Don Cosme, el putero

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“Bordeelscene” (1930), lienzo de Rudolf Bergander.

Don Cosme no tiene familia, nunca se ha casado ni engendrado hijo alguno. Tampoco amigos, han muerto ya los más, de los pocos que tenía. Pero el sexo, yo más diría el cariño, sigue siendo un hábito del que nunca ha prescindido. Don Cosme es un putero. Así se definió él una vez, en una de nuestras conversaciones, revelando una faceta de su existencia que nunca hubiese adivinado, pues hasta entonces se había mostrado como un hombre de profundas creencias religiosas ─cristianas, por supuesto─ aunque no practicante. Mas don Cosme es un tipo curioso, que no oculta sus contradicciones. Tampoco trata de justificarlas. O sí. Eso le conduce a sostener teorías ciertamente singulares. A su juicio la iglesia se había apoderado del mensaje de Jesús hasta desfigurarlo por completo en función de intereses mundanos. Las prostitutas arrastraban consigo, desde tiempos remotos, el estigma del rechazo, eran unas cualquiera, mujeres de mala vida, de la calle, fulanas, perras, pelanduscas, busconas. Don Cosme condenaba la prostitución en tanto que la venta del cuerpo con fines sexuales a cambio de dinero envilece y degrada a las personas, pero no es tanto, decía, el intercambio sexual en sí como las condiciones en que este se produce lo que lo convierte en algo indigno. Si hay tantas putas en el mundo es porque no hay amor, porque más que con el cuerpo con lo realmente se comercia es con las voluntades; eso es lo que en verdad se vende y se compra, decía. El intercambio sexual era, según su parecer, otra cosa en cuya explicación intervenían factores tanto sociales como biológicos. En algún sitio había leído que algunos animales, como determinadas especies de pingüinos, intercambian sexo por piedras adecuadas para la construcción de nidos; también que entre los chimpancés enanos las hembras ofrecen sexo a cambio de comida, y que este es igualmente un mecanismo para la resolución de conflictos. Ni siquiera el primer cristianismo condenó explícitamente la prostitución. Es más, la primitiva iglesia de Roma la toleraba, también el concubinato, lo que prohibió fue la poligamia, contraria a la cultura grecorromana, que prescribía una sola esposa legal.

Alegaba también don Cosme que la Biblia hace numerosas referencias a la prostitución común que, contrariamente a lo que la gente piensa, no son negativas. En la Edad Media la prostitución se desarrolló de manera considerable en Europa y los burdeles eran frecuentemente regentados por los propios municipios, siendo a causa de la Reforma y de la aparición de epidemias de infecciones de transmisión sexual en el siglo XVI que comenzó a controlarse la prostitución; únicamente tres hombres podían tener relaciones con una mujer al día. Después vendría el negocio, y los proxenetas, y la identificación de las putas con lo abyecto, pues el intercambio sexual debía producir beneficios.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/22/don-cosme-el-putero/

Los profesionales

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Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos, arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y de lo que no, aunque no digan que está mal, y hay también productores, que solo sirven para elaborar bienes a los que no siempre tienen acceso, que sueñan con vivir y pasan toda su existencia ansiando un mejor estatus, si no para ellos para sus hijos, que con suerte serán profesionales y podrán comprarse un piso que no siempre habrán construido los buenos profesionales y que, si van bien las cosas y no les desahucian, estarán pagando hasta aburrirse de estar encerrados en sus anónimas y monótonas paredes, oscuras aunque estén pintadas con colores claros, frías incluso si estos son cálidos, paredes sin luz, pues Rothko es patrimonio de los profesionales, y un coche con GPS aunque solo lo utilicen para ir a llevar los niños al colegio, si puede ser de pago, o concertado por lo menos, para que se eduquen el justo medio, para que olviden los extremos, para que no lleguen a conocerlos, no sea cosa que se fumen un canuto, por ejemplo, y se den cuenta del placer que se obtiene cuando no se produce y se intenta vivir. Obviamente, esto no puede suceder, sería el caos, es decir, un nuevo orden. Hay que seguir un protocolo, un proceso en cuyo desarrollo se mimeticen los comportamientos de definidores, expertos y profesionales, de los que se sienten ―lo son― superiores, los que saben dónde está la llave del interruptor y como se maneja este, los que te pueden dejar a oscuras en cualquier momento, cuando cuestiones el justo medio si decides vivir en vez de existir. Y es que ellos son cultos, educados, saben, conocen, dictan, y su buen hacer nos señala cómo hemos de comportarnos para no perdernos y tomar el camino adecuado.
[A todos] hemos de estarles agradecidos, sin ellos no sabríamos qué es la cultura, en qué ocupar nuestro tiempo libre, no conoceríamos los grandes tesoros que guardan los museos, o los conoceríamos pero no podríamos apreciarlos, como tampoco los grandes logros del conocimiento, nadie nos diría qué leer, qué música escuchar y a veces oír, qué comer, qué beber, de qué reírnos y por qué llorar, qué hemos de decir según a quién, cómo comportarnos en las diversas situaciones o ambientes que la vida nos depara, a quién amar. No tendríamos referencia alguna, nos perderíamos sin un modelo que imitar. Claro que también existen los que no son buenos profesionales, pero la gente apenas se fija en ellos al considerarlos como un igual, pues nunca salen en televisión, ni en las revistas o periódicos, ni se habla de ellos en la radio, e incluso los hay que no llevan distintivo alguno que los identifique.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/07/los-profesionales/

