Ave maría

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María en minúscula, pero no por ello menos que santa, provechosa, que cuando se escribe en mayúscula, de probada utilidad terapéutica, fuente placer y lucidez que puede llegar a enriquecernos vitalmente. Me refiero a la marihuana, sobre la que ya publiqué una entrada en su momento.

“La marihuana causa paranoia, confusión, manía persecutoria y pérdida total del contacto con la realidad. En las personas que nunca la fumaron”, podía leerse en una de las pancartas que se exhibieron durante la Marcha por la despenalización del consumo del cannabis en Buenos Aires, en mayo de 2011. Y así es. Quienes abogan por continuar con el despropósito de los estragos que causa la marihuana –y otras sustancias– tal vez cambiarían esta manera de pensar si la probaran. Al menos esta es la opinión –yo tengo mis reservas sobre ello– del astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, alguien de quien difícilmente puede decirse que fuese un simple fumeta. Al igual que el pensador y filósofo Antonio Escohotado –de quien ya hablé en la entrada que citaba al principio–, que cualquier persona sensata –rara avis hoy en día–, Sagan la consumió y en 1971 escribió un libro contando su experiencia, Marihuana reconsidered, que firmó –por si las moscas– con el seudónimo de Mr. X. Dice en él, entre otras muchas cosas:

“Llegué a comprender que, como a tantas personas, me habían lavado el cerebro por medio de un catecismo ubicuo que se basaba en el miedo, no en la ciencia. Marihuana reconsidered reflejaba la modificación de mis puntos de vista. Mi consumo reforzó mi creencia de que se puede consumir marihuana para mejorar la experiencia y la comprensión personales, también se puede usar en la generación de ideas nuevas. (…) La ilegalidad del cannabis es indignante, un impedimento para la plena utilización de un fármaco que ayuda a producir la serenidad y la introspección, la sensibilidad y el compañerismo, desesperadamente necesarios en este mundo cada vez más loco y peligroso”.

Sagan fue un impenitente curioso desde niño, y no perdió nunca su inclinación por aprender aquello que no conocía. Curiosidad e imaginación son las principales herramientas de la creatividad, algo de lo que carecen los cadáveres intelectuales y morales que, bajo el nombre de expertos o especialistas, practicantes todos de un cientifismo totalitario, jamás se desvían del pensamiento único porque se prostituyen intelectualmente con el poco entendimiento que les queda. Prefieren vivir, en permanente trance hipnótico, el delirio de la dominación, diluir su existencia en una ocupación que despilfarra un montón de tiempo y constituye, además, una opresión mental, seguir ciegamente el comportamiento caótico y arbitrario de nuestra sociedad en medio de un desorden general que asimila y empareja todo. Lo sé porque he conocido, y padecido, a tanto mindundi pretencioso que ya he perdido la cuenta. Lo sé porque han sido muchos años trabajando en la Administración, paraíso de la prostitución intelectual, de la corrupción económica y moral.

Más allá de sus probados efectos terapéuticos, la marihuana potencia la imaginación frente al racionalismo, agudiza los sentidos, no dificulta la atención ni distorsiona la percepción, incrementa la sensibilidad, nos libera de ataduras, refuerza la introspección (otra cosa es que uno tema enfrentarse a sí mismo), relaja y tranquiliza, desinhibe, no aísla, y, por supuesto, no conduce a la toma de otras drogas que sí son dañinas (o más dañinas; hasta el agua puede ser dañina si toma en exceso).

Ahora bien, si uno tiene una vida miserable la marihuana no le solucionará nada. Y aquí es donde discrepo con Sagan. Es el caso de los especímenes humanos mencionados. No cambiarían de opinión si la probaran, pues solo puede cambiar de parecer quien tiene opinión propia, son loritos repetidores del dictado de sus amos. Lo más triste es que, encima, tienen el valor de decir que cada uno tiene libertad para consumirla cuándo y cómo le venga en gana. Dicen. Con la boca pequeña. Luego no hacen nada para defender esa supuesta libertad (una fumada colectiva en las Cortes generales y autonómicas de aquellos que afirman tal cosa, por ejemplo, no estaría de más). ¿Cómo iban a hacerlo? Imposible. Son el prototipo del mamón, “con acento en la n, que jode más” (san Pepe Rubianes, dixit).

Por todo ello, ¡Ave maría!

