Capítulo XIX.1. Primera parte

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El debut de Camila en Viena tuvo lugar el 11 de noviembre de 1903, día en que en el teatro de la Ópera de la Corte se representó la primera de las ciento ocho funciones que esa temporada se llevarían a cabo de Los cuentos de Hoffmann, la obra más ambiciosa de Offenbach, una ópera basada ─de ahí el título─ en cuentos del alemán E.T.A. Hoffmann, que desgraciadamente hubo de concluir Giraud al sorprender la muerte a su autor cuando ya casi la tenía terminada. Se había estrenado en 1881, un año después del fallecimiento de Offenbach, en el teatro de la Opéra-Comique de París y también en Viena a finales de ese mismo año. Ahora regresaba a la capital del imperio austrohúngaro con honores de estreno. El propio director del teatro, Gustav Mahler, dirigía ese día la orquesta.

Viena deslumbró a Samuel tanto como le desconcertó. Pertenecía al selecto club de ciudades de Europa que pasaba del millón de habitantes y era una de sus capitales más importantes. El elegante y moderno conjunto de bulevares que circunvalaban el casco histórico nada tenía que envidiar a París. ¿O sí? Samuel se quedó sorprendido cuando le contaron que el teatro de la Ópera, en plena Ringstrasse, un edificio en estilo renacentista inaugurado en 1869, a pesar de su lujoso foyer, su imponente escalinata imperial, su espléndido y enorme escenario, las bellas estatuas de mármol dignas de la antigüedad clásica, la profusión de frescos en sus bóvedas y techos y la majestuosidad de sus dorados, no acabó de gustar a los vieneses por ser menos alto que el teatro de la Ópera de París proyectado por Garnier.

Sin embargo, el esplendor de la Viena, le había contado Frossard, radicaba en el hecho de haberse convertido en poco tiempo en referente ineludible de la cultura occidental en todos sus campos: literatura, música, arquitectura, pintura, filosofía, pensamiento… Excelente lugar para hacer amistades, es decir, negocios. Vender allí cuadros de aquí y comprar otros allí para vender aquí, le había dicho. William, que ya había estado en Viena, se sentía también fascinado por ella, pero sus motivos distaban mucho de los de Frossard. A su juicio, la capital austriaca simbolizaba mejor que ninguna otra ciudad las contradicciones entre lo nuevo y lo viejo, la modernidad y la tradición, cuya coexistencia estaba a punto de minar los fundamentos sobre los que se sustentaba la cultura liberal del siglo XIX. Muestra de ello era el auge que habían experimentado los salones culturales, cada vez más numerosos, lugares de encuentro y coqueteo entre la intelectualidad y la opulenta nueva clase, cosmopolita y liberal. Muchos de ellos estaban regidos por mujeres. Era el caso de Eugenie Schwarzwald, una mujer judía de 31 años, feminista y socialdemócrata, que había estudiado pedagogía en Zúrich ─la primera universidad europea que admitió mujeres entre sus estudiantes─, casada con un abogado director de un banco, que se vanagloriaba de ser una mujer libre. En su salón ─decorado por el arquitecto Adolf Loos─ se reunía buena parte de la vanguardista intelectualidad vienesa, promotora de la Sezession, de la arquitectura moderna, de la música atonal, del psicoanálisis.

La Schwarzwald había invitado a una de sus habituales reuniones a Camila y sus acompañantes. William ─que había abandonado su empleo de doble de Bruant en el Mirliton, pues Madame Deschamps estaba y se sentía mayor y solicitó su colaboración de cara a un futuro y próximo relevo─ se mostraba encantado, pues entre los asistentes se hallaba su admirado Schöenberg. Madame Deschamps parecía sentirse también a gusto departiendo con otras mujeres de avanzadas ideas, como ella. Camila era el centro de atención, todo eran agasajos, de vez en cuando le pedían que cantara alguna cosa. Samuel, en cambio, se aburría. Hermann ─el esposo de Eugenie─ llevaba casi una hora de palique con él. Había sido un imprudente, pensaba, al comentarle su afición por los buenos vinos. Hermann resultó ser un excelente conocedor del tema y se explayaba a gusto. Samuel hubiera preferido estar con Brigitte en uno de esos fascinantes cafés, halagando sus oídos con los valses de Strauss y deleitando su paladar con un buen champán. En la Viena de principios de siglo XX se podía pasar en un santiamén del ambiente más innovador al más clásico.

Samuel invitó a su amiga Brigitte al estreno de la ópera de Offenbach y compartió palco con ella. Le pidió después que también le acompañara al salón de los Schwarzwald, pero no fue posible, el banquero Seidler ─al que había conocido en Berlín como le explicó por carta─ era un hombre terriblemente celoso al que no sentó nada bien que su amante se dejase ver en público en compañía de un extraño. La relación entre la marquesa y Seidler era conocida, Seidler no solo no la ocultaba sino que alardeaba de ella. Al fin y al cabo era ya un viejo decrépito de setenta años que, en su senilidad, había llegado a creer a pie juntillas la gerontofilia que Brigitte le confesó tener. En realidad, como le explicó a Samuel, no le mintió al expresarle su atracción por los viejos y por él en particular. Eso sí, se cuidó mucho de contarle los verdaderos motivos.

Camila se quejaba de los dolores de la regla y temía no poder actuar al día siguiente. Mejor, pues, retirarse. Acompañada de madame Deschamps se lo comunicaron a Samuel, que vio el cielo abierto pues no sabía cómo librarse de Hermann. Al despedirse de Eugenie Schwarzwald y comentarle la razón de su pronta retirada al hotel, esta le espetó:

―Las mujeres luchamos para ser respetadas como los hombres, si quieres trabajar igual que uno de ellos no debes quejarte de este tipo de malestares.

―A ver si consigo aclararme ─comentó ya fuera Samuel a madame Deschamps, firme defensora de los derechos de la mujer─. Esa mayor libertad de movimientos que como mujeres reclaman, incluyendo el derecho al voto, ¿es solo para gozar de los mismos privilegios que los hombres?

―¿Le parece mal acaso?

―A mí no me parece nada, pero me cuesta entender que quieran ser como los que dicen que las someten. Nosotros, los hombres, somos malos, ingratos, despóticos, llenos de perversas intenciones. ¿Quieren ser como nosotros, madame Deschamps? Si quieren dedicarse a la política, a los negocios, a cosas reservadas hasta ahora a los hombres, ¿no harán lo mismo que ellos?

―Ya está usted otra vez con sus boutades.

―¿Y si nos vamos al hotel?

Camila estaba acostumbrada a las discusiones entre ambos que a Samuel tanto le gustaba provocar. Generalmente le divertían, no había conocido hombre alguno tan condescendiente y permisivo como su padre y, al tiempo, tan escéptico, ni a nadie como madame Deschamps, prototipo de la mujer libre, pero se sentía realmente cansada.

―Yo, mejor daré una vuelta por ahí ─dijo Samuel─. No me apetece encerrarme en la habitación todavía.

―Miedo me da cuando dice que va a dar una vuelta. A ver qué le sucede esta vez. Acuérdese del susto que nos dio en Londres.

Madame Deschamps, y en cierto modo también el mismo Samuel, parecía creer que sobre él pesaba una especie de maldición o de extraña atracción que le acababa conduciendo muchas veces a los lugares más miserables, sombríos y peligrosos.

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Imagen: Wiener Staatsoper. Teatro de la Ópera de la Corte de Viena, siglo XIX.

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