Capítulo XX.1

XX.1―Mis padres trabajaban en una fábrica de tapones cerca de Coñac. A mí, desde muy pequeña me pusieron a servir en casa de un médico. Yo odiaba ese trabajo. Sí, señora; sí, señor; lo que diga la señora, lo que diga el señor… Pero no había más remedio que llevar un jornal a casa. Mis padres, sin embargo, estaban contentos, para ellos era una buena ocupación. Decían de él, del médico, que era un cirujano de primera y lo llamaban de todas partes. Vivía a cuerpo de rey, pero era un tipo despreciable, ruin. Un día, tendría yo unos catorce años, llegó un pobre trabajador; su hijo, de unos diez años, estaba muy mal. Ya lo vi ayer y te dije que no se podía hacer nada por él, ¿qué quieres que haga?, Dios tendrá sus razones para llevárselo, le espetó. Aquel hombre, que no dudaba en arrastrarse ante él para salvar al pequeño, le recordó que también le había dicho que posiblemente una intervención quirúrgica le permitiría seguir con vida. Padecía de algo de los nervios, no recuerdo qué. Sí, te lo dije, pero también te dije que para ello habría que desplazarse a París y que eso cuesta mucho dinero. ¿Lo tienes? Aunque yo, sentando un mal precedente, renunciara a mis honorarios, ¿qué pasaría con mis colegas? ¿Tú acaso trabajas gratis? Y por mucho que el pobre hombre suplicó no hubo nada que hacer. El chico falleció al poco, tres o cuatro días después a lo sumo. Aquello me sublevó. ¿Cómo se puede ser tan canalla? Pero, sobre todo, pensé, ¿qué clase de sociedad es esta que permite que alguien que puede salvar una vida no lo haga por dinero?, ¿cómo es que ni siquiera su prestigio se vio afectado por una acción tan indigna de quien dice ser hombre? Al día siguiente, el muy miserable partía para Javezac. No me esperes a comer, querida, escuché que le decía a su esposa, he de ir a la finca de madame Duval, una asquerosa ricachona, no tiene nada pero ya sabes cuánto le gusta que los demás se compadezcan de su imaginaria mala salud. Empecé entonces a interesarme por las ideas revolucionarias que muchos pregonaban. Los jóvenes solíamos pasear por el Charente, tonteábamos, pero no todos, también había quien tenía conciencia de la situación y se rebelaba contra ese estado de cosas, abusivo, egoísta, despiadado. Desde entonces, todo cuanto ganaba me lo gastaba en comprar libros y periódicos anarquistas. Algunas veces, como no entregaba dinero a mi padre, al llegar a casa me encontraba con que todos estaban comiendo y yo tenía en la mesa el plato puesto al revés. Al final me marché, no aguantaba más. Un joven, Pierre se llamaba, me acuerdo perfectamente de él, tenía contactos en París con el círculo próximo a Ravachol y me vine para acá dispuesta a batallar contra tanta injusticia. Eso era en 1892, tenía yo diecisiete años. Nada más llegar, me enteré que a Ravachol lo acababan de detener por haber atentado contra el juez Benoît y el fiscal Bulot. En ninguno caso hubo muertos. Un camarero, al que la actitud de Ravachol hizo sospechar, avisó a la policía y lo detuvieron. Fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad, pero a los burgueses les pareció poco castigo y volvieron a juzgarle por otras acciones anteriores a los hechos. Se le acusó entonces del asesinato de cinco personas y la violación de una sepultura. Él negó la mayoría de los cargos, pero daba igual, la decisión estaba tomada de antemano, el juicio tenía por única finalidad poder dictar una sentencia que satisficiera a los asustados burgueses, así que lo condenaron a muerte. La guillotina acabó con él en Montbrison. Murió gritando ¡Viva la anarquía!

―¿Qué hiciste?

―Había que vengar su muerte. Esos esbirros del capital habían conseguido una vez más deshacerse de las voces que ponen al descubierto sus componendas y debilidades. Bombas, hay que atacar con bombas, propusieron los más exaltados. No habían sido unos resentidos los que acabaron con su vida, sino la burguesía en tanto que clase, homogénea, sin fisuras. En bloque, pues, había que atacarles a ellos también. Aprendí a hacer bombas y a saber usarlas correctamente. Es fácil. Solo hace falta un tintero, un pomo, un peso de lámpara, un tubo o cualquier otra cosa por el estilo. Se carga y listo.

