Capítulo XX.4

XX.4

―Estábamos durmiendo. Bueno, lo mío era más bien un duermevela, pues ya había amanecido y los rayos del sol se filtraban a través de las cortinas. A pesar de mi estado de semiinconsciencia, recuerdo que la abracé mientras pensaba que hacía un día estupendo y cómo disfrutar de él. En eso oí unos fuertes golpes en la puerta, ella se despertó sobresaltada, tal vez presagiaba algo, no sé. Yo creí que le pasaba alguna cosa a Camila, pero enseguida se oyeron los gritos de ¡Policía! ¡Abran inmediatamente! Mi casa tiene un patio trasero y le dije que escapara por allí. Yo había tenido un asuntillo digamos que irregular con unos amigos, aunque de eso hacía años, no podían venir a por mí. Lo intentó, pero allí también había policías. Nos llevaron a los dos presos y ya no la he vuelto a ver. ¡Pobre Marion!, nunca conocí persona de mejor corazón, de tal integridad, con tanta entrega por una causa que, aunque yo considere inútil, hay que reconocer que es justa. Ella sí tenía dotes morales, no esos filibusteros que controlan el mundo.

King Taylor era un hombre discreto que no consideraba de su incumbencia los problemas que afectaban la intimidad de los demás. Samuel, sin embargo, quiso explicarle el motivo de su aflicción, evidente a los ojos de quien le conociera bien, circunstancia que en este caso no se daba, pero Taylor era buen observador ─había actuado en infinidad de garitos, vivido circunstancias de todo tipo─ y habían pasado ya bastantes días desde que volviera a encontrarse con William en el Marshall y compartiera con él y sus acompañantes agradables ratos en aquel lugar que no sabía de exclusiones. Necesitaba hablar de ello, estaba confundido y por momentos pensaba que lo mejor sería regresar a París, a Montmartre, cuanto antes, dejar aquel mundo ostentoso y envanecido que tanto odiaba Marion. Se sentía un figurante de aquella colectiva representación de la voracidad humana más codiciosa.

―¿Estuvisteis presos mucho tiempo?

―A mí me soltaron al día siguiente. Vinieron unos señores muy bien vestidos a los que no conocía de nada que dijeron ser mis abogados. Camila los había contratado nada más enterarse que estaba detenido. Eran de los mejores de París, de esos que cobran una fortuna por sus servicios. Ni siquiera estuve veinticuatro horas encarcelado, rápidamente pudieron demostrar que no tenía nada que ver con el delito que me imputaban. Yo era un hombre respetable, vivía en Montmartre, me gustaba ese ambiente bohemio, los cafés y cabarets, pero eso no es ningún delito. Además, poseía una buena cuenta bancaria, mi hija era una conocida cantante de ópera… En fin, era absurdo que me dedicara a ir robando por ahí.

―¿Y ella?

―La condenaron a veinte años de cárcel. ¡Veinte años! Fue acusada de formar parte de la banda de Jacob, un grupo anarquista que había protagonizado numerosos robos con el fin de obtener dinero para la causa. Este, sin embargo, ya había sido detenido en 1903 y condenado de por vida a trabajos forzados en la Guayana. Pero, al parecer, habían encontrado en otra operación a la caza de anarquistas papeles de esos años que involucraban a Marion en algunos robos, concretamente en uno de los últimos que este dio y en el que, para escapar, tuvo que matar a un policía. Llegué a pensar que se libraría de la cárcel, o que en todo caso permanecería en ella por breve tiempo, así me lo aseguraron los abogados. No les hacía gracia alguna tener que defender a una anarquista, eran miembros de uno de los bufetes más acreditados de París, pero el dinero lo puede todo, o eso creía yo. Por su parte no hubo más problema que fijar una exorbitante cantidad por sus honorarios. Una vez acordada la cifra, la que ellos dijeron, yo estaba dispuesto a todo, encontraron enseguida una coherente argumentación que eximiría a Marion de toda culpa, o que al menos convertiría su colaboración, si es que la hubo, en un mero accidente al que, engañada, se vio forzada por las circunstancias, sin saber lo que realmente iba a suceder. Pero Marion, y me descubro ante ella, no aceptó. Mandó a los abogados a hacer puñetas cuando le contaron el plan. Con ella habían sido detenidos varios militantes más, una decena si no recuerdo mal. O todos o ninguno, nunca me prestaré a una maniobra de ese tipo, la vergüenza me acompañaría el resto de mis días, ni traicionaré a mis compañeros ni renunciaré jamás a mis ideas. Esa me explicaron los abogados que fue su reacción. ¿Todos? Un bufete de tal prestigio no podía prestarse a una defensa abocada directamente al fracaso. Marion solo aceptó ser defendida por el mismo abogado que se ocuparía también de sus camaradas. Y así terminó el asunto. Veinte años de condena, una barbaridad. Le tocó uno de los jueces más severos a la hora de condenar esta clase de… lo que sea. Iba a decir delitos, pero no. Ya ves, hubiera podido tocarle otro menos duro, menos cruel, la pena podría haber sido considerablemente menor. La justicia, amigo Taylor, la justicia… Así es la justicia. Marion diría que la justicia burguesa, yo la justicia a secas. El hombre nunca será justo consigo mismo.

