Vivir con miedo

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Siempre he asociado al miedo a la autoridad, o al principio de autoridad. Nada excepcional por otra parte, pues todo poder ha de instalarse en él. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí. El miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues. De él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. “Este mundo se compone de vulgo, el cual se lleva de la apariencia, y solo atiende al éxito”, dijo Maquiavelo tiempo ha. El pensamiento individual no es más que una rémora que dificulta todo progreso cuando no está a su servicio.

Puteadores y puteados

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Dibujo de 1883 publicado en la revista humorística estadounidense “Puck”.

El progreso –o eso que llaman progreso desde una visión unidireccional de la historia– lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representada. No somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. Es en el desorden y la desigualdad que sentimos reconocer otros semejantes y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra. En ese momento creemos no formar parte de los más, de aquellos que saben, aunque no siempre lo quieran reconocer, que el destino reservado a todos ellos es el mismo: conformarse si no quieren ser tachados de agitadores, resignarse a lo que la suerte les ha deparado o ser excluidos, cuando no destruidos, por antisociales, locos, violentos o subversivos, pues únicamente han de tener por horizonte ser sumisos, obedientes, han de acatar –es por su bien– las decisiones de quienes hacen y deshacen, delegando sus acciones en los representantes de un pasado reinventado bajo la forma de la apariencia y el espectáculo, los especialistas en hacer real lo ficticio mediante lo que ellos llaman política, los encargados de hacer que se respete una realidad despreciable que dicen representar en instituciones cuyo prestigio viene definido por su mayor o menor servilismo hacia los definidores, los que nos dicen qué es lo permitido, pero no lo posible, los inventores de la falsa contestación, del silencio, la inacción, los que aseguran la vida organizada, fragmentada, los perpetuadores de la tradicional división del mundo entre puteadores y puteados.

Cazadores de experiencias

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Hay quienes se consideran tan buenos conocedores de experiencias que se creen en la obligación de transmitir su pericia a los demás y que, así, no carezcamos de referentes en quién mirarnos de manera fácil, sin que ni siquiera hagan faltan los sentidos para ello. Hay quien escribe su experiencia, aunque fantasea sobre ella, haciendo que de ese modo pueda él creerse también las grandes mentiras que ha vivido. Escriben novelas, o poesías; ensayos también. Algunos, más pretenciosos, en cambio, convierten todo lo que pasó en historia. Investigan, saben, conocen lo que sucedió, o eso sostienen. Vanidad y jactancia. Solo los comprenden los ya avezados. Se escribe para los que saben escribir, para los que saben descifrar. Los únicos que les entienden son los ya entendidos, los vencedores. Los derrotados nunca se enteran y siguen siendo derrotados, aunque imiten, aunque mimeticen. Sus vidas son contadas a los vencedores. Con total impunidad. A los dueños de la experiencia. Bendiciones mil de las instancias oficiales y académicas. Una forma como otra de lavar conciencias, advertencias de lo que pudo suceder para que no ocurra de nuevo, sentimientos ajenos de los que nos apropiamos y diluimos en nuestra miseria, sabedores de que siempre seremos menos miserables que los miserables de los que se cuentan sus historias. Al fin y al cabo ellos nunca lo leerán.