Pues ya estamos en otoño. Descienden las temperaturas, el sol se pone cada vez más pronto, vamos camino del invierno y sentimos nostalgia del verano que acaba, de una época en que el sol tarda más en ponerse y parece que todo se ha vivido con mayor intensidad. De ahí ese halo de romanticismo que suele acompañar al otoño y también su significado como “período de la vida humana en que esta declina de la plenitud hacia la vejez” (RAE).
Por supuesto, esto ocurre en el hemisferio norte, donde el otoño abarca el periodo comprendido entre el 21-24 de septiembre (equinoccio de otoño) al 20-23 de diciembre (solsticio de invierno). En el hemisferio sur, las fechas, lógicamente, son otras: del 21-24 de marzo al 20-23 de junio. Pero, creo yo, que sea cual sea el hemisferio al que pertenezcamos, nunca está de más halagar nuestros sentidos con buenas canciones como, a juicio de un servidor, son las cinco que conforman esta entrada.
Comenzamos con la que, posiblemente, más asociamos a esta estación: Les feuilles mortes(Las hojas muertas). Así es como llaman los franceses a las hojas secas que, decimos nosotros, caen en otoño. Canción bella como pocas, con una música excepcional y una letra que es poesía pura, fue escrita en 1946 para la película de Marcel Carné Les portes de la nuit, si bien la melodía ya existía desde un año antes. El compositor francés de origen húngaro Joseph Kosma la había compuesto para el ballet de Roland Petit Le Rendez-vous (1945), con argumento del poeta, dramaturgo y guionista cinematográfico Jacques Prévert. Carné quiso adaptar el ballet a la gran pantalla y encargó a Prévert la letra. Así nació esta hermosa canción que en 1947 el compositor y letrista estadounidense Johnny Mercer adaptó (la letra) para su versión inglesa y tituló Autumn Leaves (Hojas de otoño). La escuchamos por Yves Montand –a juicio de la mayoría el mejor intérprete de la misma– en un momento del concierto que dio en 1981 en el Olympia de París.
Esa nostalgia de la que hablábamos hace que celebremos la llegada del llamado Veranillo de San Miguel (alrededor del 29 de septiembre) o el de San Martín (en torno al 11 de noviembre), momentos en que las temperaturas suelen –o solían– alcanzar una media superior a la propia de la época que nos retrotrae al verano. En el hemisferio sur sucede algo parecido con el denominado Veranito de San Juan (alrededor del 24 de junio). En Estados Unidos este fenómeno es conocido como Indian Summer. Y así, Indian Summer, se titula este tema que compuso en 1919 Victor Herbert y al que –como en el anterior– se le añadió la letra más tarde, en este caso en 1939, siendo su autor Al Dubin. La versión que hemos elegido pertenece al álbum de 1968 Francis A. & Edward K. Francis A. es Frank Sinatra (Francis Albert Sinatra) y Edward K. Duke Ellington (Edward Kennedy Ellington). Los españoles que ya tengan cierta edad la recordarán como sintonía del popular programa de radio el Consultorio de Elena Francis.
Seguimos con un famoso estándar del jazz que compuso Vernon Duke para el musical Thumbs Up!, estrenado en Broadway en 1934. Hablamos de Autumn in New York, canción que desde entonces ha sido grabada infinidad de veces. Nos quedamos con la versión de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong que recoge el álbum Ella and Louis Again (1957).
Septiembre es –o solía ser– uno de los meses más lluviosos del año. A este mes está dedicada September In The Rain, popular canción de Harry Warren y Al Dubin publicada en 1937 y que fue presentada por James Melton en la película Melody for Two. Otro estándar que ha sido grabado por una larga lista de intérpretes y que escuchamos por Sarah Vaughan en un momento de la gira europea que llevó a cabo en 1959. El vídeo es una grabación de la televisión sueca de ese año.
Finalizamos con una canción de Joan Manuel Serrat, Balada de otoño, incluida en el cuarto disco del cantautor, La paloma (1969), si bien el vídeo corresponde al concierto que este dio en la localidad catalana de Reus el 10 de diciembre de 1989.
