En el Mirliton

louis-anquetin

En el Mirliton (1886), óleo de Louis Anquetin.

Uno de los cabarets más famosos de París en tiempos de la Belle Époque fue el Mirliton, sobre todo gracias a la personalidad de su dueño: Aristide Bruant (1851-1925), un cantante francés que componía e interpretaba sus propias canciones. Bruant había llegado a París en 1866 y se estableció en Montmartre, por entonces lugar de encuentro de artistas y escritores consagrados que compartían espacio e inquietudes con jóvenes admiradores de su obra, ansiosos por ocupar un lugar en el mundo del arte y el espectáculo. “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”, cantaba en su canción Le Chat Noir. Y la consiguió. En este cabaret, Le Chat Noir, logró hacerse celebre, ganar dinero y abrir su local: el Mirliton.

El Mirliton estaba decorado con obras de de artistas, amigos suyos, que ocasionalmente exponían allí. Para algunos fue la primera oportunidad de mostrar su trabajo al gran público. Fue el caso de Toulouse-Lautrec –que lo inmortalizó en su famoso cartel como el hombre de la bufanda roja y la capa negra– o de Louis Anquetin, pintor y amigo de Lautrec y de Bruant y autor del óleo que ilustra el encabezamiento de este artículo. Como Le Chat Noir, su cabaret también editó una revista, Le Mirliton, en la que además de publicarse sus canciones, aparecían ilustraciones de Steinlen y cuadros de su amigo Toulouse-Lautrec. De Théophile Alexandre Steinlen es el grabado que sigue, en el que plasma el ambiente que se respiraba en el local.

steilen_mirlinton

Esta era la fachada del Mirliton, en el número 84 del bulevar Rochechouart (antiguo local que hasta entonces había albergado Le Chat Noir.

84 del bulevar Rochechouart

En mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015), uno de los personajes, William Sutherland –un joven músico y compositor estadounidense que recorría Europa para estudiar más a fondo su música y acabó haciendo de doble de Bruant el Mirliton cuando este se retiró– conoce a la que será el gran amor de su vida y con la que se casará, la soprano Camila Valls, hija del protagonista del relato, Samuel Valls. El fragmento que sigue corresponde al poco de conocerse.

En el Mirliton, Camila cantaba Frou-frou. Sugerente, pícara, desenvuelta, cautivaba a todos los presentes. William Sutherland la acompañaba al piano. La gente se balanceaba a ritmo de vals y coreaba el frou-frou del estribillo. Una atronadora ovación siguió la última nota, también gritos de bravo y de otra, otra. Camila abordó después La sérénade du pavé, cuyo estribillo conocían casi todos y cantaban con ella. Se había convertido en una habitual del Mirliton desde que fuera recibida con el característico Oh! La! La! Cett’ gueule, cette binette! Oh! La! La! Cett’ gueul’ qu’il a… con que la saludó William, de acuerdo con el papel que representaba de doble de Bruant. Fue poco después de regresar de Londres cuando acudió al Mirliton acompañada de Samuel, que cumplía con el compromiso adquirido con William de visitarle, agradecerle su auxilio y devolverle el dinero que le prestó.

El Mirliton pasaba por ser el cabaret más transgresor de París, pero sus provocaciones eran ya demasiado conocidas y no escandalizaban a nadie. Puede que nunca lo hubieran hecho. Se decía que el día de la inauguración, en 1881, la clientela era tan escasa que podía contarse con los dedos de una mano. Aristide Bruant ─hombre procaz, desvergonzado, atrevido y buen comunicador─, que ya de por sí tenía un fuerte carácter, se cabreó como pocas veces antes y se metió con los presentes en el local, insultándoles. Para su sorpresa, nadie se molestó, antes al contrario: recibieron sus groserías con regocijo, reían la ocurrencia y le seguían el juego. Cada día era más complicado épater le bourgeois.

