Capítulo XIX.3

XIX.3

Marion pudo abandonar Austria sin problemas. Lo hizo al cabo de un par de días en el Orient Express acompañada de Samuel, quien de todos modos tenía previsto regresar a París, llevaba ya una semana en Viena. Las más de veinticuatro de horas que duró el viaje, sumadas a las casi setenta y dos que habían pasado juntos en la capital austriaca ─aunque casi nunca a solas, por aquello de las sospechas─, necesariamente debían contribuir, si no un mayor conocimiento entre ambos, a reafirmarse al menos en la opinión que en un principio se formara cada uno acerca del otro, o a invalidarla y sustituirla por otra. No fue esta última la opción de Samuel, que seguía viendo en ella una mujer arrebatadora; Marion sí cambió su primera impresión. Las especiales circunstancias en que se conocieron, la más que favorable y afectuosa opinión de Brigitte sobre Samuel, su comportamiento nada envarado, la aparente firmeza y honestidad de sus ideas, su apego por la libertad absoluta, fueron minando esa primera certeza que tuvo de hallarse ante un superficial y raro ricachón falto de emociones que, vete a saber por qué, decidió entretenerse con ella y su problema sin calibrar la gravedad del mismo y sus posibles consecuencias.

Samuel no se quitaba a Marion de la cabeza. Al parecer, se le notaba a la legua. Madame Deschamps y Camila lo conocían bien, sabían de sus debilidades y fortalezas. La primera no podía evitar algún que otro comentario irónico que se prestaba a chanza; la segunda seguirla en la broma; tampoco él se lo tomaba a mal.

Le gustaba Marion. Mucho. Le gustaba su rostro de facciones grandes pero enérgicas y al mismo tiempo dulces, con esa expresión simple y natural de su mirada, sencilla y orgullosa, orgullosa de su humildad, de su origen, de lo que era y de lo que hacía, y esos enormes ojos, negros, abiertos, inteligentes, intuitivos, que sin duda estaban acostumbrados a tener que rehuir las miradas inquisitivas de sabuesos profesionales y seguramente sabían de llorar, pero en absoluto de agacharse. Tenía Marion un porte decidido y distinguido que sobrepasaba con creces el de la mayoría de las damas que frecuentaban los habituales lugares de esparcimiento a los que acudía Samuel y unos labios gruesos y rojos, del color de las cerezas. No se pintaba, pero tuvo que hacerlo, mejor dicho, Brigitte la maquilló, para presentarse en el Hotel Imperial de manera que pareciese la “sobrina” de Samuel y en la retina de este se grabó esa boca voluptuosa que le recordaba las de Brigitte y Anita.

No era un capricho, tampoco se trataba de ternura, o no solamente, menos aún un arrebato pasajero. Tal sensación hacía mucho tiempo que no la experimentaba. Resultaba palpable la concomitancia de la situación con la experimentada con Anita más de treinta años antes, pero poco tenía que ver, como mucho ese fuego que a veces se enciende en el interior de quienes creen haber descubierto el amor, un fuego que puede llegar a ser abrasador y reducirlo todo a cenizas, pero que en esta ocasión, a pesar de su intensidad, no quemaba, era cálido, incluso acogedor, como el fuego del hogar. No era un devaneo juvenil. Tampoco mera pulsión sexual, en Montmartre el sexo se vivía en completa libertad y con total naturalidad, y él ya tenía unos años. Era… No sabía muy bien qué era, solo sabía que en su pensamiento Marion protagonizaba proyectos e intenciones futuras.

Mas, ¿qué pensaría de él? ¿Habría modificado aquel primer rápido y aventurado efecto que le causó al conocerla? Sí, seguro, de su posterior proceder eso se desprendía, pero una cosa era la simpatía, el entendimiento, e incluso la amistad, y otra muy distinta el afecto amoroso propio de los amantes. ¿Qué significaba para ella? ¿Un burgués menos opulento que los demás, o menos dado a la suntuosidad? ¿Un bohemio que, gracias a su capital, podía permitirse el lujo de llevar una vida inconformista y nada convencional sin trabajar? Tenía dinero, sí, pero nada que ver con esas fortunas que exhibían los ricachones parisinos y muchísimo menos con las de los grandes hombres de negocios que dominaban el mundo. Vivía en una casa bastante modesta que en absoluto se parecía a las suntuosas mansiones y los lujosos pisos de los bulevares parisinos. Claro que Marion opinaría que uno y otro extremo, así como su modo de vivir y concebir la existencia, de lo que realmente se alejaban era de las miserables condiciones de vida de aquellos explotados por los que parecía dispuesta a dar la vida en caso necesario. Pero eso era porque no le conocía a fondo, pensaba. Seguro que entonces… Al llegar a París ella le prometió que iría a su casa para devolverle el dinero y la ropa que le había comprado en Viena. Por supuesto, él dijo que no era necesario, que de ningún modo. Marion insistió en ello y Samuel, obviamente, no la contradijo. Deseaba volver a verla.

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