Capítulo XV.1. Tercera parte

XV-1_3aNo estaba muy convencido el marqués de que el accidente respondiera solo a la casualidad. De todos modos, si tenía alguna duda, lo que iba a ocurrir esa noche acabaría por despejarla. Nada más terminar su conversación con La China y quedar con ella que en un par de días, ya recuperado Samuel, volverían a hablar para ver cómo cerraban la operación financiera, marchó directamente en busca de doña Florencia. Esta, sin embargo, se hallaba fuera. Regresaría a mitad de la mañana siguiente, le dijeron.

El marqués empezaba a estar convencido de que su ansiedad obedecía a razones más que justificadas, cada hora que pasaba le costaba más explicarse la encadenada y aterradora sucesión de percances iniciada precisamente en el mismo instante que dio por resuelto el negocio, y eso que en sus explicaciones lo racional solo era un elemento accesorio, no el principal. Ni así conseguía poner argumento a una situación cada vez más enigmática e indescifrable, y en su caso ─el de un fervoroso creyente de los fenómenos paranormales─ terrorífica. ¿Dormir? Difícil lo tenía, pero la noche anterior prácticamente no había pegado ojo y, finalmente, el cansancio pudo más.

Había cerrado el balcón y la habitación con llave, nadie podía entrar ni nadie había en su interior excepto él, miró en los armarios y debajo de la cama. Nadie. Un golpe de viento le despertó, o eso al menos le pareció, pues el balcón permanecía cerrado. Al advertirlo, un sudor frío le recorrió el cuerpo. Igual lo había soñado, en el estado de turbación en que se hallaba fácilmente podía haber confundido fantasía con realidad, quiso cuanto menos creer. Boca arriba, en la cama, no osaba moverse, cualquier ruido, aunque viniera de la calle, le sobresaltaba. Cuando de nuevo el sueño parecía concederle una tregua en su continuo lucubrar, sintió un fuerte olor a azufre. Abrió los ojos, todo estaba oscuro, nada se oía. Demasiada paz, pensó, y como si alguien hubiese adivinado el pavor que traslucía su juicio, cuando menos lo esperaba una llamarada se levantó del suelo tan rápidamente como él lo hizo de cama. Salió escopetado de la habitación y regresó minutos después acompañado de un criado, seguía oliendo a azufre pero en el suelo no se apreciaba nada, ni rastro de ceniza o polvo alguno, absolutamente nada.

―¿Todavía no ha llegado doña Florencia?

El marqués, a pesar de que la sirvienta de su apreciada nigromante le había dicho el día anterior que no la esperaba hasta mitad de la mañana, se presentó en su casa antes de las diez.

―No creo que tarde.

―La espero aquí entonces.

Su desasosiego era más que manifiesto, no encontraba postura adecuada en la silla que ocupaba, se movía a un lado y otro, cruzaba las piernas y las separaba al instante, una y otra vez, miraba aquí y allá, y a cada dos por tres preguntaba a su doncella si no estaría ya a punto de llegar.

Los cerca de tres cuartos de hora que hubo de esperar se le hicieron interminables, hasta el punto que la criada le sacó una taza de tila sin preguntarle si le apetecía. Doña Florencia hizo por fin acto de presencia. A cualquier espectador más o menos escéptico le hubiese costado creer cómo aquella menuda mujer que, si no fuese porque vestía de manera tan estrambótica como eran sus reflexiones y predicciones hubiera podido confundir con cualquiera de sus vecinas, tenía tanta ascendencia sobre el marqués. Pero, a poco que se fijara, se daría cuenta que su rostro era un palimpsesto de sensaciones cuyas huellas mostraban la fatiga de tantos años de brega entre el mundo tangible y el más allá. Si, además, como le sucedía al marqués, era un convencido de la existencia de un mundo oculto, apreciaría en sus profundos ojos, de mirada inquisidora, la facultad de penetrar hasta lo más recóndito del alma de su consultante. Su rostro, poco expresivo, impasible, cuando entraba en trance se volvía luminoso y osado.

―Veo ─no supongo, opino o creo; veo dijo, antes de que el marqués pronunciara palabra alguna─ que alguna presencia extraña ha irrumpido en su vida. ¿Me equivoco?

―En absoluto, doña Florencia ─el marqués respiró aliviado─. Desde ayer…

―Permítame que suba un momento a mi alcoba y me adecente un poco. ¡Qué engorrosos son los viajes en diligencia! Pase al gabinete, enseguida estoy con usted.