Todos los clientes son unos cerdos, sobre todo los que se van antes de tiempo, cantaba si alguien marchaba del local a mitad actuación. Las actuaciones de Bruant (…) consistían en la interpretación de poemas y, sobre todo, canciones compuestas por él que solía acompañar a la guitarra (…) en las que abordaba la mísera situación de los obreros y los marginados por la sociedad: indigentes, prostitutas y demás víctimas de la injusticia social que poblaban Montamartre, Belleville, Montrouge, la Glacière, les Batignolles…, pero con un tono de ironía que encandilaba a Samuel, como cuando cantaba sobre un obrero que se declaraba socialista al tiempo que manifestaba no entender nada de lo que pudieran decir sus líderes. Ahora vivía retirado y recibía periódicamente importantes sumas de dinero, en buena parte gracias a su imagen, inmortalizada por Toulouse-Lautrec con chaqueta y gabán de terciopelo negro, camisa y bufanda rojas, botas altas, bastón y sombrero.

Terminamos esta heterogénea entrada con un tema de Bruant y las dos canciones que se mencionan el párrafo que acaban de leer en las versiones que más se aproximan a cómo imaginé que podía interpretarlas Camila. De Bruant hemos elegido una de sus composiciones de mayor contenido social, Les canuts –como se conoce a los tejedores de seda (canuts) de Lion que protagonizaron diversas revueltas de entre 1831 y 1849–, en un vídeo que recoge un momento de la representación del Cabaret Aristide Bruant, que recrea el ambiente del Mirliton, durante 2009 en el Palais Mascotte de Ginebra.

De las canciones que interpretó Camila, la primera, Frou-frou (letra de Monréal y Blondeau y música de Henri Chatau), fue compuesta en 1897 y la escuchamos en la versión de Berthe Sylva de 1930 en el vídeo que en su día realizamos para Música de Comedia y Cabaret.

La segunda, La sérénade du pavé, es de 1894 y el autor de su letra y de su música se debe a Jean Varney. La interpreta Eugénie Buffet en el vídeo que sigue –con imágenes de la cantante y del Montmartre de la época– en una grabación de 1933.

Que empiecen bien la semana y la finalicen mejor.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/01/en-el-mirliton/

Frossard, Samuel y la inundación de París de 1910

A finales de enero [de 1910] una crecida del Sena provocó una de las peores inundaciones que había conocido la ciudad. Los días comprendidos entre el 20 y el 28 de dicho mes llegaron a conocerse como la “semana terrible”. Veinte mil edificios, ciento treinta calles y cuarenta kilómetros de vía pública acabaron anegadas. Muchos no podían siquiera salir de sus casas, con los bajos inundados, y se les procuraba alimentos mediante barcas. La mayor parte de la ciudad quedó sin gas, electricidad y teléfono, el transporte público no funcionaba. Frossard fue uno de los ciento cincuenta mil parisinos resultaron damnificados. No habrían pasado ni tres meses desde que consiguiera a buen precio un bajo en el bulevar de Sebastopol, cerca de la plaza de Châtelet, y trasladara allí, a mejor alcance de sus potenciales compradores, los cuadros de mayor valor y algunas pertenencias, que sufrieron serios daños a causa del agua estropeando la mayoría de las obras. En barca pudo llegar a las inmediaciones de Montmartre ─convertido en una isla─ en busca de Samuel. Con su amigo, y con la ayuda de buenos vinos y licores, superaría mejor el mal trago, aunque de todos modos no era Frossard alguien que se arredrara así como así. Había sufrido una gran pérdida, miles de francos se esfumaban en lo que, sin duda, era el mayor despilfarro de su existencia, excesivo e innecesario.

―¿Y qué harás con todos esos cuadros?

―Los guardaré, querido amigo, así como están, nada de restaurarlos, me costaría más de lo que valen. Quién sabe, igual algún día, cuando se haya olvidado el desastre, valgan un dineral. Ya lo verás, algunos puede que hasta hayan mejorado, igual les venía bien un buen baño.

Frossard no perdía el sentido del humor ni siquiera en los momentos difíciles. La inundación no era el único de sus males. Acababa de salir de una grave enfermedad, una tuberculosis ósea, y los médicos le habían advertido de que debía cuidarse, nada de excesos, sobre todo en la comida y la bebida. Malditos matasanos, qué mierda sabrán ellos de la vida si siempre están pendientes de la enfermedad y de la muerte, decía. Samuel compartía su opinión, o al menos no le contradecía, tiempo hacía que los dolores de espalda eran cada vez más molestos y que la tos, la puñetera tos, no le dejaba en paz, pero se resistía a que le viera un médico. Por supuesto, nunca le dijo a su amigo qué debía hacer y qué no. Frossard continuaba bebiendo y fumando como si nada, la vida seguía siendo una fiesta para él, no podía concebirla de otro modo.

