La revuelta de Haymarket (el origen del Primero de Mayo)

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Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.

En la noche del 4 de mayo de 1886 –hoy, pues, se cumplen 130 años– una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago) en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas acabó con la vida de un elevado número de obreros –además de numerosos heridos– y de ocho policías. El hecho es conocido sobre todo porque dio origen la celebración del Primero de Mayo.

La lucha por la jornada laboral de ocho horas se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó esta en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa.

Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que esta se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna:

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!

¡Ocho horas de trabajo!

¡Ocho horas de reposo!

¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió  los días 2 y 3 de mayo.

El 4 más de 20.000 se concentraron pacíficamente en Haymarket Square. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, de 1953), “Se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

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Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

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Los ‘Mártires de Chicago’.

Los ahorcados –el 11 de noviembre de 1887– fueron George Engel (alemán de 50 años, tipógrafo), Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Este último se suicidó en su celda antes del ahorcamiento.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los que cinco obreros ajusticiados de afiliación anarquista, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

Los hechos de octubre de 1934 y la Revolución de Asturias

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Columna obreros detenidos por la Guardia Civil en la cuenca minera de Asturias (octubre de 1934).

En noviembre de 1933 los partidos del centro y de la derecha ganaron las elecciones a Cortes. LA CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), con 115 diputados de los 473 que integraban las Cortes, fue el primer partido en número de votos (24,3%) y escaños. Su jefe, José María Gil-Robles, esperaba ocupar la presidencia del gobierno. Pero la CEDA nunca había mostrado el menor compromiso con la república como forma de organización del Estado y su líder defendía la teoría del “accidentalismo” respecto a las formas de gobierno. El primer punto de su programa señalaba el “acatamiento del Poder constituido, según la enseñanza de la Iglesia”. Además, Gil-Robles había visitado la Alemania nazi, se había interesado por sus medios de propaganda política e incluso llegó a asistir al Congreso de Núremberg de 1933, el llamado Congreso de la Victoria por los nazis, que desde enero estaban en el poder.

Alcalá Zamora, presidente de la República, encargó entonces formar gobierno a Alejandro Lerroux, fundador y líder del Partido Republicano Radical (que había conseguido el 21,6% de los votos y 102 escaños), un republicano histórico. Pero, obviamente, sin el apoyo de la CEDA difícilmente podía gobernar, por lo que siguió una política contemporizadora que frenaba el ímpetu de los primeros años de la Segunda República. Y, así, la reforma agraria prácticamente se paralizó, los salarios agrícolas cayeron a los niveles de antes de proclamarse la República, la Iglesia mantuvo sus escuelas gracias a la ayuda estatal, para el Estado Mayor se nombró a declarados oficiales monárquicos y las organizaciones de izquierda y obreras fueron sometidas a un férreo control que trataba de contener su acción.

La entrada de la CEDA en el gobierno republicano el 4 de octubre de 1934 fue, en consecuencia, interpretada por la izquierda como un primer paso en el acceso del fascismo al poder. Ya las principales organizaciones obreras había advertido de que, en caso de llegar a tal situación, movilizarían a sus militantes y declararían la huelga general. Es lo que sucedió el 5 de octubre en varias ciudades, incluyendo Madrid y Barcelona, con desiguales resultados. Pero en ningún lugar los acontecimientos que siguieron alcanzaron la importancia que tuvieron en Cataluña y Asturias.