Doña Florencia hizo gala de su poder adivinatorio y pronto empezó a descifrar los enigmas que rodeaban tan inextricable cuestión. Es evidente, le dijo, que un espíritu está detrás de todo esto. Los motivos, afirmó, no podía averiguarlos en una primera sesión. El asunto, de todas formas, pintaba mal. Lo mejor sería ─sugirió al marqués, que aceptó enseguida─ realizar una sesión en el mismo lugar donde habían tenido lugar los hechos. Por supuesto, a medianoche, y a ser posible con todas las personas relacionadas con la aparición. Cuanto antes, mejor, manifestó. Mañana mismo, apuntó el marqués.

Nadie faltó a la cita, aunque se retrasó un día. Doña Florencia quería contar con la presencia de un colega suyo italiano especialista en espectros que, casualmente, iba a estar ese día en Barcelona. A las doce de la noche allí estaban, acompañando a doña Florencia y su colega, el marqués, su cochero, Samuel ─que llegó cojeando, apoyándose en un bastón─, una asustada Elvira y Brigitte, que no se sabía muy bien qué pintaba, pues nada directamente había tenido que ver con las visiones, o lo que fuera aquello. Ayudados de antorchas, lo primero que hicieron fue inspeccionar el terreno. Todo estaba aparentemente en orden, no había tierra removida ni nada detrás de unos arbustos cercanos. Tras consultar doña Florencia con el italiano la conveniencia del método a emplear, trazaron un círculo con cal y se colocaron alrededor del mismo. En nombre de Salomón, hijo de David, príncipe de los magos, te invoco y te conjuro ─comenzó a recitar la médium con voz ceremoniosa, grave, y un tono in crescendo─. Comparece de inmediato, muéstrate ante nosotros. Tú, que habitas entre mundos, manifiéstate, aquí, en este círculo.

Ningún resultado, todo permanecía tranquilo. El marqués, evidentemente, no. El colega de doña Florencia sugirió entonces arrojar al centro del círculo tres papeles con los nombres escritos de Astarté, Acharat y Althotas, que ni siquiera él sabía a ciencia cierta quiénes eran pero conocía de los escritos de Cagliostro, del que decía ser seguidor. Funcionó. Lanzó primero uno mientras pronunciaba unas palabras ininteligibles que sonaban a latín, luego hizo lo mismo con el otro papel y repitió la operación con el tercero. Fue caer este último al suelo y salir del mismo un haz de luz amarillenta envuelta en una humareda que al disiparse permitió a los concurrentes, en medio del espanto general, advertir la presencia de aquel bulto negro extraño, de apariencia humana pero gigantesca. Durante unos segundos permaneció inmóvil, como el resto de los participantes del misterioso ritual, pero inmediatamente sus proporciones comenzaron a cambiar, igual aumentaba de tamaño que encogía, podía ensancharse exageradamente y al momento contraerse hasta la escualidez. Sus facciones también cambiaban y si, en un principio, parecía la misma reencarnación del diablo ─ojos saltones, rojos, encendidos, grandes cejas y enorme nariz─ en un periquete su rostro adquirió la fisonomía de un atribulado joven. De repente, como si fuera un globo que se desinflaba, la tela que cubría el elástico cuerpo del gigante, cayó al suelo. Sin embargo, la cabeza siguió en el mismo sitio, sin materia alguna que la sustentara, su semblante se había vuelto confuso e indistinto. Se oyó entonces la risotada que algunos de los presentes ya conocía, la cabeza también desapareció y la oscuridad regresó de nuevo, y con ella el desconcierto y el miedo.

Ni doña Florencia ni su colega supieron dar una explicación de lo sucedido más allá de constatar la intervención de un espíritu que, posiblemente ─en eso se mostraron ambos de acuerdo─, había sido objeto en aquel lugar de algún desgraciado episodio que le ocasionó una muerte prematura y violenta. Doña Florencia se comprometió a, si era necesario, pasar la noche siguiente en blanco con su amigo para tratar de descifrar las claves del tenebroso hecho que acababan de presenciar y a decirle alguna cosa en un par de días.

