España me la suda

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La polla. Me suda la polla por delante y por detrás. Lo dijo el gran Pepe Rubianes en una entrevista en el programa de TV3 El Club (20/01/2006). Y, por supuesto, la Fiscalía de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona) acusó al actor y humorista de “ultrajar a España” (¡toma ya!) y, en consecuencia, solicitó que se le impusiera una multa de 21.600 euros (eso cuesta “ultrajar” a España; todo está cuantificado económicamente) por sus declaraciones. Estas: “A mí la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás. Y que se metan ya a España en el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando en los campanarios. Que se vayan a cagar a la puta playa con la puta España, que llevo desde que nací con la puta España… vayan a la mierda ya con el país ese y dejen de tocar los cojones”. Él mismo aclaró luego que estas palabras están sacadas de su propio espectáculo Rubianes solamente, un espectáculo como él: único e irremplazable.

El juzgado de Sant Feliu de Llobregat archivó la causa en mayo de 2007. Pero luego la Audiencia emitió un auto en el que revocaba el sobreseimiento del caso, al estimar los recursos de la Fiscalía y las acusaciones particulares. Pepe –tan gran y lúcido humorista como bueno, generoso y gran amigo de sus amigos– no llegó a sentarse en el banquillo de los acusados porque falleció el 1 de marzo de 2009. Por fin, el 8 de junio de 2010 el Supremo anulaba su condena.

Más recientemente, en octubre de 2015, El Gran Wyoming hacía las siguientes declaraciones, más en la línea de la que, a mi juicio, dijo en realidad Pepe: “Lo que ocurre es producto de un invento que les da muchísimos votos: la unidad de España en la que nos hemos educado y que es muy difícil quitarse de encima. Y a mí es un asunto que, sinceramente, me la suda”. También le ha acarreado más de un problema.

La verdad, no sé dónde está el ultraje, como tampoco sé dónde está la ofensa en los llamados “delitos de opinión” como el que se la atribuyó a la joven Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco condenándola a un año de prisión por –nada más ni nada menos– que “enaltecimiento del terrorismo”, ni en tantos otros más que hacen de España uno de los países donde más se penaliza la libertad de expresión. ¿Una cuestión de formas? Yo he de confesar que cuando oí la frase de Rubianes por primera vez me reí, como siempre con él, y no percibí otra intención que la de manifestar que hay otros temas más importantes de los que hablar, que ya está bien de la misma monserga a cada dos por tres. En consecuencia, entendí, y entiendo, que Pepe Rubianes en realidad dijo lo siguiente: “A mí el tema de la unidad de España no me interesa en absoluto. Que dejen ya tan manido asunto y con su pan se lo coman, a ver si se les indigesta. Que dejen de marearnos y se vayan a la playa y disfruten un poco, que desde que nací están con la misma cuestión… ya está bien, que nos dejen en paz”. Eso dijo. Nada más que eso. Lo demás son meras milongas. ¡Qué manera de perder el tiempo! Cómo se nota que la justicia española es un ejemplo mundial de eficacia. Como no hay casos que solucionar, como los juzgados no están colapsados, como todo va sobre ruedas, hay fiscales y jueces que pueden permitirse el lujo de entretenerse en chorradas como esta.

En fin… No quiero darles más trabajo –nada más lejos de mi intención; otra multa, no, que ya llevo más de una– pero es que a mi España también “me suda la polla por delante y por detrás”. En el sentido que acabo de precisar, ¿eh? No jodamos. Y en este mismo sentido me la sudan también el País Valenciano (o Comunitat Valenciana), Cataluña (o Catalunya), Francia (o France), Rusia (o Россия), China (o 中华人民共和国), Estados Unidos (o United States of America) que Tuvalu. Me identifico con estas palabras que escribió Arthur Schopenhauer en su obra Eudemonología o el arte de ser feliz, explicado en 50 reglas para la vida (1951):

El orgullo más bajo y más barato es el orgullo nacional. Revela, en el que está atacado de él, la ausencia de otras cualidades individuales de que pudiera enorgullecerse. Todo el que posee méritos personales distinguidos reconocerá, por el contrario, más claramente los efectos de su propia nación, toda vez que siempre la tiene muy presente. Pero todo imbécil miserable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad; en ello se ceba, y en su gratitud estúpida está dispuesto incluso a defender a cualquier precio todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación.

