Capítulo XVII.2. Segunda parte

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A las ocho en punto Frossard y Samuel llegaban a la puerta del Terminus. El príncipe, acompañado de la marquesa, lo hizo unos minutos después. Apenas se entretuvo en preámbulos, nada más pedir la cena entró de lleno en el asunto que quería proponerles, aunque no sabía muy bien cómo.

―En primer lugar quiero que quede constancia de que, como ya les dije, no dudo un ápice de su integridad. ¡Dios me libre! Antes he consultado con la marquesa la conveniencia o no de mantener esta conversación, no quisiera que se ofendiesen. Si lo que les diré no les place, mi opinión con respecto a ustedes será la misma que si aceptan la propuesta que voy a hacerles. Espero que, en su caso, suceda lo mismo. Desde que les escuché este mediodía cuando regresábamos de Vincennes una idea me ronda por la cabeza. Al principio me dije ¡qué locura!, y traté de desterrarla de mi mente, pero es superior a mi razón. Supongo que es demasiado mi deseo por poseer ese cuadro, es posible que se haya convertido en una obsesión.

El príncipe hablaba con fingida afectación, al tiempo que se le notaba incómodo. No es que fuera un experto en negocios sucios, en más de uno, y de dos, había estado envuelto, por no mencionar los que él mismo inició, pero no estaba acostumbrado a hacer las cosas sin recurrir al habitual ordeno y mando. Brigitte trató de echarle ─y de echar, a los cuatro─ una mano.

―¿Me permites? Lo que el príncipe quiere decir, igual yo le he animado sin querer, es hasta qué punto las bromas que hacíamos viniendo de Vincennes respecto a la inmerecida pertenencia del cuadro a un sujeto como el que hemos conocido, que no lo aprecia como debiera, podríamos considerarlas en serio.

―¡Brigitte! ─el príncipe creía que estaba siendo demasiado directa.

―Tranquilo, Aleksei, estamos entre amigos. Yo le expliqué al príncipe que, lógicamente, no podía responder por vosotros, pero que en mi opinión, al menos Samuel, al que conozco desde hace mucho tiempo… Disculpe Frossard, no es que dude de usted, ¡ni mucho menos! En mi opinión, decía, son dos personas cultas, amantes del arte y la belleza que, por supuesto, no hacían chanza cuando se referían a lo injusto que resulta que un cuadro no lo posea quien sepa apreciarlo como se merece.

―Eso es lo que hacen quienes, más allá de las modas, aman de verdad el arte, deleitarse, gozar, meditar, con su contemplación, fundirse en ella ─intervino Frossard.

―¿Y cree que un tipo como Bonheur, tosco y ordinario, puede sentir algo así?

―En absoluto.

―Pues entonces…

―Brigitte ¿no estarás sugiriendo que lo robemos? ─preguntó un sorprendido Samuel.

―En todo caso, yo diría que se trata de cumplir con lo que, en definitiva, estoy segura que es la voluntad de todos los pintores. Si no es así, corríjame amigo Frossard. Quieren que su obra sea admirada, no que permanezca olvidada y mal cuidada.

―En eso estoy completamente de acuerdo, marquesa ─afirmó Frossard.

La conversación no tardó en centrarse en lo que resultaba a todos evidente desde el principio de la misma, e incluso desde antes, desde que el príncipe les propuso cenar esa noche. Era, sin duda, el más interesado, pero trataba de mantenerse un tanto al margen del asunto. Apenas hablaba y era Brigitte quien interpretaba y exponía sus pensamientos mientras intercambiaba cómplices miradas con Samuel y Frossard.

―¿No será demasiado arriesgado? ─preguntó Samuel un tanto intranquilo─. Pronto o tarde Bonheur acabará notando su falta, y es evidente que, entonces, los únicos sospechosos seremos nosotros.

―Es verdad ─dijo el príncipe─. Lo último que desearía es que por mi culpa se vieran envueltos en un escándalo.

