La Canción del descerebramiento

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Ciento veinte años se cumplieron a principios de año de la primera vez que se escuchó en público esta genial canción titulada Canción del descerebramiento (Chanson du décervelage). Fue el 20 de enero de 1898 en el Théâtre des Pantins (6, rue Ballu), cuando se volvió a representar la igualmente genial Ubú Rey, obra de teatro del aún más genial Alfred Jarry. Para esta representación los actores fueron reemplazados por marionetas accionadas por Jarry y su amigo Franc-Nohain, marionetas que había creado Pierre Bonnard y a las que daban voz Louise France, Fanny Zaessinger, Jovita Nadal, Jocotot y Lardennoy. Claude Terrasse interpretó al piano la Obertura de Ubú Rey, La Marcha de los polacos y la Canción del descerebramiento.

Ubú Rey se había estrenado, con actores (Firmin Gémier en el papel de Padre Ubú y Louise France como Madre Ubú) el 10 de diciembre de 1896 en París, en el Théâtre de l’OEuvre, también con música de Terrasse. En la nueva versión, cuyo texto varía un poco de la primera, además de reemplazar los actores por marionetas, se introdujo al final de la Escena II del Acto Primero la Chanson du décervelage. Las partituras –como pueden observar en la ilustración que encabeza esta entrada– fueron publicadas unos meses después por la editorial del Mercure de France, con cubierta original de Alfred Jarry.

Un año antes, Jarry preparaba Ubu Cocu (Ubú Cornudo), obra de la que, en definitiva, acabó formando parte la Chanson du décervelage. Un resumen y adelanto de Ubu Cocu había sido publicado el 1 de diciembre de 1896 –año del estreno de Ubú Rey– en La Revue Blanche con el título “Paralipòmenes d’Ubu”. La obra, sin embargo, no vería la luz hasta 1944.

Conocía Ubú Rey y los demás Ubú (Ubú en la colina, Ubú Cornudo y Ubú Enadenado) por un libro que tengo de la editorial Bruguera de 1980, Todo Ubú, del cual he extraído parte de la información arriba mencionada. Sin embargo, la versión de la canción que figura en el vídeo no la había escuchado hasta hace unos días. Desde entonces no me canso de escucharla, ya me la sé de memoria, y me levanto cantándola. Corresponde este a una emisión del programa de la televisión francesa (ORTF) Les Raisins verts, de 95 minutos, que se emitió el 21 de setiembre de 1965 (aunque en los créditos que aparecen al final del vídeo ponga 1963, les aseguro que es 1965). En él se ofreció una excelente versión televisiva de Ubú Rey, repleta de efectos especiales electrónicos, con Jean Bouise (Padre Ubú), Rosy Varte (Madre Ubú), Hubert Deschamps (Capitán Bordura) y Henri Virlogeux (el rey Wenceslao). Por cierto, está a la venta en DVD

Bueno, espero que disfruten y celebren como se merece esta maravillosa Canción del descerebramiento, que no ha perdido un ápice de actualidad –como toda la obra de Jarry, dicho sea de paso– 120 años después de su estreno. La máquina de descerebrar, probado está, funciona mejor que nunca. A las pruebas me remito. ¿No leen la prensa, no ven la televisión, no siguen la cacatualidad? Nunca ha habido tanto descerebrado.

Una última cosa. Me quejaba yo de que mi vídeo “Bienvenidos de nuevo” que publiqué en Música de Comedia y Cabaret, con música de Jule Styne, solo había tenido 75 visitas. Pues este lleva por ahora 115, y 15 por lo menos las habré hecho yo. ¡Cágate lorito!

En pleno siglo XXI

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René Magritte: ‘La Thérapeute’ (1937).

“En pleno siglo XXI…”. Imagino que habrán leído u oído en infinidad de ocasiones frases que comienzan con estas palabras, generalmente para referirse a algo que, se supone, debería darse necesariamente en la sociedad actual. Veamos un par de ejemplos:

“Parece mentira que, en pleno siglo XXI, tengamos que seguir escribiendo columnas sobre las mujeres, o sea, sobre la maldita discriminación y sobre el sexismo.” (Rosa Montero, El País, 4 de diciembre de 2001).

“No es posible que en pleno sigo XXI haya 629 personas en un barco a la deriva por el Mediterráneo.» (Mònica Oltra, vicepresidenta del Gobierno valenciano, EFE, 11 de junio de 2018).