¿Qué quieren que les diga? Una bandera no es más un trozo de tela que siempre termina manchado de sangre. Yo no lucho por eso, me la suda por delante y por detrás. Las banderas y los símbolos. Me siento mucho más próximo a estas palabras de Errico Malatesta, extraídas del libro Malatesta. Pensamiento y acción revolucionarios (compilación de Vernon Richards, Buenos Aires, 2007):

Somos anarquistas por un sentimiento que es la fuerza motriz de todos los verdaderos reformadores sociales y sin el cual nuestro anarquismo sería una mentira o un sinsentido. Este sentimiento es el amor por los hombres, es el hecho de sufrir por los sufrimientos ajenos. Si como, no puedo comer a gusto al pensar que algunos mueren de hambre; si compro un juguete para mi hijo y me alegro de su felicidad, mi alegría se amarga al ver ante el escaparate niños con los ojos anhelantes que podrían ser felices con un títere de dos reales y no pueden tenerlo; si me divierto, mi espíritu se entristece al recordar que en prisión gimen muchos seres humanos; si estudio o realizo algún trabajo que me gusta, siento algo así como un remordimiento al pensar que tantos hombres con mayor ingenio que yo están obligados a desperdiciar su vida en una ocupación alienante, muchas veces inútil o perjudicial. Puro egoísmo, como ven, pero un egoísmo al que otros llaman altruismo, y sin el cual, como quiera que se le llame, es imposible ser realmente anarquistas.

Yo añadiría que no solo “es imposible ser realmente anarquistas”, sino también ser realmente persona. Las personas, no los símbolos. Eso es lo importante. Parafraseando a Camus, amo demasiado la gente para ser nacionalista. Y me suda la polla quien anteponga la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que posiblemente este tipo de asuntos también se la sudan.

¡Ah! Una última cosa. Esto nada tiene que ver con el respeto y la preservación de culturas y lenguas. En absoluto. Quien lo escribe es un catalanohablante nacido en Muro (Alicante) y residente en la ciudad de València.

Mis queridos vegetales

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Marisa Karto ©

Una pasmosa abulia caracteriza nuestro tiempo, un tiempo que tiene en el sometimiento voluntario su rasgo más distintivo. Predomina una generalizada certidumbre de que nada se puede realmente transformar y puesto que siempre habrá quien mande, quien domine, quien esté arriba, y quien no. Unos arriba, otros abajo, esto es lo que hay. Así es la vida, dice la gran mayoría. Vale. ¿Y ya?

Renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer, la misma percepción de la existencia humana ha ido alterándose hasta perder la capacidad de discernir lo útil de lo inútil, lo representado de lo real, abandonando la capacidad de elegir y la razón individual de las vidas.
Sentir, pues, el tedio sin sufrir a causa de él. ¿Es eso la felicidad? No sé, pero hay quien dice que sí. Igual tiene razón y resulta cierto aquello de que la ignorancia es la madre de la felicidad. A mí, la verdad, tal aseveración me irrita. Como a Pessoa,

“me irrita la felicidad de todos estos hombres que no saben que son desgraciados. Su vida humana está llena de todo cuanto constituiría una serie de angustias para una sensibilidad verdadera. Pero, como su verdadera vida es vegetativa, lo que sufren pasa por ellos sin tocarles el alma, y viven una vida que se puede comparar únicamente con la de un hombre con dolor de muelas que hubiese recibido una fortuna –la fortuna auténtica de estar viviendo sin darse cuenta, el mayor don que los dioses conceden, porque es el don de ser semejante a ellos, superior como ellos (aunque de otro modo) a la alegría y el dolor”.

