Capítulo XVI.2

XVI.2

Puede que fuese cierto que todo era posible en París, cada día más espectacular, lugar de obligada visita para cualquiera que se considerara moderno. Se acercaba el final de siglo y la ciudad empezaba a prepararse para su quinta exposición universal de la centuria, para unos, o para la primera del siglo XX, según otros.

Para el cada vez mayor número de admiradores de la torre Eiffel ─Samuel entre ellos─ la Exposición Universal de 1900 tenía muy difícil mejorar su predecesora de 1889, tal obra de ingeniería parecía imposible de superar. Desde su azotea ─ese día la atmósfera era límpida, había llovido y el cielo estaba libre de la bruma de los días anteriores─ Samuel, Camila, madame Couture y madame Deschamps contemplaban una magnífica vista de la ciudad. Madame Deschamps era la representante de Camila desde poco después de su debut en Sapho. Ménard, el maestro de Camila en París, le recomendó al poco de residir en París a madame Couture, advirtiéndole de su carácter enrevesado pero asegurándole su buen hacer, su rectitud y su honradez. Ménard estuvo acertado, madame Couture supo tratar a Camila con cariño. Además, cocinaba estupendamente. Samuel reconocía sus virtudes y la tenía en gran estima a pesar de las frecuentes discusiones, que formaban parte de su particular relación. No obstante, dos mesdames Couture era demasiado para él, más si acababan siendo dos mesdames Torture. Por eso, a la hora de buscar a alguien que se ocupase de la carrera de Camila se dirigió a su amigo Frossard, quien enseguida dijo conocer a la persona que buscaba: una mujer desenvuelta, decidida, buena conocedora de los entresijos del mundo de la ópera y del espectáculo en general ─hasta hacía poco había sido representante de la famosa mezzosoprano Galli-Marié─, de ideas avanzadas. Samuel se entendió enseguida con ella y la contrató.

La gente paseaba por debajo de los arcos de la torre de Eiffel, a pie, en caballerías, en carruajes, no faltaba algún vehículo a motor. Algunos que probablemente fuera la primera vez que visitaban París no se atrevían a tomar los ascensores que conducían a la cima.

―No entiendo el entusiasmo por este amasijo de hierros. Debe haber costado un dineral, y ciertamente es algo inútil, una monstruosidad ─comentó madame Couture.

―¿Inútil? ─reaccionó madame Deschamps─. No estoy tan segura de ello. Es realmente hermosa y todo un símbolo del progreso.

―Progreso, progreso… Buena excusa para fabricar cosas inútiles y sacar los cuartos a la gente.

―No diga eso. Hace un rato hablaba maravillas de la cocina eléctrica que tiene ahora, y de la estufa, y del abrelatas. ¿Usted que opina, Samuel?

Samuel estaba más cerca de la opinión de madame Couture de lo que manifestaba. Hacía ya un par de años que se retocaba la barba con la maquinilla de afeitar que acababa de inventar Gillette, pero abominaba de una goma llamada chicle que Camila mascaba a cada dos por tres; no le veía futuro alguno al automóvil, del que decía que jamás llegaría a desplazar el tren, pero estaba encantado con el hecho de poder subir en ascensor y evitar las fatigosas escaleras; le parecía una estupidez el bolígrafo, pero no la máquina de escribir que recientemente había adquirido. Sin embargo, las paradojas que encerraba su lógica se desvanecían nada más las dos mesdames empezaban a elucubrar acerca de lo que pasaba, había pasado o pudiera pasar. Era algo que le superaba, pero no podía resistirse: le divertía. Todo momento era bueno para echar leña al fuego, atizándolo como el que no quiere la cosa.

―¿Saben ustedes cuál ha sido el mayor avance para las mujeres? La cremallera. Se acabó la engorrosa tarea de abrochar y desabrochar corchetes.

―¿Para nosotras? ─protestó madame Deschamps─. Y para usted también, ¿no?

―¿Para mí? Yo no llevó corsé.

Las dos mesdames reaccionaron del mismo modo: nada dijeron y le miraron con asombro.

―¿Ven qué fácil es ponerlas de acuerdo?

Camila contuvo la risa.

―Bueno, y ahora decidme de una vez eso tan importante que me queríais contar.

―Espere, que quiero inmortalizar el momento.

Madame Deschamps sacó del bolso una cámara de fotos Kodak que aún no había estrenado y les dijo a Camila y Samuel que se situaran junto a la barandilla.

―¿Otro trasto? ─refunfuñó madame Couture.

―Otra gran invención. Con esta cámara ya no es necesario enviar la cámara a la fábrica para revelar la película, se carga el rollo y luego se quita otra vez, cuando ya no caben más imágenes.

―Pero, bueno, ¿me van a tener así toda la tarde?

―Díselo ya, Camila. Quiero ver su reacción.

―Verás, papá, voy a hacer de Elena.

―¿Elena?

―La bella Elena.

―¿La obra de Offenbach? ¡Magnífico!

El rostro de Samuel emblandeció de ternura. Permaneció unos instantes callado. Madame Deschamps disparó la cámara. Samuel abrazó inmediatamente a Camila y repitió varias veces ¡Magnífico!

―Sabía que reaccionaría así. Bueno, sabíamos, ¿no es cierto?

Camila y madame Couture asintieron con gesto complacido. La última sacó un pañuelo que acercó a su cara. No se adivinaba si se sonaba la nariz o se secaba los ojos.

―¿Cómo ha sido eso? Cuenta, cuenta.

―Poco hay que contar. Uno de tantos actos que van a tener lugar durante la Exposición será la reposición de La Belle Hélène, en el Théâtre des Variétés.

―Es genial. ¡Offenbach! Magnífico ─repitió Samuel por enésima vez.

―No acabo de entender su fascinación por Offenbach. ¿No cree que hay mejores compositores que él?

―Pues no lo sé, no soy ningún experto. Es posible. Pero Offenbach… Offenbach es algo más para mí, me trae muy buenos recuerdos.

―¿Amores, aventuras quizás?

―Un poco de todo, señora mía.

―Deberíamos celebrarlo, papá. ¿Qué tal si vamos a cenar a La Bonne Franquette?

―A La Bonne Franquette y a todos los sitios. Hasta que vuelva a hacerse de día.

―Vamos a casa, nos arreglamos y, si quieres, antes de salir te canto algo de La Belle Hélène.

―Ya me gustaría, ya. Pero no contaba con esto. Tengo un compromiso ineludible con Frossard. Lo dejamos para mañana si os parece.

―¿Con Frossard? ─dijo madame Couture─, pues entonces igual lo dejamos para pasado mañana.

―De verdad, es un compromiso al que no puedo faltar.

―Y que no nos dirá en qué consiste. ¿Me equivoco?

―Se equivoca, madame Couture. Una fiesta que da un príncipe en el Bois de Boulogne.

―¿No puede faltar a una fiesta?

―No puedo faltar a los amigos.

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