Aunque angustiado, al menos esa noche consiguió el marqués dormir unas cuantas horas. A primera hora de la tarde había quedado con doña Florencia, que parecía contar con una respuesta a los enigmáticos sucesos de los últimos días. No le había adelantado si la conclusión a que había llegado era positiva o negativa y eso le intranquilizaba. La enorme confianza que tenía en doña Florencia, la fe más bien, conseguía no obstante calmar su zozobra. Nada malo había sucedido desde que su venerada profetisa visitara el lugar de las apariciones con su colega italiano. Pero los sobresaltos para el marqués no habían terminado todavía. Esa misma mañana se presentó Tubau en su casa; la gravedad de su rostro, los rodeos y titubeos con que se expresaba, eran señal inequívoca de malas noticias. Justo lo que le faltaba conocer al marqués: Freixa, el concejal, le había comunicado apenas una hora antes que los terrenos que tanto problema le ocasionaban finalmente no se iban a urbanizar. Órdenes de arriba, su capacidad de maniobra no llegaba a tan altas esferas. No valían nada, pues, no más que el precio que había pagado a través de Samuel.

Mientras Brigitte contaba a Inglada cómo iban desarrollándose los acontecimientos, las expresiones de espanto del marqués, el canguelo del que se le veía preso, su acobardamiento, el financiero reía a mandíbula batiente. Se sentía satisfecho, la venta de los terrenos le había proporcionado una buena suma de dinero para invertir en el ferrocarril en unos momentos propicios ─las líneas férreas eran un negocio seguro, cada año se construían entre trescientos y quinientos nuevos kilómetros y crecía el número de compañías ferroviarias, de las que Inglada quería poseer cuantas más acciones mejor─ y se la había jugado a su acérrimo adversario. Una única cosa lamentaba, no haber podido deleitarse personalmente con los grotescos episodios ─dantescos para el marqués─ que su confidente le explicaba. Pero Brigitte no era mujer a la que pudieran escapársele este tipo de detalles. Cauta en extremo ─la vida le había enseñado a serlo─, había previsto que a mayor regodeo de Inglada más creíble resultaría su maquinación. Conocía las apetencias de este y de los que eran como él; quien nunca llegará a pasar necesidades, por mal que le vayan las cosas, puede permitirse el lujo de la venganza y disfrutar con ella. Así, le tenía reservada una sorpresa: en unas horas, doña Florencia recibiría al marqués y llevaría a cabo una sesión de espiritismo en la que dilucidaría ─por supuesto a favor de sus intereses─ el enigma del gigantesco espectro negro. Podía asistir si le venía en gana, por supuesto previa gratificación a la médium. La única condición era que debía permanecer en todo momento en cuarto anexo a la sala en que doña Florencia llevaba a cabo sus predicciones, no debía salir hasta que finalizase la ceremonia. Desde allí, a través de un agujero en la pared, hábilmente disimulado entre las flores de un jarrón, podría ver al marqués, pero no a ella. Lo último que permitiría doña Florencia era la presencia en su quehacer de un incrédulo que, precisamente a causa de su escepticismo, estuviera más atento a sus evoluciones, movimientos y disquisiciones que a las reacciones de sus incondicionales seguidores, de los que el marqués era el número uno. Su honorabilidad podría ser puesta en duda, sus métodos cuestionados, pero sus secretos ─mientras de ella dependiera─ no los conocería nadie. Profesionalidad ante todo, las farsas dejan de serlo para quien no sabe que está siendo sometido a engaño, y esa ─la habilidad de hacer verosímil lo aparentemente increíble─ no dejaba de ser una ocupación como otra cualquiera. ¿De qué medios, si no, se valían aquellos respetables hombres de negocios que, como el marqués, formaban su clientela?

Oculto con La China en la habitación que dispuso doña Florencia, Inglada no perdió detalle de las reacciones del marqués. Le costaba contener la risa al ver sus aspavientos y el canguelo que le entró. La maga empezó por comunicarle que todo apuntaba a un suceso ya olvidado, acaecido hacía siglos. Ya estaba desesperada, pues sus invocaciones, con o sin la ayuda de su amigo italiano ─quien esa misma mañana había partido para Nápoles─, no daban resultado alguno cuando rebuscando entre sus papeles encontró las anotaciones que sobre el caso había tomado años atrás un viejo aficionado a los fenómenos paranormales en una gruesa libreta, ahora en su poder. En ellas se narraba el episodio de un joven, conocido como Maçot, desgarbado y de elevada estatura, que trabajaba en una curtiduría, y se enamoró perdidamente de una agraciada muchacha hija de un conde. La escritura de aquel recopilador de historias extrañas no era precisamente un prodigio de caligrafía y no se podía descifrar el nombre de la muchacha, una de las más bellas de Barcelona a la que sus progenitores, lógicamente, querían emparentar con alguien de alcurnia; pretendientes no le faltaban. Ella, sin embargo, se negaba a recibir a nadie y cuando lo hacía, forzada por su padre, se comportaba como una autómata y no pronunciaba una sola palabra. El conde decidió que lo mejor era deshacerse de Maçot y mandó a unos esbirros a sus órdenes para que lo hicieran desaparecer. A su hija le hizo creer que se había enrolado en un barco camino a las Américas tras haber dejado embarazada a otra muchacha. Fueron varios los testimonios que corroboraron ambos extremos a aquella. La realidad, sin embargo, fue muy distinta: los secuaces del conde se ensañaron con él; no solo lo mataron sino que, para deshacerse del cadáver, lo descuartizaron en pequeños trozos que enterraron en diversos puntos junto a la riera, en la zona donde después tendrían lugar las fantasmales apariciones.

