Capítulo XX.2. Segunda parte

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La presentación de Camila en Nueva York tuvo lugar el 16 de febrero de 1905 representando el papel de Adèle en la opereta Die Fledermaus, de Johan Strauss, en el Metropolitan Opera House, fastuoso edificio situado en la calle 39 fundado por un grupo de ricos neoyorquinos que querían tener su propio teatro al no poder poseer un palco en la Academia de la Música, sede hasta entonces de las principales representaciones operísticas en Nueva York. Cómo no, el nuevo coliseo era sumamente lujoso y de enormes dimensiones. Cabían nada menos que tres mil quinientas personas, que podían acceder al recinto por diecisiete entradas, todas ellas con vastos vestíbulos y salones. Los espectadores que conseguían asistir a sus representaciones en uno de los ciento veintidós palcos que se repartían en tres hileras envolviendo el auditorio ─el mayor del mundo─ disfrutaban cada uno de ellos de un salón privado, de doble tamaño que aquellos. Las dimensiones del escenario eran igualmente monumentales: casi treinta metros de ancho por más de treinta y seis de fondo. Todo era mayúsculo, como también lo fue la respuesta del público, entre el que figuraba el ya célebre tenor Enrico Caruso. The New York Times destacó el desborde de alegría que inundó la sala y el hecho de que incluso hubiera espectadores que estaban de pie, desoyendo las recomendaciones de seguridad del Cuerpo de Bomberos. No era la primera vez que Die Fledermaus se representaba en Nueva York ─la música resultaba familiar a la mayoría de los asistentes─ pero nunca una alocada opereta cómica moderna ─como la calificó el prestigioso rotativo neoyorkino─ había tenido cabida en el nuevo templo consagrado al bel canto ni alcanzado tanto interés. No se recordaba representación más memorable desde el estreno de Parsifal. Tal vez tuviera razón el crítico del Times al observar que el excesivo tamaño del Metropolitan empequeñecía algunos de los pasajes de la obra, pero ello no fue obstáculo para que todos gozaran de lo lindo. La crítica alabó a Camila y su Mein Herr Marquis fue el momento más aplaudido de la función.

¡Cómo hubiera disfrutado madame Deschamps con el éxito de Camila en un escenario como el del Metropolitan Opera House!, pensaba Samuel. La echaba de menos, por supuesto por el cariño que le tenía, pero también porque le hubiera sido más fácil esquivar las insustanciales, petulantes y aburridas conversaciones de los encopetados fantoches con quien se vio obligado a alternar durante la representación y, sobre todo, después, durante el lunch que se sirvió a la egregia flor y nata neoyorkina. William hacía lo que podía y con cualquier excusa se acercaba para rescatarle cuando le veía demasiado incómodo. Una de tantas veces, sin embargo, Samuel prefirió quedarse.

―¿Te interesa la conversación?

―No estoy seguro del todo, me entero de la mitad de lo que dicen como mucho. Quédate, Camila no debe tardar ya. Así me traduces lo que se me escape, ¿Okay?

Samuel apenas dominaba el inglés y sus rudimentarios conocimientos resultaban más insuficientes todavía con el acento yanqui.

―Traduce, traduce.

―Están hablando de moda.

―Eso ya lo sé, ¿pero por qué miran todos el escote de la señora esa? No creo que sea por sus pechos, que deben ser pasas enormes. ¿Qué tiene el collar que luce, o más bien desluce, qué piedras son esas? Anda, pregúntale.

William así lo hizo. Estaba seguro de que la respuesta no agradaría a Samuel, en absoluto, e incluso dudó transmitírsela, pero pudo más la lealtad y el respeto que sentía hacia el padre de su esposa y amigo.

XX.2_2a_collar―Pues… verás… Al preguntarle por el tipo de piedras me ha respondido que no eran piedras.

―¿Y qué demonios eran? Se la veía divertida. ¿Cojoncillos de sus antiguos amantes?

―Casi. Me he quedado estupefacto y no sé si decía la verdad o estaba tomándome el pelo, aunque no lo creo, pero me ha dicho que se trataba de ojos de indios peruanos, que gracias a una composición química, obtienen la dureza y el brillo del cristal. Y ha añadido que no solo es bonito sino enormemente caro, pues no es muy fácil proporcionarse ojos humanos, “de personas vivas y sanas, aunque sean indias”.

