Capítulo XVIII.1. Primera parte

XVIII.1_1abEl coqueto Théâtre des Variétés del boulevard de Montmartre, a pesar de no ser un sitio barato, llenó sus mil doscientas butacas de terciopelo granate a diario en las más de doscientas representaciones que se ofrecieron de La belle Hélène. El licencioso mensaje de la obra, que tanto escandalizó en el momento de su estreno, en 1864, mantenía toda su actualidad, aunque el público parecía ajeno a la corrosiva sátira en la que Offenbach había invertido los roles de sus protagonistas y montado una extravagante historia en la que Elena no era más que una frívola mujer, Menelao un cornudo y el sumo sacerdote un corrupto.

Con La Belle Hélène Camila alcanzó un notable éxito. La crítica destacó su vis cómica y su gran desenvoltura sobre el escenario. Era tremendamente expresiva, se notaba que se divertía en el papel y su viveza resaltaba todavía más la atrevida picardía de la obra. A pesar de su liviano cuerpo, ella sola llenaba la escena, toda sensualidad, nada fría. La más hermosa para todos / la rubia Elena hija de Leda soy / pero a pesar de mi decoro / de boca en boca siempre voy… Todas quisiéramos ser fieles / a nuestro esposo y el pudor / pero perdemos los papeles / delante de un bello varón. La frescura de su luminosa voz, que tan bien se desenvolvía en agudos y coloraturas, y un punto de fingida inocencia en sus gestos dotaban a su papel, y a la obra en general, de una mayor verosimilitud. Por momentos, daba la impresión que Offenbach la hubiera escrito pensando en Camila. Esa fue, cuanto menos, la sensación de Samuel, que disfrutó como nunca de la representación. Se sabía La Belle Hélène prácticamente de memoria, había asistido regularmente a los ensayos, pero el día del estreno, con el teatro a rebosar y rodeado de una expectación general y contagiosa, fue posiblemente uno de los más felices de su vida.

Marcha a Citera, marcha a Citera, marcha a Citera, cantaban a coro los actores en medio del entusiasmo general al final de la representación. El público les seguía dando palmas y algunos que, como Samuel, conocían la obra con más detalle, se sumaban al canto: Marcha a Citera, marcha a Citera, marcha a Citera. Estaban tan felices como los desocupados dioses del Olimpo, ni a unos ni a otros aterraba el presente. La vida era extraordinariamente cautivadora, sumamente atractiva, sobre todo para los que tenían dinero, y la mayoría de los asistentes esa noche al Théâtre des Variétés tenían al menos el suficiente para soslayar cualquier posible percance que pusiera en peligro su vida cómoda, para no detenerse a pensar en catástrofes. ¿Hecatombe? ¡Por Dios! Solo algunos agoreros podían imaginar una cosa así. ¡Pero si el mundo se preparaba para la paz! Desaparecidas las sombras de la gran depresión, el nuevo siglo anunciaba una época de expansión y prosperidad jamás conocida. La sociedad avanzaba hacia una época de bienestar sin límites.

La Belle Hélène consagró a Camila como una excelente soprano lírica ligera. Varios recitales y su papel de Elvira en la reposición de I puritani, de Bellini, la auparon a lo más alto. Madame Deschamps supo aprovechar bien la coyuntura y le consiguió el papel de Gilda en Rigoletto, de Verdi, que se estrenaría en el Covent Garden de Londres a principios de 1902.

**

Nunca había estado Samuel en Londres. Cuanto leía sobre la capital británica que, con sus tres millones de habitantes era la mayor metrópoli del mundo, no le animaba precisamente a cruzar el canal. La City londinense era el centro de las transacciones internacionales, las importantes inversiones británicas y su potente marina mercante reforzaban su función de centro de la economía mundial, cuya base monetaria era la libra esterlina. El mercado internacional de capitales pasaba necesariamente por las decisiones que al respecto se tomaban en la capital del Reino Unido. La revolución tecnológica de finales del siglo XIX había hecho aún más potente a la industria británica. Sin embargo, París seguía siendo el gran centro cultural y mundano del orbe, de donde nacían las vanguardias artísticas, las novedades literarias y musicales, la cultura en general, donde el ocio contaba con mayor oferta para adeptos a cualquier clase de pasiones; difícilmente había tiempo para aburrirse. Londres producía, pero París sabía sacarle mayor provecho a lo producido. París había ganado la partida de la popularidad y superaba a la capital británica en número de visitantes. Sus teatros ─en los que la representación no se limitaba a lo acaecido sobre el escenario─ no tenían parangón a pesar del auge de las producciones musicales de Gilbert y Sullivan. ¿Para qué ir?, se preguntaba. En todo caso, se decía, por viajar en barco, no lo había hecho nunca. Ahora, en cambio, no dudaba, ardía en deseos de ver cantar a su hija en aquella urbe que le parecía tan pendiente de ella misma como aparentemente sobrada.

Una inoportuna gripe le impidió asistir al estreno de Rigoletto en el elegante y lujoso teatro londinense en que tenían lugar las más afamadas representaciones de ópera y ballet. Como quiera que se complicó con una neumonía, llegó a Londres cuando la obra ya llevaba un mes en cartel. Sabía que Camila había conseguido un nuevo triunfo en el papel de Gilda. Además de las conversaciones telefónicas con Camila y madame Deschamps, lo había leído en la prensa de París y hasta había recibido una carta de su amigo Esclafit dándole la enhorabuena. ¡Incluso a Alcoi había llegado la noticia! Seguía la representación desde un palco, acompañado de madame Deschamps, con la tranquilidad de conocer de antemano la buena acogida del público que, como todos los días, llenaba la sala.

―Esa música…

Samuel no conocía Rigoletto. Estaba a punto de finalizar el primer acto y Camila deleitaba la concurrencia con el bello “Caro nome”. Frunció el ceño y permaneció completamente abstraído el resto de la función. Se sintió transportado de repente a su niñez, cuando con su amigo Esclafit escuchó dicha canción mientras esperaban los restos de la pantagruélica cena que Blanes ofreció a un selecto número de invitados. Era la misma música, la que sonaba en esos momentos en el Covent Garden, no había duda. No la había escuchado desde entonces, pero hay sensaciones que nunca se olvidan por muchas huellas que el pasado deje en el ánimo. Permanecen ocultas, en estado de vigilia, cubiertas de ideas, pensamientos, promesas, ilusiones, fracasos y decepciones, pero despiertan al menor indicio de vida con fuerza, devolviéndonos necesariamente al pasado. Han calado demasiado profundamente.

―Necesito pasear un rato y que me dé el fresco, los puñeteros medicamentos que estoy tomando me dejan aturdido ─explicó a madame Deschamps al término de la representación; deseaba estar a solas, su ánimo se lo pedía─. Nos veremos luego en el hotel.

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