Un collar de ojos de indios peruanos.

O fantasea cuanto quieras que la realidad siempre te superará.

Cuando pasé el manuscrito de El corto tiempo de las cerezas a unos pocos amigos para que dieran su opinión –algo que suelo hacer siempre–, uno de ellos me dijo algo así como que el pasaje que sigue resultaba un tanto algo exagerado:

“Samuel apenas dominaba el inglés y sus rudimentarios conocimientos resultaban más insuficientes todavía con el acento yanqui.

―Traduce, traduce.

―Están hablando de moda.

―Eso ya lo sé, ¿pero por qué miran todos el escote de la señora esa? No creo que sea por sus pechos, que deben ser pasas enormes. ¿Qué tiene el collar que luce, o más bien desluce, qué piedras son esas? Anda, pregúntale.

William así lo hizo. Estaba seguro de que la respuesta no agradaría a Samuel, en absoluto, e incluso dudó transmitírsela, pero pudo más la lealtad y el respeto que sentía hacia el padre de su esposa y amigo.

―Pues… verás… Al preguntarle por el tipo de piedras me ha respondido que no eran piedras.

―¿Y qué demonios eran? Se la veía divertida. ¿Cojoncillos de sus antiguos amantes?

―Casi. Me he quedado estupefacto y no sé si decía la verdad o estaba tomándome el pelo, aunque no lo creo, pero me ha dicho que se trataba de ojos de indios peruanos, que, gracias a una composición química, obtienen la dureza y el brillo del cristal. Y ha añadido que no solo es bonito sino enormemente caro, pues no es muy fácil proporcionarse ojos humanos, de personas vivas y sanas, aunque sean indias.”

El corto tiempo de las cerezas.

Nada más lejos de la realidad, le dije, y le expliqué –para su asombro– que en absoluto la anécdota era fruto de mi imaginación. Le aclaré entonces que el hecho que refiere está sacado de un periódico de la época, de un ejemplar de la época del periódico La Vanguardia.

Indígenas peruanos capturados (finales siglo XIX)

Y es que –como escribía en la entrada sobre los zoos humanos, las llamadas “exposiciones etnográficas” o “aldeas negras” estuvieron muy de moda en el mundo occidental desde principios de década de 1870 hasta la de 1930, manteniéndose en algunos casos hasta hace poco más de medio siglo. Estas exhibiciones coloniales mostraban aborígenes de diversos lugares del planeta colonizados por los blancos –a principios del siglo XX prácticamente no quedaba rincón alguno libre de la dominación occidental– en su “estado natural”, recreando su entorno a modo de decorados teatrales –en los que representaban sus danzas y rituales– y justificando así que fueran desnudos o semidesnudos.

París, Londres, Berlín, Bruselas, Madrid, Nueva York, fueron algunas de las capitales que ofrecían este tipo de atracciones cuyos visitantes se contaban por centenares de miles. La ocupación de vastos y lejanos territorios puso de moda lo exótico al despertar la curiosidad –el morbo si se quiere– por lo desconocido, que a los ojos de los occidentales resultaba extraño y estrafalario al tiempo que reafirmaba su superioridad. Primero se exhibieron animales. Pero pronto, avispados empresarios circenses –los encargados de proveer de animales a zoológicos y circos– descubrieron un auténtico filón con las “exposiciones etnográficas”. Para ello contaban con el beneplácito y colaboración de los gobiernos y de las principales sociedades científicas.

Retrato de los Kali’na exhibidos en el Jardin d’acclimatation de Paris en 1892.

Carl Hagenbeck –zoólogo, domador y director de circo alemán– fue el primero en exhibir, en el zoológico de Berlín, seres humanos (hombres, mujeres y niños samoanos y lapones) en 1874. Su iniciativa obtuvo un rotundo éxito y no tardó en ser seguida por otros. El Jardín de Aclimatación de París organizó en 1877 dos “espectáculos etnológicos” con indígenas africanos de involuntarios protagonistas. El éxito fue aún mayor. Más de un millón de personas visitaron las “exposiciones”, que se prolongaron hasta 1912. La cifra no fue nada comparada con la que alcanzaron las exposiciones universales de París desde 1878, en las que uno de los platos fuertes era este tipo de muestras. Así, la 1889 –que coincidía con el centenario de la Revolución francesa (aquella de la libertad, la igualdad y la fraternidad)– presentaba una “aldea negra” con más de cuatrocientos africanos capturados a tal efecto. La de 1900 mostraba un cuadro viviente de la isla de Madagascar que contó con más de 50 millones de visitantes. Y en la última, la de 1931, el “zoo humano” que se montó alcanzó los 34 millones de visitas.

En fin, lo dicho: fantasea todo lo que quieras que la realidad te superará siempre.

Entrada publicada originalmente en mi blog Música de Comedia y Cabaret el 15 de julio de 2015.

I Will Survive

Si la casualidad no hubiera hecho que el otro día viese en televisión la película El bar Coyote (Coyote Ugly, 2000), no creo que se me hubiese ocurrido confeccionar este vídeo. I Will Survive es una de las canciones incluidas en su banda sonora, una buena canción, de ritmo trepidante y de lo más pegadiza, pero la música disco no me dice gran cosa. Seguro que la habré bailado alguna vez en alguna fiesta de pueblo; en una discoteca estoy convencido de que no.

Peper Perabo.

De todos modos, no fue la película en sí, ni la canción, lo que me motivó a hacer el vídeo, sino su actriz protagonista: la estadounidense Piper Perabo (1976). No la había visto jamás, pero llamó poderosamente mi atención y a la mañana siguiente busque en internet información sobre ella, y sobre el filme. Entonces me encontré con que no solo a mí me había cautivado esta mujer. El crítico estadounidense de cine, ya fallecido, Roger Ebert escribió: “Hay una razón para ver la película, y esa razón se llama Piper Perabo” (leído en Filmaffinity). Completamente de acuerdo. También con otro crítico, Fernando Morales, este de El País: “Correctísima cinta rodada con gran habilidad técnica (…) Gran interpretación de Piper Perabo”.

Peper Perabo.

Y bueno, espero que disfruten el vídeo con fragmentos de algunas escenas de la película y la estupenda y pegadiza I Will Survive. La versión que suena es la del single original de 1978 que grabó Gloria Gaynor.

La romance de Paris


La romance de Paris es una canción de Charles Trenet (1913-2001), el llamado padre de la canción francesa, quien la escribió para la película de Jean Boyer Romance de Paris (1941). Para componer la música contó con la colaboración de Léo Chauliac.

“Romance” en español significa, entre otras cosas, ‘relación amorosa pasajera’, es decir, una simple aventura ocasional entre dos personas. Podría, pues, haber traducido ‘la romance de Paris’ como ‘el romance de París’, pero creo que en español no reflejaría bien lo que la canción dice. De ahí que haya preferido la expresión ‘los amoríos de París”.

Zaz grabó el tema en 2014 con Thomas Dutronc, pero a mí me gusta más esta versión en directo que ofreció durante el concierto que dio en el festival Jazzopen Stuttgart el 11 de julio de 2015 con la SWR Big Band. Llena de ritmo, con este toque swing que le imprimen Zaz y la SWR, es simplemente una delicia. Hay que destacar las intervenciones de Guillaume Juhel (guitarra), Jean Marc Reyno (voz) y Claude Egéa (trompeta). Averiguar sus nombres ha sido lo más difícil con diferencia, pero creo que es de justicia que figuren.