Un pulso, ahora impensable, que salió bien

Las Cortes –dice Herbert Spencer en The Study of Sociology (1873)– son siempre inferiores al término medio del país, no solo como conciencia sino como inteligencia. Un país culto se rebaja con su representación. Si sus propósitos fueran estar representados por imbéciles y malos sujetos no estaría más acertado en la elección.

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Continúo la entrada de ayer sobre el Centre d’Estudis d’Història Local donde la dejé. No entraba en mis previsiones, pero al releer el artículo que figura arriba de estas líneas me pregunté qué le hubiera ocurrido ahora a cualquiera que siguiera el mismo proceder que yo entonces. Y creí oportuno extenderme un poco más en este hecho puntual que refleja el artículo publicado en el diario Levante-EMV el 5 de noviembre de 1989. Estoy convencido de que es impensable que pudiera acabar bien –para mis intereses, o para los del supuesto alguien actual– en la actualidad. Creo que se lee con la suficiente claridad, pero, si no, tampoco pasa nada, pues en esta entrada aludiré a lo más relevante del mismo.

Tras la celebración del Primer Col·loqui Internacional d’Història Local, el tiempo pasaba y la materialización del Centre no terminaba de concretarse por diversas razones, presupuestarias sobre todo. No lo pensé dos veces y recurrí a la prensa. Unos días después salía publicado el artículo en cuestión con una fotografía mía junto a otra del diputado de Cultura, como pueden ver. En el artículo se decía que la Diputación había “frenado la organización de un nuevo congreso de historia local (…) así como la puesta en marcha de un centro estable y unificador que coordinara tanto las ayudas y becas como las publicaciones referidas a temas de nuestra historia”. Recordaba que “la Diputación se comprometió el pasado año a estudiar” el proyecto, pero “hasta la fecha se desconoce su futuro”.

“Manolo Cerdà”, proseguía –recuerdo todavía la reprimenda que Ferran Belda, el director del diario, le echó al redactor por haber usado Manolo en vez de Manuel: los términos coloquiales aquí sobran, esto no es una conversación informal (más o menos)–, “declaró a Levante-EMV que hasta la fecha diputación había aceptado y mostrado apoyo a su iniciativa, aunque nadie había ofrecido nada concreto ni apoyado en su totalidad el proyecto”, lo que abría “una vía para la posible incursión tanto de la Universidad de Valencia como de la propia Generalitat, interesados en asumir el riesgo y apoyar la iniciativa”.

No pasó mucho tiempo en ponerse en marcha el Centre. Me reuní con Joan Bravo, el diputado de Cultura, y al final conseguimos una fórmula viable. Y ya está. No sucedió nada más.

Y ahora viene la pregunta que hacía, y me hacía, al principio: ¿qué le hubiera ocurrido ahora a cualquiera que siguiera el mismo proceder que yo entonces? ¿Reaccionaría el actual diputado como hizo Joan Bravo? ¿Se atrevería alguien a hacer algo así? La respuesta a ambos supuestos es no. De ningún modo imagino al actual señor diputado –antes policía local, ahora policía cultural– en tal tesitura, ni a su comisario político (asesor lo llaman ellos). Lean, si no, la entrada Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia. En consecuencia, tampoco dudo de que nadie actuaría de modo semejante. ¿El principal motivo? El temor a las represalias.

Existe una diferencia muy notable entre los diputados de Cultura que conocí hasta la llegada del PP y este. De los del PP solo conocí al señor Lis, quien me cesó tras una entrevista con él. Aquellos primeros no tenían ningún reparo siquiera en poner de manifiesto no solo sus dudas, también si era necesario su falta de conocimiento acerca de algún tema. Puede que simplemente esto se deba a que las circunstancias eran otras, muy distintas a las actuales, y la profesionalización política estaba aún en fase embrionaria. Da igual, tal circunstancia no altera el hecho. Al señor Rius, como a Lis, solo lo he visto en persona una vez, cuando nos reunió a toda la plantilla del Museo de Etnología para, tras un simple buenos días y presentar al asesor, decir algo así como que él ya había hablado con todo el que tenía que hablar y había definido muy claramente, aunque no las especificó, las líneas a seguir. El imbécil de mí aguantó su insípido discurso, no sin algún que otro resoplido. Me arrepiento. Debí haberme levantado inmediatamente y largado de allí.