Para quienes gusten del otoño, que lo disfruten. Para los que no, que lo lleven lo mejor posible.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta (…) Era Lo, sencillamente Lo, un metro cuarenta y ocho de estatura con los pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.
Así empieza una de las novelas más controvertidas y admiradas de la literatura contemporánea, Lolita, editada por primera vez en septiembre de 1955. Su autor, Vladimir Nabokov (1899-1977) era un migrante ruso que, con su familia, se exilió en Alemania en 1919 y en 1940 se estableció en Estados Unidos tras haber estudiado filología en Cambridge, si bien en 1959 se trasladó a Suiza, en donde vivió hasta su muerte. Los protagonistas de su obra son generalmente personajes que viven una pasión anormal en mundo de aparente normalidad, normalidad que no es otra cosa que la manifestación de las conveniencias sociales y la moral burguesa. Lolita –la novela más célebre de cuantas escribió– es un evidente ejemplo de ello. Subtitulada «Confesiones de un viudo de raza blanca», es una embriagadora mezcla de apología, diario de prisión y súplica al jurado que juzga al profesor de literatura Humbert Humbert –que hace él mismo– y relata su historia de amor con una adolescente de 12 años que, además, es su hijastra.
Primera edición de “Lolita”.
En la primavera de 1954, Nabokov tenía listo ya un primer manuscrito y lo presentó a cuatro editoriales (Farrar Straus, Viking, Simon & Schuster y New Directions). Ninguna lo aceptó. “¿Crees que estoy loco?, le dijo uno de los editores. Otros expresaron su temor a la censura e incluso a acabar en prisión. Finalmente consiguió que un año después una pequeña editorial francesa, Olympia Press, especializada en literatura erótica y que publicaba libros en inglés con el fin de burlar la prohibición que pesaba sobre ellos en Estados Unidos y Gran Bretaña, llevase a cabo una tirada de cinco mil ejemplares en dos volúmenes, aunque plagada de errores tipográficos. Salió a la venta en septiembre de 1955 y le edición se agotó pronto. Uno de quienes la leyó fue Graham Greene, que para la selección que hizo el periódico británico The Sunday Times sobre los mejores libros del año eligió Lolita. Enseguida, el Sunday Express reaccionó y su director dijo de la novela que era “el libro más sucio que he leído”, “pura pornografía desenfrenada”.
Portada de “Lolita”, edición de Vintage International de 1997. Fotografía: Andrea Gentl.
Durante dos años, las copias de Lolita fueron proscritas por las autoridades y perseguidas por las costumbres británicas. En Estados Unidos la primera edición la llevó a cabo Putnam en agosto de 1958, cuando el macartismo estaba ya en horas bajas. El libro fue un éxito, se sucedieron varias ediciones más y se dice que de Lolita se vendieron más de cien mil ejemplares en sus primeras tres semanas, algo que no sucedía desde que en 1936 se publicó Lo que el viento se llevó. Lolita entraba en la mitología literaria.
La censura siguió, no obstante, persiguiendo a Lolita. Así, cuando en 1962, con guión del propio Nabokov, Stanley Kubrick la llevó a la gran pantalla tuvo que sortear varios problemas con la censura como elevar la edad de la protagonista o la negativa de varios actores para interpretar el papel de Humbert. Finalmente se eligió a Sue Lyon para encarnar a Lolita. Sue tenía en ese momento 17 años y, por ser menor de edad, no pudo asistir al estreno. Aunque cuando comenzó el rodaje eran 15, su aspecto la hacía mayor de lo que en realidad era. Ya sé que una cosa es el cine y otra la literatura, que son lenguajes diferentes, pero entonces habrá que convenir que hablamos de los lolitas distintas. La original no es creíble viendo a Sue Lyon, es otra Lolita.
