Mon homme

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“Eres malo y no me convienes, pero me vuelves loca”. Esta frase es de la canción Side to Side, que grabaron hace dos años (2016) Ariana Grande y Nicki Minaj. Busco el vídeo en YouTube y veo que tiene, en estos momentos, 1.416.260.115 visualizaciones y 7,1 millones de ‘me gusta’. Casi nada. Cien años antes de salir a la venta Side to Side, Mistinguett cantaba “En este mundo, mi única alegría, mi única felicidad, es mi hombre. (…) No es guapo, ni rico, ni fuerte. Sé que soy idiota, pero le amo”. Más o menos lo mismo. Siempre se ha cantado y escrito –con mayor o menor fortuna, esa es otra cuestión– sobre el amour fou, ese amor, o enamoramiento, que se siente hacia otra persona a sabiendas de que no te ‘conviene’, que en realidad le importas un bledo y al final acabará destruyéndote. Sin embargo, es tal la obsesión y fascinación que algunos/as experimentan, o más bien sufren, hacia el otro/a que les resulta imposible escapar de una relación, que en realidad es una adición, a todas luces autodestructiva.

Digo esto porque estos tiempos de corrección política mal entendida son muy propicios a mezclar churras con merinas. Que la letra es misógina, pues sí. ¿Y? Que la canción ya cuenta con 102 años de existencia, que todas las cosas y hechos han de enmarcarse en las coordenadas espacio-tiempo. Es así de simple, de lógico.

En fin, vamos ya con esta canción de letra misógina e incorrecta políticamente que no deja de ser otra cosa que una melancólica canción de tantos y tantos amores proletarios. Con su magnífica melodía, es una de las más bellas canciones que se han escrito a una prostituta. La letra es de André Willemetz y Jacques Charles y la música de Maurice Yvain. Mon homme fue el primer gran éxito que conoció Mistinguett, en 1916. Unos años después, en 1920, la grabó por primera vez en disco y desde entonces no ha dejado de ser grabada al tiempo que interpretada por músicos de todos los géneros –instrumentistas y cantantes–, sobre todo en la versión inglesa (My Man).

Mon homme –o My Man, o Mi hombre según el idioma en que se cante– ha sido interpretada y grabada, entre otras, por Édith Piaf (1940), Ella Fitzgerlad (1941), Billie Holiday (1956), Sara Montiel (1958; esta con una letra muy suavizada), Peggy Lee (1959), Juliette Gréco (1964), Barbra Streisand (1965), Diana Ross (1970) y Dee Dee Bridgewater (2005). Puro sentimiento es la versión de Billie Holiday, cuya relación con los hombres –exceptuando al buenazo de Lester Young– fue más que complicada. De todas ellas me he decantado por la de Juliette Gréco, la que figura en su álbum Les grandes chansons de Juliette Gréco (1964). Sobre todo, porque adoro a Juliette Gréco y su interpretación de Mon homme me fascina y embelesa. Y también, porque es una mujer que, fiel a sus ideas políticas, ha aprovechado siempre cualquier oportunidad, y son muchas dada su fama, para defender los derechos humanos y combatir la opresión. Se considera feminista y opina que “ser mujer es lo mejor que hay… y lo más duro”. Y dice acerca del amor: «Es en el amor en donde encuentro la fuerza para seguir cantando. En dejarme ir, en conservar el deseo de conocer gente, la curiosidad por todo lo que ocurre. Pero es muy difícil seguir disponible, seguir entregándose, y a menudo me siento muy decepcionada, porque yo soy terriblemente vulnerable. Soy fuerte, pero abominablemente vulnerable. Es una mezcla difícil. En fin, soy una mujer» (El País, 15 de diciembre de 1983). Juliette Gréco, como vemos, no mezcla churras con merinas.

Y los políticos empezaron a irse

Y los políticos...

Con José Manuel Rambla durante mi intervención en las III Jornadas de Patrimonio Industrial (Puerto de Sagunto).

Este pasado sábado, 20 de octubre, estuve en Puerto de Sagunto, en el Casal Jove, pronunciando una conferencia, una charla mejor, que es un término menos formal. Fui invitado por la Asociación Memoria Industrial y Movimiento Obrero (AMIMO) y la Associació de Patrimoni Industrial Valencià (APIVA), las cuales, con la colaboración del Ayuntamiento de Sagunto, habían organizado para ese día las III Jornadas de Patrimonio Industrial.