Conocida, pues, la identidad del espíritu, había llegado el momento de tratar de contactar con él. Doña Florencia agachó la cabeza y apoyó las manos, abiertas, en la mesa. Permaneció así un rato, es de suponer que concentrándose; desde donde estaba Inglada con La China únicamente se la podía ver de espaldas. Al marqués, en cambio, lo tenían de frente; no paraba de hacer muecas que dejaban entrever que algo en su interior alteraba sus emociones al ritmo que la médium movía la cabeza hacia uno y otro lado.

De sopetón, se oyó crujir la madera de los muebles y los golpes del péndulo de un reloj de pared contra la caja, oscilando con tanta fuerza que parecía querer romperla para poder salir. El marqués dio un salto en su asiento y, desconcertado, se puso a mirar en todas direcciones. ¿Estás con nosotros?, preguntó doña Florencia. Un sobrecogedor silencio sobrevino en la estancia, cesaron los crujidos y el reloj se paró en seco. ¿Eres tú, espíritu de Maçot? Sé que estás ahí. Muéstrate y manifiesta tus intenciones. Yo te invoco.

En eso los muebles empezaron a traquetear, los cuadros que colgaban de las paredes cayeron al suelo, se escuchaban golpes por todas partes. Una ráfaga de viento, a pesar de estar cerradas ventanas y puertas, apagó el quinqué que alumbraba la sala. Volvió el silencio, más aterrador todavía al hallarse completamente a oscuras. Hasta Inglada se asustó. Sé que eres tú. Te suplico, en nombre de Dios Todopoderoso, que te comuniques con los aquí presentes. Pero cada invocación de doña Florencia tenía por única respuesta más alteraciones sonoras y visuales, pues a los inexplicables ruidos se sumó la intermitencia del fuego del quinqué, que se encendía y apagaba a voluntad, sin aparente intervención humana o mecánica. Probó con la balanza. Generalmente, a sus preguntas, los platillos se inclinaban hacia la parte del sí o la del no, pero en esta ocasión, preguntase lo que preguntase, se balanceaban a ambos lados varias veces, descontroladamente.

El marqués, petrificado, no soportaba más la espeluznante escena y pidió a doña Florencia que finalizara la sesión. La médium, entonces, se desmayó, y cuando el marqués se acercó y, asustado, puso una mano en unos de sus hombros y la balanceó ligeramente para ver si volvía en sí, abrió los ojos de golpe y su rostro mudó de aspecto. Parecía que aquellos estuvieran a punto de salirse de la órbita, de explotar de un momento a otro e inundarlo todo de sangre, estaban inyectados, saturados, podría decirse que eran completamente rojos. De su boca salía un líquido viscoso amarillento, del mismo tono que el denso humo que acompañaba la presencia del gigante, y comenzó a oler a azufre.

Doña Florencia dio un salto ─incongruente para una persona de su edad─ y se plantó frente al marqués, que retrocedió unos pasos, acobardado. Su mirada era puro odio y su expresión la cólera personificada. Con voz grave, profunda, salida de lo más hondo de sus entrañas, parecida a la de un hombre relativamente joven, se dirigió al marqués, que había tratado infructuosamente salir de la habitación pero la puerta no se abría: Tú… tú, insolente mercachifle, nada de lo que has presenciado es comparable al horror que te espera… A ti y cuantos osen profanar mi descanso. Desearéis morir antes que… Doña Florencia no terminó la frase y se desplomó nuevamente. Los ruidos cesaron, la balanza dejó de moverse, el quinqué recobró la habitual intensidad de luz, ella volvió en sí y la sala recuperó la normalidad.

―¿Qué ha pasado?