Sí, me irrita profundamente, pero aun así prefiero terminar como Pessoa termina el párrafo: “Por eso, a pesar de todo, los amo a todos. ¡Mis queridos vegetales!” (Fernando Pessoa: Libro del desasosiego, edición de 1984, traducción de Ángel Crespo).

Reloj no marques las horas

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Fotograma de la película “Metrópolis” (1927), de Fritz Lang.

“El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina-clave de la moderna edad industrial. En cada fase de su desarrollo el reloj es a la vez el hecho sobresaliente y el símbolo típico de la máquina: incluso hoy ninguna máquina es tan omnipresente. (…) Se hubiera podido llegar al régimen moderno industrial sin carbón, sin hierro y sin vapor, pero resulta difícil imaginar que ello hubiera podido ocurrir sin la ayuda del reloj. (…) El tiempo abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas funciones orgánicas se regularon por él: se comió no al sentir hambre, sino impulsado por el reloj. Se durmió no al sentirse cansado, sino cuando el reloj nos lo exigió.” (Lewis Munford: Técnica y civilización, 1934).

La necesidad del hombre por controlar el tiempo más allá de fraccionarlo entre día y noche llevó a inventar los relojes. Los primeros procedimientos destinados a conocer la hora del día se basaron en la determinación de la posición del sol respecto del horizonte. El reloj de sol más antiguo (hacia el 3500 a.C.) consistía en un palo clavado verticalmente sobre una superficie plana y horizontal sobre la que se proyectaba la sombra. Luego vendrían los relojes de arena y en el siglo XIV nacerían los mecánicos. Los primitivos relojes mecánicos estaban provistos de un mecanismo muy simple de paletas y un rudimentario oscilador. Durante los 300 años siguientes, los relojes apenas experimentarían cambios sustanciales. Sería en 1657 cuando Huygens construiría el primer reloj mecánico de péndulo.

Sin embargo, el gran cambio vendría, como acertadamente escribió Munford, con la industrialización. En 1840 Alexander Bain construyó un reloj eléctrico accionado por la atracción y repulsión eléctrica y a finales del siglo XIX comenzaron a fabricarse los primeros relojes de pulsera. El nuevo sistema productivo, basado en la férrea disciplina de la fábrica y la distribución de productos para consumo, contribuyó a su difusión. De este modo, lo que hasta entonces no había dejado de ser una invención al servicio público –piénsese en la gran cantidad de relojes de sol que todavía hay en ayuntamientos y campanarios– o un objeto de lujo de los más pudientes pasaba a ser algo cotidiano que, poco a poco, acabaría por tener todo el mundo.

Con el reloj de pulsera, y poco después del reloj despertador, los seres humanos pasamos de controlar el tiempo a ser esclavos de él. “En nuestros días, no solo la mayoría de trabajadores tienen un reloj y se lo quitan cuando termina la jornada laboral, sino que la medida del tiempo se aplica, no de modo menos extendido, a las actividades deportivas. De hecho, cualquier cosa, por muy necia que sea, puede considerarse deporte si puede medirse y establecer un récord. (…) En estos y otros muchos aspectos la mayoría de nosotros nos hemos sometido más y más a la tiranía del tiempo.” (G.J. Whitrow: El tiempo en la historia, 1988). Algo parecido nos ha sucedido con los teléfonos móviles y su evolución: permiten que estemos controlados en todo momento, cada vez más. ¿Progreso? No diré que no. Pero ¿al servicio de quién?, ¿y de qué?

Ya nos avisaba Rabelais en 1534: “Las horas fueron hechas para el hombre, y no el hombre para las horas” (La vie très horrifique du grand Gargantua). Así pues, y como dice –aunque en un contexto muy distinto– la letra de ese magnífico bolero de Roberto Cantoral El reloj (1950) “Reloj detén tu camino / porque mi vida se apaga”.