Capítulo XVI.1. Primera parte

XVI.1.1a

Frossard mantenía animada conversación una noche en el Folies Bergère. Samuel y sus compañeros de nocturnas correrías solían frecuentarlo. A Samuel le gustaba ir al Folies, entre otras cosas, argumentaba, porque estaba frente a su domicilio y, de ese modo, si los efluvios etílicos llegaban a embotar los sentidos hasta el punto de perder la noción del tiempo y el espacio, como mucho tenía que hacer como aquel beodo de su ciudad que se sentaba en la acera hasta ver pasar la puerta de entrada de su casa. Pero sobre todo ─aunque de esta cuestión no hablaba─ el Folies le traía numerosos recuerdos de la primera vez que visitó París. Compartía mesa con Samuel y otros incondicionales del ambiente de La Butte, entre ellos el barón y la baronesa de La Fontaine. Se dirigía a un joven compositor que les acompañaba y gozaba del mecenazgo de los barones.

―Los músicos siempre tendréis ventajas sobre los demás. Podéis hacer bailar a la gente, podéis hacer, más que ningún otro, que se divierta. Solo es necesario que suenen los primeros compases de una composición. O que llore también, eso ya es cuestión de cada uno, y de sus habilidades. Seguro que tú sabes apasionar y entretener, las dos cosas. ¿Verdad baronesa?

Frossard, procaz ya de por sí, se mostraba tan deslenguado como siempre que tomaba alguna copa de más, es decir, como casi todos los días. Su alusión a la pericia del joven músico era evidente que nada tenía que ver con su aptitud para el arte musical, de todos era conocido que la baronesa se lo beneficiaba. Todos, menos el joven, rieron, el que más el barón.

Relon, un vanguardista músico, compositor y pianista, seguidor de Satie y Debussy y decididamente anti-wagneriano, que tenía que ganarse la vida tocando el piano en los cafés, no estaba de acuerdo.

―¿Crees en serio que los músicos disfrutan de más ventajas que los demás artistas? Esta sociedad solo gusta de los extremos, la pasión o la diversión. O hacemos la música que sabemos que les gusta o nos dedicamos a la canción, no hay término medio. Eso es lo que triunfa. Quienes vienen a Montmartre quieren divertirse, no les preocupa otra cosa. Imaginad dos jóvenes que, como tantos, buscan notoriedad, uno se dedica a la canción, el otro es pianista y le acompaña. En poco tiempo el cantante habrá montado un cabaret en Montmartre y vivirá como un marajá. Ahí tienes, si no, a Bruant, pero el pianista seguirá en el anonimato y la ruina y acabará muriendo alcoholizado. Un pintor, en cambio…

―¿Un pintor? Igual o peor, no te engañes. Sí, entre medio de otras noticias sobre la agitada vida política y la intensa vida social, seguro que figura una entrevista a alguno, pero de los que siguen el dictado de la Academia, o referencias sobre los salones de pintura o las solemnes subastas del Hotel Drouot ó de la casa Georges Petit. Los demás, nada. A esperar, a ver si hay suerte y toca. A ver si llega algún importante coleccionista, a ser posible americano, cuanto más excéntrico mejor. A estos se les puede fácilmente colocar gato por liebre. Os contaré una anécdota, la conozco en primera persona. Hace unos años un joven de brillantes facultades, que ahora se dedica a hacer crónicas de arte en las gacetillas, mostraba excepcionales condiciones para hacer copias de cuadros célebres, las ejecutaba con una fineza y una fidelidad extraordinarias. Un negociante en estampas y dibujos, no era yo, ¿eh?, le dijo un día “¿Quieres ganar dinero? Pues hazme copias de obras de Fragonard, o de Moreau”. Lo hizo, tan bien que resultaba imposible distinguir la copia del original. Nadie hasta ahora ha advertido el fraude, menos todavía los “expertos”, y hasta en las colecciones más famosas figuran majestuosamente algunas de las copias realizadas por el habilidoso cronista.

―Si quienes los tienen disfrutan con ellos contemplándolos, qué más da. Cumplen con su función ¿no? Mi enhorabuena, en todo caso, al falsificador. Me contaron una vez el caso de un pintor que falsificaba cuadros. Le juzgaban por ello. El juez le recriminó enérgicamente y no se le ocurrió otra cosa en su defensa que alegar que lo único que en realidad hacía era perpetuar la memoria de los grandes maestros, pues los cuadros pintados al óleo pronto pierden el encanto a causa de la rápida desaparición del color. No le absolvieron, pero la pena, no recuerdo cuál, fue mínima. Igual es que el juez era en verdad un hombre de juicio.

La anécdota que contó Samuel hizo reír a Frossard y a los demás. Todos brindaron por el agudo falsificador.

―Hay otro modo de conseguir notoriedad y tú ─dirigiéndose al joven amante de la baronesa que, ruborizado, no abría la boca─ no deberías desaprovecharlo. Ahora que no están los barones ─se habían levantado a saludar a unos amigos que acababan de entrar─, ¿ves a ese de ahí? ─Frossard hacía referencia a un apuesto joven, vestido a la montmartrense pero bien cuidado, nada que ver con tanto delgado y desaliñando larguirucho que poblaba la escena de La Butte─. Ahora vive muy bien de su obra, ha conseguido un par de exposiciones y buenas críticas. No es un gran pintor, aunque ni mucho menos es de los peores, pero pocos disfrutan de su notoriedad en estos momentos. Unas cuantas críticas favorables bien elegidas, que algún prestigioso personaje, extravagante a ser posible, compre alguno de sus cuadros a buen precio, y la fama.

―Hasta que lleguen otras críticas que sean desfavorables. Cuestión de modas ─apuntó Samuel.

―Hasta que la marquesa de Luá se canse de él. Es su protegido. Se vino con ella desde no recuerdo qué sitio de la Costa Azul. La marquesa conoció allí un príncipe ruso con el que se ha venido a París y se lo ha traído con ellos, sin que el príncipe lo sepa, claro.

―¿Luá?

Samuel, pensativo, cogió un papel y escribió: Loix. Se lo mostró a Frossard.

―¿Se escribe así?

―Tal cual. ¿La conoces?

―No creo, en su día conocí un marqués de Loix, pero no estaba casado ni tenía descendencia.

―Lástima que no la conozcas, el príncipe ruso ese es un gran aficionado al arte y gasta dinero a espuertas en pinturas. Si la has visto alguna vez seguro que la recuerdas.

―¿Tan hermosa es?

―Debió serlo, pero si llama la atención es, sobre todo, por una especie de redecilla de oro que le cubre parte del rostro. Dicen que lo tiene desfigurado a causa del vitriolo que le arrojó un amante despechado. Dicen. Pero vete a saber.

_______

Imagen: “Bailarina española en el Moulin Rouge” (1905). Giovanni Boldini.

Anuncios

2 pensamientos en “Capítulo XVI.1. Primera parte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s