Cuando yo dirigía el Servicio de Publicaciones o el Centre naturalmente que se hacían presentaciones de libros o de otros eventos. A veces asistía algún político, a veces no. Como ahora. Lo que nunca vi es lo que sucede en estos momentos: la masiva afluencia de trabajadores del servicio o área cuya actividad se presenta, como la claque de los teatros. A la mayoría le importa un bledo el acto en sí, pero hay que dejarse ver, hay que estar a buenas con el poder, comenzando por el más inmediato, el del jefe. Hay que demostrar fidelidad. La fidelidad tiene premio: se asegura uno el puesto y consigue una mayor retribución económica al concederle trabajar algunas tardes en las que, generalmente, no hay excesiva carga laboral. Y es que cuando el nepotismo se instala en el poder –si es que una y otra cosa pueden separarse–, cuando se nombra a dedo, por mucho que este se cubra con un falso vendaje, se mimetizan los modos.

Esta forma de obrar no es nueva, ya se hacía con el PP. Ahora, sin embargo, parece ser práctica común en todos los ámbitos y en todos los partidos. Claro que también cabe preguntarse: ¿por qué se prestan a ello? No hay censura porque la gente se autocensura, y hay servilismo porque conviene. Y dentro de poco elecciones. Veremos si les ha servido para algo tal estrategia. ¿Acudirán en masa a votarles como cuando van a las presentaciones? Chi lo sa? Yo desde luego no, ni a Compromís ni a nadie. Haré lo que ya llevo años practicando: la abstención activa.

“Todo gobierno tiende a hacerse personal; tal es su origen y esencia. (…) Mientras confiemos a un pequeño grupo todas las atribuciones (…) con las que hoy se halla investido, este grupo tenderá necesariamente, como un destacamento de soldados en campaña, a someterse a un jefe único.” [Piotr Kropotkin: Palabras de un rebelde, recopilación de textos de Kropotkin por Élisée Reclus, París 1885*].

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*Del libro de Kropotkin es la cita que abre este artículo.

El Centre d’Estudis d’Història Local

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Entidad creada en 1988 por la Diputación de Valencia con el objetivo de dar soporte a la historia local y a las nuevas corrientes de renovación historiográfica en el País Valenciano, que vivieron un momento de efervescencia durante la década 1980-90. El Centre nació paralelamente a la organización del Primer Col·loqui Internacional d’Història Local. La sintonía entre Manuel Cerdà, director del Centre, y Antoni Furió, organizadores del coloquio, y otros miembros de las universidades de València (Joan Alcàzar, Pedro Ruiz y Ferran Garcia-Oliver) y Barcelona (Agustí Colomines) fue decisiva en su definición y trayectoria. Fue clausurado en 1995, año en que el Partido Popular consiguió el gobierno de la Diputación de Valencia.

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De izquierda a derecha: Antoni López, Ferran Garcia-Oliver, Joan Alcàzar, Manuel Cerdà, Antoni Furió y Agustí Colomines (1988).

En sus años de existencia desarrolló una notable actividad, que tuvo en la organización de cursos y congresos, la ayuda a la investigación y la política editorial sus materializaciones más notables. El Centre organizó los Col·loquis Internacionals d’Història Local y las Jornadas de Didáctica de la Historia, preparadas con los Centros de Formación del Profesorado; otorgó 38 becas y publicó los 28 títulos de la colección Història Local, que recogen el resultado de las investigaciones financiadas por la entidad, y las actas de los congresos de Historia local, de algunos congresos de estudios comarcales y del Primer Congrés d’Arqueologia Industrial del País Valencià, patrocinados por el Centre. También editó dos números de la colección Història Popular y seis de la revista Taller d’Història.

El Centre trató de cubrir lagunas dentro de la historiografía local, de manera que, si bien las primeras convocatorias fueron de tema libre, a partir de 1990 se favoreció la investigación sobre cultura material de las épocas preindustrial e industrial (con el objetivo de elaborar inventarios comarcales y de crear una gran base de datos) y, en general, sobre historia oral.

