Capítulo XV.1. Primera parte

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El tiempo no había cambiado la relación entre Samuel y Esclafit, que seguía siendo tan estrecha como cuando eran unos adolescentes. Por eso fue al único de cuantos le rodeaban en aquellos años que pasó en Alcoi hasta que marcó con su hija París a quien contó pormenorizadamente los detalles de cómo había conseguido amasar tal fortuna.

―Brigitte estaba en la habitación con el marqués de Loix cuando su mayordomo llamó a la puerta y le dijo que Tubau, su mano derecha, un destacado pincho en sus tiempos, quería hablar con él. Debía ser algo muy importante para que le molestaran cuando estaba con ella. A Brigitte le extrañó que no refunfuñara, no soportaba que le interrumpieran, y más cuando llevaban juntos casi dos horas y su vejiga de almacenaba el suficiente líquido, iban ya por la segunda botella de champán, como para satisfacer de buen grado las peculiares inclinaciones sexuales de aquel y que pudiera sentir el placer de su cuerpo bañando con la dorada lluvia, su mayor fuente de su placer sexual, en realidad la única.

―¿Quieres decir que le gustaba que le mearan encima?

―Exactamente.

―¡Qué asco! ¿Cómo puede haber gente a quien le guste una porquería así?

―Pues hay, Blas, hay. De todos modos, ¿qué importancia tiene? No seas tan moralista, al fin y al cabo esas cosas no hacen daño a nadie.

―Solo de imaginarlo me dan arcadas. ¡Puaj! Sigue, anda, sigue.

―En la habitación de al lado, donde tenía el marqués su despacho, los dos se pusieron hablar. Aunque el marqués vociferaba, Brigitte no entendía bien lo que decían. Así que acercó el oído al cerrojo. ¿Estás seguro?, escuchó que decía el marqués. Eso supondría unos beneficios más que considerables. Así, a lo pronto, unas ganancias del ciento cincuenta por cien o más, puede que el doscientos. ¿Y de quién son esos terrenos? Cuando Tubau le dijo que de Inglada sapos y culebras salían de su boca. ¡Maldita sea! Siempre hemos de tropezar con la misma piedra. ¿No será otra maquinación de las suyas?, escuchó después de un montón de improperios.

―¿Inglada?

―El correligionario de don Anselmo, el que me prestó el dinero. Ya te hablé de él.

―¡Ah, sí! Continúa.

―Al regresar se lo contó a Brigitte. Estaba alterado. Tubau se había enterado del asunto por un tal Freixa, un concejal del ayuntamiento que se la tenía jurada a Inglada. Este no sabía nada del asunto. Esa animadversión fue la razón de que propusiera a Tubau que el marqués, declarado enemigo de aquel, participara en el negocio, él no tenía dinero suficiente. Pensaba que no dejaría la oportunidad de poderle hacer una jugarreta como la que proponía. No se equivocaba.

―¿Qué negocio?

―Una de esas especulaciones financieras tan frecuentes que propiciaba la bonanza económica que conocía Barcelona desde hacía años. ¿Cómo demonios puedo hacerme yo con los terrenos de Inglada? A mí no me los vendería ni loco, primero los donaba o los regalaba, le decía contrariado. Tal vez a través de un intermediario, un testaferro. Brigitte siempre ha sido ágil de pensamiento. Barruntaba que esa podía ser la oportunidad de que tanto hablaba y de la que yo también me había contagiado. Podría ser, pero no es fácil… Alguien de tanta confianza, y en los tiempos que corren… Bueno, déjame pensar. Lista como es, como pocas, advirtió enseguida que había mucho dinero en juego. Inglada era un tipo poderoso con el que no se podía jugar. Claro que el marqués tampoco era moco de pavo y le tenía verdaderas ganas a su viejo rival político. Ninguno de los dos se dedicaba ya a los asuntos públicos si no era en su privado beneficio, pero las rencillas entre ambos seguían intactas y se habían trasladado al mundo de los negocios. Además, unos ocho años antes, Inglada había conseguido, en una operación nada transparente, unos terrenos que al poco tiempo vendió por el doble de su valor y por los que el marqués también estaba interesado. Ambos deseaban beneficiarse cuanto pudieran del ensanche. Si Barcelona crecía, también lo harían sus bolsillos. Su método era el clásico: controlaban la voluntad de algunos políticos, compraban barato, esperaban el momento oportuno y vendían a un precio sensiblemente superior.