Entretanto reparaba el local Frossard residió en el domicilio de Samuel, su vieja casa de Montmartre estaba hecha un desastre. Menos en serio que la vida se tomaba aún Frossard el arte a pesar de vivir de él, o tal vez por eso. Hablaba pestes de los pintores, embarcados ─afirmaba─ en una huida hacia adelante desde que la fotografía redujo sensiblemente su papel de cronistas de la historia que nadie sabía a dónde les llevaría.

―Cuanto más enmarañado sea el tema mejor, cuanto más se recree uno en tratar de descifrar qué quería decir el pintor en esa mezcolanza de colores más culto es. ¿Adivinas qué es lo que más me cabrea? Que solo dos días antes del malvado diluvio me costó un dineral la cena y, sobre todo, el ansia lujuriosa de un par de críticos a los que invité. Ya sabes, o hablan bien de ti o te vas al carajo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Fotografías tomadas de iBytes (ibytes.es)

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/23/frossard-samuel-y-la-inundacion-de-paris-de-1910/

Amantes

konstantin-somov

“Amantes” (1933). Konstantin Somov.

Samuel era bastante torpe en el arte amatorio. Sus encuentros sexuales habían sido escasos y del que prometía ser el más pasional de todos, con Anita, solo obtuvo una tremenda frustración. Se podrían considerar el par de veces que había ido de putas en Alcoi, donde unas sucias meretrices se limitaban a tumbarse en un mugriento jergón, levantarse la falda y decir Venga, empieza ya. Y luego Beatriz, con quien creía haber hecho el amor, pero a la que ni siquiera había llegado a ver desnuda. Con Brigitte, en cambio, se sintió trasportado a un universo de sensaciones desconocidas que llenaban todos sus sentidos. Olía a tomillo, con los ojos cerrados era como si estuviese en su querido rincón de Farinetes, la misma paz.

La China se dio cuenta enseguida de la inexperiencia de Samuel. Relájate, anda, déjate llevar, le dijo con dulzura, la misma con que a continuación se desnudó y le desnudó. Las yemas de los dedos de sus manos empezaron a recorrer suavemente la epidermis de su compañero que, con los ojos cerrados, respiraba agitadamente. Su corazón latía con fuerza, acelerado por el deseo; puede también que por la timidez, tal vez por el miedo. Trató de decir algo, pero solo un inaudible balbuceo salió de su boca. Calla, relájate, respira hondo, insistió Brigitte, cuyas manos continuaban deslizándose por el cuerpo de Samuel con la levedad de una pluma y la delicadeza de la seda más fina. Samuel empezó a respirar hondo y a entrar en un universo de placer por explorar, en un océano exento de prohibiciones y limitaciones en el que no le costó demasiado sumergirse sin importarle el peligro de naufragio. Desconocía el estado en que se hallaba, era nuevo para él, a veces la inseguridad le cohibía y se quedaba paralizado, de nuevo una desacompasada respiración traslucía la intranquilidad de su ánimo; en otros momentos, en cambio, cada vez más frecuentes, se sentía tan a gusto… Ningún comedimiento, ninguna moderación, tenían cabida en su interior.

La pasión pudo por fin desbocarse y proceder de acuerdo con sus reglas, contrarias por completo a la razón. Sus cuerpos desnudos, libres, se revolvían, sudaban, jadeaban, cada vez más excitados, más parejos. Samuel no olvidaría nunca aquella “primera” vez. Para Brigitte también significó algo más, aunque algo un tanto peligroso, pensó después. Por ello se encargó de dejar bien a las claras los límites de su relación: nada de enamoramientos, de sentimientos dependientes, cada uno debía seguir con su vida y sus ambiciones, la práctica del sexo no debía perjudicar el principal motivo, y al principio único, de su estrecha colaboración: aprovecharse de quien quería utilizarlos y conseguir el suficiente dinero para nunca más tener que estar subordinado a nadie. Los dos, a su manera, habían vivido de los sobrantes de la vida, de los excesos de los demás. ¿Por qué contentarse con migajas cuando tenían la posibilidad de hacerse con todo el pastel? Jamás debemos olvidar esto, le dijo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/14/amantes/