Inspirado por la historia social británica más progresista, el Centre trató de abrir sus actividades a los investigadores sin titulación académica y a la sociedad en general. Hacia el final de su existencia (1995, tras la victoria del Partido Popular), organizó talleres de historia, siguiendo la experiencia de los History Workshops británicos y con el asesoramiento de la Assotiation of Oral History.

Luís Pablo Martinez, entrada “Centre d’Estudis d’Història Local del País Valencià”, Diccionari d’historiogrqfia catalana, 2003.

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Noticia publicada en el diario Levante-EMV sobre las II Jornadas de didáctica de la historia (24/IX/1992).

Poco tengo que añadir al resumen que se hace en esta entrada sobre el Centre que, en síntesis, refleja con precisión su trayectoria. Solamente, unas pocas cosas. La primera, este párrafo que habla del Centre y que acabo de encontrar ahora en internet, lo que celebro, pues veo que todavía hay quien se acuerda de aquella experiencia:

“Ja en el període democràtic els ajuntaments crearen consells locals de cultura i patrimoni, i per exemple la Diputació de València creà el Centre d’Estudis d’Història Local, dirigit per Manuel Cerdà –voldria destacar el seu paper en la creació de la Coordinadora de Centres de Parla Catalana, al costat de la Coordinadora de Normalització Lingüística dels Ports i l’Institut d’Estudis de la Marina–, impulsor amb l’editorial Prensa Valenciana de grans obres d’investigació i divulgació vehiculades a través de Levante-EMV, com la Historia del Pueblo Valenciano (1988), Atlas del patrimonio cultural (2011), Gran Enciclopedia de la Comunitat Valenciana (2005-2007), etc., amb l’única taca de ser publicats en castellà.” [Emili Casanova Herrero: “L’aportació de les comarques a la cultura valenciana”, en Segona Trobada Universitat de València-Instituts d’Estudis Comarcals, Universitat de València, 2012, p. 35-54]

La segunda, los medios con que contábamos para llevar adelante las actividades ya citadas, que a continuación describo más detalladamente:

  1. Oferta formativa:
    • Organización y realización de los Col·loquis Internacionals d’Història Local: L’espai viscut (1988), Els espais del mercat (1991) e Història local i societat (1993). Su finalidad era, por una parte, ofrecer un referente teórico y metodológico a todos aquellos interesados en el ámbito de la historia local y su investigación, ámbito que no tiene por qué ceñirse al académico, y, por otro, estimular los debates y las discusiones necesarias para una mejor orientación de la tarea investigadora.
    • Organización y realización de jornadas de didáctica de la historia, orientadas a la enseñanza media, en colaboración con los Centros de Profesores. Se llevaron a cabo cuatro.
    • Organización y fomento de talleres de historia en barrios y pueblos de carácter formativo e investigador con la participación de la gente y de los profesionales de la historia con el fin de construir estudios específicos de mutua colaboración. Llegaron a funcionar siete.
  2. Apoyo a la investigación:
    • Convocatoria anual de becas de investigación. Al principio se becaban proyectos que presentaban los investigadores. Poco después, era el Centre el que marcaba las directrices que debían seguir las investigaciones, centrándose principalmente en dos campos: la creación de tipologías para poder estudiar mejor la cultura material y el recurso a la historia oral y la memoria colectiva. Se trataba, en definitiva, de incidir en la renovación metodológica de los estudios locales mediante la incorporación de toda clase de fuentes en la elaboración de modelos análisis eficaces que proporcionaran explicaciones satisfactorias. Y es que teníamos muy claro que el Centre no podía ser una especie de departamento universitario, uno más, sino trabajar en aquello que en el ámbito académico se soslayaba.
    • Cursos formativos para los investigadores para que pudieran integrar en su tarea los registros material y oral al registro escrito, siempre predominante.
  3. Publicaciones:
    • Colección Historia local (se publicaron un total de 28 títulos).
    • Revista Taller d’història (de periodicidad semestral, se publicaron 6 números).
    • Colección Historia popular (solamente se llegó a publicar tres títulos).
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De izquierda a derecha: Manuel Cerdà, Antoni Todera (vicerrector de Cultura de la Universitat de València) y Francisco Blasco (presidente de la Diputación) durante el acto inaugural del coloquio ‘L’espai viscut’ en la aula magna de la UV (1988).

