El corto tiempo de las cerezas

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El corto tiempo de las cerezas es mi última novela. Se trata de una novela ambientada históricamente que narra, a lo largo de de 518 páginas, el siguiente argumento (tal como figura en la contraportada):

Un límpido y soleado día, Samuel tomó la determinación de no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne a todo y parecía seguir la máxima que un día le dijo a Samuel el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.

Desde hoy a la venta. Puede adquirirla a través de Amazon clicando sobre El corto tiempo de las cerezas.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/06/24/el-corto-tiempo-de-las-cerezas/

Pequeñas luces, pequeños mundos

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Apartamentos del edificio Lake Shore Drive (Chicago), diseñados en 1957 por Mies Van Der Rohe. © Frank Scherschel / Life.

Había aún muchas luces encendidas, pequeñas luces, pequeñas historias de afectos y desafectos, amores y odios, certidumbres y celos, pasión y aburrimiento, también de compañías desinteresadas o sumamente egoístas, de soledades queridas o malvividas, de sexo sincero y orgasmos fracasados, pequeños mundos fragmentados, sin totalidad ni encadenamiento lógicos, inconexos entre sí, al borde de la esquizofrenia, amorfos, inmóviles en un presente atemporal en el que todas nuestras actuaciones se llevan a cabo con la inercia paralizante que caracteriza nuestro tiempo. Algunas luces se apagan, es hora de dormir, puede que de soñar, o de follar, solo o acompañado.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/06/14/pequenas-luces-pequenos-mundos/

Zozobra

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Danny DeVito en un fotograma de la película “La chica de mis sueños” (2007).

Había olvidado comprar una nueva botella de whisky. La que me quedaba estaba prácticamente vacía. Me di cuenta el día antes, al caer la tarde, al instante de servirme uno, generoso, y lo recordé por la noche, ya en la cama, en los momentos que anteceden al sueño, cuando parece acabarse todo y te dispones a entrar en otra realidad pero sigues consciente y adviertes todavía lo que sucede a tu alrededor, generalmente nada. Desconozco el motivo, pero casi siempre, mejor siempre, tal vez porque ─conscientemente o no─ es la hora en que la mente hace inventario de la jornada, es entonces que surgen olvidos y recuerdos, vengan o no a cuento. Los párpados, que parecían dispuestos a permanecer cerrados al menos un tiempo prudencial, se abren de nuevo acostumbrados como están ─todos los ojos─ a permanecer atentos a que alguna cosa suceda en nuestro exterior. Son momentos perturbadores por la propensión a querer ajustar la imaginación a lo previsible, o predecible, momentos en los que cualquier cosa, por irrelevante que a los demás llegue a parecer, puede ocasionar gran zozobra. La botella de whisky, por ejemplo.

No me acordé y al iniciar la tarde su diaria despedida, la hora de mi whisky, no tuve más remedio que salir a la calle otra vez. Incomoda, cansa. Vístete, no te olvides las llaves, el dinero, coge el ascensor, espera que está ocupado, cierra el portal o los vecinos te recriminarán si no lo haces, camina por la acera, detente, hay un semáforo en rojo para los peatones, espera, sigue, otro semáforo, no viene nadie, sí, detente de nuevo, continúa, ya llegas, ya estás, tres personas antes que tú, aguarda tu turno, ya te toca, llaman por teléfono a la dependienta, un momento, qué quieres, una botella de whisky, qué marca, la que deseas es demasiado cara, confórmate con otra, pagas, ya la tienes, te despides, vuelves a hacer de nuevo el mismo recorrido, el mismo semáforo, la misma muchacha acompañada de su perro que se acerca a los coches que se detienen cuando el disco se pone rojo, la misma acera, el mismo indigente con la cabeza gacha y el platillo prácticamente vacío, el portal por fin, ciérralo con llave, el ascensor, ocupado, paciencia, ya llega, no, se ha detenido de nuevo, ahora sí, pulsas el número de tu piso, sube, lentamente, se detiene en otro rellano anterior al tuyo, llegas a tu puerta, ya, menos mal que con el whisky, bien hubiera podido antes romperse la botella si, involuntariamente, tropezase con la puerta del ascensor, por ejemplo, o en uno de los ángulos de las paredes que conforman el pasillo que desde el ascensor lleva a tu habitáculo. Es posible, entonces habría que comenzar de nuevo.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/28/zozobra/