Love Letters es una bella y romántica balada que compusieron Victor Young(música) y Edward Heyman (letra) en 1945. Su intérprete en este video que tan a gusto he confeccionado es de la gran Julie London. ¡Qué hermosa su voz! Sugerente, cálida, sensual… Espero que la disfruten
Fotograma de la película “Metrópolis” (1927), de Fritz Lang.
“El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina-clave de
la moderna edad industrial. En cada fase de su desarrollo el reloj es a la vez
el hecho sobresaliente y el símbolo típico de la máquina: incluso hoy ninguna
máquina es tan omnipresente. […] Se hubiera podido llegar al régimen moderno
industrial sin carbón, sin hierro y sin vapor, pero resulta difícil imaginar
que ello hubiera podido ocurrir sin la ayuda del reloj. […] El tiempo
abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas
funciones orgánicas se regularon por él: se comió no al sentir hambre, sino
impulsado por el reloj. Se durmió no al sentirse cansado, sino cuando el reloj
nos lo exigió.” (Lewis Munford: Técnica y civilización, 1934).
La necesidad del hombre por controlar el tiempo más allá
de fraccionarlo entre día y noche llevó a inventar los relojes. Los primeros
procedimientos destinados a conocer la hora del día se basaron en la determinación
de la posición del sol respecto del horizonte. El reloj de sol más antiguo
(hacia el 3500 a.C.) consistía en un palo clavado verticalmente sobre una
superficie plana y horizontal sobre la que se proyectaba la sombra. Luego
vendrían los relojes de arena y en el siglo XIV nacerían los mecánicos. Los
primitivos relojes mecánicos estaban provistos de un mecanismo muy simple de
paletas y un rudimentario oscilador. Durante los 300 años siguientes, los
relojes apenas experimentarían cambios sustanciales. Sería en 1657 cuando
Huygens construiría el primer reloj mecánico de péndulo.
Sin embargo, el gran cambio vendría, como acertadamente escribió
Munford, con la industrialización. En 1840 Alexander Bain construyó un reloj
eléctrico accionado por la atracción y repulsión eléctrica y a finales del
siglo XIX comenzaron a fabricarse los primeros relojes de pulsera. El nuevo
sistema productivo, basado en la férrea disciplina de la fábrica y la
distribución de productos para consumo, contribuyó a su difusión. De este modo,
lo que hasta entonces no había dejado de ser una invención al servicio público
–piénsese en la gran cantidad de relojes de sol que todavía hay en
ayuntamientos y campanarios– o un objeto de lujo de los más pudientes, pasaba a
ser algo cotidiano que poco a poco acabaría por tener todo el mundo.
Con el reloj de pulsera, y poco después del reloj despertador,
pasábamos los seres humanos de controlar el tiempo a ser esclavos de él. “En
nuestros días, no solo la mayoría de trabajadores tienen un reloj y se lo
quitan cuando termina la jornada laboral, sino que la medida del tiempo se
aplica, no de modo menos extendido, a las actividades deportivas. De hecho,
cualquier cosa, por muy necia que sea, puede considerarse deporte si puede
medirse y establecer un récord. […] En estos y otros muchos aspectos la
mayoría de nosotros nos hemos sometido más y más a la tiranía del tiempo.” (G.J.
Whitrow: El tiempo en la historia, 1988). Algo parecido nos ha sucedido
con los teléfonos móviles y su evolución: permiten que estemos controlados en
todo momento, cada vez más. ¿Progreso? No diré que no. Pero ¿al servicio de
quién?, ¿y de qué?
Ya nos avisaba Rabelais en 1534: “Las horas fueron hechas
para el hombre, y no el hombre para las horas” (La vie très horrifique du
grand Gargantua). Así pues, y como dice –aunque en un contexto muy
distinto– la letra de ese magnífico bolero de Roberto Cantoral El reloj
(1950) “Reloj detén tu camino / porque mi vida se apaga”.
Entrada publicada anteriormente el 2 de febrero de 2018.