El personal del Centre era el mismo que mencioné en la entrada Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia: seis/siete personas: un encargado de corregir las galeradas de las publicaciones, un responsable de las cuentas presupuestarias, uno/dos administrativos, un mozo del almacén y el encargado del mismo, y yo. Lógicamente, también contaba con colaboraciones puntuales en determinados momentos y para determinadas tareas. El presupuesto de que disponíamos fue siempre bastante escaso y tuvimos que compensarlo con dosis de buena voluntad, con muchas horas de dedicación (no remuneradas la mayoría de las veces) y haciendo tareas que, en principio, no eran de la incumbencia de un servidor. Así, por poner un ejemplo, míos son el diseño del logo del Centre y de la mayoría de las publicaciones que editamos.

Quería hablar también en esta entrada de mi relación con los políticos, concretamente con los diputados de Cultura, pero voy a dejarlo para mañana. En 1989, al ver que la puesta en marcha del Centre no acababa de concretarse, recurrí a la prensa e hice unas declaraciones que ahora ni por asomo se harían ni se tolerarían. Y es que ahora existe un mayor recelo entre los funcionarios y más censura (y/o autocensura) que entonces, y más prepotencia. Pero mañana lo veremos.

Que tengan un buen día.

Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia.

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Inicio con esta entrada una especie de autobiografía de mis actividades profesionales con una doble finalidad. Por un lado, dejar constancia de las actividades profesionales a mi juicio más relevantes que he llevado a cabo, las circunstancias en que se dieron y qué ha supuesto para mí cada experiencia. Por otro –resultado precisamente de las experiencias vividas–, denunciar públicamente determinados comportamientos por parte de mindundis profesionales que en su día (2016) me afectaron hasta el punto de sufrir un infarto a causa de la miocardiopatía de Takotsubo (síndrome del corazón roto).

Esto es algo que hace tiempo tengo ganas de contar, muchas ganas, y que si no lo he hecho hasta ahora es porque alguien muy allegado a mí me pidió repetidamente que no lo hiciera. Pero ni así estoy dispuesto –más ahora que se acercan elecciones autonómicas y municipales– a continuar con este empacho emocional. Los empachos se vomitan, y eso es lo que pretendo hacer escribiendo al escribir estas líneas. Pero esto ya lo explicaré detalladamente en la entrada final, aunque no hay que ser ningún lince –menos aún para quien conozca mínimamente la política y la Administración valencianas– para darse cuenta de por dónde van las cosas.

Como quiera que en blog las entradas aparecerán en orden inverso a su fecha de publicación y puede que, entre ellas, figure alguna no relacionada con este asunto, he creído oportuno incluir en esta primera una especie de índice de las que tengo previstas publicar y que conforman un todo. Así, finalizada la tarea, podré añadir a cada una su respectivo enlace para que, quien lo desee, pueda leerlas de forma continua. En principio, serán las siguientes (los títulos puede que cambie alguno):

  1. Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia.
  2. El Centre d’Estudis d’Història Local del País Valencià.
  3. La Associació Valenciana d’Arqueologia industrial (AVAI).
  4. Col·loquis Internacionals d’Història Local
  5. Taller d’història
  6. Llegó el PP. Y, con él, el ostracismo
  7. Mi paso por la Universidad
  8. Llegaron los mindundis de Compromís. Y, con ellos, el ninguneo, la arbitrariedad y el nepotismo.

Bueno, vamos ya con la primera entrada en sí, que va a quedar demasiado larga, y a las entradas largas, como sabemos, no se les presta demasiada atención. Mas eso me importa muy poco ahora. No puedo hacerlo de otra forma, o no sé. De todos modos, ya me encargaré yo de que quién tiene que leerla la lea (esta y las que siguen).