En Cataluña, la aprobación por el Parlamento de una nueva Ley de Contratos de Cultivo, en abril, fue declarada inconstitucional. La Generalitat no aceptó el fallo y promulgó otra muy parecida. Las relaciones entre la Generalitat y el gobierno central se tensaron hasta el punto de que el 6 de octubre el presidente catalán, Lluis Companys, proclamaba “la República de Cataluña dentro de la República federal española”. Por otra parte, la resolución de Madrid era un síntoma evidente de la progresiva destrucción que se perseguía de la obra reformista del primer bienio republicano, lo que alentó la formación de la Alianza Obrera. Era esta una plataforma unitaria de carácter nacional entre diversas fuerzas obreras con el objetivo de oponerse al avance fascista después de la victoria electoral de la derecha que surgió de la iniciativa del BOC (Bloc Obrer i Camperol) y de la que formaron parte el PSOE, la UGT y la Unió Socialista de Catalunya, entre  otras fuerzas. La CNT y el Partido Comunista de España quedaron al margen, si bien este se sumó a última hora. La Alianza Obrera se extendió a todo el territorio español y se consolidó en 1934, jugando un más que destacado papel en los hechos de octubre. La huelga general y la recién proclamada República no sobrepasaron el día 7. Companys y su gobierno se vieron obligados a rendirse ante la acción del Ejército. La Generalitat fue suspendida, el gobierno catalán encarcelado y unas cincuenta personas murieron en las horas previas.

La Alianza Obrera perseguía en Cataluña objetivos diferentes a los de los nacionalistas. Su meta no era otra que la revolución social. Y eso fue lo que trató de poner en marcha en Asturias. Esta región era el único sitio del Estado en el que la Alianza había conseguido reunir a todas las organizaciones trabajadoras, incluyendo la CNT. Al declararse la huelga general, un comité integrado por socialistas, comunistas, trotskistas y anarquistas adoptó el lema de Unión de Hermanos Proletarios (UHP) y proclamó una comuna. La huelga adquirió así un carácter insurreccional y durante quince días la zona minera fue controlada por los comités locales de trabajadores, coordinados por un Comité Revolucionario. Al tiempo, se organizaba un Ejército Rojo que, a los diez días, alcanzó los 30.000 efectivos, en su mayoría obreros y mineros. El Comité formuló un programa reivindicativo concreto –con medidas como las nacionalizaciones y la disolución de las órdenes religiosas, del ejército y de la guardia civil– y organizó los servicios de alimentación, médicos y municipales sobre una base completamente ajena al dinero y a las diferencias de clase.

Grupos de descontrolados asesinaron en los primeros momentos a unas cincuenta o sesenta personas, la mayoría sacerdotes y policías. La respuesta del gobierno central fue enviar tropas de las divisiones de Burgos, Valladolid y Galicia para restaurar el orden. El ministro de Guerra, el radical Diego Hidalgo, siguiendo los consejos de su asesor militar, Francisco Franco, logró que también acudiera a sofocar la revolución el ejército de África y la Legión Extranjera.

Los obreros ofrecieron una encarnizada resistencia a la espera de la incorporación del resto del país a la sublevación. Pero esta no se produjo y el día 18 las tropas acababan con los últimos focos de resistencia. La actuación de estas fue muy desigual: mientras que las peninsulares obraron con comedimiento, las africanas –comandadas por el coronel Yagüe– sembraron el terror. Se calcula que durante los combates murieron más de mil obreros y unos trescientos de las fuerzas de seguridad y el ejército. La represión que siguió fue durísima: más de doscientos muertos y centenares de detenidos, muchos de los cuales fueron sometidos a tortura.

En el resto de España las detenciones rondaron la cifra de treinta mil personas entre militantes sindicalistas y concejales de izquierda de los municipios. Muchos de ellos permanecieron en prisión hasta la victoria, en febrero de 1936, del Frente Popular, que decretó la amnistía. En los consejos de guerra que tuvieron lugar en Barcelona y Oviedo se dictaron veintitrés penas de muerte, de las que finalmente –a causa de la presión de monárquicos y cedistas– se cumplieron dos.

Primero de Mayo

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“Demonstration in Battersea” (1939). Clive Branson.

Uno de los pilares sobre los que se sustentó el proceso de industrialización fue la sobreexplotación de la clase obrera. El trabajo es inherente a la condición humana. La historia es el resultado de la interacción del hombre con la naturaleza, su necesidad de transformarla para poder subsistir y obtener bienes a tal efecto; no es otra cosa que la creación del hombre a través del trabajo. Siempre se ha trabajado, desde los albores de la humanidad, si no hubiera sido imposible evolucionar. Pero ninguna sociedad, hasta la industrial, se había organizado en función del trabajo y del capital por él generado.