Frases como estas nos llevan a pensar –esa es, por otra parte, la intención de quien las escribe o pronuncia– que, necesariamente, hay comportamientos y actitudes que, y vamos con otra manida frase, “no tienen cabida en la sociedad actual”. Dos ejemplos más:

“La mayoría de ayuntamientos convocaron un minuto de silencio para manifestar abiertamente que cualquier intento de desestabilizar la convivencia pacífica, democrática y la libertad de la ciudadanía no tiene cabida en la sociedad actual.” (Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 19 de agosto de 2017”).

“El diputado provincial y alcalde de la capital insta a la presidenta Irene García, y al PSOE, a ‘un cambio de posición para acabar con unas prácticas que no tienen cabida en la sociedad actual’.” (Artículo publicado en Diario Bahía de Cádiz el 6 de julio de 2017).

Y es que hay que estar –y esta sí que es ya es una frase alucinante–, “a la altura de los tiempos”. Otros dos ejemplos:

“El portavoz de En Comú Podem en el Congreso, Xavi Domènech, ha señalado que igual que la consulta del 9 de noviembre de 2014 en Cataluña fue una gran expresión de democracia, en este momento ‘un nuevo 9N ya no está a la altura de los tiempos que estamos viviendo’ y espera que no se repita.” (Artículo publicado en eldiario.es, (20 de diciembre de 2016).

“CCOO-Servicios de Castilla-La Mancha ha instado a las patronales del comercio de la región a ‘estar a la altura de los tiempos, a dinamizar la negociación colectiva y a asumir que ha llegado el momento de repartir de forma más justa los beneficios generados en el sector’.” (Noticia publicada en La Vanguardia, 9 de junio de 2018).

Solo unos minutos he necesitado para buscar y encontrar en internet estas frases. No sé qué les parecerán a ustedes, pero para mí son de una simpleza abrumadora, propias de una visión unidireccional de la historia como progreso, un progreso que se supone, además, ha de ser continuo e indefinido. Yo me pregunto, y pregunto: ¿por qué razón en pleno siglo XXI han de existir cosas que no tengan cabida en la sociedad actual?, ¿qué cojones significa eso de estar a la altura de los tiempos?

¿Cómo fue el siglo XX? Si ha vivido el siglo XX, parte de él, claro, por poco sensato que uno sea, difícilmente podrá contradecir opiniones como estas:

“El siglo más terrible de la historia occidental.” (Isaiah Berlín),

“Un siglo de matanzas y guerras.” (René Dumont).

“El siglo más violento de la historia humana.” (William Golding).

El siglo que “despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas la ilusiones e ideales.” (Yehudi Menuhin).

[citas extraídas del libro de Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1994]

Y qué pasa, que llega el siglo XXI y ¡cuernoenpanza!, que diría el Padre Ubú, ahora sí, ahora va a ir todo de puta madre. ¿Cómo? ¿Por arte de birlibirloque? ¡Los tiempos!, leches, ¡los tiempos!¡Pero si idénticas frases se usaban en el siglo XX para referirse al XIX! Como dicen algunos murcianos, “Acho pijo, ¿es que no lo ves?”. Pues, al parecer, no, no se ven. O sí se ven y lo único que sucede es que a casi el todo el mundo les parecen que son una manera lógica de expresarse.

Pues no. Va a ser que no es así. Lo que con esas frases se nos dice es que nunca seremos capaces de cambiar la marcha los acontecimientos y de tomar el control de nuestras vidas. Y esto –ahora emerge mi vena de historiador, o lo queda de ella– es simple y llanamente una auténtica necedad, una gilipollez digna de primer curso de ignorancia y pedantería. No necesito argumentar las razones que me llevan a emplear tales calificativos. La historia está a mi favor. Es tan simple como echar un vistazo a cualquier libro de historia. No es necesario que tengan en cuenta la opinión del historiador que lo haya escrito, es suficiente con que se fijen en los hechos y los números. ¿De verdad alguien puede sostener con un mínimo de rigor que el curso de la historia es lineal, que ha avanzado y avanza guiada por el progreso hacia un futuro que siempre ha de ser mejor que el de cualquier tiempo anterior?

Que los políticos y los acólitos del poder desvaríen y recurran constantemente a frases hechas no me preocupa. Lo que sí me preocupa es que expresiones de este tipo, necedades, sandeces y gilipolleces varias, se hayan instalado en nuestras mentes, cual tumor inextirpable. De hecho, constantemente leo en los blogs y en otros sitios, frases similares. Pues nada. ¡Viva la sociedad triunfante que rige nuestras vidas!