En 1980 entré a trabajar en la Diputación de Valencia con una tarea muy específica: montar un servicio de publicaciones. Tenía 26 años y unos rudimentarios conocimientos de cómo se editaba un libro. Mi experiencia en este campo se limitaba a haber colaborado con una editorial de reciente creación, Almudín, en cuyo consejo de administración figuraban socios como Vicent Ventura, Juan José Pérez Benlloch o Juan Gabriel Cort. El inspirador intelectual de la línea editorial era mi buen amigo Mario García Bonafé, a quien conocía desde un par de años antes por medio de otro gran amigo, lamentablemente ya fallecido (2002), Alfons Cucó. Su ayuda fue esencial, pero de esto también hablaré con más detalle en otras entradas.

El asunto es que yo por entonces, un recién licenciado, no tenía un trabajo estable e iba tirando como podía mientras elaboraba mi tesis de licenciatura: dando clases a maestros de valenciano en los cursos que organizaba el ICE (Institut de Ciències de l’Educació) o corrigiendo galeradas de las publicaciones de Almudín (donde, por cierto, publiqué mi primer libro en solitario) gracias a Mario. No recuerdo si fue a finales de 1979 o principios de 1980, pero sí perfectamente su llamada telefónica un día de ese periodo. La Diputación de Valencia, me dijo, iba a sacar a concurso una plaza de técnico superior para la que se requería ser licenciado en Filosofía y Letras y carreras afines con experiencia en el campo de la edición. ¿Yo?, le pregunté extrañado, pues era algo en lo que jamás había pensado y dudaba de mi capacidad para abordar dicho cometido. Has corregido galeradas –respondió Mario–, sabes cómo se hace un libro y Cort –visitaba la imprenta, Foco Berthe, a menudo– te ha explicado el cometido y el funcionamiento de las máquinas. ¿Crees que hay muchos que sepan de esto aparte de los profesionales?, ¿y crees que alguien con un trabajo fijo –el mundo laboral era muy distinto entonces– va a aventurarse en una cosa como esta? Además, hay otra plaza de diseñador gráfico.

Me presenté, por supuesto. Solo concurrimos dos. Y gané el concurso, siendo contratado por un año. Conmigo entró también Tomás Gutiérrez, diseñador gráfico que luego dejaría la plaza por un trabajo mejor. Transcurrido el año, se convocó la plaza de jefe de Sección de Servicio de Publicaciones (o algo así). Esta vez nos presentamos tres personas. Mi experiencia en la propia Diputación resultó decisiva y me convertí en funcionario, TAE, grupo A, nivel 24.

Paralelamente, se estaba constituyendo la Institució Valenciana d’Estudis i Investigació (IVEI) mediante consorcio entre la Generalitat Valenciana y la Diputación de València, en la que se integraba la Institución Alfonso el Magnánimo, creada por la Diputación en 1948. Al frente de la IVEI figuraba Josep Picó –a quien conocí entonces y con el que también trabé una muy buena amistad– y Mario García Bonafé era el director de Publicaciones. Lo primero que hicimos fue delimitar muy bien los campos de actuación en el tema de publicaciones entre la Diputación y la IVEI. Obviamente, los cometidos eran distintos. Entre nosotros siempre hubo una colaboración absoluta, hasta el punto que nos pasábamos manuscritos que creíamos que se ajustaban mejor a las líneas editoriales de unos u otros.

En 1982 se publicó un Catálogo general de publicaciones que todavía incluía las de la Institución Alfonso el Magnánimo, pues la IVEI no se materializó realmente hasta 1985. De las casi 500 publicaciones que en él figuraban, cuando en 1984 se publicó un primer catálogo de las que correspondían únicamente a la Diputación de Valencia este contaba con 91 títulos. En 1989 los títulos eran ya 192 y se habían creado nuevas colecciones. Luego nacería el Centre d’Estudis d’Història Local e iniciaría, con él, una etapa nueva.

