Capítulo XIX.2

XIX.2

―¿Me deja un momento el periódico?

Solicitó Samuel a madame Deschamps que, con Camila, desayunaba en el suntuoso comedor del Hotel Imperial. Él había bajado un poco más tarde.

―¿Qué tal anoche? ─le preguntó Camila.

―Bien, muy bien ─respondió Samuel esbozando una pícara sonrisa.

―¡No me diga que se metió en otro lío! ─madame Deschamps se alarmó.

―Diría yo ─comentó Camila─ que en todo caso será un lío de faldas. ¿No ve la cara de satisfacción que tiene a pesar de que, según parece, no ha dormido demasiado?

―No vas desencaminada, hija. Ayer conocí a una mujer, sí, más o menos de tu edad, un poco mayor que tú creo.

Les contó a su manera lo sucedido. Muy a su manera, pues según su versión se la presentó su amiga Brigitte, con quien se encontró casualmente en el lujoso Café Central. No tenía habitación, los hoteles de Viena estaban todos llenos, y él le consiguió una en el Imperial. Le pareció, les dijo, una mujer excepcional, maestra de profesión, inteligente, atractiva, muy concienciada con el feminismo. De hecho, su presencia en Viena se debía a su interés por las reformas pedagógicas que pensaba poner en práctica precisamente Eugenie Schwarzwald en una escuela experimental femenina que acababa de abrir. Le gustó, mucho ─en eso lo cierto es que no mentía─, hacía tiempo que no sentía tanto interés por una mujer ─afirmó─, de ahí que se ofreciera a solucionar presta y diligentemente su problema de alojamiento.

―¿Está aquí, pues? ─preguntó Camila.

―Dentro de un rato iré a buscarla a casa de Brigitte y la acompañaré hasta aquí. Se ha quedado con ella porque no eran horas de llegar acompañado de una mujer que podría ser mi hija. Bueno, casi.

―¿Desde cuándo le importan tanto las formas?

―Desde siempre, madame Deschamps, desde siempre. ¿O es que no me conoce?

―Por eso mismo se lo digo.

―Soy todo un caballero, madame.

―Que hoy se ha levantado con ánimo guerrero por lo que veo.

―¿Entonces no vienes con nosotras al Wurstelprater?

―No va ser posible hija, pero podemos vernos luego, para comer.

―Si no estás muy ocupado ─dijo Camila entre risas─. De verdad, me alegra verte tan ilusionado. ¿O debería decir enamorado? Bueno, subo a terminar de arreglarme.

―Yo, ya, por mucho que me arregle… Más que arreglo necesitaría una restauración completa. Se lo diré al amigo de tu padre, al Frossard ese. A ver si sabe de alguien que pueda hacerlo. Como estoy segura de que no, ya estoy bien como estoy. Te espero aquí con tu padre. ¿Tendrá tiempo para tomar un café de estos que hacen aquí con crema batida?

―Por supuesto. Y dos si quiere.

Camila subió a la habitación. Samuel prácticamente ni advirtió que se marchaba. Con el periódico en sus manos pasaba las páginas apresuradamente. Parecía buscar algo en concreto ─era la sensación que tenía madame Deschamps─, y hallarlo, pues de pronto se detuvo en una de las hojas y se puso a leer atentamente. Su rostro reflejó de inmediato cierta preocupación, pero enseguida cerró el periódico y su semblante cambió, volviendo a ser el de un hombre satisfecho.

No pasó desapercibida la trasmutación a madame Deschamps, que no se había creído ni la mitad de las cosas que Samuel les había contado.

―Permítame.

Madame Deschamps cogió de nuevo el diario. Al igual que Samuel pasó aprisa las páginas y se detuvo en una en concreto. Se puso entonces a leer en voz alta la que suponía era la noticia que despertaba el interés de Samuel. No se equivocaba, eran ya muchos años de mutuo trato. En la tarde de ayer, la policía desarticuló un complot en el que estaban involucrados peligrosos sujetos de diversos países europeos y de ideas anarquistas. Era su intención orquestar una serie de atentados a altos dignatarios que deberían tener lugar el mismo día en las principales ciudades del mundo civilizado. Afortunadamente, la conspiración fue descubierta a tiempo gracias a la incansable labor de nuestra policía, que pudo así salvar numerosas vidas, pues las acciones que preveían llevar a cabo eran de tal calibre que, si no se hubiese intervenido a tiempo, hubiéramos tenido que lamentar un sinfín de víctimas inocentes. Lamentablemente, tres de ellos dos mujeres y un hombreconsiguieron escapar, pero es de esperar que pronto sean también detenidos, la policía asegura tener bien controlada la situación.

―Era esto lo que leía con tan curiosidad, ¿no es así?

Samuel no dijo nada, sabía que no había conseguido despistar a madame Deschamps y que cuanto alegase no le iba a servir para nada. Se preparó, pues, para su reprimenda.

―Es un inconsciente. La joven de la que nos hablaba tiene que ver con esto, ¿cierto? ¡Pero no se da cuenta de que puede acabar en la cárcel! Y nosotras también, por encubrirlo. Su falta de sensatez raya lo indecible. ¿Tanto le ha gustado como para ponernos a todos en peligro? Mon Dieu!, que vengan ya los loqueros y se lo lleven.

―Señora mía, le profeso un gran aprecio y sé que es una persona cabal, honesta y sensible con las desgracias de los demás, especialmente si estas afectan a las mujeres. Créame, en mi caso hubiera hecho lo mismo. Ya le explicaré con más detalle los pormenores. Ahora cuanto menos sepa mejor, también Camila, por supuesto. Dejemos las cosas en que me he encaprichado de una mujer de, aproximadamente, la misma edad que mi hija. A mis años, ya sabe, es fácil perder la cabeza por una joven atractiva y despierta. Le ruego discreción y, a ser posible, ayuda.

―Vaya, vaya… Realmente creo que le ha encandilado ─su gesto de contrariedad mudó, sus facciones se suavizaron y asomaron en su rostro indicios de resignación e incluso de indulgencia─. En fin, que sea lo que Dios quiera. ¡Eso sí!, la de ayer fue la última vez que se va usted solo por ahí.

Samuel le dio un beso en la frente. Nunca antes lo había hecho.

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