Capítulo XV.1. Segunda parte

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Lo primero que hizo Brigitte la mañana del día siguiente fue ir a contarle al marqués el resultado de sus gestiones con Samuel e Inglada. El marqués no estaba ─ella sabía que a las horas que fue a visitarle no solía encontrarse en casa─ y dijo a su mayordomo que le esperaba esa noche en L’Empire, que acudiese si le era posible, pues tenía importantes noticias para él.

Poco después que el café de Samuel abriera las puertas llegó el marqués, preso de la excitación pues suponía que las noticias que dijo tener La China prometían ser propicias. No se equivocaba. En el despacho de Samuel, concretaban los tres los detalles de la operación. De pronto, sin embargo, escucharon los gritos de una mujer. En algún percance serio debía haberse visto envuelta, pues lloraba desconsoladamente, apenas podía articular palabra y se mostraba tan aterrorizada que parecía que el mismo demonio hubiera salido a su encuentro. Era una joven corista, una de las chicas de L’Empire. Samuel le dio un sorbo de coñac para que se tranquilizara. Luego, con voz entrecortada, con el susto metido en el cuerpo, pudo explicar que al atravesar la riera de camino a L’Empire sintió de repente un escalofrío en todo el cuerpo, un estremecimiento que jamás había experimentado. La noche era tranquila, serena, y la única luz que había era la de las estrellas y la luna, llena ese día. Miró a su alrededor, todo estaba en calma, demasiada calma. Alguien, no obstante, parecía resollar a sus espaldas, pero se daba la vuelta y no veía a nadie. Cuando ya divisaba las luces de L’Empire y empezaba a sentirse segura ─dijo presa todavía del espanto─ pudo escuchar una horripilante risotada junto a la riera. Se volvió de nuevo y observó durante un momento una especie de gigante, algo o alguien muy grande fue lo único que pudo precisar, un enorme bulto negro, que se iluminó y de su cuerpo, o lo que tuviera aquello, empezaron a saltar chispas. Enseguida desapareció. Ella no había parado de correr hasta llegar a L’Empire.

―No deberías beber antes de la noche ──Samuel no tomaba en serio las palabras de aquella joven, que respondía al nombre de Elvira.

―Le juro por Dios que no he bebido nada. Lo que cuento ha sucedido como les he dicho. Que me muera de repente si no es así.

―Habrás sufrido una alucinación. No existen los fantasmas.

El marqués de Loix no osaba pronunciar palabra, inmediatamente se dio cuenta que el lugar dónde la joven decía haber sido acometida por aquella extraña presencia formaba parte de los terrenos que iba adquirir a través de Samuel.

―No hagáis burla de estas cosas, no se debe bromear con el más allá.

El marqués era un apasionado de lo esotérico, en su biblioteca no faltaban los escritos de Kardec, el conde de Saint Germain, Cagliostro o Eliphas Lévi, y consultaba asiduamente a una médium y adivina de la calle Robador el análisis de cualquier circunstancia que afectara su vida y posesiones. No tomaba decisión alguna sin su consejo. En Barcelona, como en el resto de las principales ciudades europeas, el espiritismo, el ocultismo y todo lo relacionado con las artes adivinatorias experimentaron en la segunda mitad del siglo XIX un inusitado resurgimiento.

Sin quitarse el miedo de encima, Elvira consiguió por fin calmarse, pero seguía manteniendo que lo que había visto no era ninguna ilusión. Además, adujo en su favor, ya hacía tiempo que se escuchaban rumores ─alguna cosa había oído el marqués─ de que en alguna ocasión una especie de gigante negro había seguido a alguien por la zona del ensanche. Pues bien, su experiencia demostraba que no se trataba de patrañas; ella no mentía, aseguraba una y otra vez.

