Capítulo XVI.1. Tercera parte

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El príncipe, de unos sesenta años, era un tipo espigado que vestía a la última moda de París, con un terno de fino paño inglés, camisa de puño francés cerrado con gemelos de rubí, al igual que el prendedor de corbata, barba cuidada y bigote rizado. Estaba extremadamente pálido. Brigitte le explicó después que sufría de dolor en las articulaciones y abusaba de la morfina.

Esperaba Samuel un aspecto más exótico, nunca había visto a un príncipe ruso. Su amigo Yákov, el único ruso que conocía, desde luego no lo era. Se sentó con ellos y pronto el príncipe empezó a hablar de su afición por la pintura, pues Brigitte le había presentado a Samuel como un viejo amigo que tenía muy buenos contactos en el mercado del arte, un bon vivant que conocía toda la fauna que pululaba por Montmartre. Samuel intentó minimizar las palabras de la condesa con tópicos como no es para tanto, exagera…, incluso en un momento que el príncipe se levantó para ir al baño dejándoles a solas, le pidió a Brigitte que no dijera tales cosas. Esta hizo caso omiso y, al cabo de poco, ya de nuevo en presencia del príncipe, afirmó:

―¿Y ese avispado marchante que conoces no podría echar una mano a mi querido Aleksei? Está desesperado tratando de conseguir un cuadro que…

Y contó de nuevo la historia como si fuera la primera vez. Samuel le siguió la corriente. El príncipe, que había contactado con importantes marchantes y recurrido a todas sus importantes influencias, que no eran pocas, sin resultado alguno, daba ya la batalla por perdida y, para alivio de Samuel, no creyó que un negociante del que no había oído hablar pudiera ayudarle. Brigitte echó un poco más de leña al fuego, añadiendo que, por lo que deducía de lo que Samuel le había explicado sobre él, este no era un marchante cualquiera y conocía muy bien todos los entresijos del mundillo del arte.

―¿Dónde, si no, en Montmartre, donde todo se sabe, puede alguien indagar sobre el paradero del cuadro? Y ese Frossard puede ser el hombre indicado. No es un marchante como esos a los que has pedido su ayuda, que sin moverse de su despacho tienen a la puerta un número tan elevado de pintores con sus cuadros bajo el brazo que ni siquiera pueden atenderlos a todos. Como mucho van a los salones y alguna que otra exposición. Este, en cambio, acostumbrado a ser él quien busca las nuevas promesas pateándose las calles y frecuentado todos los cafés y cabarets, seguro que tiene mejores contactos. Me apuesto lo que quieras. Además, ni pueden tener los mismos conocimientos ni el mismo interés, porque si a los primeros les ofreces una buena cantidad de dinero por el cuadro, por mucho que sea el porcentaje que se lleven no superará, o si lo hace será en poco, lo que de todos modos ganarán si no en un día en dos. ¡Qué más les da! ¿Crees que van dedicar mucho tiempo a una tarea tan complicada? Pero si a tu amigo le ofreces una buena cantidad de francos por el Courbet, no me cabe duda que se volcará en su búsqueda. ¿No es así, Samuel?

―No estoy tan seguro. No creo que él pueda hacer nada.

―Amigo mío, si me permite que le llame así, por ese cuadro no sé qué daría. Medio millón de francos, lo que haga falta.

El príncipe había cambiado por completo de opinión al escuchar los argumentos expresados por Brigitte, totalmente lógicos, cargados de razón a su juicio. Volvía a ver abierta una puerta a la esperanza. ¡Pero qué lista es la muy zorra!, yo no he dicho, que recuerde, nada de eso y ha clavado a Frossard, pensaba Samuel, al que, por otra parte, esa era una de las cualidades que más le gustaban de ella. ¡Y con qué facilidad ha convencido al mameluco este!

―No sé, hablaré con él, pero no estoy nada seguro que acepte ─se vio forzado a decir Samuel ante la insistencia del príncipe.

―Pobre hombre ─dijo de pronto Brigitte.

Por delante de ellos pasaba un individuo que tiraba de un carro cargado de bultos cuyo contenido no se dejaba ver, aunque no debía ser nada valioso a tenor de las sucias telas de saco que los envolvían. El sujeto, que al parecer no disponía de medios económicos que le permitiesen contar con la ayuda de un borrico, se veía obligado a hacer él mismo de animal de carga. Llevaba un raído traje presumiblemente oscuro, pues de tan sucio que estaba resultaba casi imposible adivinar su color, y un sombrero hongo gastado y agujereado. Unos zapatos igual de viejos, atados al pie con un trozo de cuerda, completaban su indumentaria. Sudaba a mares a pesar de no ser un día caluroso, más bien comenzaba a refrescar.

―¿Por qué no le das unos francos? ─sugirió al príncipe.