―¡Vaya par de pájaros!

―No lo sabes tú bien. Pero Ingladas y marqueses había muchos.

―Y sigue habiéndolos. ¿Qué más pasó?

―El marqués conocía la relación existente entre Brigitte e Inglada y las razones de la misma. Sabía, pues, de su inquina hacia quien traficó con su silencio a cambio de un ordinario piso y una mezquina renta que daba para vivir sin los lujos que, posiblemente, su prometedora carrera le hubiera deparado. Por otra parte, ella no había escondido nunca su antipatía hacia él. No era, en consecuencia, descabellado hacerle ver que gustosamente se prestaría a participar en el asunto, siempre que, por supuesto, se beneficiara del mismo. Brigitte terminó su copa de champán y se sirvió otra. De la misma iba bebiendo ella y dando de beber al marqués, regalándole los oídos con lisonjas acerca de su mayor habilidad para los negocios. Otro tipo de halagos hubieran sido difíciles de creer, e incluso de decir, pues el marqués de Loix era un tipo bastante desagradable físicamente que rondaba los sesenta años de edad. Los sorbos de Brigitte eran cada vez más pequeños, no así los del marqués, que con las zalamerías y carantoñas volvía a abandonarse, aunque sin olvidar la conversación que acababa de mantener con su hombre de confianza. Tiempo habría, no obstante, para ocuparse de tan crucial asunto. Disfrutara o no de los encantos de Brigitte nada cambiaría, así que mejor recrearse un rato. ¿Más champán, querido?, abramos otra botella. Siguió sirviendo copa tras otra. Sus sorbos eran aún más cortos, los del marqués justo lo contrario, bebía sin mesura, al ritmo que dictaba su concupiscencia, lo que le conducía un estado cada vez mayor de ansiedad. Cuando pretendía acercarse a ella, cariñosamente lo empujaba de nuevo al mismo sitio. La impaciencia te pierde, querido, le decía mientras iba desprendiéndose de sus ropas y animaba al marqués a que hiciera lo mismo con las suyas. No sé muy bien lo que sucedió luego, Brigitte no entró en detalles, aunque es fácil de imaginar.

―Alguna cochinada, seguro.

―¿Más moralina, Blas? Deja de hacer juicios. Espera a que termine. Luego me dices que nunca acabo de contarte la historia.

―Es verdad. Cuenta, cuenta.

―Medio borracho, exhausto y eufórico, Brigitte empezó a tirarle de la lengua. Igual yo podría echarte una mano, le dijo. ¿Tú? ¿Cómo? Le habló entonces de mí. Bueno, de Mauro para el marqués y para todos los que me conocían en Barcelona, con las únicas excepciones de Brigitte y Yákov. Me describió como la persona adecuada: ambicioso, tacaño, incauto, y con la excusa perfecta: era lógico que, dado el éxito de L’Empire, quisiera ampliar el negocio con otro local e incluso valorara la posibilidad de construir un teatro, eso justificaría que quisiera tanto espacio.

―¿Se lo creyó?

―Y tanto que se lo creyó. ¿Y crees que Inglada se los vendería a él? Aunque, no sé, yo no conozco al Mauro ese…, dijo. Ella replicó enseguida: Por supuesto que Inglada venderá. De eso me encargo yo. En cuanto a Mauro no tienes de qué preocuparte, como te decía es un simple. Solo desea hacerse con dinero y regresar a su pueblo como el ricachón del lugar. Inglada lo sabe. Y tú también si te fijas en su comportamiento. ¿Lo has visto alguna vez en L’Empire sentado con algún cliente? ¿Verdad que no? Ni lo verás, no sea cosa que se vea obligado a tener que invitar a alguien. ¿Lo has visto alguna vez en alguna fiesta, en alguna reunión de sociedad? Tampoco. Solo piensa en volver rico a su pueblo, que todos le admiren y digan mira en qué se ha convertido, quién lo iba a decir, y le muestren pleitesía. Si lo gratificas bien hará lo que sea.

―Por eso volviste a Barcelona.