Paris s’éveille

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Révolution permanente.fr (twitter.com/RevPermanente)

Cincuenta años separan las dos imágenes en blanco y negro de las dos en color que figuran bajo estas líneas.

Las cuatro corresponden a la conmemoración del Primero de Mayo en París y recogen enfrentamientos entre manifestantes y policías. Las dos primeras fueron tomadas en 1968, las dos segundas ayer mismo.

No quiero insinuar ningún paralelismo entre lo que sucedió en París el 1 de mayo de 1968 y lo ocurrido ayer más allá del que muestran las fotografías. Quiero decir que no creo que los enfrentamientos de ayer desemboquen en un nuevo Mayo del 68. Ahora bien, sí tienen algo en común: desde los tiempos de la Revolución Francesa siempre ha habido enragés (furiosos, rabiosos), los hay ahora y los seguirá habiendo. Los enragés de 1968 –influidos por el pensamiento situacionista–, como los de antes y los de ahora, lo que pretendían era dinamitar los cimientos de un sistema alienante y opresor, perturbar el orden de cosas. Por eso, se oponían, y se oponen, a cualquier vía reformista, a la participación en las instituciones, y rechazan canalizar su rabia a través de los partidos políticos o los sindicatos, “la izquierda del capital”. Los enragés de los tiempos de la Revolución Francesa justificaban “los motines y los asaltos a las tiendas, como un medio de ‘restituir al pueblo lo que le hacían pagar demasiado caro desde hace mucho tiempo’” (Wikipedia). Como sucedió ayer en París con el saqueo a un McDonald’s.

El 2 de mayo de 1968 –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. Era el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68.

¿’Despertó’ ayer París de nuevo? Lo dudo. Tampoco es mi intención hacer pronósticos acerca de lo que pueda pasar a no a partir de ahora. Soy historiador, no futurólogo. Por tanto, no es del futuro de lo que hablo sino del pasado, más concretamente de las relaciones entre pasado y presente. En el texto de la contraportada de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), entre otras cosas, se dice: “El lector advertirá [en ella] muchas situaciones en las que verá reflejadas las actuales circunstancias que vivimos tras el triunfo del pensamiento único”.

Adiós, mirlo, adiós es una de las dos novelas que conforman mi nuevo libro Tiempos de cerezas y adioses. En ella los hechos de Mayo del 68 en París juegan un papel relevante y suponen para su principal protagonista, Sam Sutherland, junto a otras situaciones que ahora no vienen al caso, la frustración y el desencanto al comprobar que su forma de actuar hasta entonces –marcada por la sinceridad, la confianza y la lealtad con sus amigos (la amistad es para él un valor inquebrantable)– se viene abajo.

Así pues, lo que les propongo desde esta entrada es ‘revivir’, o ‘evocar’, los hechos de Mayo del 68 en París tal como los vivió Sam y los otros protagonistas de la novela. Con el título genérico Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’ publicaré desde ya (hoy mismo) una serie de entradas –a las que añadiré un subtítulo para diferenciarlas– que coincidirán con el día en que se centran los hechos. Serán estas diez en total e irán apareciendo entre hoy y finales de mayo.

Cada uno que extraiga sus propias conclusiones. Si ello les hace reflexionar sobre este sistema y lo que se puede esperar de él, mejor. Y si, además, ello motiva a alguien a comprar Tiempos de cerezas y adioses, pues mejor todavía.

Y les dejo con música. Con una canción de 1968. En la versión de aquel año y en otra de casi cincuenta años después (de 2015). Me refiero a Il est 5 heures, Paris s’éveille (Son las cinco de la mañana, París despierta), de Jacques Dutronc, cantante de éxito que ya había conseguido un par de números uno en el ranking de canciones más escuchadas en Francia, una de las canciones que durante los días de la revuelta de 1968 fue adoptada por la juventud como una especie de himno. Con letra de Jacques Lanzmann –inspirada en una canción de 1802, Tableau de Paris à cinq heures du matin, de Marc-Antoine-Madeleine Désaugiers–, miles de gargantas corearon “París despierta, París despierta” durante las manifestaciones. El otro vídeo es una muy buena versión de Zaz, que interpretó en el festival Stuttgart Jazz de 2015.

Y es que, como el título de la canción de Julio Iglesias, «la vida sigue igual”. Y seguirá. “Toda la vida en las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo, 1967).