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El corto tiempo de las cerezas es una novela ambientada históricamente, de 518 páginas, cuyo marco cronológico abarca desde los inicios de la industrialización hasta vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial.
Un límpido y soleado día, Samuel tomó la determinación de no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne a todo y parecía seguir la máxima que un día le dijo a Samuel el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.
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“Joseph Lanner y Johann Strauss” (1906), óleo de Charles Wilda.
Empezaron a sonar los valses y las polcas. La sala se llenó de parejas que seguían con mayor o menor acierto los movimientos y pasos deslizantes de los primeros y las rápidas evoluciones que requieren las segundas. Encontronazos, topetones y alguna que otra coz propinada por entusiastas lechuguinos, acompañaban miradas cambiadas y cuellos estirados.
Cuando de los instrumentos de los músicos salieron las primeras notas de la Ana de Strauss, unos cuantos jóvenes formaron círculo alrededor de una hermosa muchacha que evolucionaba en el centro sintiéndose el foco de atención de todas las miradas, aunque puede que ninguna tan penetrante como la de Samuel, ensimismado desde que la joven dio los primeros pasos. Se trataba de Anita [la hija del preboste local don Armando Garrigós]. Lucía un vaporoso vestido azul de glasé con bordados en seda e hilos dorados que se movía con la inexplicable gracia de su meneo a una y otra parte. Su sedoso pelo moreno resaltaba una tez blanca, casi nacarada, como correspondía a las señoritas de buena sociedad; sus rasgados y grandes ojos negros se mostraban alegres y despiertos, y la mirada y la media sonrisa de su carnosa boca rebosaban sensualidad. Al menos así la veía el abstraído Samuel. Algo había en ella que excedía el entendimiento de Samuel, algo arrebatador que ejercía sobre él un irresistible poder de atracción, un deseo irrefrenable de poder disfrutar más íntimamente de tanto donaire. No podía apartar su vista de Anita, tampoco lo intentaba, embelesado como estaba no era consciente que su mirada resultaba un tanto indiscreta. Anita se percibió de ello y fijó durante unos instantes sus ojos en los de Samuel con estudiada coquetería.
―¿Dónde estás Samuel? ¿Con las musarañas? ¿O tanto champaña te ha sorbido los sesos?
Monllor rompió el ensimismamiento en que Samuel estaba sumido. Estaban a punto de brindar por la República y ni siquiera se había dado cuenta.
―¡Por la República, señores! ─voceó Botella.
―¡Por la República! ─prorrumpieron los demás.
“Muchacha en el baile” (1875), óleo de Berthe Morisot.
El baile estaba a punto de finalizar. Un galop hizo bailar a todos los presentes, un enardecedor jolgorio se había apoderado de la sala. Como requería la danza, los bailadores imitaban los pasos de un caballo levantando un pie al tiempo que el otro ocupaba su lugar. Samuel no paraba de mirar a todas partes en busca de aquella encantadora joven. Acabó el galop emulando los participantes un terremoto. Supuestamente, era el último bailable, pero nadie se resignaba a abandonar el local, era el primer día de Carnaval y los ánimos se hallaban enardecidos. Los músicos volvieron a sacar las partituras y una contradanza devolvió la animación, de la que no desistía ninguno de los presentes. De nuevo el frenético movimiento: hacia adelante, hacia atrás, inclinando la cabeza conforme la dirección en que se avanzaba. De nuevo el revoloteo de las faldas, el alegre colorido resultante de la mezcla de colores. Anita, sin embargo, ya había abandonado el café, si no difícilmente hubiese pasado inadvertida. Desde luego, para Samuel no.
―¿Tú sabes quién era la chica esa? ─preguntó Samuel a Esclafit, que por fin había conseguido que salieran de allí.
―¿Quién? ¿La que devorabas con la mirada?
―¿Otra vez con tus sandeces?
―No te enfades, pero deberías haberte visto, eras como una beata contemplando a la mismísima Virgen.
―Bueno ¿sabes quién era o no?
― Para tu desgracia sí.
―¿Para mí desgracia?
―Anita Garrigós, la hija de don Armando Garrigós. Ahí no tienes nada que hacer.
Annen Polka (La polca de Ana) fue compuesta por Johann Strauss el 24 de julio de 1852, dos días antes de la celebración del día de Santa Ana (26 de julio), una de las más importantes festividades del calendario vienés.
Posteriormente, en 1883, se basó en ella para el tema “Schwipslied”, de su opereta en tres actos Eine Nacht in Venedig (Una noche en Venecia) –libreto de Camillo Walzel y Richard Genée–, cuya protagonista se llama Annina. Estrenada en Berlín el 3 de octubre de 1883, fue la única de las operetas de Johann Strauss II que se estrenó fuera de Viena.
Vamos con las dos versiones. La primera por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Daniel Barenboim, durante el tradicional Concierto de Año Nuevo de la capital austriaca de 2009. La segunda a cargo de la soprano surcoreana Sumi Jo en el Concierto de Año Nuevo que tuvo lugar en Roma en 2015.
Pi y Margall desbordado por el federalismo, representado por figuras infantiles ataviadas con los distintos trajes regionales. Caricatura de la revista satírica “La Flaca” (1873).
―El pueblo está desengañado, don Anselmo. Las consabidas medidas de suprimir las quintas y el impuesto de consumos ya no son ninguna novedad cuando se cambia de gobierno, menos de régimen. Las clases obreras siguen sin percibir cambio sustancial alguno en su cotidianeidad. Es lógico que vean en la Internacional la única fuerza que verdaderamente les representa, la panacea de todos sus males. Puede haber libertad de imprenta, pero si los obreros no saben leer ni escribir en su inmensa mayoría ¿para qué sirve? Puede existir el sufragio universal, ¿mas para elegir a quién? ¿Y en base a qué? ¿Para qué la libertad de comercio si la mayoría no tiene con qué comerciar? ¿Pará que la libertad de pensamiento y expresión si nadie lee nada? ¿Qué van a expresar? Por supuesto para eso están las escuelas, y las hay gratuitas y nocturnas, pero ¿van a ir después de trabajar doce, catorce y hasta dieciséis horas? ¿Qué ha cambiado?
―A ver Samuel, no confundamos las cosas. Yo no estoy en contra de la Asociación, al contrario. Y suscribo tus razonamientos. Es cierto que el industrialismo ha cometido muchos excesos y que los gobiernos no han llevado adelante política alguna encaminada a terminar con las monstruosas desigualdades originadas por el egoísmo de los patronos. Es natural ese desengaño por parte del pueblo de que hablas. Pero hay que entender que únicamente la República puede garantizar la libre asociación de las clases populares, y que solo con la libre asociación puede el proletariado alcanzar la regeneración y su mejoramiento moral y material. La República, federal, por supuesto, en tanto que se forma sobre la base de asociaciones locales de ciudadanos, promueve la participación ciudadana en los asuntos públicos. No deben sentir los obreros esto como algo ajeno, entonces sí se apoderaría de la sociedad la anarquía y el caos.