Capítulo XVIII.2

XVIII.2

La preocupación por el injustificado retraso de Samuel mantenía en vela a Camila y madame Deschamps en el hall del hotel Carlton, si bien esta última estaba convencida de que nada malo le habría sucedido.

―Ya sabes cómo es tu padre. Estará por ahí, en alguno de esos Music-halls que dicen aquí.

―¿Una noche como hoy, después de la representación? No creo.

Camila apremiaba al recepcionista, que no dejaba de telefonear a los hospitales londinenses por si conseguía averiguar algo. Las acompañaba un joven que se hospedaba en el mismo hotel y que, atraído por la belleza y el renombre de Camila, pensó que, dada la situación, tal vez podía galantear con ella. Ciertamente estaba apurada; el joven se mostraba solicito y trataba de darle ánimos.

Llegó por fin Samuel hecho unos zorros, con unos viejos zapatos que no eran los suyos. Su sola presencia tranquilizó a Camila, era evidente que estaba bien. Pasados los primeros momentos de desconcierto, Samuel se fijó en el joven. No se lo podía creer: el maldito Bonnard.

―¿Qué hace aquí el mentecato este? ─preguntó en un aparte a madame Deschamps, que no pudo por menos que echarse a reír.

―No ese al que tanto aprecio me contó madame Couture que tiene ─dijo riendo madame Deschamps.

―¿No?, pues se le parece. Claro que estos tipos son todos iguales.

Madame Deschamps se lo presentó. Chapurreaba el francés. Samuel le preguntó a qué se dedicaba.

―Trabajo en el Banco de Inglaterra, soy adjunto al gobernador, le respondió.

―¡Oh!, ¡qué bien! Un trabajo sin duda fascinante.

―Bueno, tampoco es que…

Samuel no le dejó terminar la frase. Dijo necesitar una copa urgentemente. Llamó a un camarero y pidió un whisky.

―¿Un whisky usted? Creí que no le gustaba.

―No me gusta. O más bien: no me entusiasma. Pero no querrá que desperdicie una botella de champán con este fantoche. Seguro que se apunta.

―Menos mal que no le ha oído.

El joven hablaba con Camila, que ya se había tranquilizado.

―Lástima, pues.

―¿Nos vas a decir de una vez qué te ha pasado? ─terció Camila

Samuel explicó más detenidamente lo sucedido. El joven ─que respondía al nombre de Brosey, o Brosley; no lo entendió muy bien─ manifestó su contrariedad por el contratiempo.

―Puede que usted se metiera en la boca del lobo sin darse cuenta, pero es que en todas partes cada día son más frecuentes los asaltos a honrados ciudadanos. Es una pena que no cogieran a esos desaprensivos y se les escarmentara como se merecen.

―¿Y cómo debería ser ese castigo? ─preguntó Samuel.

―Una buena temporada en la cárcel no les vendría mal, o si no que los deporten a las colonias, que aprendan lo que es trabajar. ¡Menudo atajo de sinvergüenzas!

―¿Sabe? Yo, en su situación, creo que hubiera hecho lo mismo.

―No lo dirá en serio.

―Créame que sí. No se puede ir exhibiendo sin ningún tipo de pudor la buena suerte de uno en medio de la más absoluta miseria.

―¿Es que un ciudadano libre no puede ir donde le plazca?

―Claro que puede, yo lo hecho, pero hay que apechugar con las consecuencias.

―¿Justifica usted, entonces, desmanes como este?

―Yo no justifico nada, pero sí, me parece una acción legítima.

―¿Considera robar una acción legítima?

―Depende de a quién. ¡Yo que sé!

Brosey, o Brosley, interesado como estaba en Camila, no se aventuró a proseguir la conversación. Dio un sorbo a lo que contuviera el vaso que tenía en la mano ya cuando llegó Samuel y preguntó si podía invitarles a tomar algo.

―Es muy tarde. Desearía descansar, demasiadas emociones y demasiados whiskys.

Dio un beso a Camila y se retiró a su habitación, no sin antes decirles a ella y a madame Deschamps que deberían hacer lo mismo, que también para ambas había sido una noche agitada y que su hija no podía arriesgarse a que su voz se resintiera bajo ningún motivo.

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Imagen: “The Cafe Royal, London” (1912). William Orpen.

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