Día Mundial de la marihuana

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Resulta que hoy es el Día Mundial de la marihuana. No lo sabía. ¡Para una vez que tengo algo que festejar! Lo he leído en la edición de hoy del diario digital Perú21. No se sabe a ciencia cierta –leo– la razón de haber elegido esta fecha. Algunos dicen que se debe a que en 1971 un grupo de jóvenes de California (EEUU) –conocidos como Los Waldos – se reunían para fumar marihuana al finalizar las clases, precisamente, a las 4:20 p.m. Otros sostienen que, en 1995, unos 200 fumadores de marihuana se juntaron el 20 de abril para fumar en público en la ciudad de Vancouver (Canadá) en señal de protesta y para reivindicar la despenalización del cannabis. Poco a poco, movilizaciones similares empezaron a tener lugar en otros lugares. Cada vez reunían más personas, aunque no será desde luego este año el que mayor número de fumadores de cannabis registren las concentraciones, pues pocas se harán. Y es que el puñetero coronavirus nos está dando por el saco en casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Pues no es complicado ni nada conseguir marihuana en tiempos de coronavirus.

Las drogas han existido siempre y todas las civilizaciones y culturas las han usado para distintos fines: en rituales, ceremonias religiosas y profanas, como medicina y, por supuesto, con objetivos meramente lúdicos. Con el auge de las religiones monoteístas se consideró que estas alteraban la mente y comenzaron a ser demonizadas. En tiempos de la Inquisición se creía que la mandrágora o la belladona –plantas que pueden llegar a tener efectos alucinógenos– eran las que hacían volar a las brujas. Y a la hoguera que iban las pobres. Hasta entonces el consumo de drogas era una cuestión moral. En el siglo XIX, de la mano del Romanticismo, se produce una liberalización de las costumbres y en la prensa de la época encontramos anuncios de todo tipo de sustancias que luego se prohibirían. Entre ellas, por supuesto, la marihuana.

¿Por qué se prohibió? Entre otros motivos, están los intereses de la industria textil. En la década de 1930, tras el descubrimiento de fibras sintéticas como el nailon, el cáñamo resultaba un firme competidor. Por otra parte, también el cáñamo industrial se consumía fumado o en infusión. No eran tantos sus efectos, pero algo hacía. En mi pueblo, Muro d’Alcoi, al norte de la provincia de Alicante, donde la industria del cáñamo tuvo cierta importancia desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX, en la memoria popular queda constancia de su presencia y de su uso como estupefaciente. Así, la expresión dur un canyamó es una frase coloquial que equivale a decir que uno va “colocado”.

La razón última de su prohibición, no obstante, estriba en que la marihuana tiene efectos liberadores y ello hace más difícil la docilidad y la sumisión. Placer y trabajo, placer y moral, siempre han estado reñidos. No es la ‘salud pública’ la que preocupa, es la del trabajador, que ha de estar en condiciones para producir. El riesgo de la marihuana no puede ser otro que el derivado del hecho de que los consumidores se sientan mejor, más felices, más propensos al placer y más reticentes a las férreas disciplinas laborales a cambio de míseros salarios y abusos de la autoridad.

En 1937 se prohibió la marihuana en Estados Unidos (Marihuana Tax Act) y luego la prohibición fue extendiéndose al resto de países. Entre las razones que se esgrimían para haber tomado tal medida figuran algunas como que la marihuana “hace que los oscuros [los negros] crean que son tan buenos como los blancos” o que “lleva al pacifismo y el lavado de cerebro comunista”. Vamos, que libera, como decíamos antes.

La prohibición, obviamente, como ya ocurriera con la del consumo de alcohol durante la ley seca, no frenó su consumo. Las razones en que se apoyaba –por mucho que se les haya querido dar después una pátina científica– con el tiempo han mostrado injustificadas e indefendibles. Además, desde el punto de vista terapéutico se ha probado que sus efectos beneficiosos para la salud son múltiples. Por ello, algunos países han comenzado a cambiar la legislación al respecto. En Holanda se permite su compra y consumo en pequeñas cantidades a través de los coffee-shops. También en los estados norteamericanos de Colorado y Washington. En Uruguay es legal su venta y cultivo. También en Corea del Norte. Otros países –como Suiza, Alemania, Bélgica, España y Portugal– han despenalizado su consumo, aunque no su tenencia. Y poco más.

Las voces a favor de una legislación más permisiva inciden especialmente en los beneficios de la marihuana con fines medicinales. Pero no es del uso terapéutico de lo que quiero hablar, sino de su uso lúdico. Ese es, en última instancia, el que realmente impide que se legalice la marihuana a todos los efectos. Para defender la libertad de cada uno a consumirla cuándo y cómo le venga en gana recurriré al pensador y filósofo Antonio Escohotado. Conocido por sus posiciones antiprohibicionistas, es autor –dentro de una vasta producción– de Historia general de las drogas (1983, 3 vols.) y El libro de los venenos (1990), un pequeño vademécum personal, histórico y científico de aquellas sustancias comúnmente denominadas drogas.

Escohotado afirma –no solo él, dicho sea de paso– que la toxicidad de la marihuana fumada es insignificante. “No se conoce ningún caso de persona que haya padecido intoxicación letal o siquiera aguda por vía inhalatoria, dato que cobra especial valor considerando el enorme número de usuarios cotidianos”. Y eso que alguna de la que se vende es de dudosa calidad, especialmente la transformada en hachís (la resina). Sin embargo, cuando es de calidad “cabe esperar claros cambios en la esfera sensible. Se captan lados imprevistos en las imágenes percibidas, el oído –y especialmente la sensibilidad musical– aumentan, las sensaciones corporales son más intensas, el paladar y el tacto dejan de ser rutinarios”. Ello nos desinhibe, y cuando alguien se desinhibe se libera de temores. He aquí el “peligro”. Incitar a la persona a hacer cosas que siempre quiso hacer y no se atrevió.