―Así es. Cuando leí en una de sus cartas “Ahora es el momento” supe enseguida su verdadero significado y volví a Barcelona. ¿Qué habría tramado Brigitte? La creía capaz de todo. Al explicarme su plan me pareció bastante descabellado, aunque menos de lo que imaginaba, pero de difícil ejecución y demasiado temerario. ¿Te das cuenta dónde pretendes que nos metamos? Esta gente no se anda con chiquitas, le dije. Sé de sobra quiénes son, mejor que tú, y el poder que tienen, y también cómo se las gastan. Pero el riesgo es necesario para conseguir el triunfo. Las cosas son siempre así. Tú te arriesgaste con L’Empire y mira lo bien que te ha ido. No las tenía todas conmigo. Pero no es lo mismo, ahora podemos acabar en la cárcel, repliqué. O muertos, respondió ella.

―Vaya ánimos.

―Me convenció. Ella es así. No sé cómo se las arregla pero consigue que en un santiamén se desvanezcan todas tus dudas. Me explicó entonces qué clase de gente tenían ambos a sus órdenes, para viera que sabía cuánto nos jugábamos. A Tubau, el hombre de confianza del marqués, lo conocía desde que ejercía de pincho en un elegante café de las Ramblas cuyas mesas de juego frecuentaban distinguidos jóvenes, y no tan jóvenes, de la ciudad; siempre irreprochablemente vestido y de modales refinados, todo el mundo le llamaba El Senyoret. Su misión, sin embargo, la cumplía con gran escrupulosidad, sin contemplaciones ni miramientos de tipo alguno. Esa especie de policía privada que constituían los pinchos hacía años que apenas se dejaba ver, pero Tubau seguía manteniendo íntegra su reputación de matón y, por supuesto, sus contactos. De él se contaba que un día se enfrentó a otro cabecilla de aquellos valentones en un cuarto a puerta cerrada y tras haber arrojado la llave por la ventana para que ninguno pudiera huir. Una pelea a vida o muerte que fue interrumpida por los guardias al ser advertidos por unos transeúntes, la escandalera se oía desde la calle. Los dos resultaron heridos y se juraron odio eterno. Ambos fueron detenidos pero salieron enseguida en libertad. A Tubau lo contrató el marqués, al otro Inglada. Dicen que los pinchos son cosa pasada. Es posible que ya no estén en los cafés vigilando el juego como antes, pero sus prácticas se han vuelto más agresivas aún. En sus tiempos se encargaban de mantener el orden en un lugar concreto; luego estaban las rencillas entre ellos. Pero ahora, desde que están al servicio de tipos como Inglada o el marqués, cuyos objetivos son mucho más ambiciosos, su acción se ha extendido a todos los ámbitos. Son simples matones a sueldo que no dudan en resolver los problemas recurriendo a la violencia. ¿Recuerdas lo que me contaste de cuando llegaste a Barcelona, que una de las primeras cosas que viste fue un asesinato? Seguro que, tal como lo explicaste, mataron a uno y no le robaron nada, se trataba de algún ajuste de cuentas entre ellos. Por eso nadie acudió a tu cita, me explicó Brigitte.

―¿Fue así?

―Seguro. Si ella lo dijo, seguro que fue así. Si existe eso que llaman arte de seducción, ella es la artista número uno. Sabe engatusar como nadie, miente con increíble habilidad, pero con un amigo es de una lealtad incontestable.

El interés de Esclafit por el desarrollo de la historia que le contaba su amigo aumentaba a medida que este se adentraba en detalles.

―Ese mismo día Brigitte fue a ver a Inglada para informarle de las novedades y comentarios de que se había enterado por las chicas en los palcos y reservados de L’Empire, como hacía con regularidad. Esta vez, sin embargo, le traía buenas noticias. ¿Te gustaría jugársela al marqués de Loix?, le dijo bien pronto. Siempre es un placer enfrentarse al majadero ese; siempre que gane yo, claro. ¿Has averiguado algo relevante? Con gran resolución, sabe cómo y cuándo hacer mejor uso de sus facultades, le dijo Mucho, te gustará. El marqués ha recibido el soplo de que unos terrenos que son de tu propiedad van a ser urbanizados y quiere hacerse con ellos como sea.

