Clase obrera e industrialización es una reescritura de mi libro publicado en 1980 Lucha de clases e industrialización, una nueva versión, ampliada, en la que he introducido ciertos cambios y dado otro enfoque. El tema principal de que se ocupa sigue siendo los sucesos que tuvieron lugar en Alcoi en julio de 1873 conocidos como el Petrolio.
Unos hechos de tanta trascendencia como estos no pueden explicarse de forma aislada. No se trata de que un buen día se estableciera la Asociación Internacional de Trabajadores en Alcoi (AIT) y convirtiera a los trabajadores a su credo. Las ideas que preconizaba esta arraigaron con fuerza entre ellos porque se identificaban con los valores que los trabajadores habían ido conformando desde su propia experiencia. El impacto de la industrialización en la vida de la comunidad trabajadora conllevó un generalizado empeoramiento de sus condiciones de vida y trabajo. Por ello, la primera parte se centra en la formación de la clase obrera alcoyana, remontándome a los tiempos del ludismo. Las otras cuatro partes, así como los apéndices, tratan sobre el Petrolio. En él trato de ofrecer una exhaustiva información de lo que sucedió los días de la insurrección de julio de 1873, su trascendencia, la represión que siguió, el declive de la AIT y su paso a la clandestinidad, y muy especialmente de la identidad de la multitud, es decir, quiénes eran los trabajadores que participaron en la insurrección (los auténticos protagonistas de la misma), qué edad tenían, cuál era su sexo, cuál su estado civil, su nivel de instrucción, su localidad de nacimiento y la de su residencia, su profesión, su conducta a ojos de la ley y si tenían o no antecedentes, y los cargos de que fueron acusados los detenidos por su participación en los hechos.
Classe obrera i industrialització és una reescriptura del meu llibre publicat el 1980 Lucha de clases e industrialización, una nova versió, ampliada, en què he introduït certs canvis i donat un altre enfocament. El tema principal que s’ocupa continua sent els successos que van tenir lloc a Alcoi el juliol de 1873 coneguts com el Petrolio.
Uns fets de tanta transcendència com aquests no es poden explicar de manera aïllada. No es tracta que un bon dia s’establira l’Associació Internacional de Treballadors a Alcoi (AIT) i convertira els treballadors al seu credo. Les idees que preconitzava aquesta arrelaren amb força entre ells perquè s’identificaven amb els valors que els treballadors havien anat conformant des de la seua pròpia experiència. L’impacte de la industrialització a la vida de la comunitat treballadora va comportar un generalitzat empitjorament de les seues condicions de vida i treball. Per això, la primera part se centra en la formació de la classe obrera alcoiana, remuntant-me als temps del ludisme. Les altres quatre parts, així com els apèndixs, tracten sobre el Petroli. Tracte d’oferir una exhaustiva informació del que va passar els dies de la insurrecció de juliol de 1873, la seua transcendència, la repressió que va seguir, el declivi de l’AIT i el seu pas a la clandestinitat, i molt especialment de la identitat de la multitud, és a dir, qui eren els treballadors que van participar en la insurrecció (els autèntics protagonistes de la mateixa), quina edat tenien, quin era el seu sexe, quin estat civil, el nivell d’instrucció, la localitat de naixement i la de la seua residència, la seua professió, la seua conducta a ulls de la llei i si tenien antecedents o no, i els càrrecs de què van ser acusats els detinguts per la seua participació en els fets.
Ravachol / Wikimedia Commons (cortesía del Service Régional d’Identité Judiciaire de Paris)
Figura emblemática del anarquismo, Ravachol nació en Saint-Chamond; según cuenta en sus Memorias, su padre abandonó su madre, mujer y cuatro hijos, cuando el último apenas llegaba a los tres meses. Desde los ocho años le toca alimentar a la prole, alquilando su cuerpo para toda clase de labores. Encima, por si fueran pocos, un hijo del amor que trae su hermana agrava la miseria familiar.
Consigue ocupaciones que no le dan para tantas bocas. Se pone de tinturero y actúa de acordeonista en los bailes parroquiales de Saint-Étienne, sin por ello ofrecer a su parentela una existencia digna. Como lo lograra saciar el hambre de todo con las fusas y el serrucho, no ve más solución que cometer alguna ratería, tan pequeña que huno de aumentar los ingresos con el contrabando, la falsificación de moneda y, al fin, robos y atracos. Dice Louis Aragon que “era un músico mediocre, compositor de muy malas canciones sociales, en cambio, no tenía competidor con el manejo de la dinamita”.
A los dieciocho años descubre El judío errante, cuya lectura lo aleja para siempre de la religión y empieza a frecuentar reuniones colectivistas y libertarias.
Tras salir de la cárcel, un grafólogo se encarga de esbozar su retrato. Nota carencia de orgullo y vanidad, rectitud y honradez. “Los trazos de la mano indican ausencia de astucia y disimulo; la firma sin rúbrica, llaneza y falta de penetración. Es normal que siga fácilmente las ideas anarquistas y se lance como un ariete contra un baluarte”.
De lo único que le podía acusar cuando empezaron a hostigarle era de la muerte de un eremita; su abogado arguyó que Ravachol había entrado en la gruta del avaro cuando esperaba encontrarla vacía. Ante la sorpresa, lo amordazó para que no gritara y se conoce que se le fue la mano. Por lo demás, los delitos no pasaban de ser conatos lamentables engrandecidos por las autoridades para justificar la represión contra la epidemia terrorista que se abatió sobre Francia a partir de 1892. En los primeros meses estallaron varios artefactos, en particular el que destruyó el edificio del número 136 del boulevard Saint-Germain; atentado grave por los daños que causó (unos 40.000 francos) y sobre todo por su objetivo, monsieur Benoît, presidente el año anterior del proceso de los anarquistas de Clichy. “La explosión –escribió La Révolte– rehabilita la pólvora que se había echado de menos en los atentados anteriores.”