Con el filme de Kubrick, la popularidad de Lolita aumentó, se llevaron a cabo nuevas ediciones y lolita –ahora en minúscula– pasó a ser una nueva voz en los diccionarios mediante la cual se define a una “mujer adolescente, atractiva y seductora”. Al menos así lo hace la Real Academia Española.
La censura estadounidense volvió a cebarse con Lolita treinta y cinco años después. Contra todo pronóstico, Adrian Lyne –director de películas tan taquilleras como infumables como Nueve semanas y media– estrenó en 1997 una versión –puede que lo mejor que haya hecho, lo que tampoco es decir gran cosa– en la que Lolita sí parecía ser esa joven ninfa por la que perdió la cabeza Humbert Humbert (Jeremy Irons en la película). Y es que Dominique Swain, a pesar de contar con la misma edad que Sue Lyon cuando comenzó el rodaje y de que también se elevó esta a 14 años el filme, sí daba la imagen de adolescente procaz y seductora que tan magistralmente describió Nabokov. Por ello, en Estados Unidos no se estrenó hasta un año y medio después, pues no encontraba distribuidora. Lyne –también director de las exitosas Flashdance, Atracción fatal y Una proposición indecente– se convirtió, a causa de ello, en el director de una de las películas menos taquilleras de la historia. Con un presupuesto de 58 millones de dólares, apenas recaudó en Estados Unidos un millón y medio.
“Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva”, puso Nabokov en boca de Humbert Humbert al final de la novela, una obra maestra sin duda a la que la censura –es lo que tiene cuando se prohíben las cosas– ayudó a encumbrar.
Aunque parece ser que nace en el siglo XVI a partir de la evolución de los instrumentos de cuerda de mayor tamaño, el violón y la viola, el uso del contrabajo no empieza a generalizarse hasta segunda mitad del XVII y se introduce en las orquestas de ópera un siglo más tarde. El jazz lo incorporó desde sus inicios y poco a poco fue desplazando a la tuba –instrumento de viento cuya tesitura es similar a la del contrabajo pero de posibilidades más limitadas para el nuevo género–, si bien no fue hasta mediados del siglo XX que pasó de ser un elemento más –aunque esencial como soporte rítmico– a convertirse en un instrumento destacado e incluso en el protagonista de algunas formaciones. Su número de cuerdas ha oscilado desde las tres de sus orígenes a las seis de poco después, estableciéndose al entrar a formar parte de las orquestas el número de cuatro.
Hoy dedicamos la entrada a cinco de los mejores contrabajistas de la historia del jazz, figuras legendarias que marcaron un antes y un después no solo el papel que vendría ocupar el instrumento en la evolución del género sino también en la del jazz en general. Como quiera que hemos seguido el criterio de reseñarlos según la fecha de nacimiento de cada uno, de mayor a menor, comenzamos con Charles Mingus (1922-1979).
Este contrabajista, compositor, director de big band y pianista estadounidense de jazz, empezó colaborando, entre otros, con Louis Armstrong, Art Tatum, Red Norvo, Charlie Parker y Duke Ellington, cuya obra influiría profundamente en su vertiente como compositor. En este periodo se acreditó como uno de los principales virtuosos del contrabajo en el ámbito del jazz. A mediados de los años cincuenta comenzó a dirigir formaciones de jóvenes músicos que reunía en sus Jazz Workshop (Talleres de jazz). Cabe destacar muy especialmente el período 1960-1664, marcado por la colaboración con el saxofonista Eric Dolphy. Su música, turbulenta, a menudo experimental y al mismo tiempo de una gran coherencia interna, sintetiza las diferentes corrientes de la música negra americana y es considerada una de las principales contribuciones al jazz. Además de grabar muchos y magníficos álbumes, en 1971 publicó su autobiografía, Beneath the Underdog, en la que, con un estilo impresionista y vigoroso, refleja la discriminación de que es objeto el pueblo negro norteamericano, pus Mingus fue también un destacado activista en la lucha contra del racismo.
