Capítulo XVIII.1. Segunda parte

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Samuel deambuló por las iluminadas calles cercanas al teatro. Era de noche, una noche rara para Londres, calurosa y estrellada. A medida que avanzaba hacia el este, las calles se estrechaban y perdían resplandor y esplendor. No sabía dónde estaba, pero el silencio, la soledad, el abandono, la oscuridad, le indicaban que había elegido una mala ruta. La miseria no está lejos del bienestar, pensó Samuel, que apenas había caminado una hora. Junto al pestilente canal de Soochow Creek vio dos cadáveres abandonados a las puertas de un edificio. Era la morgue. Ya había cerrado sus puertas y quien los hubiese encontrado los depositó allí, puede que molestaran en el lugar del crimen, pues era evidente que habían sido asesinados, sus semblantes mostraban el horror de una muerte inesperada solo advertida en el último momento. Uno de ellos era el de un hombre de mediana edad ─tal vez un obrero, puede que un vagabundo; difícil distinguir uno de otro únicamente por la vestimenta, pobre y exigua─, su cara estaba ensangrentada por una ancha herida en la frente. Alguna pendencia, alguna borrachera, tal vez un ajuste de cuentas, o un simple malentendido. Miseria en todo caso. Junto a él, una mujer joven, hermosa, con bata blanca teñida de rojo, más intenso a la altura del pecho. ¿Un engaño, la venganza de un amante desesperado, la respuesta de un chulo a un comportamiento “inadecuado” de “su” prostituta? Más miseria, desesperación, degeneración también.

Se hallaba en pleno East End, en el distrito de Whitechapel, especialmente famoso a raíz de que en 1888 Jack el Destripador matara, y se ensañara mutilando sus cadáveres, al menos a cinco mujeres. Numerosas prostitutas poblaban las calles, unos viejos faroles con cristales tan sucios que apenas dejaban traspasar la ya de por sí tenue luz que desprendían, señalaban la presencia de diversos antros, lóbregos y peligrosos para cualquier extraño.

Entró en uno de ellos. Tuvo que atravesar un oscuro patio al fondo del cual se distinguía una exigua luz en una puerta que daba acceso a una sala de variedades sin nombre alguno. En la fachada solo se leía en una vieja chapa oxidada de latón Music-hall. Era un local sucio, con el suelo de tierra lleno de porquería. El mostrador estaba cargado de botellas y el resto de la sala permanecía casi a oscuras. Toda clase de sujetos, la mayoría andrajosos, tan sucios como el resto del local, viejos casi todos ─o sumamente desgastados por el paso del tiempo─, bebían cerveza en grandes cantidades, y whisky, acompañados algunos de viejas prostitutas, de ajados rostros y grises cabellos adornados con rosas marchitas, con la blusa abierta, que ofrecían sus servicios y los de algunas jóvenes de unos catorce o quince años, de lívidas mejillas, vestidas con mugrientas y raídas sedas y terciopelos, todo ello en medio de un griterío infernal.

Un par de jovencitas se quitaban la ropa al son de conocidas melodías a las que el propio dueño del local ponía letra, pues nadie tenía dinero suficiente para pagarse un letrista.

―¿Le gustan? ¿Quiere pasar un buen rato con alguna de ellas? ¿O prefiere…? ─le preguntó un sujeto con evidente síntomas de embriaguez.

―Deja al señor en paz ─escuchó que decía alguien.

Un hombre que tendría más o menos la edad de Samuel, al menos de apariencia, de rostro cuarteado, curtido por el sol, sin afeitar, cuya afilada mirada, férrea y agresiva, reflejaba un temperamento duro, recriminaba al pesado beodo. Sus modales respondían a los de un tipo rudo, a la vez que astuto y osado, puede que temerario y cruel. Vestía una amplia y sucia camisa azul y viejos y anchos pantalones negros que sujetaba con un gran cinturón del que pendía un machete.

