Capítulo XVIII.4

XVIII.4b

Camila y William se gustaron desde el mismo momento en que se conocieron, para satisfacción de Samuel ─que se veía así liberado del temor de ver a su hija casada con uno de los tantos Bonnards que la pretendían─, y se mudaron a una confortable vivienda del bulevar Des Italiens. Con ellos marchó madame Couture, que ya estaba más para que la cuidaran que no para cuidar ella a nadie. Samuel tomó una asistenta que aquella le recomendó, pero que se limitaba a acudir unas horas cada día, y se fue a vivir a Montmartre, a la plaza Du Tertre.

La irrupción de William en la vida de Camila no pudo llegar en mejor momento. El abuelo de Camila había fallecido hacía un par de años y de la muerte de su abuela se cumplían apenas seis meses. Al entierro de ninguno de los dos pudo acudir y durante un tiempo parecía que se apagaba aquella alegría contagiosa tan propia de su temperamento. Ahora, en cambio, se la veía otra vez feliz, tan jovial y vivaracha como siempre. En ello William tenía mucho que ver, discurría Samuel, que próximo a cumplir cincuenta y cuatro años, sentía que se cerraba una importante etapa de su vida sin que, por primera vez, otra tuviera que abrirse obligatoriamente. Había llegado donde había llegado y ya no necesitaba moverse de allí.

Estaba orgulloso de su hija. Quince años habían transcurrido desde que decidiera trasladarse a París con su hija que, como predijera el maestro Sempere, en Alcoi, había terminado siendo una gran cantante. Quince años que, para él, eran los que más rápidamente habían transcurrido desde que llegara al mundo allá por 1849. Su mente recreaba con todo detalle, una y otra vez, los episodios y situaciones que le llevaron a determinar su partida a París para que Camila pudiese continuar los estudios de música.

**

Un par de semanas después, madame Deschamps confirmaba que en noviembre de ese año de 1903 Camila estrenaría en el teatro de la Ópera de la Corte de Viena Los cuentos de Hoffmann.

―¡Viena! Nunca he estado en Viena ─dijo Frossard cuando Samuel le comunicó la noticia.

―Pues vente con nosotros. ¿Sabes quién está ahora allí? Brigitte.

―¡No me digas! ¿Has tenido noticias suyas?

―Hace unos recibí una extensa carta. Ella todo lo hace así, le encantan los extremos. O no sabes nada de ella o de pronto recibes una carta de hojas y hojas.

―Me gustaría, ya lo creo. Pero no puedo. Creo tener un buen negocio entre manos, la venta de unos cuadros de estos modernos. Todo legal, ¿eh? ¿Y qué? ¿Cómo le va? ¿Sigue con el príncipe?

―¡Qué va! Le acompañó hasta Berlín, donde conoció a un banquero vienés, bastante mayor al parecer. Y allí está, sacándole cuanto pueda. Supongo.

―¡Qué mujer! El príncipe no llegaría a sospechar nada, ¿verdad?

―El príncipe se fue a San Petersburgo con su Courbet más contento que unas castañuelas.

―Aún recuerdo la expresión de su cara cuando le entregué el cuadro, se quedó pasmado. ¿No notará Bonheur el cambio? No se preocupe, le decía yo, imposible que se dé cuenta de que es una copia, se lo aseguro. De todos modos, vaya con cuidado, no lo exhiba demasiado. No se preocupe, decía él, soy el primer interesado en no verme envuelto en un escándalo de este tipo ─Frossard no podía reprimir la risa─. Estuvo bien, Samuel, muy bien. Pocas veces me había divertido así. Ni ganado tanto dinero de forma tan fácil. Aún no me lo creo. Es que, date cuenta, después de pagar a los actores ─¡qué bueno el que hacía de Bonheur¡, ¿eh?─, a mi tío por dejarnos la casa, a mi amigo que nos pintó el cuadro y alguna otra cosa que se me olvida, nos quedaron nada menos que ciento cincuenta mil francos limpios a cada uno. Cuando veas a Brigitte en Viena pregúntale si al banquero ese le gusta también la pintura.

―No tientes a la suerte, Frossard ─Samuel hablaba también entre risas.

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Imagen: La plaza Du Tertre en 1900, postal de la época.

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