El trabajo fue desde estos momentos una mercancía más, al tiempo que la producción se separaba de la vida y se empezaba a producir para los mercados. Desde entonces el trabajo se medirá en tiempo, y en función de las horas o los días que cada productor dedique a tal menester obtendrá una remuneración económica para hacer frente a las exigencias de la vida. También, dicho tiempo vendrá determinado por las necesidades del mercado, al que ha de acoplarse el proceso de producción. El trabajador, pues, dependerá de factores exógenos a la hora de encontrar ocupación, y serán también estos los que, en última instancia, la determinen.

Niña en una fábrica textil de Lincolnton (Estados Unidos) en 1908. Fotografía de Lewis Hine.

Niña en una fábrica textil de Lincolnton (Estados Unidos) en 1908. Fotografía de Lewis Hine.

La principal diferencia del trabajo en la nueva sociedad industrial radicará sobre todo en las condiciones en que ahora se pasa a desenvolverse este: largas y agotadoras jornadas laborales a cambio de un salario insuficiente para poder hacer frente a las necesidades de la vida –incluidas las más apremiantes–, lo que para la clase obrera se traducirá en una mala y exigua alimentación, la imposibilidad de poder residir en otro sitio que no fuera un reducido habitáculo absolutamente insuficiente para albergar a los que allí se hacinaban –la vivienda pasa también a ser una mercancía y los alquileres se disparan–, tener que vestirse con géneros de mala calidad que apenas resguardaban del frío, estar expuestos a todo tipo de enfermedades –especialmente las infecto-contagiosas, que son precisamente las más relacionadas con el estado físico y el grado de higiene y limpieza–, a sufrir accidentes a causa del cansancio, etc. Por otra parte, esta situación comportará la desestructuración de la familia. En la época preindustrial, niños y mujeres trabajaban en el marco de la economía familiar, compaginándose el trabajo para terceros con otras tareas, al ritmo que la propia familia se marcaba en función de sus necesidades. Ahora, en cambio, el trabajo había que buscarlo fuera del hogar, siendo lo más habitual que padre, madre e hijos encontrasen ocupaciones distintas y en horarios diferentes, lo que imposibilitaba cualquier posibilidad de profundizar en los vínculos familiares.

Así las cosas, en 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago de 1866 en los que cinco obreros de afiliación anarquista –que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”– fueron ajusticiados por su participación en las jornadas de lucha para reivindicar las ocho horas.

Ya hacía tiempo que se venían sucediendo protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos. El 1 de mayo de 1886, 200.000 trabajadores se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió   los días 2 y 3 de mayo.

El 4 más de 20.000 se concentraron pacíficamente en Haymarket Square. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial e hirió a otros agentes. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un número desconocido de obreros. Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

Manifestación del Primero de Mayo en la plaza de la Concordia de París (1890).

Manifestación del Primero de Mayo en la plaza de la Concordia de París (1890).

Desde 1890 el Primero de Mayo ha venido celebrándose con regularidad –incluso estando prohibida cualquier manifestación, como en la España franquista– y ha constituido un significativo punto de referencia del movimiento obrero. Su legalización en diversos países a lo largo del siglo XX, no obstante, ha desvirtuado en cierta medida su sentido originario, adquiriendo la jornada un tono cada día más lúdico a pesar de que las condiciones de vida y trabajo cada día se acercan más a las de los tiempos que motivaron su nacimiento.

Que hoy en día, 125 años después, no se haya conseguido ya no reducir la jornada de 8 horas que entonces se demandaba, sino que tener un trabajo estable con un salario más o menos digno con dicho horario sea el sueño de muchos, dice muy poco en favor de la sociedad que hemos creado, y digo hemos, no han, pues que el destino de la mayoría dependa cada vez de menos personas no es responsabilidad exclusiva de quienes detentan el poder financiero y de los políticos que eles siguen cual perros falderos, también los es que quienes por acción u omisión permiten –o permitimos– tal estado de cosas. ¿Cómo es esa palabra tan explotada en todos los ámbitos? ¿Progreso?