De Mingus –como de los otros cuatro que hemos seleccionado– incluimos dos temas. En este caso, de su primera época. Para mí, la preferida –no solo en Mingus–, cuando todavía no se vislumbraba atisbo alguno de academicismo ni narcisismo en el jazz, lo que no significa, ni mucho menos, que Mingus fuera académico ni narcisista. El primero, una balada suya, es de 1956, se titula Profile of Jackie y forma parte de su álbum Pithecanthropus Erectus, uno de los primeros resultados de sus talleres, en los que la inspiración era todo, fundamental en su obra. Le acompañan Jackie McLean (saxo alto), J.R. Monterose (saxo tenor), Mal Waldron (piano) y Willie Jones (batería). El segundo, también compuesto por él, es Goodbye Pork Pie Hat, que apareció en el álbum de 1959 Mingus Ah Um. La versión que sigue es una actuación de su sexteto durante el festival de jazz de Montreux de 1975, en el que además de Mingus vemos a Don Pullen (piano), George Adams (saxo tenor), Gerry Mulligan (saxo alto), Benny Bailey (trompeta) y Danny Richmond (batería).
Pocos meses después del nacimiento de Mingus –acaecido el 22 de abril–, venía al mundo, el 30 de septiembre, Oscar Pettiford (1922-1960). También compositor, este contrabajista estadounidense –los cinco que hemos elegido lo son– es uno de los pioneros del bebop, así como de la utilización del violonchelo como instrumento solista en el jazz. En 1942 se unió a la banda de Charlie Barnet y luego trabajó con Coleman Hawkins, Duke Ellington, Thelonious Monk y Woody Herman, entre otros, dirigiendo sus propias formaciones desde principios de la década de 1950.
Escuchamos a Pettiford en dos composiciones suyas grabadas en directo: Why Not? That’s What! y My Little Cello, ambas del álbum Montmartre Blues, que aunque se publicó en 1989 recoge diversas actuaciones suyas en el Café Montmartre de Copenhague durante los años 1959 y 1960 (Pettiford falleció en la capital danesa, a donde se había mudado en 1958, el 8 de septiembre de 1960), con una formación en la que figuran también Erik Nordstrom (saxo), Allan Botschinsky (trompeta), Jan Johansson (piano); Louis Hjulmand (vibráfono) y Jorn Elniff (batería). Why Not? That’s What! (1960) hay que explicar que es una respuesta a Miles Davis, cuyo famoso tema So What, grabado un año antes, tenía en opinión de Pettiford, un parecido excesivo con su Bohemia After Dark (1955).
Ray Brown (1926-2002) “durante varias décadas ejemplificó la figura del contrabajista con mayúsculas en un contexto musical que había relegado este instrumento al papel de puro acompañante. En sus manos, el contrabajo no solo se asentó como base de cualquier combo jazzístico, sino que fue adquiriendo una personalidad propia, hasta alcanzar en muchos momentos el papel de solista. Un sonido amplio, rotundo y preciso, una poderosa mano izquierda (una de las más poderosas del jazz clásico) y un buen gusto exquisito marcaron toda la carrera de Ray Brown. Una carrera tan dilatada como prolífica, ya que el contrabajista participó en más de quinientos discos, dejando una treintena a su nombre. Si fácilmente puede hablarse de un antes y un después del contrabajo en el mundo del jazz gracias a Ray Bown, también puede hablarse de él como uno de los pocos personajes que supo atravesar estilos y modas adaptándose perfectamente a cada situación sin perder nunca su idiosincrasia musical”. (Miquel Jurado: “Ray Brown, legendario contrabajista de jazz”, El País, 4 de julio de 2002).
