Capítulo XIV.3

XIV.3

Culminada con éxito la operación de compraventa de terrenos en que se había involucrado con La China, regresó a Alcoi a finales de 1882. Definitivamente creía entonces.

Samuel y Esclafit retomaban sus habituales y largas conversaciones. Daban un pequeño paseo alrededor de la casa de campo que hacía poco se había hecho construir Samuel en los antiguos terrenos de Farinetes. Desde que, unos meses antes, finalizase la construcción de la casa, Samuel pasaba allí gran parte de su tiempo, a solas o con Beatriz y Camila, con quien jugaba como no había podido hacer de niño. No sé quién es más crío de los dos, decía a veces Beatriz, cuya salud seguía siendo seguía frágil pero no su estado de ánimo, cada vez más firme.

La masía, de tres alturas ─planta baja, primer piso y desván─ difería poco de otras en su aspecto exterior: fachadas de mampostería encaladas y sencillos vanos adintelados, pero contaba con un patio interior acristalado sostenido por columnas de fundición fabricadas en el mismo Alcoi que era el lugar de la casa preferido de Samuel. Rodeado de sus pocos pero buenos amigos, disfrutaba en aquel espacio de largas sobremesas tanto en verano como en invierno, pues en tiempos de canícula resultaba fresco mientras que cuando llegaba el frío era de lo más acogedor gracias al holgado hogar situado en el centro del mismo. En estío, las veladas se alargaban hasta bien entrada la noche y en ellas no solían faltar la pericana y el champán; por ambos sentía Samuel auténtica devoción. Muchas veces, hasta el amanecer.

**

―Para hacer la revolución se necesita dinero, Blas. Quien tiene el dinero, tiene la fuerza.

―Veo que los años que has pasado en Barcelona no han hecho más que aumentar tu pesimismo y que sigues igual de escéptico. ¿Qué hacemos, pues, abandonamos toda esperanza puesto que jamás tendremos el dinero suficiente para combatir a quienes lo tienen?

Esclafit permanecía inalterable a los principios anarquistas, no había abandonado su militancia en la Internacional y trabajaba tenazmente en la reconstrucción de la misma una vez que, en 1881, se aprobase una nueva ley de asociaciones que permitía la vuelta a la legalidad.

―Esto nada tiene que ver con el escepticismo, más bien es al contrario.

―¿Han cambiado tus convicciones?

―Tampoco es eso. Verás, en estos años, ya te lo conté, he conseguido una cantidad de dinero nada despreciable.

―Escandalosa, diría yo. Cuando me dijiste la cifra me quedé helado, aún no salgo de mi asombro.

―A ti y a mí puede parecernos una barbaridad, y tal vez que lo sea. Tengo suficiente para vivir bien lo que me quede de vida y para asegurar el futuro de mi hija. Y todavía me sobra. Pero comparada con las exorbitantes cantidades que mueven quienes con ellas mueven todo lo demás, créeme que es una minucia.

―Por cierto, no has terminado de explicarme cómo acabó el asunto que te traías entre manos con la compraventa de los solares en Barcelona y con el conseguiste esa fortuna. Me tienes intrigado, sobre todo por saber cómo lo hiciste.

―Luego te lo acabo de contar. Ahora escúchame. Quería hablar contigo antes de la cena, por eso te he sugerido que diéramos este paseo.

―Muy trascendente te veo, Samuel. Dime.

―¿Te acuerdas que me dijiste cuando te enteraste de la cifra?

―Lo mismo que ahora, que era tan elevada que solo pensar en ella causaba rubor, y que me alegraba por ti, que por fin habías conseguido lo que tanto ansiabas, no tener que depender de nadie.

―Y también me preguntaste cómo la había conseguido.

―Ahora mismo lo he vuelto a hacer y me has respondido del mismo modo: luego te lo cuento.

―Y luego lo haré, pero antes quiero comentarte una cosa. Si ardo de deseos de hacerlo, hombre, fue genial. Pero me hiciste otro comentario cuando manifesté mi satisfacción por haberles sacado el dinero a unos asquerosos explotadores. Me dijiste, ¿y de dónde crees que lo sacaron estos?, de explotar a los más. ¿Recuerdas?

―Sí. No pretendía ofenderte.

―¡Qué va! ¿Ofenderme? En absoluto. Tenías razón. Seré un escéptico, un burgués con mala conciencia, no sé, pero no olvido de dónde vengo y con quién me he formado, ni cómo ni por qué. Quiero destinar parte de ese dinero a tres cosas sobre todo y me gustaría contar con tu respaldo.

―Siempre lo has tenido. Somos amigos.

―Te lo resumo en pocas palabras. Aquí fuera hace un frío que pela y no tardarán en llegar Monllor, Hendrik y Rafael.

―Dime, pues. Deben estar al caer.

―Les he dicho que vinieran a cenar porque esas tres cosas os afectan a todos. Esa parte del dinero de que te hablaba quiero que sirva para reforzar la Federación en la forma que estimes conveniente y para ello contarás también con El Diluvio, se lo compraré a Monllor, a él se legó don Anselmo. Monllor está cansado, además de decepcionado por el giro que ha tomado el republicanismo, y si no se retira es porque no quiere que el periódico cierre. Al sobrino de Bernácer le compré la imprenta anteayer. A buen precio. Favor que le hice, bien sabes que da más pérdidas que ganancias. Dispón de ambas como estimes conveniente.

―Espera, espera. ¿Quieres que yo me haga cargo de la imprenta y del periódico?