Por el largo y sinuoso camino de la vida

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“Trinchera” (1918). Otto Dix.

El [camino] que yo elegí, alguno había que coger, es evidente que no me ha llevado a parte alguna. Era, es, aunque ya estoy cansado de caminar y me he detenido no sé si para siempre en esta ciudad en la que todavía creo que estoy de paso, un camino lleno de baches imperceptibles a simple vista, con el suelo de despojos de corazones infartados e hígados hinchados, sus márgenes señalados con lápidas sin inscripción alguna y donde nunca puede saberse si hay sol o está nublado o es de noche. Un camino largo, aparentemente recto pero en realidad sinuoso y quebrado en extremo, descuidado, desnudo. Con gente, mucha gente. Caminando todos en la misma dirección. Algunos caminando en dirección contraria. Pocos. Saludos. Todo el mundo saludándose a pesar de tener las orejas cortadas. Otros la lengua. Sin ojos los más pero mirándose unos a otros. Un colchón de vez en cuando. Para descansar. O para follar. Todos los colchones iguales. Sucios, manchados de semen y de sangre. Algunos colchones con un televisor junto a ellos, en el suelo. Todos emiten siempre el mismo programa. Una mujer gorda cantando ópera, desnuda, desde lo alto de un olivo. Hay quien se masturba mirándola. Los que no tienen ojos pasan de largo, pero alguno se detiene y llora, sin lágrimas. Cuando oscurece la gente se detiene. Muchos miran absortos las estrellas, sobre todo los que no tienen ojos. De vez en cuando alguna estrella cae y mata a alguien. Risas y llantos se mezclan sin poder discernir los que ríen de los que lloran. Alguna mujer aprovecha el momento para parir. No todas paren lo mismo. Una pare un pez enorme. Le gente se lo come. Otra, una manta, con la que otros se abrigan. Nadie duerme. Cuando amanece siguen caminando. El paisaje siempre es el mismo y el camino no tiene fin. Nadie se detiene. Los niños, que todavía tienen ojos, miran hacia el suelo. De vez en cuando un señor con chistera y maletín ordena a los guardias que le acompañan que les reúna y les obliga a mirar hacia arriba cuando el sol alcanza su cénit hasta que quedan deslumbrados. Luego vuelven con sus padres. Hay un autobús que recoge a los ancianos. Los lleva a un hospital, donde los cirujanos se afanan en cortarles los pies y colocarles unas ruedas en su lugar. Una orquesta interpreta canciones para sordos, que se hacinan, borrachos, junto a una inmensa barra de bar. Después siguen caminando. Algunos descansan en los colchones sucios de semen y sangre. Muchos follan solos. Otros, los menos, acompañados. Hasta que pasa la borrachera. Siguen caminando. Un policía les ayuda. Carga con ellos sobre su espalda. A algunos los deja caer en fosas sépticas. A los que han comido mucho les obliga a vomitar para que pesen menos y los otros tengan alimento.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/28/por-el-largo-y-sinuoso-camino-de-la-vida/