Capítulo XIX.1. Tercera parte

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Samuel explicó su plan con más detalles ya en casa de Brigitte, donde Marion pasaría la noche. Al día siguiente, sin embargo, debería abandonar su domicilio. Esperaba la visita de Seidler, el banquero, un tipo tremendamente desconfiado al que sería difícil justificar la inesperada presencia de una extraña en su casa. Samuel dijo que era suficiente con que pasara allí una noche. Cuando llegase al hotel fingiría haber olvidado reservar una habitación para una “sobrina” suya. Enfatizó la palabra sobrina, ya se encargaría él de hacer notar que, en realidad, se trataba de una joven demi-mondaine, una entretenida que sin duda estaba con él por dinero.

―Por ese motivo necesita ir arreglada. Ya sabes, las apariencias.

―Eso será fácil. Es una mujer joven y hermosa ─dijo Brigitte.

―También deberás prestarle un baúl y un par de maletas, llénalas con lo que sea.

―¿Conocen su identidad?

―¿Quiénes?

―La policía. Debe ser sincera conmigo o será imposible ayudarla, además de que podemos acabar todos implicados en lo que se trajera entre manos.

―No creo. Bueno, no lo sé. Estábamos en una casa, cerca de la calle esa en que me encontró. Éramos siete personas y planeábamos alguna acción conjunta Ni siquiera nos dio tiempo a estudiar las propuestas que había sobre la mesa. La policía llegó de repente. Salí corriendo, como pude, la documentación la conservo, pero es falsa.

―No nos sirve, a estas horas ya sabrán su verdadero nombre y el que ponga en la documentación esa. Supongo que no se llamará Marion, ¿verdad?

―Sí, pero no Rouillard. Estaba muy nerviosa, fue lo primero que me vino a la mente.

―¿Ha utilizado ese nombre con otra persona aparte de mí? ─ella negó con la cabeza─. Está bien, seguirá llamándose Marion Rouillard. Con ese nombre reservaré la habitación en el hotel y ese figurará en su nueva documentación. ¿Conoces la manera de conseguir de forma segura un pasaporte falso, Brigitte?

―¿Tú qué crees, querido? En un par de días lo tienes, y perfectamente falsificado. Nadie advertirá la diferencia, como con el Courbet. Pero buscarán a una tal Marion, ¿no será mejor cambiar el nombre?

―No, esa “casualidad” nos beneficia. Nadie que huye se registra en un hotel con su propio nombre. Además, ¿cómo una joven revolucionaria va a vestir ropas caras y hospedarse en el Imperial? Toda va a salir bien.

―¿Por qué hace todo esto?

Marion no albergaba ya duda alguna respecto a las intenciones de Samuel, pero seguía preguntándose por los motivos.

―¿Usted qué hubieras hecho en mi situación? Te encuentras de repente con alguien que ves que necesita ayuda. No te paras a pensar si habrá hecho esto o lo otro, no hay tiempo para valoraciones morales, que por otra parte para nada sirven si no es para excusarte a ti mismo en tu desistimiento. O ayudas o no, es algo instintivo. Así que lo haces. Es lo que me pasó a mí. Yo, aunque le cueste creerlo, he vivido situaciones semejantes.

―Pero una vez que me sacó de allí… No tenía obligación alguna conmigo.

―¿Entonces de qué hubiera servido mi socorro? No tenía un lugar seguro adonde ir, ni dinero, la buscaban, ¿qué hubiera hecho?, ¿deambular por ahí hasta que la pillaran? Es lo que finalmente hubiese sucedido. Así las cosas ¿para qué demonios me pringo yo?, ¿para reconfortar mi ánimo con una buena acción? Pobre mujer, espero que le vaya bien, ojalá tenga suerte y pueda escapar. Esos razonamientos, para los hipócritas y los mojigatos. Las cosas no son de ese modo, supongo que estaremos de acuerdo. Como le decía antes, o ayudas o no ayudas, con todas las consecuencias.

―Ya ves ─dijo Brigitte mirando a Marion─, en el fondo es un romántico.

―Bueno, debo irme ya, tampoco conviene que llegue al hotel a horas intempestivas ─eran cerca de las doce de la noche─. Mañana, entre las diez y las once, paso a por ella.

Brigitte le dio un beso, Marion se despidió con un “gracias” y Samuel marchó al hotel, donde nada más llegar tuvo que hacer el paripé ante el recepcionista descubriendo luego que igual él también tenía madera de actor y lo ignoraba. Puede que tanto ver a Camila sobre el escenario se le hubiera contagiado algo de su buen hacer. Pidió la llave de su habitación con la parsimonia de quien, habiendo ingerido una buena dosis de alcohol, le costaba ordenar sus ideas. De camino al ascensor se detuvo en seco, permaneció inmóvil unos instantes ─asegurándose previamente de que el recepcionista le miraba─, con la palma de la mano se dio en la frente, como si hubiese olvidado algo, dio media vuelta y regresó a recepción tambaleándose ligeramente.

―¿Hoy es día 15?

―Bueno ─contestó el recepcionista mirando el reloj─, ya 16.

―¡Dios mío! ¿Usted me ve muy mayor? ─al hombre que le atendía le desconcertó tal pregunta, no sabía qué responder─. Verá, amigo, ¿puedo llamarle amigo? ─Samuel trataba de mostrarse un tanto parlanchín, como corresponde cuando se ha bebido un par de copas de más─, es que se me olvidan las cosas, hasta las importantes. Claro que con el ajetreo de estos días… ¿Estaré perdiendo la memoria? Eso es un signo de vejez, ¿no? ¡Pero qué tonterías estoy diciendo! ¿Yo viejo? ¿Me ve usted viejo? ¿No, verdad que no? Yo, amigo ─y bajó el tono de la voz como si le revelase un secreto─ me siento cada día más joven. Bueno, a lo que íbamos ─el recepcionista no salía de su asombro─, veamos… Ha dicho que ya estamos a 16, ¿cierto? ¿Ve cómo tengo memoria? ¡Viejo yo! ¡Anda ya! Verá. Mañana, bueno hoy, esta mañana, la de hoy, es decir, dentro de unas horas… ¡Maldita sea! Pues eso, que esta mañana del 16, viene una sobrina mía. Está, estaba, ya debe de haber salido, en Budapest. Baños termales. ¡En noviembre! Caprichos. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah!, sí, que viene mañana. Lo sabía desde el día siguiente que llegamos, pero… hay demasiadas cosas para entretenerse en Viena, ¿no cree? ¡Y qué guapas son las vienesas! Espero estar aún a tiempo de conseguirle habitación, a ser posible en la misma planta que la mía, quiero decir, que las nuestras. Podría acomodarla con mi hija, o con madame Deschamps, pero preferiría que tuviera una habitación para ella sola. Usted me entiende, ¿verdad? ─le guiñó un ojo y le dio un billete de veinte coronas.

―Por supuesto, señor, no hay ningún problema.

Nunca nadie, que recordase, le había hecho una reserva de forma tan enrevesada. Estos ricachones… ¡Cómo se nota que no tienen de qué preocuparse!, pensó.

―Marion, se llama Marion. Marion Rouillard. Apunte, apunte. Ro… u… i… llard… Llard. Eso es. Gracias, amigo. ¡Menudo despiste!

Samuel marchó de nuevo hacia el ascensor riendo. Antes de tomarlo miró de nuevo al recepcionista, que no le quitaba ojo, y le hizo otro guiño, luego tropezó con el ascensorista y ya, por fin, subió a su habitación.

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