Samuel estaba al tanto de las excentricidades de la alta sociedad neoyorkina. Había oído hablar de una ilustre dama multimillonaria que tuvo la ocurrencia de hacerse engastar en cada uno de sus dientes un brillante de gran valor; de un tal Billings que entró en un lujoso restaurante montado a caballo y de otras extravagancias similares, pero nunca imaginó que alguien pudiera hablar con tanta ligereza de una atrocidad como la que acababa de escuchar a través de William, y menos de una señora de la alta sociedad neoyorquina, esposa de uno de los patronos del Metropolitan. Era evidente, no obstante, que aquel antiguo cortador de cabezas que conoció en Londres, Skull, debía tener sus clientes, como los tendrían también otros que se dedicaran al tráfico con seres humanos. ¡Y este país decía haber abolido la esclavitud! Si era el colmo de la barbarie. Nada más apareció Camila, una vez que recibiera los pertinentes parabienes, Samuel la abrazó efusivamente, celebró su triunfo ─del que no tenía la menor duda, dijo─ y manifestó su deseo de marchar. Mejor os espero en el Marshall.

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Hotel Marshall

El Marshall era un hotel de la calle 53, centro de lo que se conocía como bohemia negra, lugar de encuentro de músicos, escritores y artistas afroamericanos en el que los blancos, lejos de ser rechazados, eran bien recibidos, uno de los escasos espacios en Nueva York en que negros y blancos se mezclaban y se divertían juntos en completa libertad, un sitio del todo inusual pero que rebosaba alegría.

Samuel descubrió el Marshall nada más llegar a Manhattan, fue uno de los primeros lugares que William quiso mostrar a Camila y a Samuel. Allí tenía buenos amigos de la época que trabajó para la Smithsonian Institution en la recuperación de la música autóctona norteamericana, especialmente la de los negros. Con uno de ellos, Freddy King Taylor, Samuel pronto trabó amistad. Natural de Nueva Orleans, hablaba algo de francés, lo que obviamente facilitó las cosas. La vida de King Taylor, que ya rozaba los setenta años de edad, sus experiencias, le fascinó desde el primer momento. Hablaba con voz pausada, sin duda por el paso de los años, ronca al tiempo que cálida, y todo cuanto decía lo expresaba con la misma vehemencia y coherencia con que tocaba el piano. Alto y delgado, conservaba su abundante mata de pelo ensortijado aunque completamente cano y vestía como un dandi: camisa con el característico cuello americano, traje siempre negro o gris oscuro y corbata generalmente blanca o amarilla. Tenía un cierto porte aristocrático que en absoluto se correspondía con su trayectoria vital.

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‘The New York Age’ (8 de junio de 1905).

King Taylor era el pianista de la orquesta que actuaba en el Marshall y hacía vibrar a los habituales al son de la nueva música sincopada. El ragtime estaba de moda y no solo entre los negros. Tanto Camila como Samuel lo conocían, en París tenía sus seguidores y William contaba con varios ragtimes entre sus composiciones. Pero aquello era otra cosa. Los tradicionales instrumentos de cuerda a los que solían limitarse las orquestas, acompañados del piano, habían sido sustituidos por otros populares como la guitarra, la mandolina o el banjo, e incluso el saxofón. La música, así, se volvía rabiosamente contagiosa, viva, frenética. El ritmo sincopado permitía a sus ejecutantes cambiar a conveniencia las notas de la melodía, se notaba que se divertían al tocar y eso se transmitía al público. Se movían, además, al ritmo de la música, bailaban y era evidente que carecían del afectado respeto hacia los instrumentos que mostraban los de la orquesta del Metropolitan o de otros teatros en los que Samuel había estado, eran una prolongación suya y los golpeaban, los volteaban, hacían de todo con ellos.

Aunque William les había hablado con entusiasmo de sus amistades del Marshall y asegurado que les agradaría tanto el hotel como quienes lo frecuentaban, Camila y Samuel no llegaron a imaginar la gran sensación que les produciría su primera visita. Nunca habían visto un ambiente como aquel. La simbiosis entre los músicos y el público era absoluta, se adivinaba lógicamente quiénes eran los primeros pero era razonable dudar del papel de los segundos; desde luego no se les podía considerar espectadores, o no solamente. Durante las tres semanas de ensayos que habían precedido al estreno del Metropolitan fueron casi todas las noches. William actuaba a veces con la orquesta de King Taylor, al piano o con el clarinete. Camila no podía ocultar su fascinación por dicha música y bailaba al compás con la vitalidad que la caracterizaba. En el Marshall Samuel conseguía abstraerse de todo. Esa noche, no obstante, lo tenía más difícil. En su mente, Marion parecía reprocharle su connivencia con ese mundo que luchaba por transformar y que era el responsable de su desgracia. Por si faltara poco Taylor no estaba, se hallaba indispuesto, le dijeron. Cuando llegaron Camila y William, Samuel estaba borracho. Nunca le habían visto así, en un extremo de la barra color caoba del bar, solo, triste.

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Imagen superior: Amerindios huitotos en condiciones de esclavitud (1913). / CC-BY

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