Este ─sin disimular su fastidio pero sonriente con Brigitte, como si satisficiese uno de sus tantos caprichos─ le llamó blandiendo un billete de cinco francos en la mano ─el equivalente al salario medio diario de un obrero─, pero el hombre se quedó mirándole fijamente, jadeaba y se secaba el sudor con una mano mientras con la otra sujetaba una de las dos varas sobre las que se apoyaba la caja del carro. No podía soltarlo, a riesgo que volcase la mercancía. Se apreciaba a simple vista, a no ser que uno estuviera aquejado de miopía moral, como parecía ser el caso del príncipe. El sujeto le miró, escupió al suelo y siguió, cansino, su marcha, haciendo caso omiso del príncipe.

―¡Habrase visto! ─exclamó este contrariado─. Mira por donde hemos encontrado un tipo soberbio. Rara avis sin duda ─y soltó una sonora carcajada─. Está bien que siga habiendo gente para la que el orgullo siga existiendo en este mundo vuestro.

No pensaba de manera muy distinta Samuel, pero dicho por el príncipe Aleksei le sonó extremadamente cínico.

―¿Esto en tu país no ocurre, verdad? ─sugirió Brigitte, segura de llevar la conversación en la dirección que desde un primer momento consideraba la mejor de acuerdo con sus intereses.

―Tópicos, querida. No somos el pueblo atrasado que tantos opinan, pero los occidentales creen que su estrafalario sistema, democrático dicen, es el único posible. Así dan lugar a situaciones tan estrambóticas como la que acabamos de vivir. En Rusia el orgullo es otra cosa. Yo soy tremendamente orgulloso, todos los en mi tierra lo somos, pero porque nos consideramos ciudadanos rusos y leales súbditos del soberano zar.

Samuel sabía por Yákov de la pobreza de la mayoría de la población rusa, campesinos analfabetos, tremendamente religiosos y arraigados a costumbres ancestrales de sometimiento. Vivían totalmente subordinados a la competencia jurisdiccional de sus patrones a pesar que desde 1862 habían dejado, oficialmente, de ser siervos, al decretar Alejandro II su emancipación. Mas como contrapartida se gravó a los campesinos con insoportables tributos para sostener un ejército desmesuradamente grande, pues enorme era la extensión del imperio. En un territorio tan vasto el hambre siempre hacía acto de presencia, cuando no en un lugar en otro. Las hambrunas hacía tiempo ─no demasiado─ que se habían desterrado en la Europa occidental, pero en Rusia seguían siendo el pan de cada día. Había leído Samuel en la prensa de esos días que en poco menos de mes y medio casi quince mil personas encontraron la muerte por inanición solo en sus distritos centrales. La escandalosa cifra, no obstante, parecía ser únicamente una pequeña muestra de lo que se avecinaba, y no solo en el campo, también en las ciudades. Rusia avanzaba hacia la industrialización y se hacían grandes negocios con los capitalistas europeos, a finales del siglo XIX casi el ochenta por cien de los capitales invertidos en la industria rusa eran de procedencia extranjera. El príncipe creía que Rusia podía ser en poco tiempo una gran potencia económica sin tener que copiar el modelo político de los países europeos más industrializados. Eran muchas las fortunas en su país que apostaban por la modernización económica y el pueblo ruso era muy trabajador, decía para desespero de Samuel que empezaba a estar harto del príncipe Aleksei, pues a su modo de ver las cosas llevaba más de un cuarto de hora ensalzando las grandes ventajas de contar con un pueblo sometido.

―Les ruego que me disculpen pero debo marcharme, tengo un compromiso y ya se me hace tarde ─dijo Samuel.

―¿Una hermosa mujer? ─preguntó el príncipe con otra risotada.

―Algo así ─respondió Samuel.

―Entonces está más que disculpado ─el príncipe se levantó─. Espero que hable con su amigo, le estaría muy agradecido. Por cierto, dentro de unos días damos una fiesta en el Bois de Boulogne, sería un gran placer contar con su presencia y de la compañía que usted estime conveniente. Y traiga a su amigo el marchante. Querida ─dijo a Brigitte─, te espero arriba mientras despides a tu amigo. Ha sido un placer, caballero.

―¿Pero tú qué demonios pretendes? ¿Por qué le has dicho todas esas cosas de Frossard al tipo este?

―Sabía que te causaría una mala impresión.

―Horrenda, por eso no entiendo tu actitud.

―¿No crees que se merece que le saquemos los cuartos? Se halla dispuesto a pagar por el dichoso cuadro lo que sea, ya lo has oído. Yo no sé qué puede costar, pero si tu amigo lo consigue podemos doblar, o triplicar, el precio que haya que pagar por él.

―Está bien, hablaré con Frossard, aunque insisto en que no creo que pueda hacer nada. Ya te diré algo.

―Quiero volver a verte ¿eh? Sé que las fiestas como la del príncipe te atraen muy poco, pero me gustaría que vinieras. De todos modos ven a verme, no sabes la alegría que he tenido al reencontrarte. Anda, dame un beso.

La marquesa se dirigió hacia el hotel. Samuel se quedó mirándola hasta que cruzó la entrada. ¡Qué mujer!, no he conocido otra igual, ¡cómo sabe camelar!, engatusaría al lucero del alba si se lo propone, pensaba. Sonreía.

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Imagen: El Café de la Paix en 1900.

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