denominado Folies Montmartre, estuvo en funcionamiento hasta que sus propietarios lo vendieron en 1900, transformándose en el Théâtre de la Comédie mondaine un año después.

El Divan Japonais era uno de los cabarets que  frecuentaba Samuel Valls, el protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas. Así describimos su ambiente:

La moda por lo exótico, y concretamente por lo oriental, estaba perfectamente representada en el Divan. Su interior lucía farolillos y pinturas sobre seda con muebles de bambú y de madera esmaltada de rojo y negro, los camareros iban vestidos de mousmés. El ambiente nada tenía que ver con la solemnidad de la ópera, todo resultaba más próximo, menos envarado. La alegría, la diversión, se reflejaba en los animados rostros de los presentes, predispuestos a disfrutar y satisfacer con voluptuosidad los placeres de los sentidos, los de la vista y el oído, de los del gusto se encargaban los mousmés, en constante ajetreo, con las bandejas llenas de copas y vasos y botellas de ajenjo, cerveza, vino, coñac, champán…

Yvette Guilbert por Toulouse-Lautrec en 1894

Yvette Guilbert (1894) cuando actuaba en el Divan, óleo sobre cartón de Toulouse-Lautrec.

Aquí actuaron grandes nombres de la chanson y del mundo de las varietés como Paulus, Eugène Lemercier, Marcel Legay o Polaire. El Divan estaba de moda y se llenaba todos los días, sobre todo si quien lo hacía eran Yvette Guilbert. Vamos a escuchar a Yvette Guilbert –que también es mencionada en la novela– en dos de sus mayores éxitos de la época: Le Fiacre, canción que en 1888 compuso Léon Xanrof, y Je suis pocharde!, de 1897, con música suya y letra de Louis Byrec.

En el Divan Japonais, como decíamos al principio, tuvo lugar en 1894 el que se considera el primer estriptis de la historia. Ese año se estrenó una pantomima lírica titulada Coucher d’Yvette (coucher significa dormir, acostarse, pero también tener sexo) en el que la cantante y actriz Blanche Cavelli se desvestía con estudiada coquetería antes de irse a la cama. Causó, lógicamente, un gran escándalo y en sucesivas representaciones se quedaba con una déshabillé rosa de tul trasparente. La fórmula, como es sabido, triunfó y el estriptis pasó a ser parte de la programación de muchos music-halls y fructífero negocio para el incipiente cine. Así, en 1896, Eugène Pirou produjo una versión cinematográfica de Coucher d’Yvette que dirigió Albert Kirchner. Estrenada en 1903, pasa por ser una de las primeras películas pornográficas de la historia. La película original duraba unos 7 minutos, pero tras estar años en los Archivos de la Filmoteca Nacional de Francia solo se han conservado menos de dos, los primeros, durante los que únicamente se ve el juego precoital y que recoge el vídeo que figura bajo estas líneas (la actriz es Louis Willy, el actor se desconoce).

Entre los clientes habituales del Divan figuraban la bailarina de cancán del Moulin Rouge Jane Avril y el pintor Toulouse-Lautrec, quien la pintó en el Divan en esta litografía.

Divan_Japonais

Jane Avril en el Divan Japonais” (1892-1893), litografía de Toulouse-Lautrec.

El fragmento que sigue es también de El corto tiempo de las cerezas y recrea una vez que Samuel Valls, su hija Camila y su amigo, el marchante Claude Frossard, coinciden en el Divan con Toulouse-Lautrec, un encuentro ficticio, por supuesto, pero que bien hubiera podido ser real caso de existir los personajes de la novela.

Un hombre paticorto, bajito, de metro y medio de estatura, se acercó a ellos en ese momento con aspavientos, blandiendo una hoja garabateada en sus manos. Caminaba con dificultad, cojeando y apoyándose en un bastón. Vestía una levita gris que le cubría hasta las rodillas, un chaleco también gris, aunque más claro, camisa blanca y pañuelo rojo anudado al cuello. Se tambaleaba, más que por su cojera por el efecto del alcohol. Sus pequeños ojos, enrojecidos, parecían a punto de romper los cristales de las gafas, aunque su mirada seguía siendo persistente, la propia de quien está acostumbrado a verlo todo con los ojos de quien trata de interpretar la realidad.

―Pero si es Henri ─observó Frossard.

Saludó este con un simple movimiento de cabeza a quienes veía habitualmente en los mismos lugares con las mismas compañías y a las mismas horas. Toulouse-Lautrec se dirigió a Camila y le entregó el papel que portaba. Era un dibujo de ella, realizado con el preciso trazo que caracterizaba sus obras, con una habilidad impropia de quien, presumiblemente, debería mostrarse menos firme por la continuada y exagerada ingesta de alcohol. Sumamente expresivo, se la veía, ¡cómo no!, riendo, gesticulando, los brazos levantados, mientras el resto de quienes compartían mesa con ella eran simples garabatos sin expresión alguna.

―Para usted señorita, con mi reconocimiento por su voz y su belleza.

Le dio el dibujo a Camila pero no quiso sentarse con ellos, no estaba en condiciones. Apoyándose en el bastón y en una joven bailarina del Divan marchó inmediatamente.

Seguiremos con los cabarets de tiempos de la Belle Époque que visitaba Samuel. Que pasen un muy buen día.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/03/en-el-divan-japonais/

En el Mirliton

louis-anquetin

En el Mirliton (1886), óleo de Louis Anquetin.