Habrá que seguir viajando. No queda otra

Erik Johansson

Erik Johansson

Tras el viaje que, en tiempo presente y por motivos no deseados, me vi obligado a emprender en busca de mí mismo, por no saber decir no, una odisea digna de Ulises, empezó para mí una nueva vida, o eso creía.

Continué viajando con una nueva identidad. Mas como quiera que siempre me he considerado curioso, y quienes me conocen ya consideraron que lo era antes de considerarlo yo, y como quiera también que no conozco mejores compañeros de viaje que la soledad, la imaginación, una libreta y un portaminas (o pluma en su defecto), decidí ahora que puedo –alguna ventaja ha de tener aquel que se dedica a escribir– hacerlo en otro tiempo que no fuera el presente.

Para mí –lo he dicho otras veces– escribir es como respirar. En según qué circunstancias el aire viciado te lo impide, pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Aun así, acabamos contaminados por la atmósfera que nos rodea sin siquiera darnos cuenta y conformamos la realidad a través de nuestro ánimo adulterado. Solamente en la ficción somos capaces de soportar nuestras renuncias y asentimientos.

Muchas cosas me sucedieron en este nuevo viaje que llevé a cabo en un tiempo que, iba a escribir, no era el mío, pero no es así. Mejor, más preciso, es decir que realicé ese nuevo viaje en un tiempo en el que aún no había nacido y al que llegaría poco más de cien años después. Sin embargo, cuando me di cuenta había terminado. Duró un rot de cirera*. Las cerezas… ¡Ay las cerezas! Tan sabrosas, dulces y frescas, pero tan fugaces… El corto tiempo de las cerezas… Qué breve, pero ¡cuánto se disfruta! Tanto como el tiempo que viví durante este periplo –pues eso fue– teñido de rojo, de rojo cereza, el color de la pasión, el delirio, el frenesí, el deseo desenfrenado, el sufrimiento y el padecimiento, el de la revolución y el de la sangre, la que nos hace vivir o la que otros derraman para que sigamos viviendo, y el del terciopelo de los tapizados de pomposos teatros y ostentosas mansiones también.

De todas ellas, unas dejaron mayor impronta que otras, pero todas las viví, las buenas y las malas, las gratificantes y las desilusionantes. En más de una ocasión sin saber distinguirlas. Seguí buscado un lugar en el mundo que no fuera el que se nos adjudica nada más nacer, pero no lo conseguí. Era el momento de volar, de hacer el equipaje, de empacar mi ansiedad y mi desasosiego, mis frustraciones y esperanzas, y migrar de nuevo, como los mirlos que no soportan la ciudad. Y, así, me fui canturreando Adiós, adiós, mirlo (Bye Bye Blackbird).

Otro tiempo –creí, luego observé que solo era una prolongación del mismo–, otros lugares –creí, luego me di cuenta de que ciertamente eran diferentes, pero no distintos–. No por ello dejé de volar, pero antes me despedí –en principio para siempre– de estos confusos tiempos de cerezas y adioses.

Mi nuevo viaje me llevó a explorar otras realidades alejadas de lo que socialmente se considera ‘normal’, inexplicables, pues, para los humanos, que tratamos de justificar todo mediante la lógica o la ciencia. En esta ocasión fui acompañado de un guía, un tal Argararemon, un ‘esente’  que se presentó antes de revelar su verdadera identidad como un genio de esos que aparecen en los cuentos y dijo llamarse Prudencio Calamidad. Un tipo original, curioso cuanto menos. Menudo nombrecito se le ocurrió.

Habiendo viajado por el presente, el pasado y, si no el futuro, por otras dimensiones temporales distintas, comprobé que ningún tiempo ni lugar era el mío. O con ninguno me identificaba. El desasosiego, la angustia, la zozobra, no habían desaparecido. Y creo que nunca desaparecerán. La clave del por qué me la dio una joven durante una asamblea que tuvo lugar en el Théâtre de l’Odéon, en París, tras ser ocupado por los estudiantes el 13 de mayo de 1968, entre cuyos asistentes se encontraba Sartre. Cierto es –dijo– que estructura actual del sistema social  se sostiene sobre una base que “está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará”.

Tiene razón, toda, pero a mi me cuesta aceptarlo. ¿Cómo es posible? Me vienen entones a la mente las palabras que La Boétie escribió a mediados del siglo XVI: “¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece”.