En unas horas el marqués comprobaría en persona la certeza de cuanto afirmaba Elvira. Cerraron el trato y quedaron a las once y media de la mañana del día siguiente para formalizar la nueva venta de los terrenos, el diez por ciento de los beneficios de la operación sería para Samuel. Después, Brigitte y dos chicas más acompañaron al marqués en uno de los reservados hasta bien entrada la noche. Cuando el marqués abandonó L’Empire, en su carruaje, al pasar por el mismo sitio en que la joven aseguraba que había tenido lugar la aparición de aquel ser ─lugar que necesariamente debía atravesar de regreso a su casa─ sintió el mismo escalofrío que antes describiera Elvira. Se asustó, asomó la cabeza por la ventanilla del coche, que iba despacio ─no podía hacer otra cosa, dado el mal estado de la vía─, no vio nada, pero fue volver a acomodarse en su asiento y escuchar una risotada como la que también dijo aquella haber oído. Mandó parar el vehículo. ¿Has oído?, preguntó al cochero. Sí, señor, respondió este con voz trémula. Inquieto, el marqués pensó que lo mejor era salir de allí cuanto antes. Pero, al parecer, el fantasma no quería que el marqués se fuera sin conocerle y, antes de que el carruaje reiniciara la marcha, a la derecha de donde estaba en compañía de su criado, pudieron ambos contemplar cómo un humo luminoso, amarillento y espeso, subía desde el suelo envolviendo un bulto negro, enorme, que por momentos adquiría forma humana, si bien ninguna persona podía ser tan alta. Comenzaron a salir de pronto chispas de aquel antinatural gigante, cesó el humo luminoso, se escuchó otra risotada y el extraño ser desapareció. Todo había sucedido tal cual refiriera Elvira.

Aunque apenas pudo conciliar el sueño esa noche, el marqués llegó puntual a la cita de las once y media de la mañana, unos minutos antes ya estaba en el lugar acordado, frente al Casino Mercantil. Tenía prisa por solucionar el asunto, aunque empezaba a dudar acerca de la conveniencia del mismo, algo le decía que la aparición de aquel espectro la noche anterior debía tener alguna relación con los terrenos de que estaba a un tris de ser propietario. Claro, por eso se deshizo de ellos Inglada tan pronto, pensaba. Menos mal que en cuestión de días yo también los venderé, cavilaba temeroso. A la hora en punto llegó Brigitte.

―¿Y Mauro?

―¿No te has enterado?

―¿Qué ha sucedido? ─preguntó el marqués, alarmado.

―Cuando cerramos L’Empire, ya de madrugada, se quedó un rato. Había olvidado cumplimentar no sé qué papeles, dijo. Se durmió y un incendio a punto estuvo de costarle la vida ─el marqués, pasmado, ni pestañeaba─. Fíjate lo que son las cosas, no recuerdo que nunca se quedara después de cerrar, es más, siempre se iba bastante antes, pero ese día… La fortuna quiso que un obrero que había abandonado el trabajo sin finalizar su turno, al encontrarse indispuesto, viera el humo y avisara a los bomberos a tiempo. Para que luego digan que no existen las casualidades. Un poco más y no lo cuenta.

―¡Dios mío! ¿Está herido, han sido muchos los daños?

―Por suerte, Mauro solo ha sufrido unas pocas quemaduras y una torcedura de tobillo cuando le sacaban a toda prisa. Ya está en casa, unos días de reposo y podrá reemprender sus actividades como si nada. Eso al menos han dicho los médicos. En cuanto al local, al intervenir los bomberos rápidamente, no ha sufrido grandes daños, pero deberá cerrar unos cuantos días para reparar el desastre.

―¿Y cómo fue, cómo se desató el incendio?

―Ni idea, los bomberos no consiguieron una explicación razonable. Claro que todavía es pronto, ya examinarán con más detalle la zona. Localizaron el foco, de eso parecían no tener duda, pero el fuego no se origina espontáneamente y allí, en la galería que va del salón al jardín, no hay nada que pueda arder si no se le prende fuego previamente.

―¿Fue, pues, intencionado?

―En absoluto, eso lo descartaron enseguida.

El marqués no pudo evitar un gesto de contrariedad en su rostro. Confiaba en que la respuesta de Brigitte fuera afirmativa y, así, se disipase su temor a que lo que estaba ocurriendo tuviera que ver con las fuerzas ocultas del mundo sobrenatural.

―En fin, qué se le va a hacer ─prosiguió Brigitte─. Lo importante es que hubiera podido suceder una gran desgracia y todo ha quedado en un susto.

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Imagen: Jason D. Page.

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