Uno de los cabarets más famosos de París en tiempos de la Belle Époque fue el Mirliton, sobre todo gracias a la personalidad de su dueño: Aristide Bruant (1851-1925), un cantante francés que componía e interpretaba sus propias canciones. Bruant había llegado a París en 1866 y se estableció en Montmartre, por entonces lugar de encuentro de artistas y escritores consagrados que compartían espacio e inquietudes con jóvenes admiradores de su obra, ansiosos por ocupar un lugar en el mundo del arte y el espectáculo. “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”, cantaba en su canción Le Chat Noir. Y la consiguió. En este cabaret, Le Chat Noir, logró hacerse celebre, ganar dinero y abrir su local: el Mirliton.

El Mirliton estaba decorado con obras de de artistas, amigos suyos, que ocasionalmente exponían allí. Para algunos fue la primera oportunidad de mostrar su trabajo al gran público. Fue el caso de Toulouse-Lautrec –que lo inmortalizó en su famoso cartel como el hombre de la bufanda roja y la capa negra– o de Louis Anquetin, pintor y amigo de Lautrec y de Bruant y autor del óleo que ilustra el encabezamiento de este artículo. Como Le Chat Noir, su cabaret también editó una revista, Le Mirliton, en la que además de publicarse sus canciones, aparecían ilustraciones de Steinlen y cuadros de su amigo Toulouse-Lautrec. De Théophile Alexandre Steinlen es el grabado que sigue, en el que plasma el ambiente que se respiraba en el local.

steilen_mirlinton

Esta era la fachada del Mirliton, en el número 84 del bulevar Rochechouart (antiguo local que hasta entonces había albergado Le Chat Noir.

84 del bulevar Rochechouart

En mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015), uno de los personajes, William Sutherland –un joven músico y compositor estadounidense que recorría Europa para estudiar más a fondo su música y acabó haciendo de doble de Bruant el Mirliton cuando este se retiró– conoce a la que será el gran amor de su vida y con la que se casará, la soprano Camila Valls, hija del protagonista del relato, Samuel Valls. El fragmento que sigue corresponde al poco de conocerse.

En el Mirliton, Camila cantaba Frou-frou. Sugerente, pícara, desenvuelta, cautivaba a todos los presentes. William Sutherland la acompañaba al piano. La gente se balanceaba a ritmo de vals y coreaba el frou-frou del estribillo. Una atronadora ovación siguió la última nota, también gritos de bravo y de otra, otra. Camila abordó después La sérénade du pavé, cuyo estribillo conocían casi todos y cantaban con ella. Se había convertido en una habitual del Mirliton desde que fuera recibida con el característico Oh! La! La! Cett’ gueule, cette binette! Oh! La! La! Cett’ gueul’ qu’il a… con que la saludó William, de acuerdo con el papel que representaba de doble de Bruant. Fue poco después de regresar de Londres cuando acudió al Mirliton acompañada de Samuel, que cumplía con el compromiso adquirido con William de visitarle, agradecerle su auxilio y devolverle el dinero que le prestó.

El Mirliton pasaba por ser el cabaret más transgresor de París, pero sus provocaciones eran ya demasiado conocidas y no escandalizaban a nadie. Puede que nunca lo hubieran hecho. Se decía que el día de la inauguración, en 1881, la clientela era tan escasa que podía contarse con los dedos de una mano. Aristide Bruant ─hombre procaz, desvergonzado, atrevido y buen comunicador─, que ya de por sí tenía un fuerte carácter, se cabreó como pocas veces antes y se metió con los presentes en el local, insultándoles. Para su sorpresa, nadie se molestó, antes al contrario: recibieron sus groserías con regocijo, reían la ocurrencia y le seguían el juego. Cada día era más complicado épater le bourgeois.

Todos los clientes son unos cerdos, sobre todo los que se van antes de tiempo, cantaba si alguien marchaba del local a mitad actuación. Las actuaciones de Bruant (…) consistían en la interpretación de poemas y, sobre todo, canciones compuestas por él que solía acompañar a la guitarra (…) en las que abordaba la mísera situación de los obreros y los marginados por la sociedad: indigentes, prostitutas y demás víctimas de la injusticia social que poblaban Montamartre, Belleville, Montrouge, la Glacière, les Batignolles…, pero con un tono de ironía que encandilaba a Samuel, como cuando cantaba sobre un obrero que se declaraba socialista al tiempo que manifestaba no entender nada de lo que pudieran decir sus líderes. Ahora vivía retirado y recibía periódicamente importantes sumas de dinero, en buena parte gracias a su imagen, inmortalizada por Toulouse-Lautrec con chaqueta y gabán de terciopelo negro, camisa y bufanda rojas, botas altas, bastón y sombrero.

Terminamos esta heterogénea entrada con un tema de Bruant y las dos canciones que se mencionan el párrafo que acaban de leer en las versiones que más se aproximan a cómo imaginé que podía interpretarlas Camila. De Bruant hemos elegido una de sus composiciones de mayor contenido social, Les canuts –como se conoce a los tejedores de seda (canuts) de Lion que protagonizaron diversas revueltas de entre 1831 y 1849–, en un vídeo que recoge un momento de la representación del Cabaret Aristide Bruant, que recrea el ambiente del Mirliton, durante 2009 en el Palais Mascotte de Ginebra.

De las canciones que interpretó Camila, la primera, Frou-frou (letra de Monréal y Blondeau y música de Henri Chatau), fue compuesta en 1897 y la escuchamos en la versión de Berthe Sylva de 1930 en el vídeo que en su día realizamos para Música de Comedia y Cabaret.

La segunda, La sérénade du pavé, es de 1894 y el autor de su letra y de su música se debe a Jean Varney. La interpreta Eugénie Buffet en el vídeo que sigue –con imágenes de la cantante y del Montmartre de la época– en una grabación de 1933.

Que empiecen bien la semana y la finalicen mejor.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/01/en-el-mirliton/