Mi confusión y perplejidad se acrecientan cada vez que me preguntó por qué. Y esa pregunta está dentro de mi cabeza, repitiéndose como un disco rayado. La única conclusión a que he llegado hasta el momento –y que creo será definitiva– es que somos imbéciles. Individualmente no todos, pero cuando nos juntamos, cuando nos organizamos en eso que llamamos sociedad, nos convertimos en el ser más imbécil que habita el planeta. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Martillea mi mente la puñetera preguntita. También, ¿cómo es posible?

Necesito una respuesta, he de hallar alguna satisfacción a mis dudas, por poca que sea. Es que es verdad. No somos más imbéciles porque es imposible. Los humanos tenemos el monopolio de la imbecilidad, es un gen incrustado en nuestro ADN. De eso estoy totalmente convencido y numerosos datos empíricos así lo corroboran.

Pienso dedicar, en consecuencia, la mayor parte de mi tiempo ‘libre’ a poner en orden las muchísimas notas, anotaciones y otra documentación que con el tiempo he ido recopilando movido por esa curiosidad de que hablaba al principio. Y confío en que de todo ello surja mi próximo libro, que, por el momento, y no creo que cambie, se titulará Tratado sobre la imbecilidad congénita al género humano.

Accederé mientras al blog con bastante menos regularidad, por lo que aprovecho para desearles a todos feliz verano (o invierno, según desde donde se me lea) y, sobre todo, muy sobre todo, un buen descanso (‘alivio en la fatiga y en las dificultades físicas o morales’, RAE). No olviden, como dijo el genial comediante y escritor italiano Eros Drusiani, que “los malos a veces descansan, los imbéciles nunca”. Así es, la imbecilidad no se toma ni un solo minuto de vacaciones.

* Rot de cirera es una expresión valenciana que se utiliza para decir que algo dura muy poco. Durar menys que un rot de cirera (literalmente ‘durar menos que un eructo de cereza´)

Manifiesto fundacional de la AIL

Manifiesto 2a

Hoy, 17 de Gidouille del año 145 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista (en el calendario vulgar 1 de julio de 2018), la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL) hace su solemne presentación a todos los individuos (e individuas) discordantes y disconformes con la argamasa social que mantiene mansas y unidas a las personas en un estado de idiocia colectiva mediante este Manifiesto fundacional.

Qué significa ser lesbiano

Los lesbianos somos hombres, si por hombre se entiende aquel que tiene pene y testículos, o polla y cojones. Sin embargo, nuestra personalidad y carácter, nuestra manera de sentir y, en consecuencia, de comportarse, son más propias de lo que habitualmente se considera que configura ‘lo femenino’. Entendemos que no es el género el que nos separa, sino la desigual participación en la distribución de bienes, y nos sentimos tan castrados por la sociedad patriarcal como las propias mujeres.

Los lesbianos aspiramos a una sociedad formada por seres iguales, libres y responsables, y nos oponemos a la tendencia en boga que predica la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad. Rechazamos, así, una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos.

Negamos rotundamente que personas como las que están al frente de organizaciones financieras internacionales, bancos, ejecutivos estatales o autonómicos sean consideradas más mujeres que nosotros. No es verdad que estas, y muchas otras, carezcan de pene y testículos, o polla y cojones. La diferencia es que, en vez de tenerlos entre las piernas, como los varones, los tienen incrustados en el cerebro.

Aclarado este extremo, fundamental en nuestro credo, los lesbianos, que somos hombres, es decir, machos, es decir, que tenemos pene y testículos, nos sentimos atraídos y encandilados por las hembras, es decir, por las personas que tienen vagina y ovarios. Generalmente en su sitio, no el cerebro, aunque a veces –somos hombres y nos cuesta evitarlo– hacemos buena la paremia que dice que tira més un pèl de figa que la maroma d’un barco.

Qué es la AIL y quién puede formar parte de ella

Por todo lo expuesto hasta ahora, los que nos declaramos lesbianos reclamamos el reconocimiento de nuestra identidad y nos agrupamos en la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL), organización desordenadamente organizada que lucha por una sociedad eudaimónica en la que el individuo (o individua) sea un ser social y no un ser colectivo, mito actual de nuestra sociedad, capaz de desarrollar procesos conscientes sobre su propia existencia.