Samuel, que apenas hablaba inglés, expresó con cierta dificultad su propósito de irse, tenía cosas que hacer y era tarde.

―¿Es usted extranjero, verdad? ¿Español puede ser?

Ante la respuesta afirmativa de Samuel, aquel hombre, que se llamaba, o se hacía llamar, Skull, empezó a hablar en castellano, con acento de algún país latinoamericano que Samuel no supo adivinar.

―Ande, tome una copa conmigo, no sabe dónde se ha metido. Aquí, si no va con cuidado, le robarán hasta el alma.

Los intentos de marchar por parte de Samuel fueron infructuosos ante la insistencia del desconocido. Por otra parte, sentía curiosidad por indagar en aquel mundo de indigencia y penuria económica y moral tan olvidado y tan cercano. Aceptó un vaso de whisky. Ni por asomo era su bebida preferida, pero a ver quien tiene los arrestos suficientes para pedir champán en un lugar así.

Una vieja, fea, o afeada, sin párpados ni dentadura, empuñando una copa vacía con evidentes muestras de haber consumido ya unas cuantas, pidió que le pagasen una pinta. Samuel pidió una para ella ante el contrariado gesto del hombre. Con la pinta en la mano, la mujer se subió a un banco y, con voz ronca y aguardentosa, brindó por el simpático señor que nos honra con su compañía. Al instante se acercó un joven vestido con extravagante ropa de colores y sombrero de copa rojo sin la tapa del mismo ofreciéndoles cantar algo. El desconocido lo apartó de un manotón.

―Permítame que me presente. Me llamó, Skull.

―¿Skull? ─preguntó Samuel extrañado─. No me cuadra con su acento. ¿De dónde es usted?

―Soy argentino, señor mío. Skull es como me conocen todos aquí, así que ese es mi nombre. ¿No sabe qué significa Skull? ─Samuel se encogió de hombros─. Cráneo, amigo, significa cráneo, cabeza.

―Por su sensatez, supongo. Veo que sabe obrar con cautela.

―No señor, no. ¡Sensatez! ─y soltó una enorme risotada─. Con eso no hubiera llegado a ningún sitio. Por las cabezas de los demás. ¿No ha oído hablar de los coleccionistas de cráneos?

Samuel le miró de arriba abajo. Advirtió el machete.

―¿Se dedica a cortar cabezas humanas? ─preguntó atónito.

―¿Humanas? ¡Jamás! ¡Andá a la reconcha de tu madre! ¿Por quién me toma usted? De todos modos, cabezas ya no se cortan apenas, ahora se prefiere el bicho entero. No me confunda con uno de esos desesperados aventureros que están a la que caiga. Soy un hombre de negocios. Verá. Yo era cazador de animales y los vendía a los zoológicos, pero pronto la gente se cansó de ver fieras, ya no era novedad, quería otras cosas. Me dediqué entonces, le hablo de hará unos veinte o veinticinco años, a lo que algunos ignorantes llaman zoos humanos. Tiene narices la cosa. ¿Humanos? Si así fuera, quien acudiera a ver a los salvajes es que no se diferencia de ellos. No, amigo, no. Yo cazo bichos de apariencia humana.

―Recuerdo haber visto en París…

―¿En París? Entonces, sí. Debe haber visto en el jardín de no sé qué…

―El Jardín de Aclimatación.

―Eso es, amigo. ¡Un éxito! Estuvo usted allí, claro. Todo el mundo pasó por el dichoso jardín ese. ¿Qué vio?

―No recuerdo el nombre de su… ¿especie?

―Digamos especie. Está bien.

―Aunque a mí me parecieron tan humanos como nosotros, el color de su piel algo rojizo, pero por lo demás…

―Creo adivinar que no le gustó.

―No. La verdad es que no. Había quienes les arrojaban alimentos o cualquier cosa para ver cómo reaccionaban. Reían a todo pulmón con su manera de comportarse. Vi cómo un grupo se desternillaba al ver una mujer enferma temblequeando en su choza.

