Defección

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“Demented eye” /nicrO

La defección y la aceptación de la inutilidad de cualquier aspiración es la única resistencia posible, la soledad la única compañera fiable.

El practicismo imperante nos asedia permanentemente y contamina y degradaba toda experiencia –las de los demás y las propias de uno– en medio de la locura egotista que, como escribió Slavoj Žižek, se propaga sin límites.

El fiasco, el desengaño, la indignación, la frustración, la impotencia acaban absorbidos y superados por la aversión. No hay otra salida posible. O eso o no sentir.

Que no nos frustre si nuestros propósitos fenecen sin lograr su objetivo porque de ninguno ellos pasó jamás la criba axiológica. Al contrario. Ya lo dijo Pessoa: “El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad”.

 

Puerilidad

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George Tooker ©

La futilidad de nuestras intenciones la observé desde niño. Mis opiniones nunca eran tenidas en cuenta, como mucho eran tomadas con chanza por los mayores, a veces recibía alguna regañina por usar vocablos inadecuados, poco más, cosas de niños, nada trascendente. Lo mismo sucedía con mis acciones, o eran irrelevantes o eran perjudiciales, para mí o para los demás. Mi inclinación a la soledad era atribuida al retraimiento y la introversión, así me animaban a jugar con chicos de mi edad, lo que me obligaba a tomar decisiones, todo juego tiene sus reglas que deben ser de obligado cumplimiento, pero no siempre podemos llevarlas a efecto, algunas requieren unas cualidades físicas que no todos poseen, cierto grado de habilidad, de interés, además del estado de ánimo de uno y de los demás participantes, dándose la paradoja de vernos obligados a elegir entre las diversas posibilidades que se nos presentan, a decidir libremente cuando es del todo imposible, pues se requiere la  previa aceptación de las pautas establecidas y la adaptación a las mismas, lo contrario nos conduce necesariamente al fracaso. Pronto advertí que las mismas circunstancias rodeaban del mismo modo cualquier otra situación, fuera en casa, en el colegio, con los amigos cuando los tuve, con las chicas cuando las descubrí, con los mayores, un mismo esquema, una misma salida para todo. Desde entonces, siempre tropecé con la incomprensión, la arbitrariedad, el absurdo, que guiaba –y guía– las conductas de los partícipes en cualquier hecho o situación concreta, constituyendo de ese modo el bastidor de un lienzo que no se ve pero es indispensable para fijar la tela, que es más poderoso de lo que aparenta pues sin él la tela no se sostendría, pero se sienten perdidos y prefieren tragarse la rabia que les provoca la falta de reconocimiento al papel que desempeñan, más importante de lo parece, antes que manifestar su resistencia. Todo ello, advertí más tarde, no obedece más que a la pasividad con que afrontamos el devenir, a la indolencia, a una voluntaria sumisión. Aunque hayamos dejado la niñez atrás, seguimos viviendo en un mundo pueril.

La libertad se conquista, no se mendiga

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«Discutiendo la Divina Comedia con Dante» (2006), óleo de Li Tiezi, Dai Dudu y Zhang An.

Parafraseo a José Martí, quien en 1879, en un discurso que pronunció en La Habana en honor del periodista Adolfo Márquez Sterling, dijo. “Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan”.

La libertad del individuo es, o ha de ser, una cuestión universal, no un concepto que pueda ir alterándose en función de las circunstancias precisas de cada momento histórico. La libertad es la libertad sin más, la no subordinación de uno a otro. La libertad, pues, se conquista, no es un favor que haya que pedir a nadie. Y nada se conquista sin luchar. Así pues, hay que combatir por la libertad. Pero, ¿qué significa combatir por la libertad?

“Combatir por la libertad no es dejar que los dirigentes decidan por sí mismos ni seguirles con obediencia o a lo sumo criticarlos de vez en cuando. Combatir por la libertad es participar con todos los medios, pensar y decidir por uno mismo, asumir todas las responsabilidades como personas, entre compañeros iguales. Es cierto que pensar por sí mismo (…) constituye (…) una de las tareas más arduas y difíciles (…) [que exige] mucho más que pagar y obedecer. Pero ese es el único camino hacia la libertad. Pedir nuestra liberación a otros, los cuales hacen de esa liberación un instrumento de dominación, es sencillamente sustituir a los antiguos amos por otros nuevos”.

Son palabras de Anton Pannekoek que extraigo de “Los consejos obreros” (publicado originalmente en 1936 en International Council Correspondence, vol. 2, núm. 5, con el seudónimo de J. Harper).