Capítulo XVI.1. Segunda parte

XVI.1_2a

Cuando se quedó a solas con Frossard, Samuel le preguntó por la marquesa de Loix. Insistió en que no la conocía, pero ─dijo a su amigo el marchante─ sentía curiosidad por saber si le unía algún parentesco al marqués de Loix, con el que mantuvo buena relación y del que hacía tiempo que nada sabía. Poco pudo decirle Frossard de sus andanzas y aventuras. Al parecer, la marquesa, viuda desde no sabía cuándo y conocida por sus flirteos y amoríos con algún que otro personaje de la aristocracia europea, de la nueva generalmente, ya entrados en edad ─tampoco era ella ninguna jovencita─, había recalado en París no hacía mucho en compañía de un príncipe ruso, tal como ya le había comentado días antes, pero sí sabía su paradero. Casualmente había leído hacía poco una noticia acerca de ella en Gil Blas, uno de esos periódicos cada día más frecuentes que en sus páginas se hacían eco de los aspectos más frívolos de la sociedad parisina. Así supo Samuel que se hospedaba en el Grand Hotel Intercontinental, uno de los más elegantes de París, situado junto a uno de los grandes símbolos arquitectónicos del Segundo Imperio: el Palacio de la Ópera de Garnier.

A mitad mañana del día siguiente se dirigió al Grand Hotel. Preguntó por la marquesa en recepción. No estaba en esos momentos en su aposento. Se sentó en una de las mesas exteriores del Café de la Paix, el café-restaurante del hotel, que conocía por haber acudido allí a presenciar las primeras proyecciones cinematográficas exhibidas en París. Encendió un cigarro mientras consumía un kir. Desde la mesa divisaba la entrada al hotel. Un buen rato después, cuando ya estaba a punto de marchar y dejar una nota, un lujoso carruaje se detuvo. El cochero bajó y abrió la puerta por la parte que daba al Intercontinental. Samuel seguía observando desde su mesa. Era ella, ¡y tanto que era ella!, inconfundible no solo por la mascarilla de oro que seguía cubriendo parte de su rostro, su porte era más distinguido, sus ademanes más refinados, pero tan estudiados como siempre. Sí, era ella. Vestía elegantemente, a la última moda parisina. La siguió con la vista, los mozos del hotel la saludaban reverencialmente, ella se mostraba ufana y desplegaba todo su garbo. Enseguida tropezó. No había cambiado. Tampoco su aspecto físico manifestaba el paso del tiempo, al menos el de quince o más años que hacía que no se veían. Continuaba siendo una mujer espléndida y cautivadora. Samuel dio una nota al camarero para que se la hiciesen llegar a su habitación indicándole que la esperaba en una de las mesas exteriores del Café de la Paix.

**

―¿Compartiría el señor una botella de champán conmigo?

Samuel se levantó como expelido por algún resorte de su asiento al escuchar la voz de la marquesa y sonrío al verla. Ella le abrazó, le besó, le acarició el rostro, le toco la barba. Tan afectuosa y efusiva se mostró que hasta en un París acostumbrado a todo tipo de atrevimientos llamó la atención el apasionado saludo de la marquesa de Loix, al menos en la mesa de al lado. Puede que fueran provincianos adinerados recién llegados a la capital de las capitales.

―¡Brigitte! ¿O debería decir marquesa de Loix?

Preguntó Samuel con socarronería. Ella hizo un pícaro gesto, mezcla de malicia y candor, que este ya conocía.

―Ya ves, acabé casándome con el marqués. Por tanto, marquesa, sí ─Samuel no terminaba de creérselo─. Cuando le dije que me iba para siempre me pidió que no lo hiciera, luego me lo suplicó y, finalmente, acabó rogándome que me casara con él.

―Pero estaba arruinado, ¿no?

―Arruinado y hundido, por eso me propuso matrimonio. Estaba para pocos trotes. Pero el muy carcamal no quería renunciar a sus particulares cochinadas ─las inclinaciones sexuales del marqués no podía satisfacerlas cualquiera; Brigitte tenía una prodigiosa vagina que controlaba a placer y el marqués una afición desmedida por sentir su dorado líquido corriendo por todo su cuerpo─. Pensé que un título de marquesa me abriría muchas puertas, y así ha sido.

―¿Y el marqués?

―Murió al poco de casarnos, estaba ya muy cascado, demasiados años y demasiados vicios. Evidentemente, yo no iba a impedirle que disfrutara a tope lo que quedase de vida, no sé si me entiendes. Por eso se casó ¿no? Duró poco. Por fortuna.