─ Por supuesto, el tipo se lo creyó.

―La ambición y la vanidad forman un cóctel ciertamente explosivo. Se lo tragó todo. Asunto zanjado, entonces. ¿O es que cree que me he vuelto loco? Venderle terrenos a él… Ni por todo el oro del mundo. Pero Brigitte es Brigitte y tiene recursos para todo. Espera, que todavía no he terminado. La confidencia se la ha hecho un concejal, un tal Freixa, y es cierto que así es, pero lo que no sabe este, y por supuesto el marqués, es que esa disposición nunca se llevará a cabo, pues se va a modificar la zona a urbanizar. ¿Y tú como has averiguado eso?, preguntó Inglada. Lo sé, no puedo decirte más, no quiero poner a nadie en un compromiso, no debo, me la juego. Es por mi seguridad. ¿Lo entiendes, verdad? Solo te diré que alguien mucho más importante que el concejal me lo ha confirmado personalmente.

―¿Era cierto?

―¿Qué se lo había dicho alguien importante? ¡Y tanto! Nada menos que el primer teniente de alcalde, cliente de L’Empire. Ella mismo se lo sonsacó. Ellos creerán que están haciendo una operación ventajosa en extremo si les vendes los terrenos, luego se encontrarán con que han errado el tiro, le dijo. Inglada se resistía. ¡Por nada del mundo le vendo yo un mísero centímetro cuadrado de tierra a ese! Entonces ella manifestó que el marqués ya imaginaba su reacción y que por eso pensaba hacerle la oferta a través de un testaferro.

─ Que eras tú.

―Por supuesto. Bueno, Mauro para Inglada. Se enfadó al escuchar mi nombre. ¿Mauro? ¡Será canalla! Si no fuera por mí, nada tendría. Cierto que yo también me he beneficiado, pero eso él no lo sabe, me contó ella que soltó Inglada, cabreado a más no poder. Pero Brigitte es una gran estratega, siempre lo tiene todo perfectamente calculado. Calma, no te precipites. Nunca osaría hacerte una jugarreta así. Sabe que la noticia va a dejar de ser cierta en breve. El marqués no atraviesa un buen momento económico y de un golpe así tardará en recuperarse. ¿No te place lo suficiente? Inglada dudaba. ¿Qué pasará con los terrenos? Le preocupaba que saliera mal la jugada, no por lo que pudiera perder sino por lo que su contrincante pudiera ganar. Ella le argumentó de forma parecida a cómo había hecho con el marqués: Se los quedará Mauro, quiere ampliar el negocio y montar no sé qué más. Lo único que le importa es hacerse con dinero y regresar a su pueblo, allí será un potentado al que todos adularán. Esas son sus únicas pretensiones. Inglada seguía sin tenerlo claro. Pero su abogado y hombre de confianza, un tal Barrera, que estaba presente en la conversación, argumentó que posiblemente no fuera una mala idea, pues los terrenos en aquellos momentos realmente no valían nada. Si se la zona se llegaba a urbanizar sí valdrían un dineral, pero como eso no iba a suceder sería mejor venderlos. Con el dinero que le saque al marqués, le dijo, puede comprar un buen número de acciones del ferrocarril. El razonamiento le convenció, pues al parecer lamentaba no tener más liquidez para invertir en tan provechoso negocio. Esa misma noche, Brigitte me contó la predisposición de Inglada a vender los terrenos. Eso sí, me dijo, le debemos a Barrera doscientas cincuenta mil pesetas por su gestión. Empezamos bien, con deudas, dije yo. Pero, añadió, no hemos avanzado gran cosa, los terrenos en realidad serán del marqués. Ante mi lógico asombro por sus palabras, aclaró: A no ser que al final renuncie a ellos a cambio de lo que ahora han costado. Me sorprendió, dude un instante, pero solo un instante. Estaría muy bien, pero ¿cómo va a hacer eso?, le pregunté. Déjamelo a mí, no te preocupes.

Esclafit había pasado del interés al entusiasmo con la narración de Samuel de los hechos, le parecía más propia de una novela que de la realidad, pero sabía que todo era verídico. Absorto con sus palabras, apenas le interrumpió hasta que este finalizó la historia.

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