―Serían los galibis, seguro. Fue un gran éxito. Pero le entiendo. Es usted una persona sensible. Mal asunto, amigo mío, este mundo no es para los sensibles. De todos modos, no se engañe, no son seres humanos. No es que se lo diga yo, lo dice la ciencia, y la razón. ¿Cree usted que un estado como el francés consentiría los asesinatos? Y no crea que es exclusivo de Francia, exhibiciones de este tipo se pueden contemplar en Hamburgo, Londres, Barcelona, Nueva York, Ginebra… ¿Se han vuelto todos locos acaso?

La mirada de Samuel reflejaba el desconcierto que sentía oyendo a Skull, no tanto por lo que decía como por la manera en que lo hacía.

―¿Le sorprende que hable así? ─prosiguió Skull─. Aquí donde me ve, tengo mi cultura y mis estudios de antropología. Unos empresarios circenses se pusieron en contacto conmigo precisamente por esto último. La gente estaba harta de ver animales, como le decía, ya no eran novedad alguna. Y así empezó la cosa. Luego me independicé. Nada de intermediarios, directamente con los máximos responsables. En 1881 el profesor Virchow, de Berlín, me encargó la captura de un centenar de primitivos de la Tierra del Fuego. Por supuesto, con el beneplácito de los gobiernos chileno y alemán. Era una misión científica. Primero fueron expuestos en diversas ciudades y, después, sirvieron para la experimentación en laboratorios y hospitales. Hasta el rey Leopoldo II de Bélgica me mandó a una misión para la Exposición Universal de Bruselas de hace cuatro o cinco años. Nada menos que casi trescientos negros del Congo, de todas las edades. Le traje también otros animales. En fin, un negocio como otro cualquiera, aunque duro y arriesgado, se lo aseguro. Qué hago en un antro como este, se preguntará. Reclutar gente para la próxima expedición. A África.

―Bueno, yo he de marcharme.

―Como quiera, amigo, pero antes acabe el vaso ¿no?

Samuel apuró el whisky de un trago e inmediatamente el camarero, desde detrás del mostrador, volvió a llenar el vaso. Samuel sacó un billete de cinco libras para que se cobrase y salir de allí.

―¿Qué hace? ¿Se ha vuelto loco? ─exclamó Skull al tiempo que cogía el billete, aún en la mano de Samuel─. Por menos, aquí pueden rebanarle el cuello. Esconda eso ─le metió las cinco libras en el bolsillo y le dio al mozo un par de chelines─. Aún sobra ─añadió─. Vamos, le acompañaré a la calle, pero antes permítame que le enseñe el suntuoso local al que le ha conducido su temeridad.

Skull cogió del brazo a Samuel y lo llevó a una primera estancia situada en el piso de arriba a la que se accedía por una escalera, junto a la entrada del establecimiento. La oscuridad era casi absoluta y le costó llegar a distinguir la gran cantidad de hombres y mujeres que descansaban, dormían o dormitaban en el suelo o apoyados en las mesas y bancos, echados unos sobre otros.

―Es gente que no tiene dónde caerse muerta, vienen aquí, toman una bebida cualquiera y pueden permanecer en esta habitación hasta el cierre el establecimiento. Ya ve, amigo, así es la vida. Ande, vámonos, le noto agobiado.

Una vez fuera, le indicó que fuese en línea recta hasta el final de la calle, siempre por el medio de la calzada, evitando los cruces con los oscuros callejones. Al final de la misma, nada más girar a la derecha, encontraría otro Music-hall de bastante mejor reputación que el acababa de abandonar y le sería fácil coger un coche.

_______

Imagen: Los “zoos humanos” estuvieron muy de moda desde principios de década de 1870 hasta la de 1930, manteniéndose en algunos casos hasta hace poco más de medio siglo, como muestra la fotografía de cabecera de una “exposición etnográfica” en Bruselas en 1958.

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