Versátil como pocos, tocó y grabó con grandes del jazz de estilos tan diversos como Charlie Parker, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Coleman Hawkins, Count Basie, Sonny Rollins, Michel Legrand, Oscar Peterson, Stan Getz o Ella Fitzgerald, con quien estuvo casado (se divorciaron en 1952), entre muchísimos otros. Aunque, como acabamos de decir, se casó con Ella Fitzgerald, es con Sarah Vaughan con quien lo escuchemos en el primer tema, Body and Soul –un estándar del jazz de 1930 con música de Johnny B. Green y letra de Robert B. Sour, Edward Heyman y Frank Eyton–, del álbum de La Divina How Long Has This Been Going On? (1978). Voz y contrabajo en perfecta comunión. En el segundo vemos a Brown en directo –con Gene Harris (piano) y Jeff Hamilton (batería)– interpretando Oh, Lady be Good!, del musical Lady, Be Good (1924), de George Gershwin, durante el festival de jazz de Musnter (Francia) de 1992.
Charlie Haden (1937-2014) es conocido sobre todo por su asociación con el saxofonista Ornette Coleman, de cuyo controvertido cuarteto formó parte los primeros años de la década de 1960. “Ornette me enseñó a no pensar en categorías ni en géneros sino en belleza y en crear algo nuevo que no existía antes”, declaró. De ahí que Pat Metheny, con quien formó dúo a finales de 1977, declarara: “Charlie no es un contrabajista de jazz, es… otra cosa. No toca notas, hace filosofía”. A finales de los sesenta creó Liberation Music Orchestra, una agrupación con un repertorio que combinaba las canciones de la Guerra Civil española con los himnos pacifistas y las melodías revolucionarias latinoamericanas, un proyecto que retomó décadas más tarde “porque seguimos viviendo en un mundo donde reina la crueldad, la avaricia y la devastación; un mundo gobernado por mentalidades cerradas, el ejemplo perfecto es Bush. Por eso, ahora más que nunca, necesitamos de la belleza”.
En el primer vídeo vemos a Haden interpretando en solitario el tema de Ornette Coleman Lonely Woman (1959) en el festival de jazz de Cascais (Portugal) de 1990. Haden, con Coleman, ya había participado en la edición de 1971, pero durante el concierto dedicó una de sus interpretaciones “a los movimientos de liberación en Angola y Mozambique”, por lo que fue detenido y expulsado del país. El segundo recoge una actuación con un tema suyo, La Pasionaria, que compuso en 1969.
Finalizamos con Ron Carter, nacido también en 1937 y el único que sigue vivo de los cinco que conforman la entrada de hoy. Carter es el contrabajista que a todo músico de jazz –instrumentista o cantante solista– le gustaría tener a su lado. Siempre seguro, siempre brillante, siempre pendiente de la armonía conjunta por encima de cualquier otra consideración. No en balde, Carter es uno de los contrabajistas que ha intervenido en más álbumes en toda la historia del jazz, sobrepasando los tres mil quinientos. Y lo ha hecho con intérpretes de estilos muy diversos, entre ellos Eric Dolphy –el primero con el que grabó–, Randy Weston, Thelonious Monk, Wes Montgomery, Bobby Timmons, Cannonball Adderley, Art Farmer, Miles Davis –con cuyo quinteto se hizo famoso a comienzos de la década de 1960–, Herbie Mann, Paul Desmond, George Benson, Jim Hall, Nat Adderley, Tom Jobim, Eumir Deodato, Esther Phillips, Freddie Hubbard, Stanley Turrentine, Kenny Burrell, Chet Baker, y un largo, larguísimo, etcétera. Además de haber liderado sus propias formaciones y grabado con ellas alrededor de treinta y cinco álbumes.
De Ron Carter incluimos los temas Walkin’, composición de autoría controvertida –hay quien dice que es de Miles Davis y quien asegura que fue Gene Ammons– pero finalmente atribuida a Richard Carpenter, y la conocidísima Samba de Orfeu, que compuso Luiz Bonfá para la película de Marcel Camus Orfeo negro (1959). El primero con Herbie Hancock y Billy Cobham en un concierto celebrado en el Palacio de Congresos de Lugano (Suiza) en enero de 1983. El segundo con Mulgrew Miller (piano) y Bobby Broom (guitarra) durante el festival Jazz sous les Pommiers (Francia) en junio de 2011.
Que terminen bien la semana e inicien mejor la próxima.