No sé el rato que llevaría hablando cuando una pareja se levantó y se marchó. Al poco, lo hicieron uno o dos más, y luego, si mal no recuerdo, otra persona todavía. Cuando finalicé la charla, un miembro de la organización me dijo había vaciado la sala de políticos. Y es que quienes la habían abandonado eran concejales del Ayuntamiento, como el portavoz de EUPV (Esquerra Unida del País Valencià) o el concejal de Patrimonio Cultural (Histórico e Industrial), de ADN Morvedre, agrupación ciudadana promovida por Podem Morvedre (Podemos). Se quedó hasta el debate que siguió a la charla el concejal de Cultura (Compromís), que también se fue al terminar su intervención.

Al parecer mis palabras les molestaban. Y optaron por no seguir escuchando al blasfemo, al hereje que disentía de su doctrina. Me parece muy bien que se sintieran molestos y no niego que tuvieran sus motivos. Pero tal comportamiento creo que refleja por sí solo y, sobre todo, refuerza mi argumentación. En fin, veamos unas cuantas cosas de las que dije, cosas que, al parecer, al resto de asistentes no les resultaron tan desagradables, pues mi intervención –que debía durar (coloquio incluido) sobre una hora y quince minutos– se alargó, por la razón que luego explico, hasta sobrepasar las tres horas. ¡Ah! Del mundo académico no había nadie. Igual se hubiera largado también.

La charla llevaba por título “Patrimonio industrial. De Oliver Twist a Harry Potter” y era la que abría las jornadas. La otra persona que debía participar en ellas, Assumpció Feliu Torras, actualmente tesorera del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial-España y expresidenta de European Federation of Associations of Industrial and Technical Heritage, tuvo que regresar a Barcelona al impedirle las lluvias pasar de Vinaròs. Así que me quedé solo, comenzando la intervención sobre las 10:15 de la mañana y finalizándola casi a las 12. Tras un lógico descanso, continuamos con un largo debate que se prolongó hasta pasadas las 13:30.

Hacía mucho tiempo que no intervenía en público, ni escribía, ni me pronunciaba, sobre el patrimonio industrial y, la que es mi ‘especialidad’, la arqueología industrial. Y lo cierto es que pensaba continuar así. Pero me llamó por parte de la organización José Manuel Rambla y me persuadió. Yo, en el fondo, soy bastante facilón, y él bastante persuasivo. Así que hice aquello de “donde dije digo, digo Diego”. Y fui.

Cuando me llamaron lo primero que dije fue preguntar sí estaban seguros de que era a mí a quien se dirigían, pues consideraba que soy la persona menos indicada para un acto de este tipo. Años ha que abandoné la arqueología industrial. Mi última intervención en público sobre la materia se remonta a junio de 2012, cuando participé en los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco en Donostia. ¿Por qué tal decisión? Lo que hacía –hacíamos, pues trabajaba en equipo– a la hora de la verdad a nadie le importaba –si bien de nuestros resultados sí se hicieron eco en Gran Bretaña– y no servía para nada a no ser que fuera para engrosar el currículum.

Titulé la charla “Patrimonio industrial. De Oliver Twist a Harry Potter” porque quería establecer un paralelismo entre dos expresiones diferentes de una misma realidad. Si Oliver Twist despertó conciencias, Harry Potter las aliena. Hoy, el mundo de los muggles (podríamos decir que nuestro) y el de los magos los hemos fusionado en uno solo. La realidad se muestra ajena a nuestros designios, nada podemos hacer para transformarla, somos impotentes y es en la impotencia y desde la impotencia donde nos encontramos más cómodos. Así, todos bien acomodados, las actuaciones para con el patrimonio industrial no responden más que a un intento de valorización absoluta y de conservación del instante presente, por vanagloria de los expertos/profesionales y de los políticos, enmarcados todos en ese gran billete de banco llamado Administración y cobran el sueldo de la misma caja.

Vuelven todos a enterrar los cadáveres que ellos mismos desentierran en un desierto cultural del que son incapaces de imaginar un más allá. Reflejan con precisión nuestro tiempo de antiguallas que se afirman nuevas, de incoherencia planificada, de aislamiento y sordera asegurados por los medios de comunicación de masas, de enseñanza universitaria de formas superiores de analfabetismo, de mentira científicamente garantizada, y de un poder técnico decisivo a disposición de la debilidad mental de la clase dirigente.

