Lena Horne

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Como Paul Robeson, del que se ocupaba el artículo que publiqué el pasado día 9 de abril y con quien –dicho sea de paso– trabajó, Lena Horne tuvo una carrera artística triste y duramente violentada por ser afroamericana y defender su ascendencia. Cuando falleció, el 9 de mayo de 2010, The New York Times destacó en su obituario que era una auténtica estrella que había nacido con “50 años de antelación”. Uno nace cuando nace, no elige fecha, ni lugar, ni familia. Ahora bien, lo cierto es que esta mujer –mitad afroamericana, mitad indoamericana– tenía un físico que “provocó tanto rechazo como admiración. Hoy en día su rostro y su voz le hubieran reportado millones. Hace 70 años era un bicho extraño –y muy orgulloso– para cualquier comunidad.” (Gregorio Belinchón, necrológica publicada en El País el 10 de mayo de 2010).

Nacida en Nueva York el 30 de junio de 1917 en el seno de una familia negra, tuvo una infancia inestable y difícil. A los 14 años abandonó la escuela y dos años más tarde (1933) comenzó su carrera en el mítico Cotton Club de Harlem, en contra de los deseos de sus padres, como bailarina y cantante. Por aquel entonces en el Cotton eran los negros quienes actuaban, pero la clientela era solo de raza blanca; los negros tenían prohibida la entrada, exceptuando alguna celebridad y, aun así, de manera ocasional.

La voz de Lena Horne llamaba poderosamente la atención y en la segunda mitad de la década de 1930 comenzó a cantar en diversas big band, convirtiéndose en una de las primeras artistas negras contratada por una orquesta de músicos blancos de renombre, como la de Charlie Barnet o la de Teddy Wilson. Así, durante la Segunda Guerra Mundial participó en diversos espectáculos cuya finalidad era animar a los soldados que estaban en el frente. Eso sí, se negó en rotundo a hacerlo ante tropas segregadas. También a cantar en locales que practicaran la segregación racial.

Su debut en el cine en el cine tuvo lugar en 1938, cuando tenía 20 años, en uno de los papeles protagonistas del filme de William Nolte The Duke Is Tops. Fue entonces que las productoras de Hollywood –todavía no se había desatado la histeria anticomunista–, se interesaron por Lena y firmó contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer. Fue la primera actriz no blanca en firmar un contrato con un gran estudio de Hollywood. Sin embargo, el color de su piel la relegó a un segundo plano y nunca logró un papel protagonista. Con la Metro intervino en catorce filmes entre 1942 y 1956, incluyendo un par de cortometrajes.

Lena Horne tuvo en todo momento muy claro cuál era su origen y cómo este condicionaba su vida, por lo que hizo suya la lucha contra el segregacionismo y la discriminación racial. Por eso, donde más a gusto se sentía era el Café Society, en el que, recién separada (se divorció en 1944), encontró –así lo manifestó ella– su lugar. El Café Society era un club nocturno en el que no solo estaba bien vista la mezcla de clases sociales y de etnias, sino que era la verdadera razón de su existencia. Allí la música la interpretaban blancos y negros, juntos. Estaba dirigido por el hermano de un agente del Comintern y financiado en parte por ese gran cazatalentos que fue John Hammond (1910-1987), responsable del desarrollo y éxito de la carrera musical de muchos artistas, incluyendo Benny Goodman, Billie Holiday, Count Basie o Teddy Wilson.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el tipo de películas características del período, como las de MGM que reunían lo mejor de su elenco en una sucesión de números musicales sin apenas trama, dejaron de producirse. “Todo lo que me hizo una estrella fue la guerra”, declaró Lena Horne en una entrevista que concedió a The New York Times en 1990. “Por supuesto, los negros no podían poner la foto de Betty Grable en sus baúles. Pero podrían poner la mía”. El cine musical tomó otros derroteros y los papeles para Lena era cada día más escasos y de menor relevancia.

Al nuevo enfoque del cine musical hay que sumar el activismo de Lena Horne para explicar su progresivo alejamiento de la gran pantalla. Como hemos comentado, se negaba a actuar en locales que practicaban la discriminación racial, a actuar durante la Segunda Guerra Mundial si era ante tropas segregadas, era asidua del Café Society y activista de los derechos y libertades civiles, colaborando asiduamente con la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People). Todo ello hizo que su nombre quedara asociado al Movimiento por los Derechos Civiles, lo que equivalía a ser una activista radical defensora del comunismo. El Movimiento por los Derechos Civiles estaba respaldado por el Partido Comunista, claro, pero no solo; lo estuvo por toda la izquierda, incluyendo muchos miembros del Partido Demócrata. Y lo que hizo esta izquierda “–de forma deliberada y con buenos resultados– fue sacar la música negra del gueto movilizando esa curiosa combinación de judíos radicales y anglosajones liberales que forman la clase dirigente de Nueva York” (Eric Hobsbawm, “El swing del pueblo”, en Gente poco corriente, 1998). Lena Horne tuvo mucho que ver en ello. No es de extrañar –extrañar en todo caso sería lo contrario– que fuera incluida en la llamada “lista negra” de Hollywood en la década de 1950 elaborada por el senador McCarthy. A Lena solo se le ofrecían papeles menores y tras intervenir en la película de George Sidney Meet Me in Las Vegas (1956, ¡Viva Las Vegas!), absolutamente desencantada, abandonó el cine y prosiguió su trayectoria musical y teatral en Broadway, que no fue muy prolífica.

Lena Horne falleció el 9 de mayo de 2010 en el hospital presbiteriano de Nueva York a los 92 años. Benjamin Todd Jealous, presidente de la NAACP, declaró al conocer la noticia: “Lena Horne se ganó los corazones de millones de estadounidenses de todos los orígenes como una actriz y cantante glamorosa y elegante. Rompió valientemente muchas barreras de color y luchó denodadamente para derrocar el racismo institucionalizado que afecta a nuestra sociedad y evita que todos los estadounidenses tengan la misma oportunidad de perseguir el sueño americano”.

Les dejó con una lista de reproducción que recoge ocho de sus mejores números musicales: 1. Just One of Those Things, (Cole Porter, 1935), de la película de 1942 Panama Hattie; 2. I Can’t Give You Anything But Love (Jimmy McHugh y Dorothy Fields, 1928), del filme de 1942 Stormy Weather, con Bill Bojangles Robinson; 3. Stormy Weather (Harold Arlen y Ted Koehler, 1933), de la misma película; 4. Honeysuckle Rose (Fats Waller y Andy Razaf, 1929), de Thousands Cheer (1943, El desfile de las estrellas); 5. Love (Hugh Martin y Ralph Blane), de Ziegfeld Follies (1945); 6. Can’t Help Lovin’ Dat Man (Jerome Kern y Oscar Hammerstein II), de Till the Clouds Roll By (1946); 7. The Lady is a Tramp (Richard Rodgers y Lorenz Hart, 1937), de la película de 1948 Words and Music; 8. If You Believe In Yourself (Charlie Smalls), de The Wiz (1978, El mago).

Que tengan un buen inicio de semana y un mejor final.