Siguieron hablaron de sus vidas, había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que se vieron, tenían un montón de cosas que contarse. Brigitte le propuso comer juntos en el café. El príncipe tardaría en llegar, le dejaría una nota diciéndole que se encontraban allí.

―¿Y ahora qué pretendes, ser princesa?

―No, querido, no. El príncipe está casado y bien casado. Además es un católico ortodoxo que se lo cree y todo. Un hipócrita, vamos. Debe ser por eso que le va el vergajo.

―¿Le va qué?

―Le gusta que le zurren. Ya sabes, cosas de ricos ociosos. Mis ambiciones se reducen a sacarle lo máximo que pueda antes de que regrese a su país, además de los regalos y de todo tipo de caprichos que me consiente. Por cierto, ¿tú cómo vas de dinero?

―Bien, sin despilfarrar de momento me queda el suficiente para poder seguir con la vida que llevo. ¿Necesitas dinero?

―No. Bueno, sí, al dinero nunca hay que decirle basta. Pero ¿no te vendrían bien cien mil francos, o más?

―Depende de lo que tenga que hacer para conseguirlos. Brigitte, te conozco y sé lo que significa ese gesto tan propio de ti ─su rostro volvía a combinar la ingenuidad y la astucia como si necesariamente una fuese unida a la otra─, algo tramas.

―Tú que vives en Montmartre. ¿Me has dicho que vives en Montmartre, no?

―Así es.

―¿Y qué tal te llevas con los pintores?

―¿Adónde quieres ir a parar?

―Te explico. Aleksei ─el príncipe respondía al nombre de Aleksei Shólojov─ es un enamorado del arte, de la pintura en concreto, y arde en deseos de conseguir un cuadro de Courbet que parece ser bastante obsceno.

―¿Tanto le gusta?

―Más que eso, le obsesiona.

―¿Y cómo es?

―No sé, solo lo ha visto en fotografía.

─ ¿Por qué lo quiere?

―Cuentan muchas cosas de él y para Aleksei supone un reto. En San Petersburgo, donde tiene su residencia, está de moda el arte y la nobleza más eminente parece competir en ver quién posee la mejor colección. Hacerse con una obra como la de Courbet, que nadie sabe a ciencia cierta dónde está y quién la tiene, sería un fabuloso golpe de efecto. Por eso la quiere.

―¡Ah, la vanidad!

―Excelente aliada. Bien lo sabes. Cuanto más vanidoso es uno más fácil resulta convencerle. Lo que a cualquiera pueda parecer un dislate para el vanidoso llega a convertirse en una muestra de su habilidad. ¿O no es así?

―Nuestra experiencia, desde luego, reafirma tu aserción. Lo has conseguido, como siempre. Me puede la curiosidad, o lo que sea. ¿Sabes al menos cómo se titula el cuadro?

―No tiene título, que sepa. Ya te he dicho que nunca lo he visto, solo sé que reproduce una mujer desnuda a la que no se le ve la cara pero sí el pubis en primer plano, y los muslos y los pechos.

―Cuadros de mujeres desnudas hay muchos, ¿por qué ese?

La marquesa le contó la historia del cuadro de Courbet ─a juicio de muchos el más procaz pintado hasta entonces─, que posteriormente sería conocido con el nombre de El origen del mundo, tal como se la había repetido a ella el príncipe en reiteradas ocasiones. Al parecer, Courbet lo había pintado en 1866 por encargo de un embajador turco coleccionista de arte. Este, que compartía dicha afición con la del juego, se vio obligado a entregárselo a un barítono de la Ópera de París para cubrir las deudas cuando el azar dejó de serle propicio según unos, según otros lo compró un anticuario llamado De la Narde.

―Lo cierto es que nadie sabe dónde está ni quién lo tiene.

―¿Y cómo piensa conseguirlo?

―Había pensado ser yo quien se lo consiguiera. Por eso te preguntaba sobre tus relaciones con los pintores y su mundo cuando me has hablado de tu actual vida.

―Bueno, conozco un marchante que saca oro de donde no hay más que una boñiga pintada, es buen amigo mío.

―¿Podría conseguir el cuadro?

―No creo. De esas cosas no creo que esté muy enterado, se dedica sobre todo a los artistas que empiezan.

―Mira, ahí llega Aleksei. Ven que te lo presente.

―¿Es necesario?

―Samuel… ─y volvió a repetir esa expresión de su semblante tan peculiar a la resultaba imposible resistirse.

_______

Imagen:  Le Café de la Paix (s.f.). Henri-Julien Dumont (1859-1921).

Anuncios

4 pensamientos en “Capítulo XVI.1. Segunda parte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s