La médium, tras haber sido poseída por el espíritu de Maçot, no se acordaba de nada de lo sucedido desde que la balanza se pusiera a jugar con las respuestas a sus preguntas.

Finalizada la terrorífica sesión, doña Florencia manifestó sus reservas sobre una pronta y satisfactoria resolución del problema. El espíritu rebelde de Maçot, uno de esos llamados “malos espíritus”, se deleitaba martirizando a sus víctimas y las invocaciones solo conseguían encolerizarlo más todavía. Generalmente, cuando la médium se dirigía ellos con firmeza y sin temor, los malos espíritus desparecían y no regresaban, pero no era este el caso.

Doña Florencia se mostraba desconcertada, segura de que acabaría venciendo al fantasma de Maçot pero sin poder precisar cuándo ni cómo. Desde luego no en un plazo inmediato. El marqués, preso del temor, desistió de seguir adelante con las sesiones invocatorias al más allá, cada vez más espeluznantes. Entre unas cosas y otras, el traspaso de la titularidad de los terrenos no había llegado aún a hacerse efectiva. Ahora era el marqués quien daba largas al asunto con cualquier excusa. Brigitte le sugirió que, puesto que los resultados de la operación distaban mucho de ser los previstos, si quería deshacerse de los terrenos, como parecía ser, se los vendiese a Samuel. Él decía no creer en espíritus ni en otra vida fuera del mundo tangible a pesar de haber asistido a la horripilante sesión celebrada en el lugar de los hechos. Allá se las componga, pues, es su problema, nadie le llama a engaño. El marqués aceptó enseguida, y de buen grado, la propuesta. La China se comprometió a seguirle la corriente quitando hierro al tema de las apariciones y a convencerle de que era una oportunidad única para ampliar su negocio. Solamente había un problema: Samuel carecía de la suma de dinero suficiente para devolver íntegramente el importe del montante, tendría que hacerlo a plazos, por supuesto con el correspondiente interés.

**

Samuel entró en la masía a llenar la frasca de vino que compartía con Esclafit en el porche. No tardó en regresar, lo justo y necesario para abrir la espita de la barrica y rellenarla y poner en un plato unas olivas partidas. A Esclafit, no obstante, le pareció que tardaba más de la cuenta, ensimismado como estaba en el relato.

―Venga, continúa, que me has dejado intrigado. ¿Cómo terminó la aventura?

―Unos meses más tarde, no llegó a cuatro, tal como Brigitte había afirmado, los terrenos volvieron a ser declarados urbanizables. Vendí todo, también el café. Los terrenos por más de tres veces lo que me habían costado. Pagué al marqués, di su parte a Brigitte según lo convenido y mi peculio aumentó de la exorbitada manera que ya conoces.

―¿Y el otro qué dijo?

―¿Inglada? No le sentó muy bien, pero en su envanecimiento por habérsela jugado a su pertinaz rival seguía regodeándose con el recuerdo de lo mal que lo había pasado el marqués y el fiasco y el susto que se llevó. Su reacción fue mucho más atemperada de lo que era previsible. Por supuesto dudó sobre si todo aquello no sería más que un montaje, pero Brigitte había atado bien, muy bien, todos los cabos y consiguió desterrar de su mente cualquier atisbo de engaño. Las cosas unas veces salen de una manera y otras de otra, pero nunca como se prevén. Así lo entendió Inglada, a quien, dicho sea de paso, la inversión del dinero obtenido con la transacción en el negocio del ferrocarril no le había ido nada mal. Además, todo el mundo tiene su precio y este, para los que tienen mucho dinero, puede no ser monetario. Inglada había tenido recompensa suficiente.

―Acabó, por tanto, beneficiándose también, ¿no?

―Fue la única contrariedad, sobre todo para Brigitte.

―¿Y cómo consiguió la médium las apariciones y esos espantosos efectos? ¿Porque todo era un truco, no?

―¡Y tanto! Pero no creas que doña Florencia tuvo mucho que ver en ello, sus “poderes” eran más bien limitados, se reducían a mover la balanza mediante unos hilos que por el interior de una de las patas de la mesa y por debajo del suelo llegaban hasta ella, y poco más. El verdadero artífice de la artimaña fue un mago, pero de los que se dedican al espectáculo, un mago que conocía Fanon, el que dirigía los espectáculos del café, te he hablado de él, ¿recuerdas? ─Esclafit asintió con la cabeza─. Él era, en realidad, el supuesto amigo italiano de doña Florencia.

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