El mundo de Oliver es todavía el nuestro (por mucho que lo maquillemos, por mucho que lo creamos superado por de Harry Potter). Dickens describe con gran realismo los ambientes de los barrios bajos londinenses en un momento en que los efectos de la revolución industrial se dejaban sentir con toda su intensidad. Crueldad, ambición, abuso, explotación, desprecio por los seres humanos y repugnante permisividad de los gobiernos, se enfrentan y contraponen a la bondad, el desprendimiento, el afecto y la caridad de no pocos hombres y mujeres de la Inglaterra victoriana. Todo esto es todavía el día a día de hoy de la mayor parte de la población mundial. En Harry Potter coexisten pacíficamente los dos mundos que mencionaba, su universo es un mundo ilusorio, irreal por tanto, nada que ver con lo que muestran las novelas de Dickens, un mundo no ha sabido mantenerse porque no ha sabido ser ni solidario, ni ecuánime, ni flexible, y al final se ha quedado sin respuestas.

Y es que, lógicamente, se han producido cambios: cuando Oliver empezaba lo hacía también otra forma de organización social; cuando lo hace Potter, este modo (la sociedad capitalista), lejos de haber mejorado (como podría haber sucedido, como debería), se muestra más arraigado que nunca y aceptado sin reservas como el único mundo posible. ‘Expertos’ y ‘profesionales’ determinan lo que vale, lo que ha leerse y lo que no, lo debe trascender y lo que debe permanecer en el olvido. La unificación cultural llevada a cabo, el pensamiento único triunfante, la aceptación sin reservas del mezquino mundo actual, es posible porque todos estos cadáveres intelectuales y morales actúan al margen de los problemas que verdaderamente condicionan nuestro día a día y se someten unos al dictado de lo ‘políticamente correcto’ y otros al de lo ‘económicamente correcto’ (ahí está la ‘negociación’ de los presupuestos del Estado con la oligarquía financiera que decide si, como los niños el cole, han de repetir los ‘deberes’ porque no están bien hechos). Así las cosas, es lógica la absoluta valorización y conservación de un patrimonio (el industrial) en función de los intereses del presente, al servicio de expertos/profesionales y políticos, y lógico que lo hayan vaciado de cualquier significación y separado del espacio-tiempo. Unos y otros lo han convertido en mera representación, en puro espectáculo.

Expuse unos cuantos casos que he vivido para ilustrar las afirmaciones anteriores, dos de los cuales reproduzco tal cual –más o menos– los dije –pues me conozco, se me calienta la boca y me pongo a despotricar–, tal cual los llevaba escritos, pues había redactado antes la charla y traté de no añadir nada más (alguna cosa, así y todo, se me ‘escapó’):