―¿Se carga con qué?

―Hay muchas fórmulas. Colocarla también es fácil. Por ejemplo, van dos hombres por la calle, uno lleva una cesta o cualquier pequeño envoltorio en la mano y se sienta en la acera o en el peldaño de una escalera a liar un cigarrillo. Para ello ha de dejar en el suelo lo que lleva en la mano, ¿de acuerdo? El otro, el que va con él, lo llama desde el otro lado de la calle. Date prisa, le dice. El hombre enciende el cigarrillo y sale apresurado. Lógicamente, olvida el paquete. Puede incluso dejarse la bomba delante de un agente sin que se dé cuenta. Eso es cosa de mujeres, la bomba debe ir atada con una cinta debajo de la falda. Oiga, guardia, ¿dónde está la calle tal?, una calle que sepas que ha de mover la cabeza para indicarte. Así, mientras, aflojas la cinta, dejas caer la bomba el suelo y te vas. Ya oirás la explosión al cabo de poco.

―¿Llegaste a colocar muchas?

―La verdad es que ninguna, solo llegué a colaborar en algunas acciones, pocas. Hasta los más apasionados defensores de la propaganda por el hecho empezaban a dudar de la efectividad de los atentados. No había infraestructura suficiente para atacar a los verdaderamente poderosos y los trabajadores no entendían ese tipo de actos. Era un tema de continua discusión, con demasiado riesgo para tan parco resultado. La mayoría optó por la acción directa y la huelga general como instrumentos de lucha para llegar a la revolución. El grupo en el que yo estaba desde que llegué a París, en el distrito XIV, el de los amigos de aquel chico, Pierre, del que te hablaba antes, ¿te acuerdas? Pues unos estaban de acuerdo en volcarse en el sindicalismo y se unieron a Grave, otros veían en ello una claudicación y se mostraban partidarios de los ataques directos contra los burgueses, si más no contra sus propiedades, y había también quienes consideraban que una cosa no era incompatible con la otra.

―¿Y tú? ¿Cuál de esas posturas abrazabas?

XX.1a

Portada de “Le Petit Journal” (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.

―Puede que la última, pero si lo dices por lo de Viena te aseguro que allí no se estaba preparando ningún complot para acabar con la vida de ningún gobernante ni nada por el estilo. Eso son invenciones de la policía para echarnos encima a la opinión pública y que nos suceda lo que a Ravachol, que uno de su propia clase acabó delatándole. La reunión, con grupos afines de otros países, como los rusos de Bandera Negra y otros, seguidores de Kropotkin, solo pretendía estudiar la manera de mantener contactos periódicos entre nosotros a fin de que los principios revolucionarios no acabaran diluyéndose dentro de las reivindicaciones exclusiva-mente laborales. Pero ¿y tú? ¿Dónde te sitúas tú?

―Ya lo sabes, en la nada. Esta misma mañana, frente a la Bolsa de Trabajo, he visto reunido un gran número de obreros y me he acercado a ver qué pasaba. Se trataba de un mitin y los discursos que se pronunciaban eran verdaderamente incendiarios. Había muchos anarquistas que decían “Basta de discusión, ¡a la calle!, ¡a la calle!”. La policía trató de impedirles el paso y empezaron los enfrentamientos. Mas ¿qué movía a los allí concentrados? ¿Qué pedían? ¡Trabajo! ¿Y qué hubiera pasado si alguien, el prefecto o el más burgués de los burgueses, hubiese prometido, y podido demostrar, por supuesto, que a partir del día siguiente, o de ese mismo día, habría trabajo, bien pagado, para todos? La concentración que se hubiese disuelto ipso facto. Libertad, justicia, trabajo… ¡Patrañas! Trabajad, trabajad y conseguiréis una sociedad próspera. ¿Próspera para quién? ¡Memeces! Toda revolución ha de tener como único móvil y único fin el placer. ¿Qué clase de revolución es aquella que solo pretende modificar las reglas del juego cuando es este el que está mal diseñado, pues siempre son los mismos los que ganan y también los que pierden? ¿No habrá que jugar a otra cosa? Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse.