―Comprendo que no creas en la justicia, pero debes contemplar la situación desde otro prisma. Su valiente actitud, por desgracia, es necesaria para conseguir cambiar el mundo. Yo soy negro y sé lo que es la lucha por la igualdad. No puede haber un dios tan cruel que castigue nuestros pecados con la eterna miseria y nos condene de por vida a la pobreza. Primero hay que sembrar las semillas, luego vendrán los frutos.

―Eso ya lo he oído antes, muchas veces. Llegará el día en que todos seremos iguales, las injusticias no tendrán cabida en la nueva sociedad, equitativa y solidaria. Siento no creerlo. Me parece bien que haya gente que, como tú, como Marion y alguno que otro que conozco, penséis y actuéis de manera tan altruista. Es muy posible que yo no tenga razón, pero las experiencias en esta ciudad no han sido precisamente las más adecuadas para hacer que modifique mi opinión. Por supuesto que cambiarán las cosas, pero todo seguirá igual, los negros explotarán a otros negros, puede que incluso a blancos.

―Me resisto a creerlo.

N-18

San Juan Hill en 1905.

Taylor no quería polemizar con su Samuel. Era un hombre flemático y reflexivo, no en balde había sido uno de los treinta y dos afroamericanos que formaron el Niagara Movement, grupo organizado para combatir la cada vez mayor discriminación que sufrían los negros en todos los aspectos de su existencia. Samuel lo sabía, él se lo contó, el nivel de confianza entre ambos era cada vez mayor, tanto que le había invitado a su casa a comer judías rojas y arroz con salchichas, típico plato de su nativa Nueva Orleans. Vivía Taylor en San Juan Hill, zona que desde finales del siglo XIX concentraba el grueso de la población negra. Aquí, como en el Lower, como en cualquier otro rincón de Nueva York, no solían verse juntos un blanco y un negro. El asombro con que le dijo William que recibirían los emigrantes del bajo Manhattan a un negro que paseara por sus calles lo vio Samuel en San Juan Hill, donde era observado con extrañeza cuando no con desdén.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA―¿Y cómo querías que te miraran? ─le dijo Taylor al comentarle este su asombro─. Aquí en Nueva York, puede que, porque seamos pocos, no estamos tan mal como nuestros hermanos del Sur, donde después de la Guerra Civil dijeron los blancos que había que “reconstruir la nación” y dictaron leyes que obligan a los de mi raza a vivir apartados de ellos. Es legal, dicen. Como no pueden eliminar nuestros derechos por garantizarlos la Constitución, nos excluyen de sus vidas. Viviendas, transportes, escuelas, hoteles, restaurantes, lavabos, todo por separado, unos para blancos, otros para negros. Adivina cuáles son mejores. Pero, dicen, todos tenemos las mismas oportunidades, las mismas cosas, los mismos derechos. Somos iguales, pues, pero no nos gusta mezclarnos con ellos, ¿pasa algo? Peor que a los perros nos tratan. ¿Sabes que en algunas ciudades no podemos salir a la calle pasadas las diez de la noche? ¿Y que más de dos mil negros han sido linchados en los estados sureños simplemente por tener un color de piel distinto? Aquí sí, como te decía, las cosas están mejor, pero la segregación es mayor cada día. Ese darwinismo social en que tanto creen los blancos, los que dicen ser nativos de estas tierras olvidando que antes de ellos otros poblaron el mismo lugar y fueron exterminados, nos condena a una sempiterna inferioridad de la que, según ellos, nunca saldremos. Lo peor es que a estas ideas no es ajena la mayoría de la población que habita los distritos más pobres, pues son blancos y creen de verdad que es el color de la piel lo que nos separa, no la posición social. Eso es lo triste. Son trabajadores como nosotros, vienen aquí en busca de cualquier ocupación que les permita escapar de la sordidez de sus lugares de origen. Esta es la tierra de las oportunidades, dicen, y ellos lo creen. Luego se dan cuenta que no es tan fácil, que a mayor abundancia mayor explotación, entonces miran a su alrededor y ven que son demasiados los que se empeñan en la misma tarea, así que cuantos menos mejor. Los negros somos pocos en Nueva York, no tenemos fuerza alguna, les fue fácil “persuadirnos” para que nos trasladáramos a otras zonas, lejos de ellos.

―No entiendo cómo sigues confiando en que esta sociedad se transforme por la acción de los hombres en otra más igualitaria. Que la lucha tenga lugar entre los que más tienen y los que nada poseen no solo es comprensible, es justo, pero la animadversión de unos desdichados contra otros únicamente pone de manifiesto la ruindad del ser humano. Los pobres son pobres, y luego son irlandeses, italianos o negros.

―Por supuesto, Samuel, pero a ver cómo metes esas ideas en la cabeza de un blanco.

―Gracias, hombre, celebro esta muestra de amistad, veo que no me consideras un blanco, es decir, que me consideras igual que tú.

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Imagen: “El defensor” (1862-1865), acuarela de Honoré Daumier.

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