El restaurante Véry tras el atentado de Ravachol.
Ya habréis adivinado que el autor de este atentado fue Ravachol, y que no se contentaría con tan poca cosa: el 13 de marzo monta una expedición contra el domicilio del fiscal Bulot, quien pidiera la pena capital contra los anarquistas. El bombazo explota el día 27 y resulta mucho más devastador que el primero (120.000 francos), aunque también sin víctimas mortales.
A renglón seguido estalla otra carga en un cuartel, lo cual ya son palabras mayores e inquietantes para el gobierno. La policía solicita la colaboración de la prensa y le entrega una ficha en la que se resalta la cicatriz de Ravachol en una mano. El mismo día del atentado de Clichy, tuvo la desdichada idea de ir a cenar al restaurante Véry del boulevard Magenta, donde por la herida lo reconoce un camarero y lo denuncia.
Ravachol comparece ante el tribunal el 26 de abril. Cuando se inicia el proceso, el Palacio de Justicia parecía un fuerte de Vauvin, ni que lo fueran a asaltar los ostrogodos, tal era el número de gente que lo protegían. Y es que la víspera había saltado por los aires el restaurante Véry cuyo mesero había denunciado a Ravachol. La bomba se llevó por delante a un cliente. El periódico satírico Père Peinard consideró este acto como una verificación.
Los debates discurrieron con tranquilidad. Ravachol asumió todas las responsabilidades de los actos que le imputaban; según él, lo otros acusados eran simples comparsas. Nadie testificó en su contra; todos lo describieron como un dulce insatisfecho de la sociedad, desbordante de sentimientos humanitarios, aunque muy capaz de ejercer una venganza implacable contra los causantes de la pobreza.
No le condenaron a muerte, como se temía; a él y a su principal compinche les metieron trabajos forzados, y los tres otros acusados salieron limpios de polvo y paja.
El juicio de París no era sino un prólogo; en un segundo proceso le achacan las muertes de un rentista y su criada; de Jacques Brunet, de madame Marcon y su hija, crímenes que él niega con determinación.
Los que asistieron a su juicio concuerdan en que Ravachol mantuvo una compostura inusitada. El comisario encargado de su vigilancia lo describe “impasible en todas las sesiones a las que le sometió el presidente; solamente se le vio pestañear cuando tuvo que mentir para proteger a sus cómplices. Admitió los delitos que se achacaban sin jactancia y sin dudar. Su actitud fue siempre correcta, su lenguaje comedido, y de todos los que le rodeaban cuando se leyó la sentencia de muerte, parecía el menos afectado.”
La ejecución se lleva a cabo el 11 de julio de 1892 en Montbrison. Ravachol trata con displicencia al confesor y rechaza sus servicios. Cerca de la guillotina entona la canción del Père Duchesne. Dispone el cuello en el cadalso, sigue cantando cuando silba la hoja y corta “Viva la re…” por la mitad. Algunos pensaron que hubiera terminado por “…pública”. Otros creían que “…volución” sería más acorde con sus ideas.
Sea lo que fuere, L’Almanach du Père Peinard publicó en su honor un himno que cantaron niños y mayores:
Dansons la Ravachole, vive le son, vive le son
Dansons la Ravachole vive le son
d’l’explonsion!
[A bailar la Ravachole, viva el sonido, viva el sonido
A bailar la Ravachole, viva el sonido
¡de la explosión!]
Para el pueblo en general, el verdadero culpable fue el mesero del restaurante Véry. Los clientes dejan de serlo y le cierran las puertas de sus casas. Se evita su compañía por traidor; réprobo que inspira más desconfianza que el propio Ravachol, se le deja en el arroyo y a merced de las bombas anarquistas. Abandonado y medroso, va de puerta en puerta, como el Valjean de Victor Hugo, sin que nadie le ofrezca hospitalidad; decide, en fin, alejarse de allí, ponerse al socaire en cualquier país lejano, abandonar cuanto ama y admira, pero el gobierno no puede atenderlo con la premura necesaria; hay que formar expediente y analizar la justificación de su miedo.
Mientras tanto, Ravachol se convierte en un icono de la revuelta, cuya memoria se prolonga en numerosas canciones y textos del movimiento anarquista.
Los intelectuales no escatiman elogios. Octave Mirbeau, en su Apología de Ravachol, anota: “Me repugna el derramamiento de sangre, el sufrimiento y la muerte. Amo la vida, y toda vida es para mí sagrada. Esta es la causa por la que encuentro en el anarquismo lo que ninguna forma de gobierno puede dar: amor, belleza y paz entre los hombres. Ravachol no me mete miedo alguno. Es un fenómeno de transición, como el temor que inspira”. Élisée Reclus, declara: “Pocos hombres conozco que le ganaran en generosidad”. En el Art social, Museux profetiza un homenaje en París en 1992, primer centenario de su martirio. Según Paul Adam, Ravachol es “el renovador del Sacrificio esencial” y decreta: “El asesinato legal de Ravachol da comienzo a una era”. En fin, Victor Barrucand, en L’En Dehors, esboza una semejanza entre Cristo y el dinamitero.
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Texto extraído del libro de Ignacio Ramonet y Ramón Chao París rebelde. Guía política y turística de una ciudad (2008).