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El FDRC - copia

Un FDRC

El FDRC (Funny Death Remote Control) es un mando a distancia que permite cambiar las luces de los semáforos a voluntad de quien lo maneja. Pocos son estos, pues de momento su uso está prohibido. No obstante, sabemos de buena fuente que, tras largas deliberaciones, los países más avanzados han llegado a un consenso sobre su legalización, la cual parece inminente.

Lo más probable es que no conozca el FDRC, pues, como decíamos, su práctica sigue siendo ilegal por ahora. Solo unos pocos lo poseen, aquellos cuya capacidad adquisitiva permite hacer frente a su elevadísimo precio, y ni siquiera así es fácil conseguir uno en caso de no contar con las necesarias influencias y los imprescindibles buenos contactos entre los que dictaminan las leyes generales que monitorizan la existencia y los mecanismos de control de las reacciones inmediatas ante el horror, el homicidio o la sangre, evitando así el desorden general que supondría el igualitarismo.

Mas lo cierto es que este ingenioso dispositivo cuenta cada día con más adictos a pesar de no haberse legalizado todavía. Y decimos bien, adictos, pues el juego de cambiar la luz de los semáforos al antojo de sus propietarios/usuarios verdaderamente engancha. Es un aparatejo de lo más divertido, como su propio nombre indica. Imagínese. El semáforo está en verde para la circulación de vehículos y, en consecuencia, en rojo para los peatones. De repente, ambos se ponen en verde. El viandante cruza, al vehículo no le da tiempo a detenerse y ¡pumba catapumba!, ¡menudo fostión! A veces el peatón sale expelido como un pedo desbocado y su cuerpo queda esparcido a pedazos por el suelo. Quienes lo han visto dicen que, con la sangre y los sesos, el paisaje cobra un precioso color con brillantes motas blanquecinas, cual si fuera una escena sacada de un cuadro del expresionismo abstracto. Otras, el vehículo trata de esquivarlo y, como suele decirse, ya que todas las cosas se dicen por algo, pues algo es algo, es peor el remedio que la enfermedad. Los pifostios que se montan son la leche. Como en las películas de acción, pero sin pantalla de por medio. Espectáculo puro.

Son muchas las combinaciones que pueden darse y las hay para todos los gustos. La mayoría resultan descacharrantes, lo que no es óbice para que los jugadores se tomen en serio lo que aparentemente es solo un mero entretenimiento. Acaloradas discusiones tienen lugar entre ellos acerca de los lugares donde los FDRCeros se citan y se cruzan elevadas apuestas.

Al principio las supremas autoridades mundiales llegaron a penalizar su uso y tenencia, pero pronto se dieron cuenta de lo ineficaz de tales medidas. Es por ello que optaron por encargar a la CIEP (Comisión Internacional de Expertos Paticéfalos) un estudio acerca de la conveniencia de su legalización y la regulación de su uso y práctica. La prohibición, constataron estos, no solo era inútil, sino tremendamente perniciosa para el conjunto de la sociedad, pues, al no existir reglamentación alguna, se hacía un uso anárquico del FDRC, llegando a causar víctimas entre personas respetables y provechosas, como el eminente doctor Min-Dun-Di, el magnate de las finanzas Cagallodor o la modelo Lognleg Shortmind, cuyas contribuciones al progreso de la humanidad son por todos conocidas y reconocidas, gnomos incluidos.

Los doctos miembros de la CIEP, con su privilegiada y pertinaz testa, sugirieron la legalización del FDRC en su informe, añadiendo a las razones arriba mencionadas que su práctica podía comportar múltiples beneficios a la sociedad, siempre que se regule su uso, por supuesto. Entre los beneficios, múltiples, como decíamos, hay que destacar la disminución del paro y la creación de puestos de trabajo. Los CIEPorros aclaran que es evidente que el juego reporta la eliminación de excedentes laborales cuyo aporte a la sociedad es, obviamente, nulo. Si estos, explican, participan voluntariamente en el juego, su existencia al menos habrá servido para algo. Propusieron, en consecuencia, que aquellos desahuciados sociales carentes de recursos económicos recibirían como compensación un puesto de trabajo con contrato y todo, o bien una pensión vitalicia

¿Y eso como se financia?, clamaron los dictaminadores. Fácil, replicaron los CIEPorros. Hay que considerar otras variables económicas. Como quiera que será necesario acotar una zona y fijar un horario para el juego del FDRC, que lógicamente se publicarán y publicitarán, el evento atraerá, sobre todo al principio, numerosos espectadores, a los cuales se les cobrará la entrada. Se puede, asimismo, organizar campeonatos y vender los derechos de emisión en directo, lo que generaría importantes ingresos. Por no hablar de otros que, a mayor o menor escala, también verían incrementado su peculio: chapistas, mecánicos de automóviles, médicos, fabricantes y vendedores de chuches y elixires varios, enfermeros, curanderos, malabaristas, vendedores de seguros, enterradores, funerarias, otarios y notarios, entre muchos más. Por supuesto, cada uno deberá abonar los correspondientes impuestos. Más finanzas, por tanto.

El minucioso y preciso análisis costo-beneficio efectuado por la CIEP ha movido a los dictaminadores gerenciales de los intereses de la civilización a la legalización del FDRC y a la redacción del Reglamento de Participación Ciudadana en Espectáculos Públicos, que recoge las medidas que la Comisión recomendaba. En breve se publicarán en los respectivos boletines oficiales de las franquicias gubernamentales que administran los países y sus bienes. A partir de ese momento… ¡a jugar! Pronto verá en vallas publicitarias y marquesinas de autobuses anuncios como este: ‘Muestra tu amor a tus seres queridos: apúntate en cuanto se abra la inscripción’. Sabia medida, pues, aunque como advierten los más ortodoxos el juego, de este modo, perderá gran parte de su encanto, si no todo. Pero, bueno, esto ya se verá, no nos adelantemos a los acontecimientos.