Capítulo XX.5

XX.5

Decía Samuel que había un tipo música para cada momento del día, William opinaba que más bien para cada estado del ánimo. Camila estaba de acuerdo con su esposo, no sentía lo mismo al actuar cuando algo entristecía su ánimo que cuando la vida le mostraba su cara amable. Esa noche su disposición era inmejorable, se sentía dichosa, William había conseguido grabar un par de temas y un contrato para componer varias canciones para un musical de Broadway.

El Marshall se hallaba abarrotado, la orquesta de King Taylor seguía fiel a su innovador estilo, que cada vez contaba con mayor número de adeptos, y había incorporado al espectáculo una pareja de bailarines que se movían endiabladamente al ritmo de alocados ragtimes: saltaban, giraban frenéticamente, al son de una enérgica y contagiosa música sincopada. Bailaban el cakewalk, un baile surgido de la tradicional danza de los esclavos negros con una fuerte carga satírica que parodiaba los solemnes bailes burgueses europeos. Alargaban los pasos exageradamente, sarcásticamente, coordinándolos a la perfección con pequeños brincos y golpes al aire de los pies, elevando cuanto podían las rodillas y encorvando la espalda hacia atrás, en una clara pantomima de los estirados caballeros de los fastuosos salones burgueses que parecían estar más atentos a no equivocarse de movimiento que a gozar. Tanto él ─con levita, bastón y sombrero de copa─ como ella ─con traje de chillones colores, sombrero y sombrilla─ vestían ropa estrambóticamente elegante. Daba la sensación que dirigían un claro mensaje a los danzarines: déjate llevar, olvida las convenciones, abstráete, disfruta.

Camila había cantado alguna vez en el Marshall, pero no con este abierto al público. Con William y Taylor se había aventurado con alguna pieza de su marido, algo alejada de su estilo, pero como mucho, en la sala, estaban unos pocos amigos, algunos camareros y su padre. Esta vez era diferente, con el local a rebosar de gente que llevaba rato bailando, bebiendo, divirtiéndose, y deseaba seguir haciéndolo. Nunca había estado tan nerviosa como cuando King Taylor anunció que iba a interpretar una canción y se hizo el silencio, más acusado dado el jolgorio que siempre imperaba en el Marshall. Su campechanía la llevaba a no rechazar las peticiones de que se subiera al escenario cuando era reconocida, pero en esta ocasión se arrepentía de haber sido tan alegre. William la acompañaba al piano, dudaba hasta el último momento qué cantar ante aquella audiencia tan diferente de la del Mirliton de París. Finalmente, pareció cambiar de opinión con respecto al tema elegido, un ragtime de su esposo, pues le dijo algo al oído y este cambió los papeles de la partitura. William tecleó unas notas introductorias y la voz de Camila entonó los versos de una bella canción:

Quand nous chanterons le temps des cerises

et gai rossignol et merle moqueur

seront tous en fête.

Les belles auront la folie en tête

et les amoureux du soleil au cœur

El público seguía la interpretación con gran respeto. No entendía lo que decía pero sabía valorar el alma que ponía en su voz. Samuel, en una mesa, al fondo de la sala, asistía conmovido a la inesperada actuación de su hija. Le temps des cerises ¡Cuántas veces la había escuchado desde entonces! Poseía prácticamente todas las grabaciones del tema que hasta la fecha se podían conseguir: la de Maréchal de 1898, la de Francis Marty del mismo año, la de Petrus de 1900 y la de Odette Dulac de 1901. Nunca había dejado de entusiasmarle, siempre le conmovía y casi siempre la melancolía acababa transportándole a momentos felices de su vida que acababan diluyéndose en la inalterable fugacidad del tiempo. Se lo dijo Farinetes: Aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto.

Samuel había escuchado por primera vez Le temps des cerises al poco de establecerse en París, en el Lapin Agile, uno de los más antiguos cafés-concerts de París y punto de reunión de una pléyade de pintores, poetas y artistas de todo tipo que soñaban conquistar la capital francesa. El que en su tiempo fuera conocido como Cabaret de los Asesinos, en la ladera de una abrupta pendiente de la Butte, se ubicaba en una vieja casa de campo pintada de rosa, rodeada de una empalizada.

Samuel no dominaba aún suficientemente el francés como para comprender la letra, pero sí al menos para advertir que la canción hablaba de cerezas. El tema era muy conocido y formaba parte del repertorio de muchos cantantes, famosos o desconocidos. La gente lo canturreaba, todos lo sabían. A Samuel le pareció hermoso, emotivo, le impresionó fuertemente la bella melodía, una de las más hermosas que nunca había oído. Absorto, golpeó con el codo el vaso de cerveza que consumía, derramándose el líquido que, al caer al suelo, salpicó a una joven, guapa aunque un tanto atusada, que compartía mesa a su lado con un tipo grandote de pronunciada barriga cuya edad, calculó Samuel, sería más o menos la suya, puede que un poco más.

―¡Cómo lo siento! Le he manchado el vestido. Les ruego me disculpen, no sé cómo ha podido pasar.

―No se preocupe, no tiene importancia ─dijo el caballero.

―No sé cómo he podido ser tan torpe, escuchaba la canción, no la conocía y…

―¿No la había oído nunca? Bonita, ¿verdad? A mí me entusiasma. Se titula Le temps des cerises. Ya tiene unos cuantos años.

Le comentó la joven al tiempo que con una servilleta limpiaba la falda de su vestido sin importarle haberla tenido que levantar a la altura de la rodilla mostrando la pantorrilla que cubría una media negra.

―Muy bella, aunque se me escapan demasiadas cosas de la letra.

―No me equivoco si digo que no es usted francés, ¿verdad? Por su acento. Permítame que me presente: Claude Frossard, marchante y amante de la buena vida ─y rió sonoramente mientras estrechaba hacia sí a la joven; estaba un poco achispado, también ella─. Veo que está usted solo. Ande, siéntese con nosotros.

Entre Frossard y su acompañante le contaron la trascendencia de la canción, le resumieron la letra y ella le tradujo la mayoría de sus versos, que se sabía de memoria. Frossard y Samuel acabaron haciéndose buenos amigos.

**

Cuando terminó Camila, Samuel no pudo reprimir unos lagrimones en sus ojos, agachó la cabeza y puso su mano derecha en la frente, no quería que nadie le viera. Al poco levantó la vista y encontró la de su hija. Sonrió. Su sonrisa era una mezcla de tristeza y desahogo. Ella se la devolvió. Samuel llamó al camarero y pidió una botella de champán. Es muy corto el tiempo de las cerezas, pero como decía la canción, pensó, siempre amaré el tiempo de las cerezas.

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