“Como fármaco recreativo –prosigue Escohotado–, la marihuana tiene pocos iguales. […] Promociona actitudes lúdicas, a la vez que formas de ahondar la comunicación, y todo ello dentro de disposiciones desinhibitorias especiales, donde no se produce ni el derrumbamiento de la autocrítica (al estilo de la borrachera etílica) ni la sobreexcitación derivada de estimulantes muy activos, con su inevitable tendencia a la rigidez. A esos efectos, el inconveniente principal son los ‘malos rollos’ –casi siempre de tipo paranoide– que pueden hacer presa en algún contertulio. Sin embargo, esos episodios quedan reducidos al mínimo entre usuarios avezados, y se desvanecen fácilmente cuando los demás prestan a esa persona el apoyo debido”. ¿Y si se fuma en soledad? En este caso, dice Escohotado, “el lado a mi juicio más interesante es lo que W. Benjamin llamó ‘un sentimiento sordo de sospecha y congoja’, gracias al cual penetramos de lleno en zonas colmadas por lucidez depresiva. El entusiasmo inmediato, tan sano en sí, suele contener enormes dosis de insensatez y vanidad, que se dejan escudriñar bastante a fondo con ayuda de una buena marihuana. Por supuesto, muchas personas huyen de la depresividad como del mismo demonio, y considerarán disparatado buscar introspección en sustancias psicoactivas. Pero otros creen que convocar ocasionalmente la lucidez depresiva es mejor que acabar cayendo de improviso en una depresión propiamente dicha, cuando empieza a hacer aguas la frágil nave de capacidad y propia estima”.

Concluyendo: la marihuana apenas es tóxica, no nos lleva a la irrealidad (todo lo contrario), agudiza los sentidos, no dificulta la atención ni distorsiona la percepción, incrementa la sensibilidad, nos libera de ataduras, refuerza la introspección (otra cosa es que uno tema enfrentarse a sí mismo), relaja y tranquiliza, desinhibe, no aísla, y, por supuesto, no conduce a la toma de otras drogas que sí son dañinas (o más dañinas; hasta el agua puede ser dañina si toma en exceso).

Servidor de ustedes lleva años fumando habitualmente marihuana. Buena, eso sí. Durante esos años –y entre otras cosas– he escrito y publicado varios libros, he dirigido obras colectivas y una revista, he pronunciado conferencias y charlas, he participado en congresos y seminarios, realizado excavaciones arqueológico-industriales, he trabajado en un museo y he sido profesor universitario. Fumar marihuana no me ha impedido llevar a cabo todo ello. Jamás he tenido ningún problema por este motivo ni nadie ha manifestado la menor queja acerca de mi comportamiento profesional. ¿Qué a usted no le sucede esto? Pues es muy fácil: no fume. Pero que nos dejen en paz a quienes consideramos que es una fuente placer y lucidez que incluso puede llegar a enriquecernos vitalmente. Es una cuestión de responsabilidad individual. Ahora bien, si uno tiene una vida miserable la marihuana no lo solucionará. En este caso, mejor olvidarla.

En fin, ¡buenos humos! a los consumidores y a los que no lo son les pido un poco de tolerancia. Les dejo con este vídeo que hice en julio de 2018 reivindicando libertad para el uso lúdico de la marihuana. La ventaja de los ‘me gusta’ con respecto a los ‘no me gusta’ es de solo dos clics. A ver si consigo que sea mayor. En consecuencia, como digo siempre en estos casos, si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube, tanto si fuma como si no. En este último caso, como muestra de solidaridad con quienes sí lo hacemos.

Veinte años

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Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Pocas canciones hay tan bellas como Veinte años, se cante como o habanera o como bolero, pues su melodía es una auténtica delicia. La compuso la cantante, compositora y guitarrista cubana María Teresa Vera (1895-1965) en 1935. La letra es de la también cubana Guillermina Aramburu (1894-194?), hija de un destacado periodista, nacido en Guanajay (Cuba), masón y hombre de ideas autonomistas, primero, y luego separatistas. Ambas eran amigas desde niñas y no fue hasta muchos años después de la muerte de Guillermina en Nueva York, que María Teresa Vera reveló lo que hasta entonces había permanecido en secreto.

Muchos han sido sus intérpretes –empezando por la propia María Teresa– y muchas son sus grabaciones, mas a mi juicio ninguna supera la de Sílvia Pérez Cruz. Veinte años forma parte de la banda sonora de la vida de la cantante y compositora catalana, pues era una de las canciones preferidas de su padre, Càstor Pérez, también cantante y compositor de habaneras.

No es la primera vez que dedico una entrada a, ni tampoco el primer vídeo que hago con una canción interpretada por ella. Y es que como ya señalé anteriormente adoro a esta mujer de personalísima voz, versátil como pocas, poderosa, magnética y seductora, exenta de cualquier artificio, que consigue hipnotizar a quien la escucha desde la primera nota que sale de su privilegiada garganta.

La versión del video es una grabación en directo que ofreció Sívia durante la Gala Premis Ciutat de Barcelona (2013), acompañada a la guitarra por Mario Mas. En cuanto a las imágenes corresponden a la película ‘The Best of Me’ (2014, ‘Lo mejor de mí’).

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Sílvia Pérez Cruz

Paraules d’amor

Vídeo de Sílvia Pérez Cruz con su padre, Càstor Pérez, interpretando Veinte años en YouTube: