Puteadores y puteados

puteadores-y-puteados

Dibujo de 1883 publicado en la revista humorística estadounidense “Puck”.

El progreso –o eso que llaman progreso desde una visión unidireccional de la historia– lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representada. No somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. Es en el desorden y la desigualdad que sentimos reconocer otros semejantes y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra. En ese momento creemos no formar parte de los más, de aquellos que saben, aunque no siempre lo quieran reconocer, que el destino reservado a todos ellos es el mismo: conformarse si no quieren ser tachados de agitadores, resignarse a lo que la suerte les ha deparado o ser excluidos, cuando no destruidos, por antisociales, locos, violentos o subversivos, pues únicamente han de tener por horizonte ser sumisos, obedientes, han de acatar –es por su bien– las decisiones de quienes hacen y deshacen, delegando sus acciones en los representantes de un pasado reinventado bajo la forma de la apariencia y el espectáculo, los especialistas en hacer real lo ficticio mediante lo que ellos llaman política, los encargados de hacer que se respete una realidad despreciable que dicen representar en instituciones cuyo prestigio viene definido por su mayor o menor servilismo hacia los definidores, los que nos dicen qué es lo permitido, pero no lo posible, los inventores de la falsa contestación, del silencio, la inacción, los que aseguran la vida organizada, fragmentada, los perpetuadores de la tradicional división del mundo entre puteadores y puteados.

Preparados, listos… ¡Ya!

preparados-listos

Spencer Tunick ©

Terminaron las fiestas y los fastos. Pasaron los reyes y a unos les dejaron muchas cosas, a otros menos, a otros nada. Ahora volvemos a eso que llaman normalidad y adoptamos de nuevo nuestro estado natural. Y, así, sumisos y dóciles, indolentes y acomodadizos, dispuestos estamos a amoldarnos a lo que nos espera.

Me sumo a lo que dijo el periodista y político bonaerense Juan José Castelli (1764-1812): “Si ves al futuro, dile que no venga”. Pero, por si viene, que vendrá, pongo también el culo en pompa y me voy a la farmacia, a por vaselina.

Consumismo infantil

consumismo-infantil

Los niños, especialmente los del mundo occidental, son cada vez más objeto de grandes campañas que les incitan a consumir bienes diseñados especialmente para ellos, aunque sean totalmente inútiles y nada aporten a su desarrollo intelectual.

Se les inculca desde la más temprana edad valores mercantilistas e insolidarios, que valoran más el “tener” que el “ser” y que priorizan la cantidad de cosas a la calidad de vida.

Se les educa en la mentira y desde la incoherencia, pues no se les habla de la importancia que la austeridad y el compartir tienen en el mundo actual en la búsqueda de un desarrollo humano sostenible que atienda las necesidades de todos y no de unos pocos, al tiempo que se les habla de lo mal que está el mundo.

Se les somete a continuo chantaje y se les crea sentimiento de culpa al decirles repetidamente que los Reyes Magos o Papá Noel, o los dos, no les traerán nada si no se portan bien.

Se les crean falsas expectativas o innecesarias frustraciones al querer el niño algo que ha visto en la televisión y que no está al alcance del presupuesto de sus padres.

Dijo Jesucristo “Dejad que los niños se acerquen a mí… y no se lo impidáis”. O dicen que dijo. No sé. Igual la frase es de las grandes superficies comerciales.