Capítulo XVII.3

XVII.3

―Permíteme, querido, que te diga que has mejorado con el tiempo.

―Tuve una excelente profesora, y fui un buen alumno.

Samuel y Brigitte compartían cama, tras haber compartido sus cuerpos, que por otra parte conocían casi al milímetro, en una habitación del Grand Hotel. No en la de ella, mucho menos en la del príncipe ni, por supuesto, en ninguna de las otras que este tenía reservadas para su séquito o posibles eventualidades, sino en otra que Samuel había conseguido en la planta de arriba y en la que, discretamente, recaló ella. Habían estado cenando en un pequeño restaurante de Montmartre y luego disfrutado del distendido ambiente de Eldorado. Frossard había estado con ellos durante la cena, pero luego tuvo que ausentarse. El príncipe se encontraba ─otra vez cuestión de negocios─ en Saint-Denis y pasaría allí la noche. Solos disfrutaron como en los viejos tiempos y, por unas horas, prescindieron por completo de los intríngulis del negocio que se traían entre manos.

Brigitte ─esa era al menos la impresión que tenía Samuel─ seguía igual de espléndida, el paso de los años en nada había disminuido su sensualidad, más bien al contrario, parecía que habían aumentado sus dotes de seducción. También Samuel ─es lo que apreció la ahora marquesa─ era un amante mucho más considerado, más sensible y atento al placer de su compañera, que vivía como suyo. ¡Qué diferencia respecto a la primera vez que hicieron el amor!, aunque ya entonces advirtió en él un respeto y una delicadeza poco habituales, al menos en los hombres que había conocido. Tal vez por eso decidió en su momento acostarse con él.

―Debo irme ya ─dijo Brigitte; empezaba a amanecer─, no quiero que la doncella entre a mi aposento y lo encuentre vacío. ¿De verdad crees que Frossard lo tiene todo bajo control?

―Dudaba de que fuera capaz, pero ahora estoy plenamente convencido.

―¿Cuándo le entregará el cuadro a Aleksei?

―Mañana, cuando regrese. Le dirá que la copia está prácticamente terminada, que cuenta con un buen equipo de colaboradores totalmente fiables, entre otras cosas porque, e insistirá en ello, deberán estar espléndidamente recompensados. Es la mejor y la única manera de garantizar su silencio. El príncipe es evidente que estará de acuerdo. Puesto que todo está a punto, concluirá, en pocos días tendrá el cuadro. Mientras, es mejor que no nos veamos. Cuando todo haya finalizado me pondré inmediatamente en contacto con usted.

―Este, querido, nos supera. Lástima no haber conocido alguien tan astuto en Barcelona.

―No creo que puedas quejarte de cómo nos fue. Y para la astucia, amiga mía, la tuya. ¡Cómo se tragó el cuento Inglada!

―¡Y el marqués!

―¿Dormimos un rato?

―Yo mejor regreso a la habitación. Tú quédate aquí y descansa, que lo tienes merecido.

Brigitte se vistió, miró que no hubiese nadie en el pasillo, dio un beso a Samuel y marchó.

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Imagen: “Beso en la cama”, óleo de Toulouse-Lautrec (1892).

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