Frossard adoptó una actitud pensativa, cerró el ojo izquierdo al tiempo que elevaba la ceja, apoyó la barbilla en su mano derecha y levantó la cabeza hacia lo alto. Permaneció así unos instantes y, de repente, como si accionada por un resorte una idea hubiese llegado a su mente, con un ímpetu tal que la hiciese cristalizar enseguida, exclamó:

―¡Un cambiazo! Eso es lo que hay que hacer, un cambiazo.

―¿Qué quieres decir con un cambiazo? ─preguntó Brigitte.

―Pues cambiarle a Bonheur, naturalmente sin que lo advierta, el Courbet por otro falso. Nunca se dará cuenta, ya comenté antes que los más importantes museos están llenos de falsificaciones. Eso sí, tiene que estar muy bien hecho.

―¿Lo crees posible? ¿Tú qué dices? ─el príncipe contestó con una sonrisa de conformidad a la pregunta de Brigitte.

―No quiero ser aguafiestas ─intervino Samuel─, pero ¿cómo hacer una buena copia sin tener el original delante? Estamos hablando, además, de un cuadro que muy pocos han visto ¿quién lo va a pintar?, ¿en basé a qué?, ¿le explicarás tú cómo es?, ¿tan bien recuerdas la composición y los detalles?

―Vaya, no había caído en eso. Pero no es problema. Estoy tan acostumbrado a ver cuadros que mi retina conserva un buen tiempo los colores, la tonalidad, la intensidad de la pincelada… Podría hacerse.

―Te olvidas de otra cosa importante. El cuadro está en una caja fuerte, ¿cómo sacarlo de allí sin saber la combinación de la caja?

―Para eso hay profesionales, Samuel. No es que yo conozca directamente a ninguno, pero sí tengo ciertos contactos, cuya discreción está fuera de toda duda, que saben moverse en ambientes donde la picardía es la principal herramienta para salir adelante.

―¿Y quién pintaría el cuadro? ─esta vez era Brigitte quien ahondaba en los detalles.

―En Montmartre, y con mi oficio, comprenderán que he visto de todo. Este amigo mío, del que comentaba al mediodía cuando regresábamos de Vincennes, que tiene colgados cuadros en importantes museos, con la firma de otros, claro está, estoy seguro que se avendría a cualquier trato que le reporte una suculenta prima.

―El dinero ya les dije que no iba a suponer inconveniente alguno ─volvió a intervenir el príncipe.

―Su sigilo está garantizado, él es el primer interesado en mantenerlo, al fin y al cabo vive de eso. Podría hablar con él.

―¡Hágalo ya!

El príncipe comenzaba a impacientarse. Cuanto escuchaba le llevaba a concluir que si no llegaba a poseer el cuadro sería por su propia negligencia, le daba igual tener ante él un par de truhanes o desinteresados amantes del arte, así como que lo hicieran por diversión, por interés o por la amistad que unía a Samuel con la marquesa, solo pensaba en el cuadro, nunca había estado tan cerca de poseerlo. Samuel, no obstante, seguía poniendo problemas.

―Aun así, sigo creyendo que es una operación nada fácil. Imaginemos que ya está el cuadro falso pintado, que en nada se nota que no es el original, y que un experto cerrajero se presta a abrir la caja, una nimiedad para él, asegura, ¿cómo hacer el cambio si el pesado de Bonheur siempre está en casa?

―Nadie ha dicho que fuera fácil, solo posible, aunque tampoco presenta demasiadas dificultades. Tus objeciones las comprendo, son lógicas, pero son peccata minuta. Es cuestión de estudiar con detenimiento todas las circunstancias.

―Pues estúdienlas, amigos, estúdienlas, no se arrepentirán, se lo aseguro. Ahora bien, obren con cautela, con mucha precaución.

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Imagen: Café Terminus. Estación de Saint-Lazare (el Terminus, a la izquierda), 1900.

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