  1. Durante las campañas de prospección y excavación (1999-2004) –llevadas a cabo en las cuencas fabriles de los ríos Barxell y Molinar, de la ciudad de Alcoi)– sacamos a la luz importante restos materiales de nuestro pasado inmediato de gran valor (como un batán de finales del siglo XVI-principios del XVII y otro de principios del XIX). ¿Qué pasó con ellos? Pues lo que tenía que pasar: nada. No será porque no informamos a los responsables locales de nuestros resultados y llevamos a cabo una amplia campaña informativa a través de los medios de comunicación. En junio de 2005 la zona fue declarada Bien de Interés Cultural para poder, así, acogerse al Plan Nacional de Patrimonio Industrial (Ministerio de Cultura, Instituto del Patrimonio Histórico Español ─a quien, dicho sea de paso, también informamos─). Poco después se inició la intervención para un «proyecto urbano» en la zona del Molinar. Su objetivo: «la conversión de un conjunto de ruinas destinadas a desaparecer, en un Recinto Arqueológico que pueda redescubrir el pasado a una ciudad (…) alrededor de un museo [que muestre] la formación de una industria que dio carta de naturaleza en la ciudad industrial de Alcoy». Pues bien, los batanes referidos no es que sigan como los dejamos después de nuestra actuación, sino que esta ha empeorado al no haberse protegido ninguno de los dos ni tan solo al inicio de la intervención a la que fue sometida la zona, intervención que, por otra parte, se centró en el cuerpo de fábrica del conjunto arquitectónico que menos interés tenía; eso sí, el que mejor se conservaba. Después unos enormes pilares se levantaron en la zona para servir de apoyo a uno de los numerosos puentes de la autovía central Alicante-Valencia, alterando notablemente el entorno y destruyendo el paisaje y su estratigrafía. ¡Menos mal que la zona fue declarada BIC! La única actuación se realizó, pues, en la fábrica que menos falta hacía, pero que mantenía la estructura en unas condiciones que hacía posible una «intervención arquitectónica», intervención que llevó a cabo un equipo dirigido por un arquitecto (hijo de otro arquitecto que hizo su tesis doctoral sobre las tipologías arquitectónicas del Molinar). Pasé de contar cómo me torearon (y como no dejé que lo hicieran). Esa fábrica la habíamos estudiado palmo a palmo y sabíamos incluso cuál era su maquinaria, como se disponía (las huellas del suelo), de qué espacio disponía cada trabajador para moverse. Todo lo teníamos documentado, y de todo pasaron como de la mierda.
  2. En mi pueblo (Muro) hará unos quince o dieciséis años se desmontó parte de la fachada y todo el murete de sillares que rodeaba una fábrica de papel de 1919 para levantar el castillo para las fiestas de Moros y Cristianos. No hubo ninguna protesta, ni siquiera ninguna crítica. Ahora bien, y sin salir de Muro, se consiguió que se modificara ligeramente el trazado de una autovía para respetar la ermita consagrada a san Antonio Abad, del siglo XVIII, resultado de la modificación de otra anterior, del siglo XIV, de la que apenas queda parte de su estructura. Naturalmente, la ermita de San Antonio, como es conocida localmente, goza de una gran estima entre los mureros y tiene una gran carga simbólica. ¿Alguien se imagina actuaciones de esta clase para con restos materiales de otros períodos?, ¿o con otro tipo de patrimonio, como pueda ser el arqueológico?

Aclaraba luego que en Muro gobernaba Compromís (Bloc) y que desde 1995 hasta 2015 el alcalde fue el actual conseller de Economía sostenible, Sectores productivos, Comercio y Empleo de la Generalitat Valenciana. En Alcoi el PSOE, estando la concejalía de Urbanismo en manos de Esquerra Unida, el portavoz de la cual era profesor universitario y había realizado su tesis doctoral sobre la protoindustrialización alcoyana. No es, pues, un problema de quien gobierne, desgraciadamente. El desinterés político no es otra cosa que el reflejo del generalizado desinterés social hacia a los restos (materiales e inmateriales) de nuestro pasado más reciente.

La visión sobre el patrimonio cultural en su conjunto sigue tendiendo, a pesar de las numerosas cartas, resoluciones y propuestas sobre qué y cómo conservar, a primar los bienes que destacan por valores subjetivos (como el estético), siendo el patrimonio artístico, o lo que reúne los valores artísticos/estéticos según los parámetros actuales, el que goza de mayor protección. En el caso del patrimonio construido se conserva lo que sus características arquitectónicas son especialmente relevantes. De este modo, se prima el continente y se desprecia el contenido, se restauran edificios y se destinan a otros usos absolutamente alejados de la que fue su función original. Se remodelan las fachadas y se destruye el interior, ya que el valor es «lo que se ve», no «lo que es». Se mantienen, por ejemplo, las chimeneas tras derribar todos los elementos que explican su función y se dice que se protege el patrimonio industrial.

Los bienes que se conservan con más ahínco, y gozan por tanto de mayor protección, es decir, efectiva, responden a una doble naturaleza, si bien tienen un mismo origen. Son, por un lado, aquellos que la sociedad burguesa en su proceso de formación y consolidación entendió que representaban los valores sobre los que se erigía. Una nueva clase social (la burguesía) se hizo con el poder y, en consecuencia, con los bienes y propiedades de los que poseían este hasta entonces. Y estos bienes y propiedades pasaron a ser del Estado, es decir, de todos. En teoría. En la práctica, la nueva clase dominante reprodujo –y reproduce– las conductas propias de quien se sitúa en lo alto del organigrama social. Hay diferenciarse del común, de la generalidad, ya que se sigue pidiendo a los «ciudadanos» lo mismo que pedía la aristocracia a sus «sirvientes»: acatamiento y sumisión al orden establecido.

