Capítulo XVI.3

XVI.3

La isla del Bois de Boulogne se hallaba iluminada con miles de luces eléctricas, parecía un formidable ramo de flores y de lámparas incandescentes. Largas filas de guirnaldas e iluminados festones adornaban las distintas vías y senderos del bosque. Cada quince minutos luces de bengala salían despedidas de entre los arbustos, hábilmente combinadas con poderosos focos y proyecciones eléctricas. El cielo se cubría de fulgurantes colores creando un fantástico escenario que realzaba aún más los lujosísimos trajes de las respetables señoras. Los invitados ─todos del París más selecto, con el alcalde a la cabeza─ accedían al recinto entre una doble fila de lacayos vestidos a la francesa, al final de la cual eran recibidos por el príncipe Aleksei y la marquesa de Loix. Era pública y notoria su relación de amantes, pero eso en París no tenía trascendencia alguna, al menos en el París allí representado.

Samuel y Frossard miraban atónitos a uno y otro lado. A buen seguro eran los más humildes de cuantos allí se hallaban, y eso que ambos estaban muy lejos de ser económicamente unos necesitados, más bien al contrario. Como todos, pasaron por entre las dos filas de veinte lacayos cada una. Brigitte, que no estaba segura de contar con la presencia de Samuel, se alegró de corazón al verlo y lo celebró con la efusividad que la caracterizaba. Estaba espléndida, con un vestido de gasa dorado, a tono con su inseparable mascarilla, y pepitas de plata, un gran cuello de marta cibelina y sombrero de paja blanca adornado de rosas. Nadie fue recibido tan afectuosamente como Samuel. Y eso que decías no conocerla. Frossard no daba crédito.

A las ocho se sirvió una cena de doscientos cubiertos en una gran galería que se levantó ex profeso para el evento junto a la entrada principal. El menú comprendía, entre otras exquisiteces, berenjenas a la española, filetes de lenguado a la veneciana, escalopes de rodaballo gratinados, capones a la portuguesa, bogavante a la parisienne, paté caliente de faisán, cassolettes Princesse, souffles a la Reine y toda clase de delicatesen. Era evidente que el príncipe no había reparado en los gastos. Baste decir que el Chateau-Laffite de 1864 se servía en botellitas ordinarias como si de vino común se tratara. Las mesas estaban adornadas con artísticos centros de camelias y de orquídeas. A Samuel y Frossard los acomodaron en una mesa bien situada, muy cerca de la presidencia, que compartían con unos turcos de la zona de su país que pertenecía al imperio ruso que apenas hablaban francés, lo que ambos celebraron.

―Vaya recibimiento que te ha hecho la marquesa, y no deja de mirarte y de sonreírte. Dime la verdad, ¿tú y ella…?

―Es una larga historia, algún día te la contaré.

Al dar las once empezó el baile. Una gran orquesta ─compuesta por músicos de la Ópera de París─, interpretaba junto al lago, engalanado para la ocasión con luminosas cascadas y rayos de cambiante luz, valses de Strauss, Von Suppé y Waldteufel, sin olvidar las composiciones más de moda y las aportaciones de músicos rusos como Glinka. El príncipe y Brigitte se acercaron a hablar con Samuel y Frossard.

―Por fin libres, al menos un rato. Ya saben ustedes lo que son estos compromisos. Ahora podremos hablar tranquilamente, no saben las ganas que tenía. Ante todo, amigo Samuel, muchas gracias por no hacer caso omiso de mi ruego. Y usted, querido Frossard, ¿qué me dice del cuadro? ─el príncipe estaba ansioso y no hacía nada por disimularlo─. ¿Ha podido averiguar algo de él? Disculpe que vaya tan directo al asunto, pero supongo que ya le habrá explicado nuestro común amigo cuánto significa para mí esa obra. Diga, dígame, ¿qué sabe de él?

―La verdad es que no gran cosa.

―¿Pero conoce su paradero?

―Pues verá, alteza. Sé quién lo tiene, pero el asunto no se presenta fácil.

―¡Fantástico! Es usted un genio.

―Ahora bien, como le decía, el asunto es complicado, muy complicado.

―Si conoce su paradero ¿cuál es el problema? Pienso pagar lo que sea necesario a su dueño. Iré subiendo la cifra hasta que no pueda resistirse, y le aseguro que llegará un momento en que la cifra será tan escandalosamente elevada que cederá.

