Capítulo XX.3. Primera parte

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Samuel, William y Camila llevaban en Nueva York más de medio año. Habían dejado el Waldorf, el lujoso hotel en que los había acomodado la dirección del Metropolitan durante los ensayos y las representaciones de Die Fledermaus, y mudado a un apartamento en un edificio de la calle 14, cercano a Union Square Park y a la Quinta Avenida, para alivio de Samuel, que odiaba el Waldorf desde el día del estreno de la opereta de Strauss. En sus huéspedes solo veía responsables de la situación en que se hallaba Marion. El Waldorf Astoria ─entonces situado en el solar que hoy ocupa el Empire State Building─, como decía la prensa de la época, era “una de esas instalaciones colosales que solo se encuentran en Estados Unidos”. Cada uno de sus enormes salones estaba decorado de manera distinta pero todos con paredes de mármol y oro, sofás de terciopelo y seda, sillas de cuero, grandes espejos, espesos tapices de Oriente y techos pintados por destacados artistas neoyorquinos. Para cada piso había entre seis y ocho ascensores, decorados de blanco y oro, estilo Luís XV, que presentaban la novedad de una esfera que indicaba en qué piso se hallaban parados en cada momento. Una orquesta, colocada entre los pasillos, tocaba día y noche.

La zona en que ahora se habían instalado ─el tramo de la Sexta Avenida situado entre las calles 14 y 23─ no es que fuera la antítesis de la opulencia reinante en el Waldorf. Con sus amplias aceras llenas de emperejiladas señoras y pulcros caballeros y largas filas de calesas con cocheros de librea en las calles, en consonancia con los nobles edificios residenciales de piedra, era de una de las más distinguidas de Nueva York y se la conocía como Fashion Row.

Samuel añoraba su Montmartre, pero ello no le impedía practicar una de sus aficiones favoritas, perderse entre las calles. Se pueden levantar enormes torres en un pequeño espacio de terreno, ¿cuánta gente cabrá en uno de esos edificios que parecen no tener fin?, ¿cuántas familias podrían disponer de una vivienda digna en ese espacio? Pero no, es al revés, pensaba, sus pisos son los más caros, ¿la moda?, ¿la jactancia de ser el primero? Todo parecía ser una tremenda incoherencia que trataba de explicarse a sí mismo.

En todas sus etapas una mayoría suficiente ha posibilitado que unos manden y otros obedezcan al no cuestionarse siquiera las razones del dominio de unos pocos sobre los demás. Con el paso de los siglos esa mayoría suficiente ha cambiado, muchos de los que la conformaban en otras épocas consiguieron salir de ella mediante la fuerza, el trapicheo o a causa del azar y subirse al carro de la prosperidad, convirtiéndose entonces en fervientes defensores del orden que habían contribuido a crear y pasando a explotar nuevos parias, los descontentos con el tipo de sociedad que les ha tocado vivir y de la que sienten excluidos. Siempre ha sido así, siempre habrá unos y arriba y otros abajo, concluía con desánimo. En Nueva York, ¡cómo no!, los de abajo, los del Lower Manhattan, viven en unas condiciones tan miserables como las que rodearon mi infancia, en habitaciones igual o más pequeñas. Yendo hacia arriba, hacia donde ahora vivimos, a poco más de kilómetro y medio, los edificios se compartimentan en amplios y confortables pisos y, como sus moradores, se vuelven más refinados, escribía en su libreta. Nueva York es el súmmum de las contradicciones de un sistema organizado en base al capital y el trabajo. Uno y otro son inseparables, pero sin el primero el segundo no podría existir. Es, en consecuencia, una mercancía más, necesaria para la fabricación de otras mercancías.

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Imagen superior: Nueva York, ca. 1900. /Detroit Publishing Co.

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