Estos «nuevos señores», y los señores de estos, más que imitar han llegado a mimetizar conductas y comportamientos que incluso gran parte de los ideólogos de las revoluciones burguesas del siglo XIX criticaban. ¿Dónde están las sedes de los gobiernos y parlamentos de muchas comunidades autónomas, las presidencias de las diputaciones, muchas alcaldías? En suntuosos y nobiliarios edificios. Puede parecer una trivialidad lo que digo. Puede, a mí no me lo parece.

Si el futuro del patrimonio industrial debe depender de la sensibilidad del político de turno estamos apañados. No hablo de mala fe, de intereses ocultos a través de operaciones urbanísticas, nada de esto (que también). Doy por hecho que se actúa con la mejor de las disposiciones y que lo que se hace obedece a que creen firmemente estar defendiendo los intereses de la colectividad. Pero, ¿por qué los políticos deberían incidir en algo que ni la sociedad ni el mundo académico valora? Además, tampoco es esa su función.

El patrimonio industrial –cuya importancia, hoy, nadie discute– no es cosa de historiadores, ni de arqueólogos, ni de etnólogos, ni de arquitectos … o de todos a la vez. Y cada uno, de acuerdo con su formación y su criterio, actúa en consecuencia. El ‘experto’, el ‘profesional’, el ‘especialista’, procedente la práctica totalidad de las universidades, lo único que pretende, en última instancia, es hacer currículum. Ahí siguen, en su torre de marfil, publicando libros de los que no venden más de doscientos o trescientos ejemplares como mucho. Claro que esto les da igual. Hablan de la gente, pero la gente les importa un bledo. El currículo, el bienestar académico, el estatus, por supuesto que no. Estos mindundis y chupaculos solo miran por ellos mismos y todavía se atreven (algunos incluso se lo creen) que aportan algo a la sociedad. Sí, son de gran ayuda para perpetuar el mundo más injusto que nunca ha conocido la humanidad; en él, de la especialización hacen un lobby, y lo hacen a costa de todos, aprovechando las prebendas que les otorga su servilismo hacia el poder (la Administración), poder que dicen ostentar los partidos políticos (todos), cuando el lugar que ocupan se debe al mismo: el servilismo hacia el poder real.

Yo me niego a formar parte de este circo. Me temo, de todos modos, que diga lo que diga nada cambiará si no cambia este mundo, y eso nunca sucederá si depende de aquellos que actúan en él y se sienten importantes protagonistas a pesar de ser solo figurantes.

La complainte de la Butte

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Gran canción la de este vídeo, nostálgica, melancólica, amorosa, triste, pasional, emotiva, poética… Muy bella. La música es de George Van Prys (1902-1971), compositor cinematográfico (más de trescientas partituras de filmes, entre ellas reconocidos clásicos del cine francés), de operetas (uno de los grandes últimos compositores del género) y de música ligera. Compuso la melodía de La complainte de la Butte para la película French Cancan (1955), una excelente comedia romántica que narra el resurgimiento del baile más famoso de París –el cancán, obviamente– mientras cuenta la historia de una productora de teatro que convierte a una humilde lavandera en una estrella en el mítico cabaret Moulin Rouge. Su director, el magnífico Jean Renoir (1894-1979), hijo del conocido pintor Pierre-Auguste Renoir, escribió la letra. Ambos consiguieron –a mi entender al menos– algo verdaderamente difícil: La complainte de la Butte respira todo el sabor de la chanson la Belle Époque y en nada desentona de temas otros clásicos del momento de su banda sonora.

La Butte es el punto más alto de París, la colina sobre la que se asienta Montmartre, el Montmartre de aquellos tiempos con sus cafés, cabarets, talleres de pintores postimpresionistas, su carácter campestre y bucólico… Butte significa colina, y por eso, en prácticamente todas las versiones de la canción se traduce como colina. Yo he preferido dejar La Butte, pues si hago referencia a “la colina” o aclaro de qué colina se trata o puede ser cualquiera. Y es que no me canso decirlo: los traductores automáticos son una gran ayuda, pero solo eso, una ayuda. ¡Qué mal uso se hace de ellos! Y no lo digo solo por lo de La Butte.

En la película la ‘interpreta’ la actriz italiana Anna Amendola, pero no es ella quien la canta. La voz es de la gran Cora Vaucaire (1918-2011), La Dama Blanca de Saint-Germain-des-Prés, una de las mejores cantantes de la chanson de todos los tiempos. A ella, pues, es a quien escuchamos en el presente vídeo que recoge este excepcional lamento clásico de la canción francesa.