La AIT está abierta a todo aquel, toda aquella –o tal vez sea mejor decir ‘todo aquella’ y ‘toda aquel’– que se sienta identificado, o identificada, con los razonamientos de este manifiesto, sean hombres, es decir, varones, machos, caballeros, señores, individuos (sinónimos que figuran en los diccionarios), o mujeres, es decir, hembras, féminas, damas, señoras, señoritas, doncellas, muchachas, mozas, chicas (sinónimos que figuran en los diccionarios), sean heterosexuales, homosexuales, bisexuales, asexuales o practicantes de cualquier parafilia que no comporte la explotación, e independientemente del tamaño de cada uno, es decir, sean grandes o pequeños (vulgarmente llamados niños).

Declaración de principios de la AIL

  1. Nos oponemos a todo tipo de explotación (sexual, laboral, moral, intelectual…), venga de donde venga y la ejerza quien la ejerza. Y, puesto que nos oponemos, la combatimos con todos los medios lícitos a nuestro alcance, pasándonos por el forro el principio de legalidad. Cada individuo es una excepción y ha de vivir bajo su propia ley. No hay verdades absolutas. En esta sociedad, la única verdad es la ausencia de verdad.
  2. La AIT hace suyas las palabras del Nuevo Manifiesto Futurista que redactó Enrico Baj: “Estamos a favor del feminismo, a favor de la mujer portadora de vida y no de destrucción. Rechazamos, pues, la imagen de una paridad sexual que no existe y la machización en la jefatura de la industria, en la competencia y en la violencia”.
  3. Abominamos de los serviles colaboracionistas de todo poder instituido que se prostituyen física e intelectualmente, incluso de aquellos que no son conscientes de que se están prostituyendo al haber pasado ya por la máquina de descerebrar.
  4. Reprobamos el proceder de madres y padres engendradores de niños y niñas que, sin su consentimiento, pasan más horas que ellos en centros de domesticación social para que puedan ‘realizarse’ en el trabajo lamiendo los culos de sus amos, al tiempo que otros congéneres limpian los de sus hijos mientras.
  5. Reivindicamos, en consecuencia, que niños y niñas dejen de estar considerados como seres humanos de pequeño tamaño que carecen de cualquier derecho Su opinión también cuenta y nos importa mucho.
  6. Aborrecemos a los parásitos sociales, a la gente que no produce nada y vive de lo que otros producen, despilfarrando lo han ganado a costa de los demás; a los determinadores de todo tipo, sus normas y sus leyes; a quienes les mantienen en sus torres de marfil y, aún más, a quienes no solo condenan estos comportamientos, sino que incluso admiran a sus protagonistas y ansían ser como ellos.
  7. Reivindicamos el derecho a la pereza y reiteramos las siguientes palabras de Lafargue: “Un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión”. Hay que luchar por el placer, no por el trabajo, por los Derechos de la Pereza, “mil veces más nobles y más sagrados”.
  8. Despreciamos la competitividad, el militarismo, el patriotismo, el nacionalismo, el egocentrismo, la eterna velocidad con que vivimos en aras a un progreso inexistente, las masas y las grandes multitudes, su inercia mental y su servilismo, la cacactualidad y sus manipulados y manipuladores propagadores y propagandistas, las pompas institucionales y sus espectáculos, la burocracia y todo principio de autoridad.
  9. Amamos el juego, la creatividad, la imaginación, la quietud pensativa, el sueño, la pereza y el dolce far niente, la fantasía, la contemplación, la locura liberadora, la vida vivida y buscada, la resistencia del ser humano contra los abusos y la arrogancia del poder en su vida cotidiana, la restitución de lo robado legalmente, que no legítimamente, en bienes y tiempo.
  10. Ser lesbiano es una forma de ver y vivir la vida que se sirve de la transgresión, la provocación, la agitación y toda acción que perturbe la normalidad de la vacua vida cotidiana.

¡Lesbianos de todo el mundo, unámonos en torno a la AIL!

Terrasse del Lesbiano Mayor, sede de la AIL.

    17 de Gidouille del año 145 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista, tres horas después de su inicio.

Firman el Manifiesto (y esperan que pronto haya muchos más se adhieran a él y se integren en la AIL):

Yo: Lesbiano Mayor

Mi: Lesbiano Pequeño

Me: Lesbiano de Soluciones Imaginarias

Conmigo: Lesbiano Gurú