Capítulo XX.2. Primera parte

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Samuel no había perdido la costumbre de anotar cuanto le llamaba la atención de lo que leía, los pensamientos de otros que modificaban o ratificaban los suyos e incluso alguna que otra reflexión propia en una libreta. Desde que empezara a hacerlo en la biblioteca de don Anselmo nunca abandonó dicho hábito, que practicaba con mayor o menor frecuencia según las circunstancias y su estado de ánimo.

Leyendo y escribiendo, fumando cigarros y bebiendo champán en cubierta, sentado en un cómodo sillón, transcurrió la mayor parte de los cuarenta días que pasó en el Bretaña, el barco de la compañía francesa General Transatlántica que le llevaba con Camila y William de Le Havre a Nueva York. Madame Deschamps, un tanto achacosa por la edad, decidió quedarse en París.

El viaje fue tranquilo, la bonanza les acompañó durante casi todo el trayecto. No asistió a ninguno de los actos sociales que tuvieron lugar durante la travesía, ni a las cenas de gala ni a los bailes. Solamente hizo acto de presencia el día que, advertido el capitán por uno de los viajeros de que entre el pasaje figuraba una renombrada cantante lírica, el oficial fue a saludar a Camila personalmente y solicitó su consentimiento para celebrar una velada en su honor. Camila, siempre solícita, aceptó la invitación. Por supuesto que cantaría, aseguró al capitán. Samuel, en la mesa presidencial, por mucho que tratara de evitarlo, permaneció todo el rato con la misma mirada, aún más extraviada que cuando empezó el viaje, confundida en el oleaje, perdida en el horizonte. Apenas pronunció palabra, y cuando lo hizo fue para pedir a su hija que cantara La Paloma.

Un buen día, cuando Camila ya era alumna del maestro Sempere, este alabó sus dotes en presencia de Samuel: Escuche a su hija, escuche, le dijo, y la niña se puso a cantar una canción que a su padre le llegó al alma. Resultó ser una de las más bellas melodías que nunca había oído. La letra le pareció un tanto estrambótica, pero en la voz de su Camila era de una lógica aplastante. La había compuesto ─le explicó Sempere─ un amigo suyo, compositor, llamado Sebastián Iradier, que poco antes de morir, hacía ya casi veinte años, le mandó la partitura de tan hermosa y popular canción. Créame, en todo este tiempo no había visto a nadie que la interpretase con tanto sentimiento. Se titulaba La Paloma y, desde entonces, la había escuchado infinidad de veces y efectuado varias grabaciones en su gramófono, por supuesto cantada por Camila. Canta La Paloma, le pedía a su hija. ¡Cuántas veladas y sobremesas! Y todos acababan cantando con ella.

**

El Bretaña se aproximaba a la bahía de Nueva York. Desde cubierta se veían cada vez más altos los edificios, se agrandaban por momentos. El barco se detuvo en la isla de Ellis. La cercana estatua de la Libertad parecía darles la bienvenida. Samuel creyó que ya habían llegado, pero no era así, allí solo desembarcaron los pasajeros de tercera clase, migrantes que habían dejado su país y con ello, creían, también su infortunio. Estados Unidos era para millones de trabajadores de finales del siglo XIX y principios del XX la tierra de las oportunidades, la esperanza de lograr una vida digna con su esfuerzo.

De pronto, junto al barco, entre vallas de madera, vio alineados ─no supo calcular el número, puede que un centenar─ a hombres, mujeres y niños, compañeros suyos de viaje de los que en ningún momento advirtió su presencia. La expresión de sus rostros, no obstante, le resultaba familiar: evidenciaban esa apatía que caracteriza a los perdedores, a los ya derrotados antes de emprender batalla alguna. ¿Dónde estaba toda esta gente?, preguntó al capitán. Abajo, son los que vienen buscando mejorar su suerte, los que viajan en tercera clase, no tienen acceso a las plantas superiores, respondió este. Claro, claro, entiendo, dijo Samuel.

El barco siguió hacia la bahía alta una vez que los pasajeros de tercera hubieran abandonado el buque para pasar los correspondientes exámenes médico y administrativo. Los nativos blancos estadounidenses de las clases media y alta no querían en sus tierras a inmigrantes de los pueblos eslavos o mediterráneos, ni semitas; para ellos suponían una carga o una amenaza para la seguridad de la cada día más próspera nación que hacía del progreso seña de identidad nacional.

Ya en Manhattan, a Samuel le llamó la atención el desmesurado tránsito de sus calles. Las aceras estaban atestadas de gente, a simple vista se advertía que buena parte de esa muchedumbre era originaria de otros lugares. Nueva York contaba con tres millones y medio de habitantes, poco menos que Londres pero más que París o el resto de grandes ciudades europeas. Uno viajaba a estas últimas y al preguntar por el número de moradores decía incrédulo: ¿Tantos?, pero en Nueva York respondía: ¿Solo?, ¿acaso esos inmensos edificios están vacíos? El movimiento de las calles neoyorkinas denotaba el desmedido modo de vida de sus habitantes, en el que todo parecía exceder lo razonable. Los acicalados turistas que llenaban los observation automobile se asombraban no tanto de la animación que reinaba en las vías públicas o los altos edificios de ladrillo rojo oscuro, piedra y hierro como de la gran cantidad de espacio que todavía quedaba por edificar, en una desmedida competición cuya meta estaba nada menos que en el cielo. Ya había algún edificio que estaba a punto de rascarlo, como el Park Row Building, en pleno distrito financiero de Manhattan, levantado en 1899, que con sus 119 metros y treinta pisos, era el edificio más alto del mundo. El progreso no tenía límites. Eso al menos opinaba un grupo de cuatro forasteros del asiento de detrás del que ocupaban Samuel, Camila y William. La codicia tampoco, apostilló el primero a este último con el apagado e inexpresivo tono de voz con el que se venía pronunciando desde que decidió acompañar a su hija en su debut en Nueva York, o lo que es lo mismo: desde que perdiera a Marion. El hecho de haber cambiado de aires, de conocer otras tierras, de no estropear el buen momento de Camila y William, por el que sentía verdadero aprecio y, por supuesto y sobre todo, la aceptación de que nada podía hacer para volver a estar con ella, le motivaron a mostrarse más animoso. Su comportamiento empezaba a parecerle extremadamente egoísta, así que hizo de tripas corazón y trató de ser lo más afable que su ánimo le permitía, no tanto como para que de vez en cuando se le escapara algún exabrupto.

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Imagen de cabecera: Migrante con su hija en la isla de Ellis a principios del siglo XX. / Library of Congress, Washington.

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