―Eso mismo.

―Sé cómo llevar una imprenta, pero un periódico…

―No te será difícil encontrar a alguien para tal tarea si tú no te atreves. Te estoy ofreciendo la oportunidad de que tengas una plataforma desde la que expresar y defender las ideas en que crees y una imprenta en la que puedas publicar los libros que entiendas que a quienes se dirigen tus ideas deben leer. Eso sí, antes tendrán que aprender, como hice yo gracias ti y tú gracias a Bernácer. Y aquí es donde entra Hendrik. Es maestro, ¿no? Y sus ideas no difieren mucho de las tuyas.

―Podría dirigir el periódico.

―No es lo que tenía previsto. La casa de don Anselmo, puesto que me la dejó a mí, la venderé y con el dinero que obtenga montaremos una escuela que promueva el libre raciocino, nada de esas escuelas supuestamente caritativas que promueven las instituciones burguesas para preparar a los hijos de los obreros para una sociedad que no es la suya, en las que les dicen: Este es el camino a seguir, el único posible. Les enseñan a leer y a escribir, sí, pero no para que lean y escriban sus pensamientos sobre la realidad en que viven, sino para que aprendan a leer bien las leyes y normas de conducta por las que deben guiarse. Les enseñan aritmética, pero ¿para qué?, para que puedan hacer las operaciones de cálculo necesarias y sepan administrar sus salarios de miseria. Y también nociones de agricultura, industria y comercio, de cómo progresan gracias al esfuerzo de todos. De todos, eso lo dejan bien claro. Y, por supuesto ─¡faltaría más!─ les enseñan doctrina cristiana, cuanto antes entiendan que hay que resignarse y aceptar el lugar que cada uno ocupa en este mundo mejor, ya llegará el juicio final y la recompensa consiguiente. ¿Para eso han de ir a la escuela? A mí tampoco que mi hija vaya a un lupanar moral e intelectual como esos. Primero aprender a discurrir. Es lo que nos distingue de los animales, el raciocinio. Esta ha de ser la única guía de conducta. Una escuela en que defienda ese principio y sea consecuente con él, que enseñe a pensar.

―Me recuerdas a don Anselmo.

―A don Anselmo jamás lo hubiera conocido si no hubiera sido por ti. En fin, ¿qué te parece?

―Bien, supongo. No sé qué decirte, no esperaba nada de esto.

―¿Pero estás de acuerdo o no?

―¡Cómo negarme!

―¿Adelante, pues?

―Adelante. ¿Y Rafael?

―Como médico que denuncia las insalubres condiciones en que viven los trabajadores, no creo que le parezca mal estar al frente de un consultorio en el que atenderles gratuitamente y procurar por su salud.

 ―¿Lo has hablado con Beatriz?

―Beatriz está al corriente de todo y más que de acuerdo. Luisa no sabe nada. Por eso estamos aquí fuera.

El ruido de las ruedas de la tartana que llevaba a la masía a Monllor, Rafael y Hendrik por un camino de baches y piedras indicaba que estos estaban a punto de llegar. Rafael, de apellido Iborra, era un joven médico emparentado en segundo grado con Monllor, muy sensibilizado con la situación obrera que preparaba un concienzudo informe para su exposición en la recién constituida comisión local de la Comisión de Reformas Sociales, organismo creado para “estudiar todas las cuestiones que directamente interesan a la mejora o bienestar de las clases obreras, tanto agrícolas como industriales”, aunque la representación de estas no sobrepasaba en ningún caso el veinticinco por cien de los miembros. En cuanto a Hendrik, de apellido Léger, belga, su presencia en Alcoi obedecía a la reciente y cada día más numerosa importación de telares mecánicos, muchos de los cuales venían precisamente de Bélgica. Hendrik decidió quedarse en Alcoi y montar una academia de francés en la calle de San Francisco. Era maestro pero nunca había ejercido como tal. Su padre nunca había visto con agrado la vocación de su hijo y solo consintió que cursara los estudios de magisterio a cambio de compatibilizarlos con los de ingeniería textil, consiguiendo al final que trabajase en los talleres metalúrgicos de los que era dueño. Cansado de su trabajo, le gustó Alcoi y decidió quedarse, pero como quiera que no pasara de los treinta años, que había dejado su trabajo de ingeniero textil para llevar una vida llena de estrecheces, pronto se corrió la voz que algo tendría que esconder. Igual era un revolucionario como aquellos que aparecieron por la ciudad a principios de 1873, tal vez hubiera cometido algún delito, que debía ser grave, si no ¿cómo explicar su actitud? Por supuesto, no pasaban de ser meras conjeturas pero puede que sirvieran para explicar, al menos en parte, los pocos alumnos que tenía en su academia; estaba pensando en cerrarla y regresar a su ciudad natal, Charleroi.

Ya están aquí, dijo Samuel a Esclafit tendiéndole la mano. Este hizo lo mismo. Estrecharon una con otra.

No le resultó difícil a Samuel convencer a ninguno de ellos de su iniciativa. Monllor se negó en principio a aceptar la cantidad que Samuel le ofrecía por elevada, teniendo que recurrir este a lo mucho que en todos los sentidos le debía y a la amistad que les unía para que lo hiciese. Además, le dijo, continuaría ligado al periódico mediante una sección el periódico ─Efemérides locales─ en la que escribir acerca de la historia de su pueblo después de tantos años investigando y recopilando información.

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Imagen: un par de páginas del libro escolar ABC. Abecedario ilustrado parvulitos (1928).

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