―Yo también he leído a Lafargue. Muy propio de quien tiene la vida resuelta, como tú. Y no te molestes por esto, ¿eh? Lafargue tiene una casa en Draveil con un jardín de por lo menos diez mil metros cuadrados que le costó la friolera de cuarenta mil francos hace ya unos años. Así se comprende que diga esas cosas, pero al pobre obrero que no sabe qué hacer para poder comer, él y su familia, al día siguiente, dile que el trabajo no deja de ser un dogma y se entregue al placer.

―Pues nada, a trabajar, a trabajar. Contribuyamos con nuestro esfuerzo a incrementar la riqueza nacional, alguna que otra migaja siempre sobrará. Lo que mueve al hombre es la codicia y esta sociedad premia a los codiciosos.

―No empieces a comportarte como en esas tertulias de Montmartre que tanto te gustan en que, hartos de ajenjo y otras bebidas, supongo que champán en tu caso, todo el mundo filosofa y cree estar por encima del bien y del mal. La verdad es que, a veces, no sé si eres un escéptico o simplemente un ingenuo.

Samuel tampoco lo sabía, pero era lo que menos le importaba en aquellos momentos. Marion le hablaba de su vida, de sus experiencias, con la naturalidad que solo da la confianza en lo que se dice y, sobre todo, en la persona a quien se dice. Samuel intervenía pocas veces, escuchaba con atención las circunstancias y los episodios que habían conducido a Marion a abrazar el ideario anarquista, un ideario que en buena parte ambos compartían, con la diferencia ─notable─ que para Samuel esa sociedad, que también él desearía ver materializada, nunca llegaría a ser posible a causa de la misma naturaleza del ser humano, egoísta y depredadora. Admiraba la coherencia que mostraba Marion entre su manera de pensar y su forma de actuar, acorde lógicamente con la determinación de su carácter. Le recordaba a Esclafit. Era una persona firme en sus convicciones, íntegra, y en consecuencia, llena de vida, y no podía evitar dejarse llevar por su expresividad, por el brillo de sus ojos cuando defendía con ahínco sus ideas más enraizadas o con la aflicción que de los mismos se desprendía al revelar los acontecimientos más penosos a que había tenido que enfrentarse. Había momentos en que Marion podía expresarse con la mayor de las cóleras y él, sin embargo, seguir viendo un rostro lleno de dulzura y espontaneidad. Esto, no obstante, nunca se lo confesó ─no quería que pudiese tacharle de frívolo o superficial─, como tampoco el montante real de su fortuna, que por aquellas fechas ya había menguado considerablemente. Fueron estas dos circunstancias las únicas de las que nunca habló con ella. Bueno, también se moderó en su sibaritismo. Por lo demás, entre Marion y Samuel se estableció una relación sentimental basada en la autonomía personal de ambos, sin ninguna clase de lazos sociales o morales, un amor libre que le recordaba en cierta medida su relación con Brigitte. Eran amigos, amantes, compañeros, y tanto eran dos como uno. Eso sí, el dos, aquí, siempre era la suma de uno más uno. Su amor, por supuesto, podía no ser eterno, ningún amor tiene por qué serlo si respeta la libertad de amar del individuo.

Al cabo de un par de meses, Marion y Samuel decidieron vivir juntos en la casa de este. Le costó convencerla, temía que su relación acabara semejándose a la de cualquier matrimonio ─esa institución burguesa, decía, que tanto detestaba, creada para someter a la mujer a perpetuidad─ o que, siendo Samuel un hombre, si no acaudalado, no era esa su apariencia, al menos con el suficiente dinero para no pasar por ningún tipo de estrecheces, ella fuese lo más parecido a una mantenida, su particular demi-mondaine, a pesar de que siguiera trabajando en un periódico anarquista. Marion decía ser ante todo una “mujer libre” y Samuel recordaba, con la nostalgia envuelta de tristeza que siempre sentía ante cualquier evocación de su infancia, cuando le dijo a su madre que él quería ser libre por encima de todo. Ignorante le llamó.

Samuel abrazó a Marion. Anda, vamos a dormir, le dijo. Ella descansó la cabeza en su hombro y apoyó una mano en su pecho. Se durmió enseguida, tenía una gran facilidad para ello, tanta que Samuel a veces la llamaba cariñosamente marmotita. Él permaneció mirando a través del ventanal las estrellas de una noche clara y despejada, hermosa. Se abandonó como cuando era niño. Se sentía feliz. No podía imaginar que pronto su suerte cambiaría de nuevo.

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Imagen superior: “La jeune bergère” (1885), óleo de William-Adolphe Bouguereau.

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