Capítulo XVIII.1. Tercera parte

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Samuel hizo lo que el estrafalario personaje le aconsejaba. Llegando al extremo de la calle, sin embargo, vio bajo un farol una pequeña que no tendría más de cinco o seis años, sentada en el suelo, con un mendrugo de pan, con el que más jugaba que comía, seco y duro. Le miraba fijamente, con esa falta de pudor que caracteriza las miradas de los niños. No pudo más que detenerse. Aquel rostro demacrado, aquellos enclenques brazos y piernas, el vestido hecho jirones, las manos y cara sucias… Había visto tantos niños así, él era uno de ellos, y su amigo Esclafit, y sus hermanos, y tantos otros… Rostros que reflejaban la ausencia de esperanza alguna ─sin ella habían nacido y nadie les había hablado de su existencia─, de congénita tristeza y total indiferencia, rostros familiares que conocía al dedillo, con los que había crecido y que veía también reflejados en el recuerdo de aquellos galibis de los que había hablado con Skull. Era una niña rubita, de grandes ojos que se hundían en el rostro pero de mirada inexpresiva. Podría pasar por un ángel con un buen baño y ropa limpia, cambiar su aspecto costaría menos que una botella de champán, pero ¿y su mirada?, ¿cómo podría su mirada convertirse en la de una niña dichosa, feliz?, ¿cómo cambiar su vida? Las notas de “Caro nome” volvieron a repetirse en su mente, desnudándola de oropeles sentimentales y efímeros placeres, algo se había encendido en su ánimo que le quemaba con la intensidad de la música, que seguía sonando en su interior enfatizando la situación y acrecentando sus emociones. Samuel le sonrió, la niña hizo un gesto, una mueca cercana una sonrisa. Echó mano de la cartera, sacó un billete de cinco libras y cuando iba a entregárselo sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo, inconsciente.

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―¿Se encuentra bien? ¡Eh, oiga! ─un hombre de unos treinta y pocos años, alto y corpulento, sacudía a Samuel, que empezaba a recobrar el conocimiento─, ¿se encuentra bien?

―Sí, estoy bien. Me duele la cabeza.

―Hombre, tiene usted un chichón de mucho cuidado.

Samuel se levantó del suelo. Le habían robado la chaqueta ─con la cartera, por supuesto─, el reloj y ¡un zapato!

―¿Me ha robado un cojo? ─comentó Samuel quitando hierro al asunto.

―Mire, allí está el otro zapato. Sus atacantes, un par de jovenzuelos, han salido corriendo en cuanto he gritado ¡policía, policía!

A pocos metros, efectivamente, estaba el zapato que le faltaba, en el suelo. Aquel individuo, que pasaba casualmente por allí, se dirigía al Wilton’s, un Music-hall del East End en el que se representaban, entre otras, obras de Gilbert y Sullivan y gozaba de gran popularidad. El extraño percibió enseguida que Samuel no era inglés, ni británico. No hacía falta ser un hombre de mundo para darse cuenta del acento y pronunciación de su inglés, más que limitado, pero en este caso se trataba de alguien que había recorrido buena parte del mundo “civilizado”.

―¿Es usted francés, verdad? ─preguntó en la lengua de los galos.

―Soy español, pero no va usted desencaminado, llevo bastantes años viviendo en París.

Samuel, una vez repuesto del incidente, creyó reconocerlo. Le pareció que era Aristide Bruant, el conocido cantante, compositor y dueño del Mirliton, uno de los más afamados cafés de París, y anteriormente reclamo de Le Chat Noir. Vestía completamente de negro, llevaba el pelo largo cubierto con un sombrero, también negro, de ala ancha. Solo le faltaba la bufanda roja. Además, hablaba en francés, y correctamente.

―Yo a usted lo conozco. Creo.

―No siga, ya sé que va a decirme que soy Aristide Bruant. Me ha pasado otras veces. Pero no, no soy Bruant.

Se presentaron. El hombre que le auxilió respondía al nombre de William Sutherland y le explicó que era el doble de Bruant.

―¿Su doble?

―Bruant se cansó y se retiró. Vive en Courtenay, en una gran casa, rodeado de perros y servidumbre, pasando el tiempo con la caza y la pesca. El Mirliton sigue dándole buenos ingresos, pero él ya no actúa, utiliza dobles, como yo. Voy casi siempre vestido así porque de vez en cuando hay alguien que, como acaba de sucederle, me confunde con él y eso me divierte. Además, a alguna que otra copa suelen invitarme cuando se da el caso. Bruant paga bien pero no puede decirse que sea espléndido precisamente.

William, estadounidense de nacimiento, neoyorquino, aunque de padre irlandés y madre francesa emigrantes a la nueva gran potencia que ya se conocieron allí, era clarinetista, pianista y compositor. Viajaba por Europa para estudiar más a fondo su música. Había trabajado para la Smithsonian Institution, de Washington, desde su sección de Etnografía, en la recuperación de la música autóctona norteamericana, especialmente la de los negros. Sentía gran admiración por esta música popular y creía que podía aportar grandes cosas al lenguaje universal de la música, lo que solo sería posible si estaba presente toda clase de composiciones y en toda clase de conciertos, en cualquier tipo de obra lírica, suites o en música de salón. Por ello, e influido por las ideas de Dvořák, de quien había sido alumno en el conservatorio de Nueva York, investigaba las distintas maneras en que los europeos habían integrado la música de origen popular en la música culta. Dvořák opinaba que el futuro musical de los Estados Unidos se construiría partiendo de las melodías negras. William había compuesto algunos ragtimes y canciones, pero sin demasiado éxito. En 1899 pasó a ser uno de los integrantes de la banda de John Phillips Sousa, una formación tremendamente popular en su país que representó a este en la Exposición Universal de París de 1900. No regresó a Estados Unidos, se quedó un tiempo en París y viajó luego por Europa central, pero sus recursos económicos eran limitados y pronto se quedó sin dinero. Fue entonces cuando volvió a París y consiguió el puesto como doble de Bruant en el Mirliton. Ahora, que el cabaret estaba cerrado por obras, se hallaba en Londres a fin de continuar sus investigaciones.

William invitó a Samuel a un café caliente ─odiaba el té; tampoco le gustaba a Samuel─ y le dejó dinero para que pudiera regresar al hotel. Samuel quiso corresponderle invitándole a comer al día siguiente y a asistir a la función del Covent Garden. William le agradeció el gesto, pero partía ya para París, en menos de veinticuatro horas. Además de darle sus señas, Samuel prometió ir al Mirliton ─del que, por otra parte, era cliente habitual, si bien hacía tiempo que no se dejaba ver por allí─ y devolverle personalmente el dinero prestado.

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Imagen: Una de las fotografías del libro Spitalfields Nippers (Spitalfields Life Books, 2104), que realizó Horace Warner entre 1900 y 1901 en Spitalfields (East End) de los niños que iba encontrando en sus calles.

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