Creo que no lo hicimos tan mal. Entre otras cosas –como lanzar la primera colección de libros para la enseñanza básica en valenciano o la colección de partituras de música de autores valencianos Retrobem la nostra música–, en 1983 fuimos galardonados con el Premio al libro mejor editado que otorga anualmente el Ministerio de Cultura en la categoría de Libros Infantiles y Juveniles por El pardalet sabut i el rei descregut, editado en 1982, de Josep Palomero, con ilustraciones de Manuel Boix y coordinación de edición a cargo de Josep Palàcios. Y en 1986 el Premio al libro mejor editado en la modalidad Obras Generales y de Divulgación por Ronda dels veins de l’Ermita, editado en 1985, sobre un texto de Alfons Roig y dibujos de Artur Heras, coordinador también de la edición.

Diversas circunstancias –que detallaré en la próxima entrada– me llevaron a la creación del Centre d’Estudis d’Història Local, que se puso en marcha en 1989. No por ello dejé el Servicio de Publicaciones. Así me lo pidieron los responsables políticos del momento (lo cierto es que se podían compatibilizar las dos cosas).

Trabajábamos en el Servicio solamente seis/siete personas: un encargado de corregir las galeradas de las publicaciones, un responsable de las cuentas presupuestarias, uno/dos administrativos, un mozo del almacén y el encargado del mismo, y yo, que dirigía el Servicio. Por supuesto, contaba con colaboraciones puntuales en determinados momentos y para determinadas tareas, pero nunca andamos sobrados de medios. Todo lo contrario. Al final yo mismo diseñaba y maquetaba parte de las publicaciones.

Pues bien, y ya termino, toda esta esta experiencia adquirida, que se incrementó notablemente con el tiempo como podrán leer en las entradas que siguen, todos mis conocimientos –soy capaz de diseñar un libro y de llevar a cabo todos los pasos que requiere su edición, y también he dirigido varias obras colectivas, en alguna de las cuales colaboraron más de doscientas personas– en 2015, cuando Compromís se hizo cargo del área de Cultura de la Diputación, fueron ignoradas deliberadamente. Y es que hay puestos muy apetitosos y personas muy faltas de ética. Todos sabían que mi único deseo era jubilarme cuanto antes, que a nada aspiraba. Mas, por si acaso… Un trepa mindundi al que llamaré Mi única Vocación [es] Ir Medrando mostró gran interés por conocerme, y cuando lo hizo mostró ser –yo, lamentablemente, me di cuenta bastante después– un ducho marrullero que solo buscaba información para que a otro colega suyo, medrador meritócrata, nadie pudiera hacerle sombra para dirigir el apetitoso organismo y poderlo rebautizar con el nombre I Ara Meu. Bendiciendo la martingala, figuraba el diputado del área, un policía local que me recuerda a aquel que describe Jarry en “El cerebro del agente de policía”, ese al que al practicarle la autopsia encontraron su caja craneal vacía de todo rastro de cerebro y rellena de diarios viejos (puede que de consignas en su caso).

¿Qué hicieron? Convocar un concurso público para ocupar dicha plaza porque, decían, no se podía cubrir con ningún funcionario. Y, efectivamente, no se podía. ¿Por qué? Porque quedaban excluidos los historiadores. Sociólogos sí, historiadores no. De ese modo evitaban cualquier tentación de que tanto yo, como otro funcionario que sí aspiraba al puesto, pudiéramos presentarnos. Así de descarado. Cuando me enteré de todo esto, cogí tal cabreo que todavía me dura. ¡Ay si llego a saberlo a tiempo! Jubilarme seguía siendo prioritario para mí, pero así no. Me plantee entonces pleitear contra tal arbitrariedad. De hecho, hablé por medio de un amigo con una abogada de uno de los bufetes con más prestigio de Valencia y le pasé documentos. Me dijo que ganaría el pleito, que de ningún modo se sostenía que no se trataba de un concurso amañado. Todos sabíamos quién iba a sacar la plaza y ninguno nos equivocamos. Como sé ahora quién ganará cualquiera de las que puedan convocarse en el Área de Cultura. Si sale alguna y quieren saberlo antes del fallo me lo preguntan. No soy adivino, pero tampoco bobo. No pleiteé por la razón antes apuntada: alguien muy allegado a mí me pidió repetidamente que no lo hiciera. Ya no es posible. Solo me queda denunciar públicamente la maniobra. Y en esas estoy. Quemado, eso sí. Se nota, ¿verdad?

Aún queda más, pero lo dejo para la última entrada.