―A pesar de los rumores que circulan sobre su poseedor, que si este, que si el otro, le puedo asegurar que se trata de un caballero que vive en Vincennes, en una mansión, en el bosque. Su dueño, un tal Bonheur, es un tipo muy raro, un excéntrico que no sale para nada de casa ni recibe a nadie. De ningún modo venderá el cuadro. Es imposible, el dinero no le interesa en absoluto. Está medio loco.

Samuel no salía de su asombro escuchando a Frossard, al igual que el príncipe era la primera vez que oía tales afirmaciones de boca de su amigo.

―Nada es imposible ─afirmó el príncipe─. Yo le convenceré. ¡Y tanto que le convenceré! No sabe usted con qué clase de personajes me las he tenido que ver en esta vida. Le aseguro que nada es imposible. Desde luego esto no va a serlo. ¿Usted lo conoce?

―Vagamente.

―¿Podría concertar una cita?

―Como le decía, no sale para nada de casa ni recibe a nadie.

―Pues iré yo, mañana mismo. Concréteme sus señas.

―Alteza, lamentaría que alguien de su condición se viera en una situación embarazosa. Ese hombre, ya le he dicho, no rige bien. Sabía que su deseo por poseer el Courbet era mayúsculo, pero viendo la vehemencia con que se expresa, sobrepasa cuanto imaginé. No se preocupe. Le conseguiré una entrevista con él como sea. Cuestión de días.

―Querido Frossard ─el príncipe le dio un abrazo─, sea cuál sea el resultado, aunque insisto en que será favorable a nuestros intereses, nunca olvidaré su diligencia en este asunto, y eso que aún no hemos hablado de la gratificación por su ayuda.

―Eso no tiene importancia.

―La tiene, Frossard, la tiene, y le aseguro que sabré estar a la altura de las circunstancias. Y ahora ¿qué les parece si tomamos una copa de champán?

**

―¿Te has vuelto loco? ¿A qué vienen todas esas historias? Estás jugando con un príncipe ruso, una persona muy influyente. ¿Qué ves a tu alrededor? Los personajes del París más selecto, autoridades, diplomáticos… No estás ante uno de esos fantoches a los que te gusta tomar el pelo en Montmartre. ¿A santo de qué le has contado toda esa sarta de embustes?

―Tranquilo, Samuel, tranquilo. Está todo bajo control.

―Así pues, lo tenías todo calculado. ¡Serás cabrón!

―No hombre, no. Jamás haría una cosa así, te considero un buen amigo y nunca te engañaría.

―¿Cómo puedes explicarme tu actitud, pues? No deberíamos haber venido.

―Yo pensaba decirle lo que habíamos acordado, que es imposible dar con él. Pero cuando el príncipe ha empezado a hablar… ¿Cómo dejar pasar una oportunidad así? Está dispuesto a gastar una auténtica fortuna, creo que deberíamos beneficiarnos de su desaforada avidez por el cuadro.

―¿Se lo vas a conseguir tú acaso?

―Por supuesto. Con tu ayuda.

―¿Y cómo, de dónde, sacarás el puñetero cuadro?

―Todavía no lo sé.

―¿Loco decía que estabas? Mejor corrijo, loco no, eres un auténtico perturbado. A ver cómo salimos de este lío.

Era justo medianoche cuando el cielo se llenó de luz y color con el disparo de un soberbio castillo de fuegos artificiales, que sorprendió a Samuel tanto como las palabras de Frossard al príncipe. Llegó Brigitte y sacó a bailar a Samuel.

―Querido, conozco tus miradas, silencios y gestos mejor que si te hubiese parido. Ese Frossard no sabe dónde está el cuadro. ¿Cierto? O si lo sabe, al príncipe no le está contando la verdad. ¿Me equivoco?

―Me temo que no, sigues tan perspicaz como siempre. Pero no tienes de qué preocuparte, ya me encargaré de deshacer el entuerto. Buscaré una buena excusa para que el desvarío del insensato Frossard no tenga consecuencia alguna.

―No tan aprisa, Samuel, no tan aprisa.

―¿Qué quieres decir?

―Anda, vamos a hablar con tu amigo.

―Pero…

―Vamos a hablar con tu amigo, hazme caso, creo que podremos encontrar una solución mejor para todos, más satisfactoria, especialmente desde el punto de vista económico.

_______

Imagen: “Le chalet du cycle au Bois de Boulogne” (1899), óleo de Jean Béraud.

 

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